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Pensar un nuevo hombre, obra de sí mismo | Jean-Didier Vincent

El transhumanismo, corriente de pensamiento que está de moda, se preocupa del futuro de la especie humana. Reagrupa realidades múltiples y propone diversas soluciones de tecnología y ciencia para enfrentar los obstáculos y desastres que, al parecer, el ser humano deberá enfrentar. Es lo que llaman la obligatoriedad tecnológica para escapar a las cuatro principales amenazas (la energía, la economía financiera, el clima y las revueltas) que traen consigo una potencia incontrolable de destrucción.

Los transhumanistas están representados sobre todo por la Asociación internacional de transhumanismo (WTA), presidida por el filósofo sueco Nick Böstrom, quien trabaja en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Oxford. Entre los transhumanistas hay científicos que muchas veces son miembros de organismos oficiales de los Estados Unidos, como la Agencia de Proyectos en Investigación Avanzada para la Defensa (DARPA) y la Fundación Nacional de las Ciencias (NSF), pero también hay filósofos, matemáticos e informáticos que trabajan en, o alrededor, de la Universidad de Stanford (California), e ingenieros de grandes empresas como Google.

Esos transhumanistas quieren pensar un nuevo hombre que sea obra de sí mismo, la herramienta y el agente de su propia transformación. Según el ingeniero y epistemólogo Jean-Pierre Dupuy, se trata de una ideología que busca la superación de la especie humana imperfecta y comprometida en un impasse evolutivo, a través de una ciberhumanidad. Para ciertos extremistas, que alteran las fronteras de la utopía, el transhumanismo sería una búsqueda de la inmortalidad a través de una criatura nacida de su propio genio.

Es por tanto un cuestionamiento de la vida tal y como la conocemos y la experimentamos. Negar la muerte es negar el fundamento mismo de la vida, como lo afirma Claude Bernard: «Toda manifestación de la vida está necesariamente ligada a una destrucción orgánica». El transhumanismo ataca a la muerte o, al menos, propone crear una materia que posea todas las características de la vida: una vida artificial.

Ese programa metafísico sólo puede terminar en una ética sin religión, puesto que modifica el problema de una exigencia trascendental al presentarse como una moral de la felicidad en la que está bien todo lo que es bueno para la criatura. Intenta colocar lo artificial (vida artificial e inteligencia artificial) en el lugar de lo natural.

Dicho de otra forma, cambiar la vida y hacer que surja de la máquina una inteligencia que permita pensar lo impensable y hacer posible lo imposible. Por un lado, nuestra sociedad contemporánea está hambrienta de trascendencia al tener una filosofía desencarnada del espíritu y fundamentada con imágenes virtuales del cerebro (resonancia magnética funcional). Por otro lado, reina una tecnologización galopante que devora a aquellos que se dejan llevar por las proezas sin porvenir.

En un nivel práctico, los transhumanistas se apoyan en las tecnologías convergentes cuya fuerza está multiplicada de forma exponencial. Éstas permiten transformar una utopía en programas de investigación respaldados por las grandes potencias, y que buscan la dominación de la vida y la sustitución biológica del hombre. Son los NBIC: N para nanotecnologías, B para biotecnologías, I para tecnologías de la información, C para tecnologías del cerebro.

Las creaciones actuales provocan escalofríos, y para el ser humano será muy difícil encontrar un punto de referencia en ellas. Es imperativo para el ser humano conocer y comprender lo que los científicos y los políticos le preparan. El progreso no es un fin en sí mismo. Además, ¿para qué serviría deshacerse de Dios, si sólo es para remplazarlo por un Leviatán aún más terrible? La gran pregunta finalmente puede resumirse así: ¿qué vamos a hacer de nosotros mismos?

Traducción de Ernesto Kavi

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