Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Niñas modelo | Ana Negri

Faltaba menos de una semana para empezar la primaria. La escuela, los niños y los juegos iban a ser todos nuevos y aunque por las noches estaba cansada, no me daba sueño hasta tarde. Me emocionaba pensar en el nuevo camino que iba a recorrer todos los días hasta la escuela, que ahora quedaba mucho más lejos, en los niños que iba a conocer, en los juegos y maestros nuevos. Me emocionaba y me daba nervios. Pasaba mucho tiempo en mi cama con la luz apagada antes de poder quedarme dormida. Por eso los escuché pelear.

—Te digo que no es cierto, Susana. No-es-cierto. ¿Qué parte no entiendes?

—Y si no es cierto, ¿por qué lo diría así, enfrente de todos?

No era la primera vez que peleaban. Cuando íbamos a comer a la pizzería los domingos, casi siempre se peleaban de regreso a casa. Peleaban también cuando había partido de futbol —y papá veía cada partido que pasaban por la tele—, porque papá gritaba mucho y mamá se ponía muy nerviosa. A veces daba la hora de comer y el partido no acababa, entonces papá giraba la televisión y se sentaba a la mesa sin despegar los ojos de la pantalla. Mamá se ponía furiosa y empezaba a reclamarle, tratando de hacerse escuchar por encima del cronista del partido y de los gritos de papá dirigiendo a los jugadores desde el comedor de casa. Cuando papá se desesperaba por no poder escuchar la televisión, empezaba a gritarle a mamá y yo —que hasta entonces había soportado bien la tensión— me ponía a llorar lo más fuerte que podía. Entonces papá se iba y mamá y yo terminábamos

de comer viendo caricaturas.

Esa noche fue distinto porque mamá estaba llorando, así que me levanté y salí de mi cuarto para buscarla. Los vi a los dos en la sala, arreglados como si hubieran salido de fiesta —¿tal vez sí me había dormido?—. Mamá tenía puesto su vestido negro corto y las medias negras con florecitas. Se había pintado, pero de tanto llorar se le había hecho una mancha negra alrededor de cada ojo. Cuando me vieron, mamá dejó de llorar y papá, que caminaba de un lado a otro, se detuvo.

—¿Qué haces despierta, Lucía? —preguntó papá adelantándose hasta donde yo estaba.

No había pensado en que iba a tener que dar una explicación para estar levantada a esa hora y me dio miedo que papá me regañara. Me quedé mirando al piso sin decir nada. No sabía qué responder. Mamá se sonó un poco la nariz y me acordé de su llanto.

—¿Por qué llora mamá?

Papá miró al piso sin decir nada. Volteé a ver a mamá que se limpiaba las manchas negras de los ojos con el borde de un pañuelo doblado y volví a mirar a papá.

—Lloro porque no me siento bien —respondió mamá.

—¿Estás enferma?

—No, sólo siento un dolor muy fuerte, pero va a pasar.

Esquivé a papá —que, aunque seguía sin decir nada, se había puesto en cuclillas frente a mí— y avancé hasta donde estaba mamá.

—¿Dónde te duele?

—Ay, Lu, ahora mismo no sé —dijo llorando otra vez—.

Mamá se levantó y me llevó a mi cuarto. Me metí a la cama mientras ella se sacaba las medias y así, con el vestido y los aretes puestos, se acomodó junto a mí y me abrazó. Pronto me quedé dormida.

A la mañana siguiente, mamá no estaba conmigo y nadie me había despertado. Salí de mi cuarto y vi a Cris en la cocina.

—¿Y mis papás?

—Trabajando, ¿dónde van a estar?

—¿Por qué no me despertaron antes de irse?

—Dijeron que habías tenido una mala noche y me pidieron que no te despertara. Pero ya que te despertaste, salte para que haga tu cuarto.

¿Se habían enojado también conmigo? Estuve a punto de empezar a llorar, pero me contuve porque si lloraba, Cris me iba a pegar. Me senté en la cama tratando de no pensar en la cara del día anterior de mamá, de no pensar en mamá para nada porque me volvían las ganas de llorar. ¿Qué iba a hacer con tanto tiempo antes de que llegaran mis papás?

—Que te salgas. Agarra tu ropa y vístete afuera.

Empecé a sacar ropa de mis cajones, pero me costaba mucho decidir qué ponerme y recordar todo lo que necesitaba. Calzones… mis jeans… una playera… ¿pero qué playera?

—Ándale, Lucía. A ver…

Cris me quitó la ropa que tenía en los brazos, me devolvió los calzones, descolgó un vestido y me pasó unos zapatos de charol blanco que me apretaban de atrás.

—Ahí está. Vete a vestir al baño o al cuarto de tus papás.

Me quedé mirando el vestido. Los vestidos sólo son para ir a cosas elegantes, pensé, pero Cris ya estaba sacando las sábanas de mi cama y decidí mejor no decirle nada. Me vestí en la sala sin ponerme los zapatos. Prendí la tele, pero a la mañana no había caricaturas. Me aburría. Tenía puesto un vestido y estaba sentada en la sala sin nada qué hacer. La Mish estaba dándose un baño en el balcón. Salí a sentarme junto a ella en el piso. Tuve que acomodar el vestido debajo de mí para no quemarme con el piso caliente. En lo que hacía eso, la Mish frenó su baño, brincó mis piernas —que por fin conseguía cruzar frente a mí— y entró a la casa. Quise ir por ella, pero tenía que levantarme despacio para que no se me vieran los calzones. En el balcón de al lado no había nadie, pero abajo en la calle pasaba mucha gente y no quería que me vieran. Oí a la Mish masticar sus croquetas adentro en la cocina y fui hacia allá.

Cuando me vio entrar, la Mish salió corriendo pasándome entre las piernas. Sobre la barra de la cocina había una caja de cereal. Me puse de puntitas y la alcancé, pero estaba casi vacía. Abrí el refri: huevos, algo de verduras, bolsas de plástico, topers con cosas de otros días y café. Volví a sentarme en el sillón de la sala y entonces oí la voz de Rebeca a la distancia. No entendí lo que decía, pero me acordé de la caja de galletas que le compraba su mamá.

—Ahorita vengo, Cris, voy con Rebeca.

El piso del pasillo estaba frío, así que subí las escaleras de puntitas y lo más rápido que pude hasta llegar al tapetito del 603. Golpeé la puerta varias veces con el puño. Rebeca abrió.

—Hola. ¿Puedo quedarme a jugar?

—¡Chapi! ¿Se puede quedar Lucía a jugar? —gritó Rebeca corriendo hacia dentro de su casa— ¡Que sí!

Pasé y cerré la puerta. La alfombra era suavecita y pronto se me pasó el frío en los pies. La casa de Rebeca tenía la misma forma que la mía, pero al revés. Donde estaba la sala en mi casa, estaban los cuartos de Rebeca y su mamá, y donde estaban los cuartos en mi casa, estaba la sala de Rebeca. Su abuela estaba sentada en uno de los sillones; cada vez que había subido a jugar en los últimos días, la había encontrado en el mismo lugar, bordando.

—Hola, Chapi.

Chapi volteó a verme bajándose un poco los lentes y estirando la cara por encima de ellos como para ver mejor.

—Hola, mija —respondió y volvió al bordado.

—¿Ya vive con ustedes Chapi? —le pregunté en voz bajita.

—No —respondió también bajito—. Es sólo por las vacaciones. Y qué bueno, porque duerme en mi cuarto y ronca muchísimo.

Reímos. Rebeca era sorprendente. Sabía hacer unas burbujas de baba que ponía en la punta de su lengua y que, al soplar, volaban como si fueran de jabón. Había pasado a tercero y era la más rápida en Educación Física. Además, me había dicho que tenía novio y que le gustaba a muchos niños de su salón.

—¿Me das galletas?

—¿Podemos agarrar galletas, Chapi?

Chapi bajó el marco de su bordado.

—¿Ya desayunaste, Lucía?

—Sí —respondí sin dudar.

—Bueno, pero sólo una cada una.

Rebeca podía dividir las Suavicremas sin romper ninguna de las obleas. Era el primer paso de su técnica. Luego lamía despacio la crema que había quedado en cada una de las obleas y cuando quedaban sólo las obleas, se las comía en diagonal, siguiendo las rayitas que tenían marcadas. Para cuando Rebeca terminaba de comer su primera galleta, yo ya me había comido dos o tres a toda velocidad.

—¿Ahora qué hacemos?

—No sé, vamos a mi cuarto.

A su clóset, como al mío, se le zafaban las puertas y había que tener mucho cuidado para que no se nos vinieran encima.

—¿Sacamos la canasta de juguetes? —dije mientras empezaba a correr una de las puertas.

—No, mis juguetes son bien aburridos. Mejor hay que jugar a las modelos.

—¿A las modelos?

—Ajá. A que somos modelos y vamos a hacer un desfile de modas. Rebeca fue a la sala y sacó del mueble de la televisión un bonche de revistas que trajo a su cuarto.

—Mira —dijo pasando desordenadamente las hojas de una—, así, ¿ves? Somos modelos y tenemos que vernos súper bien en el desfile para que nos tomen fotos y salir en las revistas.

—Pues yo ya tengo puesto un vestido, ¿no viste?

—Pero ese es de niñas y las niñas no son modelos. Lo que sí vas a necesitar son tacones, porque ni zapatos trajiste.

Nos reímos.

—Ven, vamos al cuarto de mi mamá a buscarte unos.

—¿Qué van a hacer ahí, niñas?

—Sólo vamos a sacar unos cepillos y el espray.

Rebeca sabía mentir súper bien, pero a mí igual me daba miedo que nos cacharan y nos regañaran.

Pocas veces había visto el cuarto de Marta, aunque siempre que no estaba su mamá, Rebeca hacía todo lo posible por entrar. El ventanal que daba a la calle estaba cubierto por una cortina delgadita, casi transparente, que dejaba pasar la luz. A cada lado había otras cortinas más gruesas color crema, enrolladas. Sobre la cama, muy alta y sin hacer, había sábanas blancas, una cobija delgada, también blanca, y una colcha grandota forrada con una tela brillante color rosa clarito. Una carpetita que yo creo que había tejido Chapi cubría el tocador donde estaban los cepillos y el espray. Hacía calor. Tomé uno de los cepillos y la botella y fui al clóset donde estaba Rebeca eligiendo los zapatos.

—¿Te gustan estos? —dijo mostrándome unos tacones rosas con un moño negro en la parte de atrás.

—Sí, están… están bonitos.

Había empezado a sudar y sentía que Chapi iba a asomarse en cualquier momento. Tomé los zapatos de moñitos y salí del cuarto de Marta escondiéndolos de Chapi con mi cuerpo.

—¿Y ahora qué haces, Rebe? —preguntó Chapi desde el sillón.

—Nada, es que se me desamarraron las agujetas.

Cuando volvió al cuarto, Rebeca me enseñó un lápiz de labios que había traído del cuarto de su mamá. Empezó a sacar ropa del clóset. Yo miraba las revistas en las que había muchas fotos de mujeres de piernas larguísimas en tacones. No estaba segura de entender el juego, pero era divertido disfrazarnos.

—Tú ponte esto —dijo señalando un suéter largo que probablemente le había tejido Chapi— y los tacones. Ahorita te peino.

—¿Y abajo qué?

—Nada. ¿No ves cómo usan estos así nada más, como vestidos?

Era difícil negarle algo a Rebeca. Además de que era más grande que yo, siempre parecía saber exactamente lo que hacía.

—¿Y tú?

—Primero hacemos tu desfile y yo tomo las fotos. Luego cambiamos.

Me emocionó ir primeras. Me quité mi vestido y me puse el suéter de Rebeca, me quedaba más grande de lo que debía. Rebeca me lo remangó y sacó un cinturón del clóset, me lo amarró fuerte a la cintura y jaló la parte de arriba para aflojarla. El suéter quedó súper cortito.

—¡Perfecto! Ahora siéntate para que te peine y te pinte.

—No me gusta peinarme, Rebeca. Me duele.

—Con este cepillo no duele.

Rebeca se sentó en el borde de su cama y yo me acomodé abajo, en el suelo, de espaldas a ella, entre sus piernas. Con ese cepillo no dolía. Me acomodó el pelo en una cola de caballo altísima y poco ladeada que quedó floja, como el suéter. Después dibujó una raya con el pintalabios en cada uno de mis cachetes y luego empezó a sobarme muy fuerte la cara, que se me deformaba con el masaje. Nos reímos. Luego me pidió que abriera la boca y estirara la cara. Se acercó a mi cara súper concentrada, como cuando coloreaba sin pasarse de la raya. No dejé de mirarla mientras me pintaba y los ojos se me cruzaron.

—¡No hagas bizcos!

Nos reímos. Cerré la puerta para verme en el espejo que estaba pegado en la parte de atrás. Los tacones eran enormes, pero fuera de eso, Rebeca había logrado que me viera como las de las revistas.

Abrí la puerta y oímos los ronquidos de Chapi. Nos reímos.

—Vamos al cuarto de mi mamá, vente.

Tenía miedo de que Chapi se despertara y nos encontrara ahí, pero Rebeca ya me estaba jalando hacia allá y yo, con los tacones que se me atoraban en la alfombra, trataba de no caerme. Chapi dormía con el bordado entre las manos y la cabeza colgando hacia un costado en el sillón. En el cuarto de Marta, Rebeca ya estaba brincando en la cama y con un gesto me indicó que cerrara la puerta. Lo hice como ella me había enseñado, girando la manija desde antes para no hacer ruido al cerrar. Me subí a la cama con algo de trabajo porque la colcha era resbaladiza y la cama muy alta. Cuando estuve arriba, en cuatro patas y con los pies colgando fuera de la cama, sentí que no tenía los tacones. Me di vuelta para verlos, pero no estaban. Me agarré al borde de la cama como pude y colgué la mitad del cuerpo hacia abajo para buscarlos debajo de la cama. Ahí estaban los tacones y muchas cosas más: una maleta, unas pantuflas, muchos tubos de metal…

—¿Qué son esos tubos, Rebeca?

—Una caminadora.

No tenía idea de qué era eso, pero no pedí más explicaciones. No quería que Rebeca pensara que era tonta o muy chiquita. Seguí colgada así, con la cabeza hirviendo por estar al revés tanto tiempo, y cuando me iba a levantar, vi el calcetín café.

—Tu mamá usa los mismos calcetines que mi papá —le dije a Rebeca en tono burlón mientras me levantaba, tomando el calcetín con la punta de los dedos de una mano y tapándome la nariz con la punta de los dedos de la otra.

—¡Ay babosa —respondió Rebeca con un tono todavía más burlón—, si ese calcetín seguro es de tu papá!

La respuesta me confundió. ¿Cómo había llegado hasta ahí el calcetín de mi papá? No pregunté porque no quería que Rebeca pensara que era tonta, pero volví a colgarme para buscar la pareja. Mientras estaba colgando, el suéter se me volteó cubriéndome la cabeza y dejándome en calzones sobre la cama. Rebeca se rio mucho y yo también.

—¿Qué haces?

—Estoy buscando el otro calcetín.

—Quién sabe si esté, pero si te quedas así tantito, te enseño lo que hace tu papá cuando viene.

Gire la cabeza para a ver a Rebeca, sentía la cara otra vez caliente. Rebeca, arrodillada sobre la cama, se veía enorme desde ahí.

—Mira —dijo Rebeca con la misma seguridad con que decía cualquier cosa—. Quédate así como estás, no te vayas a mover pase lo que pase.

Me quedé quieta aunque la cabeza comenzaba a dolerme. Sentí a Rebeca moverse en la cama. Entonces tomó un borde de mis calzones y los hizo a un lado. Algo húmedo me recorrió entre las nalgas. Me levanté de inmediato sin pensarlo y vi a Rebeca justo detrás de mí. Temí que se enojara conmigo por no haberme quedado quieta.

—Es que me duele la cabeza de estar colgada.

—Está bien, igual te toca.

—¿Qué me toca?

—Hacer como tu papá.

Rebeca se bajó los pantalones y los calzones, se puso en cuatro patas y se volteó. Me quedé quieta detrás de ella, sin entender muy bien qué tenía que hacer.

—Con la lengua —aclaró volteando a verme.

Me tocaba. Esa era la regla más importante en nuestros juegos, y ahora me tocaba a mí.

Me acerqué a Rebeca, saqué la lengua y cerré los ojos tratando de pensar en Rebeca cuando comía galletas. Olía como a suavizante de telas mezclado con un olor espeso y desagradable que no podía identificar pero que al mismo tiempo quería seguir oliendo. Pasé la lengua otra vez. No se parecía a nada.

Rebeca se incorporó. Me toca otra vez.

Sentía la cabeza tan ardiente como cuando estaba colgada de la cama, aunque ahora estaba sobre la cama de Marta, jugando como jugaba mi papá. El corazón me latía con muchísima fuerza. Un sonido en la sala nos hizo a las dos bajar de la cama rapidísimo y arreglarnos la ropa.

—¡Niñas!

Oímos a Chapi venir hacia nosotras. Abrió la puerta.

—¿Qué hacen aquí?

Hizo una pausa y al verme comenzó a gritar:

—¡Niñas! ¡Nada más les quita una el ojo dos minutos y aprovechan para hacer maldades! ¡Siempre lo mismo con ustedes! ¡Te me despintas esa cara y te me vas a tu casa, Lucía! ¡Mira nada más cómo te pusiste…!

Hice lo que Chapi me dijo y volví a mi casa. A la noche volvió mamá y más tarde, papá. No se hablaban. Cuando me mandaron a dormir, vino papá y se sentó en el borde de mi cama.

—No quiero que vayas más a jugar con Rebeca, ¿entendido?

Sentí la cara arder otra vez.

—¿Entendido, Lucía? Sé que es tu amiga, pero no queremos tener nada que ver con Marta, esa mujer está loca.

Asentí con la cabeza.

Al poco tiempo de empezar la primaria nos mudamos de casa. No volví a ver a Rebeca: nunca me devolvió mi vestido y yo nunca le devolví su suéter.

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