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Pigmentocracia. Entrevista con Fernando Urrea-Giraldo | José Ángel Calderón

En América Latina las desigualdades tienen un color de piel

Fernando Urrea-Giraldo es sociólogo y político. Da clases de sociología en el Departamento de Ciencias Sociales y Económicas de la Universidad del Valle, en el suroeste colombiano, desde 1984. Es coordinador de investigación del eje «Estudios etno-raciales y laborales» del Centro de Investigación y Documentación Socio-Económica (cidse), en el cual ha dirigido trabajos sobre los mecanismos de la dominación social desde una perspectiva interseccional  (género/clase/raza/sexualidad).

En la entrevista que sigue, hablamos con Fernando Urrea-Giraldo de los resultados de una investigación llevada a cabo en los cuatro países más poblados de América Latina (Brasil, México, Colombia y Argentina), coordinada por Edward Telles, investigador en la Universidad de Princeton, y el mismo Fernando. Aquella investigación, titulada perla (Proyecto Etnicidad Raza en América Latina), abarca cuestiones relativas a los procesos de discriminación, a las desigualdades y a las formas de integración de las minorías etno-raciales, e igualmente a la manera como se construyen les identidades nacionales en aquellos países.1

Partamos de su investigación perla, de la manera como explica usted que un orden pigmentocrático opera en América Latina. Si no entiendo mal, es con aquella noción como quiere demostrar que el racismo estructura la sociedad y cruza las fronteras de las clases sociales, incorporando asimismo las diferencias socioeconómicas en lo que usted denomina un «juego pigmentocrático». ¿Cómo funciona el orden pigmentocrático?

Podemos afirmar que en América Latina la relación entre clase y raza es peculiar. Las clases sociales interactúan con las diferencias pigmentarias, es decir, las diferencias de color de la piel. En general, se puede afirmar que las clases sociales tienen un color de piel particular en las varias regiones latinoamericanas, cada una con sus propias especificidades. Si tomamos el ejemplo de la región del Valle del Cauca, que es la región sobre la cual trabajo desde hace varios años, una región en el suroeste colombiano que conoció la larga tradición de la hacienda colonial esclavista, las élites dominantes siempre han sido las fracciones minoritarias más blancas, como en otras regiones y sociedades de América Latina. En el Cono Sur (Argentina, Uruguay, Chile) dicho fenómeno es también muy obvio. En otras palabras, en América Latina, en el largo periodo de producción de las diferentes sociedades, el cual empieza a partir del periodo colonial, la estructura de las clases sociales va articulándose con un orden etno-racial. Así, las fracciones que se van produciendo como las clases populares, es decir, las fracciones más subalternas en el orden social, son aquellas que tienen la piel más oscura. En el periodo colonial eran sobre todo negros e indios. Las poblaciones irán mezclándose a lo largo del periodo republicano, pero esta articulación clase/raza no dejará de influir permanentemente en la producción y reproducción de las desigualdades sociales. En otros términos, si analizamos los procesos de movilidad social y de permeabilidad social y racial entre las diferentes categorías de la población, ambas dimensiones (clase y raza) siguen presentes y se relacionan la una con la otra. Cabe considerar también el criterio de género, porque en América Latina, en particular en el caso colombiano, las mujeres como grupo social son más impactadas por las jerarquías establecidas a partir de los diferentes colores de la piel. Las mujeres se empeñan en «blanquear» su piel para que las miren como mujeres «respetables», «respetabilidad» que se suele asociar con la mujer blanca o mestiza. En el caso de los hombres colombianos existe la categoría popular del «negro refinado», es decir del hombre negro que habla, se viste, se expresa como un blanco… No obstante, en el proceso de movilidad y ascensión social, para que éste sea operante y reconocido, la presión del «blanqueamiento» en los hombres negros es menos determinante que en las mujeres. En otros países hemos observado fenómenos similares. En México, el Instituto Nacional de Estadística llevó a cabo una encuesta en la cual, de un modo intuitivo, el encuestado debía ubicar «colores de piel» identificables y relativos a categorías «raciales» de la población en el escalafón social. La mayoría ubicó las pieles claras en lo alto de la jerarquía social. Aquello cuestiona uno de los fundamentos del principio de nacionalidad mexicana, aquella idea moderna de ciudadanía según la cual el fenotipo no debería desempeñar ningún papel específico. Por lo contrario, las diferenciaciones raciales están muy presentes en el imaginario que compone el sentido común mexicano y ponen de realce la realidad de las desigualdades. Esta constatación ha sido objeto de un debate muy interesante en los mundos académicos y políticos mexicanos, ya que de repente los mexicanos verbalizaron lo que no se podía decir: que los colores de la piel tienen algo que ver con el orden socio-económico. La presentación de los resultados de nuestra investigación perla contribuyó modestamente a volver a situar la cuestión racial en el centro del debate político. En México, la identidad nacional reconoce la existencia de un pasado étnico «originario» o ancestral que concierne a la mayoría de los habitantes, pero se trata de una historia muerta. Aquella historia vuelve a estar viva hoy y vuelve a estar en el centro del juego de las alianzas que construyen el tablero político mexicano, entre otras cosas por el movimiento indígena.

En Chile, estudios en psicología experimental han probado que, de manera natural, se percibe a la población de estudiantes más cercanos al fenotipo mapuche, es decir indio, como a la que tiene menos capacidades intelectuales. Los análisis sociológicos relativos a la tasa de éxito según el color de la piel confirmaron más tarde estas intuiciones muy presentes en el imaginario social: los estudiantes que tienen la piel más clara y que pertenecen a un tipo racial europeo tienen mejores resultados en el sistema escolar chileno.

Por todas partes en América Latina, una línea de investigación coloca hoy en el centro del debate político aquella idea de que las clases sociales tienen un color de piel.

Entonces ¿la categoría «raza» funcionaría en América Latina de un modo algo distinto a Estados Unidos, por ejemplo, donde los procesos de formación de guetos raciales han marcado profundamente la historia del país?

La particularidad en América Latina, si la comparamos con el caso estadounidense donde la «raza» es una variable que explica por sí misma las desigualdades sociales, es que las desigualdades se explican a partir de una articulación clase/raza. Cuidado: las clases sociales también son operantes en Estados Unidos, pero el componente racial es muy importante en la construcción de las naciones anglosajonas. Las sociedades anglosajonas son sociedades hipersegmentadas por el fenómeno de la segregación racial. En América Latina los procesos de racialización se articulan con las clases sociales, lo cual no impide la existencia de formas de movilidad social ascendente de individuos y de grupos que tengan la piel más oscura. Pero estos procesos de movilidad social siempre se hacen dentro de una jerarquía de asimilación corporal en relación con los grupos que tienen una piel más clara. Es lo que podemos observar si nos fijamos en los procesos de movilidad social ascendente de las clases medias negras o indígenas. Se nota también la interacción entre las élites indígenas y las clases medias y superiores blancas; o en el caso brasileño, la existencia de formas de reconocimiento de ciertos linajes de grupos de esclavos negros que han adquirido estatus prestigiosos. En las diferentes regiones latinoamericanas, las fronteras son más o menos permeables, pero en esta interacción entre clase y raza, el juego pigmentocrático sigue presente.

Me parece que su propuesta cobra una dimensión política de primer orden ya que permite deconstruir la idea de mestizaje, es decir aquella idea que pretende colocar a todos en un pie de igualdad: somos todos una mezcla porque somos todos mestizos, mientras que, en realidad, cuando se lee atentamente su trabajo, entendemos que el mestizaje funciona más bien como una ficción que permite ocultar la existencia de un orden social racista.

En efecto, el mestizaje ha generado un proceso muy interesante, una mezcla que sin embargo no ha producido nunca amalgamas completas sino gradaciones de color que van de lo más claro, que se asocia siempre con las clases dominantes y con las élites, a lo más oscuro, lo cual se relaciona con las clases más dominadas y subalternas. Se han abolido formalmente las castas etno-raciales en el periodo de la constitución de las repúblicas. Todos los ciudadanos eran libres e iguales ante la ley, pero, en la vida social, este juego de «variaciones de colores», este juego pigmentocrático, no ha dejado de existir.

A partir del siglo XX asistimos a la conformación de Estados-nación que pasan por la constitución de un mercado económico interior para cada país y por el reparto del poder económico, es decir, por la producción de élites en los sectores industriales y agrícolas, pero también por la producción, en cada país, de metarrelatos acerca del «orden mestizo» que quieren «despigmentar» las desigualdades socio-raciales.

Paradigmas de «la nación mestiza» se constituyen por todas partes, alrededor de dos polaridades. Por una parte, el modelo mexicano, que es el de la «raza cósmica», es decir, el de una nación que tiende a reconocer su pasado indio y ancestral, y, por otra parte, el modelo brasileño de la «armonía racial», que construye la idea según la cual Brasil se hubiera escapado del racismo y de la discriminación racial muy presentes en otros países como Estados Unidos.

Aquellos metarrelatos les proporcionaban a dichas sociedades una manera de pensarse fuera del juego pigmentocrático. Existe también otro modelo que, en realidad, constituye un anti-relato, el de los países del sur del continente en los cuales se borra completamente el pasado negro e indígena. En estos países una población blanca que venía de Europa ha sido «transplantada», según la feliz expresión de Darcy Ribeiro,2 fenómeno que borra completamente la cuestión de las variaciones raciales.

No obstante, el fantasma racial no dejará de volver a aparecer, incluso en la sociedad argentina, en la cual la cuestión de las «cabecitas negras» permitirá pensar desde una perspectiva socio-racial a las clases populares, durante el primer peronismo, en los años 1940 y 1950. A pesar de esto, la sociedad argentina se constituirá como sociedad europea, mientras que México y Brasil construyen su identidad nacional a partir del «ser mestizo».

Es con el «mestizo» como van a pensarse la sociedad brasileña (el pardo) y la mexicana (el cholito), y la clase social se vuelve así la única variable que explique las desigualdades y las diferencias estatuarias y simbólicas entre los individuos y los grupos sociales. A partir de los años 1980 y 1990, el fantasma de las desigualdades etno-raciales vuelve a aparecer y, con él, por fin, el reconocimiento de que, detrás de las estructuras de clase y de los procesos de movilidad ascendente, el color de la piel desempeña un papel central. Se reconoce también que, en los procesos de movilidad ascendente, el mestizaje —en el sentido de una filiación más clara, con cuerpos que se «blanquean» con el paso de las generaciones— se relaciona con posiciones socioe- conómicas más acomodadas y más prestigiosas. En cuanto a las élites, ellas se relacionan completamente con la idea de «blanquedad».

Por su parte, la sociedad colombiana se constituyó conforme al modelo argentino, y eso a pesar de que sea el tercer país de la región con mayor presencia de una población negra de origen africano, como lo subraya la investigadora Aline Helg.3 El relato hegemónico que ha construido la nación colombiana a lo largo del siglo XX, ha creado a la población como pueblo hispánico. Y ser un pueblo hispánico significa, primero que todo, ser un pueblo blanco. Pero, entonces, ¿España no ha sido también un país árabe? El llamado emir de Córdoba, según la historiografía oficial española, firmaba en realidad sus cartas oficiales, en el siglo xi, como Rey de España. Aquella construcción de la hispanidad ha ocultado las otras Españas que coexistieron durante varios siglos. Y es aquella concepción reductora de la hispanidad la que ha permanecido en Colombia hasta hoy y la que ha permitido que se haya ocultado el papel de la raza en la construcción del orden nacional y, luego, republicano.

Todos aquellos grandes paradigmas deben leerse en relación con la estructura de las clases sociales. No se puede olvidar el análisis en términos de clases sociales, pero la lucha de las clases debe pensarse desde el conflicto de orden racial y étnico. ¿Por qué «racial» y «étnico» en Colombia? Porque tenemos en Colombia —y en otras regiones del continente— grupos de población que se han produci- do en la subalternidad de los procesos coloniales, pero de un modo particular según los tipos de relaciones —de orden jurídico, social, político, económico…— que los separan de los grupos dominantes: las poblaciones indígenas y las poblaciones negras esclavizadas. Las unas y las otras son marcadas por la estructura de clase y, a su vez, la manera como el poder colonial y republicano las construyen estruc- tura las clases sociales de un modo peculiar, según una gradación pigmentocrática. Los discursos que prevalecían hasta hace poco en América Latina y que estribaban en una única variable explicativa –la clase–, no podían, en ningún caso, dar cuenta de la riqueza de nuestra estructura social y de las formas que cobran las relaciones entre los diferentes grupos sociales, las tensiones, los intereses que los animaban.

Traducción de Joséphine Marie

  1. Edward E. Telles y el «Project on Ethnicity and Race in Latin America (perla)», Pigmentocracies: Ethnicity, Race, and Color in Latin America, Chapel Hill, University of North Carolina Press, 2014, 320 pp.
  2. Antropólogo y novelista brasileño, dedicó sus trabajos a los indios de la Amazonia.
  3. Civiliser le peuple et former les élites. L’éducation en Colombie 1918-1957, París,  L’Harmattan,  1984.

Ilustración de Elian Tuya

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