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Paul Otchakovsky-Laurens | Ernesto Kavi

Paul Otchakovsky-Laurens (1944-2018) murió en un accidente de auto en la isla de Marie Galante, en las Antillas francesas, mientras vacacionaba con su mujer, la pintora, escritora y traductora, Emmelene Landon. El 2 de enero a las 14h, en el momento de su accidente, y esto se puede afirmar sin exageración, un sentimiento de orfandad se extendió en cada rincón de la cultura francesa. Paul no fue un artista, ni un escritor, ni un filósofo, ni un poeta, pero fue todo eso al mismo tiempo. También algo más humilde, algo más secreto: fue un editor. Fundó bajó sus iniciales la editorial P.O.L., y sin ella la literatura francesa sería irreconocible. Paul fue el editor de Georges Perec, y de su célebre La vida instrucciones de uso. Fue también el editor de Marguerite Duras, de Pascal Quignard, de Valère Novarina, de Edouard Levé, de Jean-Luc Godard. Un editor es también y quizá, sobre todo, los libros que rechaza, y él tuvo la osadía de rechazar los primeros libros de Jean Echenoz. Porque Paul sólo publicaba los libros que él quería leer. Decía que lo único que le importaba era su propio placer ante el texto, sin interesarse nunca en el posible lector. Fue el último de su estirpe, alguien que podía provocar una fascinación en todos, precisamente porque no medía los riesgos económicos, y su único interés era la obra de arte, la obra literaria, y lo que ella podía aportar a la civilización. Hoy, cuando el mercado ha invadido hasta los últimos rincones de la vida y la mente humanas, un editor como Paul es imposible. Fue una especie de estatua sagrada y ritual en medio de un centro comercial. Le gustaba decir que un autor nace por el riesgo existencial, y no sólo económico, de publicarlo. Para él la edición era una labor donde se ponía en juego nuestro ser en la tierra, porque nunca olvidó que pertenecemos a la civilización del libro. Sin ese objeto no existirían nuestros modelos políticos, ni los más sangrientos ni los mejores. Sin ese objeto simplemente no tendríamos orientación ni memoria. Y una de sus mayores grandezas como editor fue que sus gustos resultaron ser también el gusto de millones de lectores, y que la memoria que él construyó para el mundo también la aceptamos ahora como nuestra propia memoria. Una memoria de belleza. Paul leía alrededor de tres mil manuscritos al año. Cada fin de semana se los llevaba a su casa en el sur de Francia, y después volvía a París con los ojos brillantes, con cada uno de esos manuscritos anotado, y con una carta para cada autor, de aceptación o de rechazo. Su mayor alegría era descubrir a un joven autor, y seguirlo a lo largo de su carrera. Porque un joven autor significaba una nueva ruta para la palabra y, por tanto, para nuestra civilización. Recorrer nuevas vías, abrir nuevos senderos, arriesgarse, para encontrar un lugar más pasible y más hermoso para seguir construyendo nuestra humanidad. Esa fue su tarea en esta tierra, y nosotros, como lectores, como seres humanos, se lo agradecemos. Que sea este homenaje nuestra sencilla forma de decirle gracias.

Ilustración de Álvaro Cicero

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