Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Muslámenes | Septiembre 2017

El viaje en autobús es aburrido pero no logro dormirme. Hay algo que me seduce en el paisaje monótono y llano de la provincia. Avanzamos en dirección noreste, siguiendo el cauce del Saint-Laurent por la rivera sur, bordeando ridículamente Maine —ese fragmento de los Estados Unidos que se mete entre las dos provincias canadienses—. Al cabo de unas horas me empiezo a arrepentir de mi impulsividad. Tomar un autobús para ir a un pueblo a diez o doce horas de distancia porque dejé adentro de mi casa las llaves para entrar no parece ser el tipo de decisión sensata que mis compañeros de Adictos Anónimos recomiendan. Me pregunto si, según la ortodoxia de la organización, no tenía que haber llamado por teléfono a alguien al verme en dificultades, en vez de obedecer sin filtro a la voz que va dictándome las órdenes.

En el asiento contiguo viaja un hombre joven en el que creo reconocer una fisonomía inuit. Intento hacerle conversación, pero por toda respuesta obtengo una sonrisa franca y un silencio perturbador y sabio. Quizás, pienso, este joven inuit ha sabido leer en mi cara los signos de mi tormento. Quizás sabe que no valgo una mierda, que no tiene sentido entablar conmigo conversación alguna porque primero debería ser capaz de conversar conmigo mismo, de escucharme, de escuchar mi silencio y actuar según sus más profundos dictados. O quizás simplemente no me haya entendido. En cualquier caso, desisto de hacer plática y me concentro en el inmutable paisaje más allá de la ventanilla. Cada tanto, un árbol enhiesto y solo interrumpe las horizontales que predominan. Luego dos árboles, luego otra vez uno solo. Es casi un código que se dibuja con las líneas verticales de los pinos. Si supiera leerlo, pienso, encontraría el secreto de la vida. Pero, ¿cuál es el secreto de la vida? ¿Por qué asumo que la vida guarda algo para sí misma, a resguardo de la mirada curiosa de los vivos? ¿Y por qué ese secreto se me revelaría en secuencias de verticales discontinuas?

Estas consideraciones pseudofilosóficas sólo acentúan mi sensación de pérdida, de fracaso, de error, de sinsentido. No puedo evitarlo y empiezo a llorar un poco, en silencio. Me seco una lágrima con la manga de la camisa y el inuit que viaja a mi lado se ríe. Se ríe abiertamente. No es una risa agresiva ni burlona. Se ríe como si supiera qué estoy pensando y tratase de decirme que no tiene caso angustiarse en abstracto, que hay situaciones mucho más urgentes, de carácter político o doméstico, que requieren nuestra atención. Por un momento, sospecho la posibilidad de que el joven inuit me esté hablando por telepatía, pero descarto la idea y me río yo también, todavía con las lágrimas secas en las mejillas y la visión ligeramente distorsionada por las lágrimas frescas que tiemblan sostenidas sobre mis párpados.

El chofer anuncia una próxima parada por un micrófono. No alcanzo a escuchar el nombre del pueblo, pero calculo que hemos dejado atrás los suburbios de la ciudad de Quebec, la isla de Orléans que parte en dos el río San Lorenzo.

Cuando el motor del autobús se detiene en la estación de servicio, siento como si alguien apagase de pronto un ruido que había escuchado siempre, toda mi vida. Y en el silencio que sigue me digo a mí mismo que en realidad no soy un adicto. Consumía Protax porque estaba muerto por dentro y necesitaba experimentar algo, cualquier cosa, aunque fuera alucinaciones confusas. Pero ahora ya no lo necesito, porque tengo el viaje. Y el viaje es una narrativa que ordena los acontecimientos, como un imán que ordena los átomos de hierro de una aguja magnetizada.

Foto de shankar s. en Flickr

daniel-saldaña-paris

Daniel Saldaña París (Ciudad de México, 1984) escribe narrativa y poesía, autor del libro “En medio de extrañas víctimas” (2013, Sexto Piso)

Written by
No comments

LEAVE A COMMENT

*