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Pesadilla-de-sobreabundancia-Titulo

Por Diego Rabasa

«Oh-hooooo, ¿eso crees? Eso lo deciden ellos, no tú. Ellos son los que deciden quién es un americano de verdad, chico».
Ben Fountain, El eterno intermedio de Billy Lynn

«Podría pararme en medio de la Quinta Avenida, dispararle a alguien y aun así no perdería votantes».
Donald Trump

Billy es un chico blanco más de un suburbio norteamericano (en Texas) sin futuro, ni presente. Su hermana Kathryn es otro prototipo americano: la chica lista, hermosa, destinada a ascender, por su buena percha y condición, a los cada vez más estrechos círculos del American Dream. Un mal día, Kathryn es arrollada por un Mercedes Benz negro: fractura de pelvis, fractura de pierna, rotura de bazo, atelectasia pulmonar y hemorragia interna. Su novio, un «pijomierda engreido» rompe el compromiso que apenas unos meses antes había adquirido con ella. Billy, que cree en el amor de su hermana y en poco más, no sólo arremete y destroza el Saab «descapotable, cinco velocidades, con llantas de aleación de grafito, salido del concesionario hacía tres meses» del galán en cuestión, sino que lo persigue por un estacionamiento llave inglesa en mano. El fiscal de distrito conviene en reducir los cargos si Billy se alista en el ejército.

En una emboscada en el valle de Al Ansakar, Irak, el mejor amigo de Billy, Hongo, «que leía el Tao, el “Sutra del vórtice de Wichita’ de Allen Ginsberg y las oraciones de un anciano de la tribu crow”» aun en la trinchera de la guerra, es capturado por mi licianos de Al Qaeda. Sin pensarlo dos veces, apabullado por una flagrante inferioridad numérica, Billy arremete contra los «habibis» fulminando a los más. Su escuadrón, luego intitulado Bravo, lo sigue y, como habría de decir el personaje que hace las veces del dueño de los Vaqueros de Dallas, Norm: «Por suerte para nosotros, un equipo de la Fox iba con el grupo que llegó después, y gracias a eso hemos podido ver con nuestros propios ojos lo que estos jóvenes lograron ese día». El video del combate se viraliza hasta el pandemonio, ante lo cual el dueño de los Vaqueros apuntala: «Y tengo que decir que nunca —la voz de Norm se vuelve ronca y su cuerpo se encorva sobre el micrófono—, y digo nunca, me he sentido tan orgulloso de ser americano que el día que vi esas imágenes». Los sobrevivientes del escuadrón (entre los que no se encuentra Hongo, cuyo cadáver recuperan) son repatriados momentáneamente (luego son vueltos a llamar a filas) para desfilar en el Tour de la Victoria: un parade a lo largo y ancho de los Estados Unidos que culmina con un show en el partido de Acción de Gracias en el estadio de los Vaqueros de Dallas. Es ahí donde realmente acontece la magistral novela de Ben Fountain.

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Ben Fountain estudió inglés y luego leyes. Un buen día se cansó y se dijo a sí mismo: soy escritor. Se obsesionó con Haití, viajó 30 veces a aquella nación. Producto de sus viajes, a los 48 años de edad, publicó el libro Brief Encounters With Che Guevara y la crítica se desbordó hacia su genio y talento. Tom Wolfe, Charles Dickens, Evelyn Waugh, Robert Stone —sonaron las comparaciones—. Seis años más tarde apareció su primera novela: El eterno intermedio de Billy Lynn y ascendió hasta la cúspide de la literatura norteamericana.

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Fountain describe el espectáculo de la nfl como «el vientre de la americaneidad». Un «juego» que parece haberse convertido en el anuncio que promueve los anuncios que cimentan su «pesadilla de sobreabundancia». Durante el tour por los meandros del estadio, custodiados por la plana mayor de la alta empresa texana (amiguetes del dúo dinámico Bush-Cheney), los soldados son conducidos al almacén que provee a los atletas («las criaturas mejor cuidadas de la historia»). Ahí, un tipo medio zafado, custodia «Los chicles: los hay de cinco sabores, y aquí pueden ver dos mil o dos mil quinientas cajas. Aquí están las cintas de velcro, para que el equipo quede cómodo y bien ceñido, no queremos que el enemigo tenga de donde agarrarse. Protectores de cadera, muslo y rodilla clasificados por tipo, talla y grosor. Guantes ligeros para los receptores y acolchados para los hombres de la barrera. Plantillas ortopédicas de todas las tallas. Gorras. Gorros de lana. Destornilladores eléctricos para cambiar los tacos. Polvos de talco. Protector solar. Sales aromáticas. Veintidós tipos distintos de esparadrapo. Geles, cremas, pomadas, antibióticos y antifúngicos. Refrigeradores. Cartones de Gatorade en polvo. Ah, chicos, y aún hay más. Para días fríos como el de hoy, gorros, interiores térmicos, mitones, manguitos, calientamanos químicos, cremas para el frío, calcetines térmicos, calefactores para el banquillo. Abrigos térmicos impermeables, especialmente diseñados para llevar con las hombreras puestas. Ponchos para la lluvia, con el mismo diseño. En cada partido usamos unas setecientas toallas, y el doble en condiciones de humedad o calor extremo», y la lista sigue y sigue. Cada vez que el equipo sale de gira, se desplaza una tonelada de equipo.

En las tribunas, los asistentes —por ejemplo un niño con los tenis roídos y un abrigo que no le queda cuyos padres, no obstante, han pagado cien dólares por boleto demostrando que, como dice Morris Berman, citando a John Steinbeck, en los Estados Unidos los pobres se consideran «millonarios temporalmente avergonzados»— consumen, vitorean, engendran la fe en la idea fija de la grandeza americana hasta el paroxismo.

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Fountain es un narrador de raza. El vacío del estadio invoca «la nada que araña el rostro». Los altos ejecutivos de los Vaqueros utilizan «la agresión controlada como herramienta de trabajo». Los americanos «nunca se parecen tanto a una caterva de borrachos como cuando celebran el final de su himno nacional». La «presunta bendición» de haber nacido en Estados Unidos resulta en una «fe excesiva e irresponsable» y constituyen un pueblo con «un umbral de tolerancia excepcionalmente alto para la farsa, el bombo, el desplante». Su manejo de los tiempos —puede narrar a velocidad de arma automática, como por ejemplo cuando nos restriega en el rostro el show del medio tiempo de Destiny’s Child, en donde fuegos artificiales, toneladas de kilovatios, chicas reducidas a sus tetas y caderas, lásers, estruendos, banderas gigantes, reservistas del ejército y una grey psicotizada, despliegan en todo su esplendor el culmen del enajenante sistema del «capitalismo de casino» (Morris Berman dixit), o puede suspender el tiempo como cuando Billy disecciona el momento en el que el balón queda suspendido en el aire tras ser pateado y queda, por un momento, en la intersección entre impulso y gravedad— es de un virtuosismo alquímico.

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Los miembros del escuadrón Bravo son chicos entre los 18 y los 22 años. Su líder, Dime, quizá el personaje más genial del libro, tiene apenas 24 pero, como la guerra convierte a todo aquel que participa hacia la religión de lo-que-es, su edad apenas viste el taladro que tiene en la mente. Un productor de Hollywood les ha prometido a los chicos que hará una película con su gesta. Buena parte de la energía de la novela se gasta en los entreveres de esta empresa. En el inter, Billy busca su norte y lo encuentra en una cheerleader de los Vaqueros que por primera vez hace sentir al héroe valorado sólo por quien es.

Ben Fountain nos arroja como un dardo a una diana a los cimientos de la pesadilla americana y como el narrador tocado por la gracia que es, nos permite observar las múltiples capas que forjan el grotesco espectáculo de nuestros vecinos del norte a través de una historia al mismo tiempo conmovedora y cruel. El lector apenas notará que está siendo conducido por uno de los círculos más concéntricos del infierno que asola buena parte del mundo. Los potentados, sus ciervos, el vulgo que adora a los cortesanos, la guerra como afrodisiaco de una nación que se ha fagocitado hasta unas cenizas en las que no se advierte ninguna Fénix, conjuran un retrato de un mundo en el que «Lo real […] se revela doblemente falso: lo real que parece tan real que se ve falso y lo real que no se parece a lo real y que por tanto se ve falso, de modo que a lo mejor sí es preciso recurrir al arte y la astucia de Hollywood para conferirle pátina a la realidad». Una realidad aciaga y prepotente que brilla sólo a través del fulgor de la prosa que la lapida.

Billy-Lynn-portadaEl eterno intermedio de Billy Lynn
Ben Fountain
Traducción de David Paradela
Contra • 2016 • 336 páginas

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