Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Navajas | Nell Leyshon

El chico está sentado junto a la ventana y, dependiendo de la posición del sol, puede ver distintas cosas: el mundo fuera del tren; el polvo en la ventana de cristal; su propio rostro con los lentes oscuros puestos. Mantén alejado al mundo. Mantén alejado al mundo.

Un codo presiona contra su brazo, pero él lo ignora. Sucede de nuevo. Se saca un audífono del oído:

—¿Qué?

—El volumen está tan alto que escucho todo —le dice su madre—.

Te vas a lastimar los oídos. Ya te he dicho que Dios sólo nos da un par de oídos. No te va a dar otro par.

—No lo comprendo —dice el chico—. Si tiene el poder para dármelos una vez, ¿por qué no se apiada y me da otros?

Su madre niega con la cabeza:

—Preguntas, preguntas. Siempre sales con tus preguntas.

El chico le da la espalda y mira a través de la ventana. Un pueblo, con no más de treinta casas y una iglesia. Una camioneta se desplaza hacia ella, seguida por una estela de polvo. Es un pueblo como el de ellos.

—¿Qué estás mirando?

El chico se encoge de hombros y bosteza:

—Cosas.

—Estás cansado —dice su madre—. Pasaste la mitad de la noche con ese amigo estúpido. Reclina tu asiento. Acuéstate. Puede que hasta te quedes dormido. Anda. Es más cómodo de esa forma.

—Ya lo sé.

—Yo siempre me coloco así. Sé que no es como en esos aviones que salen en la televisión, donde el asiento se convierte en cama y puedes acostarte. ¿Te imaginas? Estar acostado y volar por los aires. No es algo natural. No está bien. Cuando era niña, solía pensar que un día los aviones caerían del cielo, encima de nuestro pueblo. Piensa en lo pesados que son, hechos de metal, con sus alas, los motores, los asientos, las maletas. Si cuando yo cargo una, me pesa muchísimo. Imagínate ahora con toda esa gente, con la comida que les dan y el agua con la que se lavan las manos —se acerca al oído de su hijo, y baja la voz como si estuvieran en un confesionario—. Sabes que es Dios quien permite que se mantengan en el aire.

Otro pueblo. Alrededor de treinta casas, una iglesia, una tienda polvorienta. El chico piensa en su propio pueblo donde, en una tarde cálida, el único lugar al que se puede ir es al costado de la iglesia donde cae la sombra, el lado norte, donde entierran a los que deciden quitarse la vida, donde está la tumba con las flores frescas, y un montón de tierra que se hunde poco a poco: el granjero que se llevó la pistola a la sien. El disparo se escuchó en todo el pueblo y la sangre se sumió por la tierra recién arada.

Su madre le pincha el brazo:

—¿Quieres algo de tomar?

La madre tiene el bolso abierto sobre el regazo: el chico mira los paquetes de papel aluminio, que contienen trozos de pan que envuelven queso local.

—Coca —dice el chico.

—No hay.

—La venden en el carro comedor.

La madre asiente:

—Si eso es lo que quieres.

Coloca el bolso en el suelo, junto a su pierna.

—Cuídalo —le dice, y el chico quiere preguntar de quién hay que cuidarlo. Quisiera preguntar a quién le interesaría robarse unos sándwiches hechos con pan de ayer.

La mira avanzar con paso vacilante entre las filas de asientos, sujetándose de un respaldo y luego de otro conforme su cuerpo se bambolea con el movimiento del tren. Su vestido es de un turquesa brillante. Su cabello está teñido de un rojo violáceo y tiene un aspecto químico: el color es demasiado profundo, demasiado denso. El aroma de su perfume permanece donde estuviera sentada, y el chico agita las manos, como si quisiera ahuyentarlo. Abre las piernas, apoya los codos en los descansabrazos, saca su teléfono y aguza su mirada, concentrándose en el juego que se encuentra al interior del pequeño cuadrado de cristal.

Las letras azules y grises que forman la palabra HOTEL cuelgan del edificio, sólo que una parte del plástico de la H está rota, así que dice IOTEL.

Las puertas de doble vidrio rechinan al abrirse.

La madre da su nombre, explica que tienen una reservación para una noche, pero que quizá se queden más tiempo.

—Mi madre está enferma —dice—, y debemos quedarnos aquí porque mi hermana está alojándose en el cuarto extra. Es mayor que yo y siempre me ha dicho lo que tengo que hacer. Me dijo que nosotros somos dos, yo y mi hijo, y que era mejor que nos quedáramos en un hotel. Ofreció pagar la mitad de nuestros costos pues, verá, yo no puedo pagarlo todo. No somos ricos. Soy madre soltera.

El chico escucha. Disecciona lo que escucha como con un bisturí. Advierte cada argumento que le parece innecesario. Mi madre está enferma: innecesario. Mi hermana está alojándose en el cuarto extra: innecesario. Es mayor que yo: innecesario. Siempre me ha dicho lo que tengo que hacer: innecesario. Su hermana dijo que mejor nos quedáramos en un hotel: innecesario. No somos ricos: innecesario. Soy madre soltera: innecesario.

Nada de lo que ha dicho, piensa, tenía que haberse dicho. Es como si no pudiera controlarse. Es como si tuviera una fuga.

—¿Es silenciosa la habitación? —pregunta la madre—. Soy una persona muy nerviosa y cualquier ruido nocturno, por pequeño que sea, me hace saltar de la cama y casi estrellarme con el techo.

El chico suspira, se da la vuelta. Cállate. Por favor, tan sólo cállate. Pero no puede callarse.

—¿Alguna vez ha dormido en un avión? —le pregunta a la recepcionista.

—No —le entregan la llave—. Primer piso, al final del pasillo.

El chico toma la maleta de la madre y sigue sus tacones que hacen clac, clac al ascender por las escaleras de mármol.

El pasillo del hotel es largo y sin ventanas. Está iluminado por una bombilla fluorescente que parpadea. La habitación está al final y la madre abre la puerta y entra primero. El chico contempla las dos camas individuales, separadas tan sólo por una pequeña mesa contigua a las camas, sobre la cual hay un teléfono. Es un teléfono viejo, con un disco de marcar y un cable enredado que conduce al auricular. El chico sólo los había visto en fotografías, jamás en la vida real. Intenta imaginarse utilizando uno; quedaría atrapado, atado al aparato.

Coloca la maleta en el suelo junto al armario y camina los dos pasos que lo separan de la ventana. Da hacia un patio: ventanas ciegas, cerradas, ropa colgada: vestidos de mujer, pantalones, sujetadores.

* * *

En las calles se alza la reja para cerrar una tienda, y un perro de manchas oscuras y blancas se estira en la entrada de un bar. El chico mira a la gente que sale. Salen de edificios, llenan las calles. La hora de la siesta ha terminado y siente como si él mismo despertara de un largo sueño. Algo en su interior responde. Gente, vida, algo.

Su madre es oriunda de ahí, ahí creció, pero cuando él nació se mudó a la campiña para ofrecerle una vida segura. Una vida segura.

Un par de chicas jóvenes se recargan contra la ventana de una de las tiendas, y el chico mira cómo lo miran pasar por enfrente. Una pellizca a la otra en las costillas y él reza para que su madre no se dé cuenta. Baja hacia la calle, camina por el bordillo. Siente cómo sus dedos tocan la punta de los zapatos. Otros zapatos que ya no le quedan.

La madre le dice algo. Siempre le dice algo:

—No deberías caminar por la calle. No estamos en el pueblo.

Camina a su costado. Se ha puesto lápiz labial rosado. El vestido turquesa. Caminan dos calles sin que hable. Después le dice:

—Tengo miedo.

El chico la mira casi sorprendido. Algo importante ha hecho su aparición, flotando hacia la superficie del torrente verbal.

—No sé con qué voy a encontrarme —le dice.

* * *

La iglesia está rodeada por árboles en verdor. La ciudad es verde. La madre aminora el paso conforme se aproxima y el chico sabe lo que está por ocurrir. La madre mira hacia las puertas abiertas. En el interior está oscuro, probablemente hace fresco. El suelo de piedra, un techo alto, los confesionarios de madera donde la gente se arrodilla para contarles secretos a hombres invisibles.

—Quiero entrar —dice la madre.

—Pues hazlo.

—Ven conmigo.

Niega con la cabeza:

—Aquí te espero.

—Por favor. Acompáñame por hoy. Por favor.

Niega con la cabeza otra vez, camina hacia la banca situada bajo el árbol. Se sienta, espera. El vestido turquesa, los labios rosados, los tacones que hacen clac, clac: todos entran al espacio oscuro.

* * *

El jardín delantero del hogar no ha cambiado. Las flores están rebosantes, rosas y púrpuras, y las estatuas de concreto se juntan. El chico sigue a su madre a través de la reja, después por la puerta principal. El pasillo del interior está oscuro y le toma un segundo a sus ojos ajustarse, para que sus pupilas se relajen y se expandan. Puede ver el corredor, el rectángulo de luz al final, donde los escalones conducen al jardín trasero. Puede ver los dos lados de las puertas cerradas: la estancia, la cocina, la recámara.

Avanzan hasta el final, entran en la última habitación. Es pequeña, tiene suelo y paredes de azulejos, y la ventana está cubierta por barras de metal y una enredadera; el sol ilumina las hojas que se enciman: un verde oscuro, un verde brillante, luminoso. Su abuela se encuentra en la elevada cama, con la cabeza ladeada. Su cabello cae largo sobre la almohada, gris sobre la almohada. La tía del chico está sentada a su costado. Está gorda, cae pesada sobre la silla, con el pelo alejado del rostro por un chongo.

El chico permanece en la puerta mientras su madre se apresura hacia la cama, toma ambas manos de la abuela entre las suyas, se inclina y la besa en el rostro. Le dice:

—Mamá, estoy aquí. Soy yo. Estoy aquí.

La tía mira hacia el chico. Le dice:

—Mira nada más cómo has cambiado.

Gesticula hacia la ventana:

—Y mira quién está aquí.

Hay un sillón individual bajo lo verde y las barras de metal, en el que está sentada su prima, con las piernas cruzadas. Voltea a verla y aleja la mirada rápidamente, mete la mano en su bolsillo, juega con el cable de sus audífonos.

La madre habla con la abuela:

—Tu niño está aquí, mamá. Mira.

Se vuelve hacia él. Gesticula:

—Ven. Deja que te mire la abuela.

Se aproxima a la cama, siente la mirada de su madre, la mirada de su tía, la mirada de su prima. La boca de la abuela se ha doblado hacia donde se encontraban los dientes que le han extraído y su respiración es pesada. Tiene los párpados cerrados y puede ver la silueta de sus globos oculares bajo la piel delgada.

—Dale un beso —le dice la madre.

El chico se aproxima para pegar su boca contra el rostro de la abuela, y nota dos cabellos grises que sobresalen de su barbilla, y le preocupa que los cabellos que han empezado a crecer en su propia barbilla le hagan daño.

La madre lo hace a un lado, para tomar de nuevo las manos de la abuela:

—Ya puedes irte, mamá —le dice—. Estamos todos aquí.

El chico se aleja de la cama, trastabilla hacia la puerta de la habitación.

—Necesito salir.

* * *

Dejó los lentes oscuros dentro y la luz del exterior es cegadora. Se coloca bajo el árbol, se sienta sobre la tierra seca. Saca sus audífonos, se los coloca, presiona play. Le sube el volumen a la música, cierra los ojos, aleja todo lo demás de su mente.

Lo primero que advierte es que le extraen del oído uno de los audífonos. Abre los ojos y mira las piernas estiradas de su prima, sus pantalones deportivos blancos, polvorientos. La prima se coloca el audífono en su oído derecho y escucha.

Lleva consigo una bolsa de semillas de girasol, y vierte un pequeño montón en la palma del chico, otro en la de ella. El chico toma una pepita, la coloca de lado, la mete entre sus dientes superiores e inferiores y la muerde. La saca de su boca, la abre con la uña del pulgar, extrae la pequeña semilla dulce y se la come. Tira la cáscara vacía sobre la tierra seca. La prima toma una semilla, se la mete a la boca. Mastica, muerde, después la cáscara vacía sale y se traga la semilla. Arroja la cáscara al suelo.

—¿Así que todavía no sabes cómo hacerlo? —le pregunta.

Niega con la cabeza:

—No.

Permanecen en silencio un buen rato. Se escucha sólo la música que emerge de los audífonos, el sonido de los pájaros en el árbol por encima de ellos, algún coche que pasa ocasionalmente, y el sonido de las semillas de girasol al abrirse. La pila de cáscaras en el suelo crece.

Después la prima se inclina hacia delante y el chico mira el peso de su cabello: un mechón forma una cortina que brilla incluso bajo la sombra. La prima juega con las cáscaras, formando con ellas un círculo en el suelo.

Y después miran a su madre salir de la casa, a través de las flores rosas y moradas. Ven a la madre salir en su vestido turquesa, los labios rosas: todo brilla bajo el sol. Todo brilla bajo el sol.

Camina hacia los chicos sentados bajo el árbol:

—Se ha ido —dice. Se persigna—: Ahora está en manos del Señor.

* * *

Esa misma noche, ya tarde, vuelven al hotel. La madre lo toma del brazo mientras caminan y el chico se lo permite.

—Mi madre —dice— tuvo una muerte hermosa. Su último aliento fue como un gemido, un lamento. Y después no más. Y después se durmió.

Habla sin parar en el camino hacia el hotel: su muerte, su último aliento, lo hermoso de todo el asunto, nacer y morir en la misma habitación y en la misma cama. Y si tan sólo todos pudiéramos vivir esa experiencia, tener a todos tus hijos, todos tus nietos, a los pies de tu cama.

Entran por las puertas de cristal cubiertas de polvo, piden la llave, suben por las escaleras de mármol y sigue hablando, sigue hablando. Avanzan por el pasillo, abren la puerta de su habitación. Se sacude los zapatos con una patada, cambia el ángulo de su almohada, se acuesta sobre el cubrecamas verde. Alza la bocina del teléfono y el cable torcido se enreda. Da vuelta al auricular hasta que el cable es más libre, más largo, y comienza a marcar. El círculo da vueltas y vueltas: ¿en verdad le tomaba tanto tiempo a la gente marcar un número? ¿En verdad era tan pobre la vida, como si fuera vivida bajo un metro de agua?

El chico entra en el baño. El asiento y la tapa del retrete están bajados. Se sienta encima. Los objetos de su madre están por toda la repisa: champú, crema facial. Hay cabellos rojos largos en el lavabo, donde se debió haber cepillado el cabello. Su color oscuro contrasta con la porcelana blanca: resultan impresionantes.

La escucha desde la habitación. Está hablando, goteando.

—Pero, amiga, es una forma muy hermosa de morir. Tu propia cama, la cama en la que naciste, la misma casa.

Abre la puerta de la habitación. Conforme habla, sus pies se mueven, los dedos de sus pies se restriegan unos con los otros, enfundados en sus medias oscuras. Tiene las uñas pintadas de rosa, que se ve opacado por la densidad del nailon. Mientras habla, enrolla el cable del auricular alrededor de su dedo. En círculos, en círculos. Se enreda muy estrechamente.

El chico entra en la habitación, gesticula hacia la puerta, avanza hacia ella:

—Voy afuera.

Lo mira y le dice al teléfono:

—Un segundo, querida.

Coloca la mano sobre el auricular y le dice al chico:

—¿A dónde vas?

—A tomar un poco de aire.

—Estás enojado —le dice.

—Estoy bien.

—Claro que estás enojado. Necesitas estar solo.

Asiente con la cabeza. En efecto, necesita estar solo.

—Sal un rato —le dice—. Pero por favor no te tardes. Y no hables con nadie. Incluso si los ves amables y razonables. Y fíjate bien antes de cruzar la calle. Acuérdate de que unas calles son de un sentido, otras de doble sentido. Y acuérdate de que las bicicletas no hacen ruido, pero te pueden matar de golpe. El cráneo es resistente, pero se puede romper al golpear el pavimento. El cerebro puede salirse como la yema de un huevo. Y la carne puede abrirse con la defensa de un coche.

—Está bien.

—Si tienes algún problema, llama al hotel. Llámame.

—Perfecto.

Al salir de la habitación escucha su voz a través de la delgada puerta:

—Creo que está enojado. Debe de estarlo. Toda muerte recuerda a otra. Está pensando en su padre.

* * *

Está oscureciendo afuera pero la temperatura aún es cálida. Y aún hay gente. Pasa frente a bares donde en las mesas de la calle y detrás de las ventanas hay gente sentada, hablando, comiendo. Nadie está solo. Esto es lo que quiere, esto. El pulso de los seres humanos. La gente que sale de sus casas sin saber a quién van a encontrarse, cómo terminarán sus veladas. Piensa en las veces que ha estado sentado con su amigo, con las espaldas contra el muro de pared de la iglesia del pueblo, jugando a identificar los coches de la gente del pueblo por el sonido de los motores.

Al final de la calle hay una tienda con la luz encendida, a pesar de que se encuentra cerrada. Camina hacia ella, se detiene. El escaparate está colmado de navajas. Hay cientos de ellas, en diferentes estilos, diferentes tamaños. Algunas miden unos treinta centímetros. Otras como tres. Hay mangos de hueso, de madera, de caparazón de tortuga, de perlas.

Inspecciona el mostrador. Navajas suaves, navajas serradas. Navajas aburridas, navajas brillantes.

Su frente toca el cristal.

Se abre la puerta de la tienda y sale un hombre. El chico da un paso hacia atrás, alejándose del escaparate. El hombre enciende un cigarro, le ofrece la cajetilla:

—¿Quieres uno?

El chico asiente. Toma uno con la mano, se lo pone en la boca. El hombre le acerca el encendedor, gira el martillo. Se enciende la flama; se enciende el cigarro. El chico da una calada, prueba el humo. Exhala, consigue no toser:

—Gracias.

El hombre señala hacia el aparador:

—Todas están hechas aquí —le dice.

—Lo sé.

—¿Eres de por aquí?

El chico niega con la cabeza:

—Mi abuela era de aquí. Murió hoy.

El hombre asiente:

—Lo lamento.

—Ya era vieja.

—Una muerte es una pérdida, sin importar la edad. ¿Quién era tu abuela?

El chico le dice el apellido de la abuela, el apellido de la familia.

El hombre se persigna:

—Lo lamento. Todos la conocíamos.

Se vuelve hacia la puerta de la tienda. Inserta la llave y la abre:

—Espérame aquí —le dice.

El chico fuma, mira el escaparate iluminado, las navajas plateadas.

El hombre vuelve, trae algo en la mano. Se lo ofrece al chico:

—Los hombres de por aquí siempre traen una navaja.

El chico mira la mano del hombre. Toma la navaja. El mango es de simple madera, la hoja metálica está guardada. Coloca su uña en la hendidura del metal y la saca. Es plateada bajo las luces de la calle. La cierra, siente cómo el metal vuelve a la madera. La sostiene para devolverla.

El hombre niega con la cabeza:

—Es para ti.

El chico mira fijamente: a la navaja, al hombre, al escaparate. Conoce estas navajas, siempre las ha conocido. Y sabe que no se puede recibir una como regalo, o traerá mala suerte. Es necesario ofrecer algo a cambio.

Mete la mano en su bolsillo. No trae dinero, ninguna moneda simbólica. Extrae el boleto del tren hacia la ciudad, que ya ha utilizado, y se lo entrega al hombre.

* * *

La navaja está en su bolsillo conforme camina por las calles oscuras, y su mano también. Siente la ranura en el metal, la calidez de la madera. Sus pies caen, uno tras el otro. Los zapatos le aprietan, pero no los siente. La música está en sus oídos y llena su cabeza. Una navaja, en su bolsillo. Una navaja tradicional, obsequiada por un hombre del lugar. Una navaja práctica. Piensa en las posibilidades: sacarle punta a un lápiz, cortar un pedazo de cuerda, tallar madera. Puede desatascar una piedra de la herradura de un caballo, cortar una hogaza de pan. Puede rebanar una manzana, abrir una carta. Tallar un palo, limpiarse la mugre debajo de las uñas. Liberar un conejo atrapado. Desollar un zorro.

El vestíbulo del hotel está oscuro, pero las puertas de vidrio permanecen abiertas. El chico entra, saluda con la cabeza al hombre detrás del mostrador, su rostro está iluminado por la vieja televisión portátil, y camina silenciosamente por las escaleras de mármol.

La puerta está cerrada con pasador y su madre está en la cama, con la luz aún encendida. Tiene los ojos cerrados. El chico entra al baño, cierra con cuidado la puerta. Alza la tapa del retrete, orina en el escusado de cerámica blanca, baja la tapa sin tirar de la cadena. Mete la mano hacia la oscuridad profunda de su bolsillo, siente la navaja. Piensa en la fría hoja de metal alojada entre la madera.

Se lava los dientes. Escupe la pasta en el lavabo.

Es hora de dormir. Abre la puerta para ir a la recámara y la mira acostada sobre la cama. Mira su cabello sobre la almohada, los brazos desnudos. Mira su vestido turquesa colgado en el respaldo de la silla. Sus medias, piernas vacías, cuelgan a un costado. Mira el teléfono sobre la mesa, el cable hacia el auricular estrechamente enredado. Siente la navaja en la bolsa.

El chico entra en la habitación, camina hacia su cama pero en lugar de meterse en ella toma la almohada y el cubrecamas. Se las lleva de vuelta al baño.

Cierra la puerta de nuevo, con mucho cuidado, de nuevo.

Coloca el cubrecamas y la almohada en la regadera, cubriéndola la superficie entera. Extrae su teléfono y sus audífonos de uno de sus bolsillos, los coloca en el suelo. Se quita los zapatos que le aprietan, también los calcetines. Se mete en la regadera, con un pie descalzo, luego el otro. Se da la vuelta, hace círculos, inspecciona, como un animal preparando su lecho en el bosque, después se acuesta. Extrae la navaja de su bolsillo, inserta la uña en la ranura del metal y extrae la hoja metálica. Presiona con la yema de un dedo, siente su filo contra las yemas de sus dedos. Una navaja. La cierra, metiendo el metal de nuevo entre la madera, la sujeta con la mano. La madera es cálida. Sus piernas son demasiado largas y se da la vuelta sobre su costado, acercando las rodillas hacia la barbilla. La navaja está en sus manos. Se encuentra acostado en su regadera, cama, morada de animal. Está listo para nacer.

Traducción de Eduardo Rabasa

Foto de Jannis Andrija Schnitzer @Flickr 

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