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Ningún país que tenga un McDonald’s puede continuar siendo una democracia | George Monbiot

Una ola de repulsión recorre el mundo. Los índices de aprobación de los líderes electos se colapsan por doquier. Los símbolos, los eslóganes y las emociones prevalecen por encima de los hechos y de los argumentos detallados. Uno de cada seis estadounidenses piensa en la actualidad que un régimen militar sería una buena idea. A partir de todo esto, he extraído la siguiente conclusión: ningún país que tenga un McDonald’s puede continuar siendo una democracia.

Hace veinte años, el columnista del New York Times, Thomas Friedman, propuso su «teoría de los arcos dorados de prevención del conflicto». Ahí postulaba que «no existen dos países que cuenten con McDonald’s que alguna vez hayan peleado una guerra entre sí desde que cada uno tuvo su McDonald’s».

La de Friedman era una de varias narrativas del fin-de-la-historia que sugerían que el capitalismo global conduciría a la paz permanente, pues aseveraba que este sistema podría crear «un punto de inflexión mediante el cual un país dado, al integrarse a la economía global, abrirse a la inversión extranjera y dotar de poder a sus consumidores, restringe permanentemente su capacidad para causar problemas y promueve una democratización gradual y una paz difundida». No quería decir literalmente que McDonald’s termina con las guerras, sino más bien que su llegada a un país representaba un símbolo de la transición.

Al igual que Friedman, al utilizar a McDonald’s como una abreviatura de las fuerzas que despedazan actualmente a la democracia, lo hago de manera figurada. No estoy afirmando que la presencia de la cadena de hamburguesas por sí misma sea la causa del declive de las sociedades abiertas, democráticas (aunque hay que decir que en Inglaterra sí ha desempeñado un papel para ocasionarlo, al utilizar las leyes de difamación en contra de aquellos que la critican). Tampoco que los países que cuenten con McDonald’s necesariamente se convertirán en dictaduras.

A lo que me refiero es a que, bajo el asedio del ubicuo capital trasnacional que McDonald’s tan bien ejemplifica, la democracia como sistema vivo se marchita y muere. Las viejas formas y foros aún existen —seguimos contando con parlamentos y congresos—, pero su antiguo poder se desvanece, y el verdadero poder reemerge en lugares a los que ya no tenemos acceso.

El poder político que debería pertenecernos se ha desplazado hacia reuniones confidenciales con los lobistas y donadores que establecen los limites del debate y de la acción política. Se ha desplazado hacia los dictados del Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo, que no responden a los intereses de la gente sino a los del sector financiero. Ha sido transportado, resguardado por escoltas armadas, al helado ajetreo de Davos, en donde Friedman siempre es tan bien recibido (incluso cuando pronuncia sinsentidos).*

Pero principalmente, el poder que debería pertenecer a la gente ha sido aplastado por los tratados internacionales. Los acuerdos como el TLC, el propuesto Acuerdo Transpacífico de Comercio y Servicios y la fallida Alianza Transatlántica de Comercio e Inversión se diseñan a puertas cerradas, mediante discusiones dominadas por lobistas corporativos. Y dichos lobistas consiguen introducir cláusulas que ningún electorado informado jamás aprobaría, como el establecimiento de opacos tribunales offshore para dirimir las controversias, gracias a los cuales las corporaciones pueden pasar por encima de las cortes nacionales, desafiar las leyes nacionales y exigir compensaciones por los resultados derivados de decisiones democráticas.

Estos tratados internacionales limitan el ámbito de la política, evitan que los Estados puedan interferir en los resultados sociales y minan las conquistas laborales, la protección al consumidor, la regulación financiera y la calidad de los barrios. También vuelven ridícula la noción de soberanía. Cualquier persona que olvide que echarlos atrás fue una de las principales promesas de Donald Trump no conseguirá comprender por qué tanta gente estuvo dispuesta a arriesgarlo todo para elegirlo como presidente.

Igualmente, en el nivel nacional el modelo de McDonald’s destruye toda democracia verdadera. La democracia depende en la creencia recíproca, en la confianza y en la pertenencia: en la convicción de que uno pertenece a la nación y la nación le pertenece a uno. Al aniquilar el apego, el modelo de McDonald’s no podría estar mejor diseñado para borrar esa percepción.

Como observa Tom Wolfe en su novela A Man in Full: «La única manera que se tenía para saber que dejabas una comunidad para entrar a otra era cuando las cadenas comerciales comenzaban a aparecer nuevamente, y uno veía otro 7-Eleven, otro Wendy’s, otro Costco, otro Home Depot». La alienación y la anomia que esta destrucción de la comunidad promueve se ven incrementadas por la precariedad del trabajo y por un régimen de monitoreo, cuantificación y calificación que destruye el espíritu (modelo en el cual McDonald’s es un ejemplo a seguir). Los desastres de salud pública contribuyen también a esta sensación de ruptura. Por ejemplo, tras haber caído durante décadas, las tasas de mortalidad entre estadounidenses blancos de edad mediana están al alza. Entre las causas probables se encuentran la obesidad y la diabetes, la adicción a los opiáceos y la falla hepática, enfermedades
producidas en buena medida por las grandes corporaciones.

Las grandes corporaciones, liberadas de los contrapesos democráticos, nos están conduciendo al desastre ambiental, que se ha convertido en una amenaza inminente para la paz global. McDonald’s ha contribuido una buena parte: la producción de carne es una de las más poderosas causas para el cambio climático.

En su libro The Globalisation Paradox, el economista de Harvard Dani Rodrik describe un triple dilema político: argumenta que la democracia, la soberanía nacional y la hiperglobalización son incompatibles. No es posible tener las tres al mismo tiempo. La McDonaldización acaba con la política doméstica. Por incoherente y peligrosa que sea, la lucha global contra las principales opciones políticas es en el fondo un esfuerzo por recuperar la soberanía nacional frente a las fuerzas de globalización antidemocrática. Un artículo sobre la historia del Partido Demócrata de Estados
Unidos, escrito por Matt Stoller para la revista Atlantic, nos recuerda que el gran jurista estadounidense Louis Brandeis planteó en su momento una elección similar: «Podemos tener democracia, o podemos tener riqueza concentrada en las manos de unos cuantos, pero no podemos tener ambas», dijo. En 1936, el congresista Wright Patman consiguió que se aprobara una ley en contra de la concentración del poder corporativo. Entre sus blancos se encontraba A&P, la gran cadena comercial de su época, que desolaba pueblos, destruía comercios locales y convertía «a los comerciantes independientes en dependientes de mostrador».

En 1938, el presidente Roosevelt advirtió que «La libertad de una democracia no se encuentra a salvo si la gente tolera el crecimiento del poder privado hasta un punto en el que se vuelve más fuerte que el Estado democrático mismo. Eso es, en esencia, el fascismo». Los demócratas consideraban que la concentración del poder corporativo era una forma de dictadura. Por ello desmantelaron los bancos y negocios gigantescos, y encadenaron a las cadenas comerciales. Lo que Roosevelt, Brandeis y Patman sabían ha sido olvidado por quienes detentan en la actualidad el poder, incluidos los periodistas poderosos. Pero no lo han olvidado las víctimas de este sistema.

Una de las respuestas frente a Trump, Putin, Orbán, Erdoğan, Salvini, Duterte, Le Pen, Farage y las políticas que representan consiste en rescatar a la democracia de las corporaciones trasnacionales. Consiste en defender la unidad política crucial que está bajo el asedio de los bancos, monopolios y cadenas comerciales: la comunidad. Consiste en reconocer que no existe ninguna mayor amenaza a la paz entre las naciones que un modelo corporativo que aplasta la elección democrática.

Traducción de Eduardo Rabasa
© Guardian News & Media Ltd 2016

*Monbiot se refiere a un episodio en el foro de Davos, donde Friedman dijo «La Primavera Árabe no ha fracasado por falta de banda ancha, sino por la falta de comprensión humana que tan sólo puede producirse cuando alguien llega quince minutos tarde al desayuno y uno le responde “Gracias por llegar tarde”». Según el periodista Felix Salmon, quien fue el que lo hizo público en Twitter, Friedman se refería al último capítulo de un libro en ciernes, titulado «Gracias por llegar tarde», donde afirma que cuando los importantes ejecutivos con los que se reúne a desayunar llegan quince minutos tarde, él se los agradece por haberle permitido estar consigo mismo en paz durante ese tiempo. Al parecer, el público de Davos irrumpió en un estruendoso aplauso. (N. del T.)

Foto de Sarah Nichols en @Flickr

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