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Muslámenes | Octubre 2017

He pasado cuatro días en un hotel en medio de ningún sitio. El mesero de la estación de servicio me dijo que aquí podía hospedarme por un precio decente. La puerta de mi habitación está despostillada cerca del pasador, como si la hubieran abierto de una patada. Supongo que la abrieron de una patada.

La diminuta televisión tiene pocos, muy pocos canales. En uno de ellos transmiten un programa sobre los peores asesinos seriales de la historia de Canadá. De entre ellos, la historia del líder de una secta es el que permanece en mi memoria de un modo más nocivo e indeleble. Empezó como una cofradía jipi. Un quebequense afincado en el norte de Ontario que juntó un grupo de gente harto de las decepciones de la vida moderna, en los años setenta, y se los llevó al bosque. Fundaron un pueblo precario en las faldas de una montaña y se hicieron llamar los Niños del Hormiguero. Empezaron siendo pocos, pero esos pocos atrajeron nuevos miembros, hasta que un grupo considerable se juntó bajo el mando psicópata de Moïse Theriault. El líder preñó a cuantas mujeres pudo dentro del grupo y se declaró esposo de todas ellas unilateralmente. Nacieron hijos de dudosa paternidad y se abusó sexualmente de ellos. El líder tuvo sueños difusos que interpretó de la manera más brutal posible, forzando a sus muchos hijos a trabajar jornadas inhumanas en el gélido invierno canadiense. Se decretó la inminencia de un fin del mundo, pero el paso del tiempo traicionó la fecha y el líder se vio obligado a reajustar su teología. Ante las dudas surgidas entre los devotos, se hizo necesario imponer castigos. La crueldad de éstos fue aumentando vertiginosamente con el paso del tiempo. Según el documental, profundamente amarillista, Theriault operaba a sus fieles con cuchillos de cocina, se orinaba en sus intestinos expuestos, forzaba a un puñado de esposas a cometer actos irrepetibles contra sus propios hijos. Murieron personas trepanadas y personas expuestas al frío. Hubo niños que nunca aprendieron a hablar pero que le rezaban a su padre, el líder, para que no tuviera la ocurrencia de extraerles un riñón y clavarlo en una estaca. El documental abunda en detalles truculentos que ni siquiera yo, propenso al dato mórbido, aguanto realmente. Apago la tele y vomito en la regadera. Podría haberlo hecho en el escusado, pero me parece que la circunstancia requiere de mí cierto dramatismo.

Salgo del cuarto de hotel y camino por la calle. No se puede decir que aquello sea siquiera un triste pueblo; más bien es un puñado de casas que parecen haber brotado alrededor de un cementerio, como los hongos que crecen pegados a los árboles putrefactos. Hay también un garaje de tractores y una tienda de ultramarinos donde casi todo caducó en agosto de 2014. Me pregunto si esa fecha tiene un significado especial para los locales.

Tras un breve deambular me encuentro con un bar de carretera. Hay una máquina tragamonedas con temática de Rocky, el boxeador encarnado por Stallone. Frente a la máquina, una viejita con una gorra de béisbol demasiado grande parece hipnotizada por las titilantes luces. Cada tanto inserta una moneda y mira las tetillas de Stallone encenderse. Pienso que no debería pedir un trago, porque éste es el tipo de contexto en el que pedir un trago podría ser el comienzo de una bella amistad con la pinche muerte, pero pido un trago.

A las 18:18 me despido de la mesera y vuelvo caminando a mi cuarto de hotel, donde nada ha cambiado. La tele, encendida como la dejé, retransmite el programa sobre los asesinos canadienses, o tal vez es una segunda parte. Ahora hablan de un caníbal que ponía anuncios en Craigslist para filmar películas porno. Las recreaciones dramatizadas del documental parecen filmadas en un set de comedia romántica, lo cual me parece hermoso —a su manera.

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Daniel Saldaña París (Ciudad de México, 1984) escribe narrativa y poesía, autor del libro “En medio de extrañas víctimas” (2013, Sexto Piso)

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