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Muslámenes | Septiembre 2016

Buckminster Fuller fue el retoño torcido de una familia aristocrática y bien situada. Ingresó a Harvard gracias a las palancas de su padre, pero se gastó el dinero de la colegiatura de todo un año en organizar una fiesta masiva para bailarinas de cabaret e invitarles champaña a todas. Como es previsible, esta actitud enfadó a los directivos, que lo expulsaron.

Una larga fila de ancestros graduados de Harvard vigilaba a Buckminster desde su árbol genealógico. Su padre, furibundo, lo mandó a trabajar a una fábrica textil en la campiña quebequense: un exilio en el que no duraría demasiado. Su genio de inventor empezó a notarse en aquel trabajo: Bucky arreglaba las máquinas defectuosas e incluso inventaba nuevos engranes para mejorar su eficiencia. Su familia le perdonó el incidente de Harvard gracias a estas demostraciones de originalidad práctica y pronto volvió a Nueva York.

Su vida transcurrió algunos años más sin destacar demasiado: trabajó en una empacadora de carne, se casó y tuvo una hija. En 1917, con la entrada de Estados Unidos a la Primera Guerra Mundial, ingresó al entrenamiento militar, donde tuvo ocasión de presenciar el principio del boom de las telecomunicaciones asistiendo en experimentos radiofónicos. Terminada la guerra volvió a su casa y se encontró sin trabajo ni actividad de provecho. En esa situación estaba cuando, de acuerdo con su versión, decidió suicidarse ahogándose en el Lago Michigan, en 1927.

Pero Buckminster Fuller no llegó a matarse, pues justo antes de hacerlo tuvo una revelación mística: debía convertirse en un inventor y seguir su instinto y su vocación sin importar las consecuencias. Comenzó así una carrera delirante que lo llevaría, años más tarde, a patentar la idea de una ciudad submarina, y también el proyecto de un pueblo mediano almacenado dentro de una esfera geodésica que volaría por todo el mundo, permitiendo a sus habitantes ver, desde la linde de su municipio, los más variados paisajes que ofrece el planeta tierra.

Bucky inventó un coche, el Dymaxion (por dynamic maximum tension), que no se parecía a ningún otro automóvil del momento. El Dymaxion, según sus planes, se convertiría en un coche volador cuando se desarrollara la tecnología necesaria para hacerlo. Diego Rivera mostró interés en el vehículo y se sentó en el asiento de pasajero de un prototipo durante la Feria Mundial de Chicago en 1934, antes de que el primer accidente mandara los planes de enriquecimiento de Fuller al carajo. Bucky también concibió casas prefabricadas que serían entregadas por enormes zepelines, anticipó algunos de los postulados de la biomecánica posterior, puso de moda las casas esféricas (que invariablemente tenían goteras) y mintió sobre su obra y sobre sí mismo con una pasión exaltada hasta el día de su muerte, tras recibir todos los honores que el mundo puede darle a un inventor (salvo quizás el Nobel).

De aquella biografía disparatada e hiperbólica queda solamente una estructura geodésica de metal de sesenta y dos metros de altura en una isla frente a Montreal: el pabellón estadounidense para la Feria Mundial de 1967.

Hacia allá me dirigí, en peregrinación solitaria, dispuesto a investigar qué me había pasado durante la «bacanal geodésica» a la que se refirió Chloé. Si había alguna respuesta tenía que estar en aquella vieja cúpula que Buckminster Fuller le dedicase a su esposa en su quincuagésimo aniversario de bodas.

DANIEL SALDAÑA PARÍS (CIUDAD DE MÉXICO, 1984) ESCRIBE NARRATIVA Y POESÍA. AUTOR DEL LIBRO EN MEDIO DE EXTRAÑAS VÍCTIMAS (2013, SEXTO PISO).

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