Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Políticas del baile | Felipe Rosete

«Sin la música algunos de entre nosotros morirían».
Pascal Quignard

No conozco un acercamiento más bello a la música que el de Pascal Quignard, quien rescata del olvido a Butes, el argonauta que, al escuchar el canto de las Sirenas, deja los remos, se levanta de su puesto, sube al puente del navío y se arroja al océano en pos de esa música seductora y desconocida. Orfeo sube al mismo sitio, pero no para arrojarse, sino para, cítara y plectro en mano, tañer un ruidoso contra canto en el que se diluya la melodía de los pájaros con cabeza y senos femeninos, consiguiendo con ello que el resto de los tripulantes del Argos continúen en su sitio, golpeando el agua con sus remos, al ritmo de esta otra música.

El mito revela, pues, dos tipos de música que parecen aludir, como bien interpretan Miguel Morey y Carmen Pardo en el postfacio de Butes, a dos estados del ser. Si, por un lado, la de las Sirenas es una llamada que yergue, una invocación disidente (dis-sedeo: des-sentarse), un canto animal, irreconocible, pero por eso mismo seductor, encantador, una «fuerza que arrastra», que conduce fuera de lo humano e impide el regreso, cuya suerte para el que lo escucha sólo puede ser la aniquilación; por el otro, la música de Orfeo es humana, métrica, articulada, ajena al baile, que transforma al individuo en sujeto social, y forja la unanimidad requerida para que el navío siga avanzando, gracias a su incidencia sobre los cuerpos y las mentes de los tripulantes. Si la una impide el regreso, la otra lo promueve; si con la primera somos impulsados a movernos, a bailar, la otra nos impele a permanecer sentados, sometidos. Si una obedece al deseo, la otra sigue a la razón. Una implica el caos, el ruido, la otra el orden, necesario para el poder.

* * *

«¿Qué es la música? El baile».
«¿Y qué es el baile? El deseo de levantarse de modo irreprimible».
«¿Qué es la música originaria? El deseo de arrojarse al agua».
«¿Qué hay en el fondo del deseo de arrojarse al agua?». La imprudencia, el deseo de desindividuación total, un impulso hacia la animalidad interior, hacia el origen, hasta llegar a las aguas del vientre materno, con cuya música bailamos por vez primera. «La música —señala Quignard— atrae a su oyente a la existencia solitaria que precede al nacimiento, que precede a la respiración, que precede al grito, que precede a la espiración, que precede a la posibilidad de hablar. De este modo la música se hunde en la existencia originaria».

Pero «volver a la condición originaria es morir». «Por ello la música es una “isla” en medio del océano; una isla a la que toda aproximación es imposible salvo perecer ahogado».

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Y allá fuimos, siguiendo el canto de las Sirenas, a las costas del Mediterráneo, a la ciudad de Barcelona. Tres intensos días en el Parc del Fòrum, una especie de isla entre el mar y el asfalto, para escuchar a algunos de los mejores músicos del mundo en el Primavera Sound, un festival que en tan sólo quince años pasó de 7,700 a 190,000 asistentes y de 19 a 292 bandas invitadas. Un poco demasiado, para mi gusto. Demasiada gente, demasiadas bandas, demasiadas marcas, demasiado consumo: de bandas, de alcohol, de drogas, de energía, de experiencias, en suma. Aún así, francamente, una isla encantadora, llena de alegría, baile, fiesta y buena música.

Es cierto. En su estado actual, la música está, como casi todo en la vida, asociada al dinero. Es una mercancía. No obstante, debajo de ella subsiste la llamada originaria, el impulso al baile y a la disidencia, la prefiguración de nuevos ruidos y por tanto, de nuevos órdenes. Si, como señala Jaques Attali, en un inicio se presenta «como originada en un homicidio ritual, del cual es simulacro», siendo, por tanto, un atributo del poder político y religioso, «luego, entrada en el intercambio comercial, participa en el crecimiento y la creación del capital y del espectáculo», siendo fetichizada como mercancía de consumo generalizado, bajo el control del poder económico. «Hoy día —afirma en Ruidos. Ensayo sobre la economía política de la música— la música […] anuncia el establecimiento de una sociedad repetitiva en la que nada más sucederá, al mismo tiempo que la emergencia de una subversión formidable, hacia una organización radicalmente nueva, nunca antes teorizada».

Así, más allá de sus utilizaciones estratégicas por parte del poder a lo largo de la historia —para «hacer olvidar» la violencia general en el sacrificio ritual; «hacer creer» en la armonía del mundo mediante la representación y el espectáculo; o «hacer callar» a través de la repetición infinita de la música producida en serie—, gracias a la composición, al genio creativo y juguetón que se esconde tras ella, es posible seguir hablando de una música nueva, liberadora, capaz de anunciar nuevas relaciones sociales. De ahí la importancia de iniciativas como el Primavera Sound, mercantiles, sí, pero también culturales y sociales. Grandes fiestas en torno a la música y todo aquello que la envuelve, lo bueno y lo malo.

* * *

El momento había llegado. Jueves 2 de junio. Éramos cerca de quince personas, hombres y mujeres, casi todas mexicanas, algunas españolas, un sueco de dos metros. Todos viejos conocidos, algunos muy amigos, otros más que hermanos. Con la euforia del primer día, caminamos la pendiente hacia el acceso, rodeados de gente con rostro emocionado, dispuesta a pasar una gran noche. Muy promisoria, por cierto. lcd Soundsystem regresaba al Primavera tras su participación en 2003 en la segunda edición del festival, y cinco años después de su separación.

Habíamos calentado con Air y Tame Impala, para llegar después a lo que sería un verdadero arrebato musical. Bajo y batería a un mismo compás. Percusiones. Sintetizadores haciendo ruiditos como de nave espacial. Destellos de guitarra. Los músicos empiezan a mover el cuerpo. Yo también. Siento el impulso irrefrenable de hacerlo. Me chupo el índice, lo meto a mi bolsita de MDMA, y luego lo llevo a mi boca. Lamo la sustancia. Siento su desagradable sabor en mis papilas gustativas. Doy un trago a mi bebida. Y repito la operación. Sigo moviéndome de manera repetitiva, como lo hacía desde nonato, mientras espero una nueva explosión causada por la droga. Sale James Murphy al escenario envuelto entre los gritos de la gente. The time has come, the time has come, the time has come today. De lo alto del escenario desciende una bola disco gigante, sol luminoso que de inmediato comienza a reflejar los rayos de luz que le llegan de múltiples direcciones. La velocidad de la música aumenta, lo mismo que mis pulsaciones cardiacas. The time has come, the time has come, the time has come today. Un grito profundo emerge de mi garganta, expresión gozosa de mi animal interior, completamente exaltado. Murphy mueve de un lado a otro su cabeza despeinada, mientras yo siento cómo la música, el sonido del bajo sobre todo, empieza a apoderarse de mi cuerpo, provocando movimientos inconscientes e incontrolables. Sigo gritando, abrazo a mis amigos, nos palmeamos la espalda, nos jalamos el pelo. El ritmo y el meneo corporal aumentan, lo mismo que el cosquilleo que sube y baja por mi cuerpo como efecto de la droga. Ya viene, ya viene. Estalla en los primeros acordes de la siguiente canción. Daft Punk is playing in my house, in my house, «but also in my fucking brain, in my body, in my soul». Brinco, me muevo, me contorsiono, simulo tocar el bajo, canto. Me dejo ir. Me arrojo al agua. Never never never let them go. Never never never let them go. Never never never let them go, let them go.

El concierto sigue su curso. Aprovecho para tomar respiros en canciones más calmaditas —«I Can Change», «Someone Great», «New York I Love You…»—. Alcanzo, en cambio, verdaderas cumbres extáticas con la serie inaugurada por «You Wanted a Hit», un ejemplo perfecto de cómo manipular progresivamente el cuerpo a través de los sonidos. Tu-tutu-tu, Tu-tu-tu-tu-tuu-tu, Tu-tu-tu-tu, Tu-tu-tu-tu-tuu-tu Tin, empieza a sonar el piano; pgm-pgm pgm-pgm pgm-pgm pgm-pgm, pgm-pgm pgm-pgm pgm-pgm pgm-pgm, pgm-pgm pgm-pgm pgm-pgm pgm-pgm, entra el bajo como si estuviera coordinado con los latidos de mi corazón; y tras de él, la batería, tuc-pa tuc-pa tuc-pa tuc-pa, dándole un impulso tremendo a la melodía. You wanted a hit, but maybe we don’t do hits, canta Murphy, mientras la canción sigue subiendo poco a poco en intensidad. And we won’t be your babies anymore / We won’t be your babies anymore / We won’t be your babies / ‘Til you take us home, le espetan al gerente comercial de la disquera. Y entonces sí, entran las guitarras y todo estalla, dentro y fuera de mi cuerpo. Se escuchan gritos de júbilo por doquier. Y para no bajar el ánimo, continúan con «Tribulations», revientan el escenario con «Movement», para luego proseguir con el pegajoso Yeah yeah yeah, yeah yeah yeah yeah yeah, Yeah, yeah yeah yeah yeah. Bailo conmigo mismo, con mis amigos, me desplazo entre ellos de un lado a otro, giro al ritmo de la música, volteo al cielo, cruzo miradas con algunas asistentes, bailamos a distancia. Nos divertimos juntos aunque seamos unos perfectos desconocidos. Luego, dispersos entre la multitud, nos olvidamos.

Otra cumbre, esta vez emocional, llega al final del concierto, cuando interpretan «All my friends», ese himno a la amistad, cuyo pianito inicial escuché por primera vez en casa del maestro José Ignacio, en una de esas fiestas en las que, irremediablemente, la música, las drogas, el alcohol y el amor muto nos llevan a fundirnos cada año en un abrazo, tan fraterno como el que nos dimos entre todos los que estábamos ahí esa noche, felices y agradecidos por compartir un momento tan especial. No tuve que preguntarme, como en otras ocasiones, Where are your friends tonight?, ni añoré verlos para sentir su apoyo, su amor, su comprensión o simplemente su compañía, sus palabras, su risa, su presencia. En ese momento estábamos juntos ahí, en Barcelona, abrazados, bailando, gozando, tirándonos juntos al océano de sonidos que nos ofreció esa grandísima banda neoyorkina. El antiguo argonauta se manifestó en mí como Butes danzante. Se esfumó con la llegada del amanecer.

* * *

Al día siguiente Butes volvió, pero en una faceta distinta: melancólica, reflexiva. Y es que se presentaba Radiohead como parte de la gira de su nuevo álbum, A Moon Shaped Pool, casi diez años después de su última actuación en Barcelona. Otra de las grandes motivaciones para asistir al Primavera. Y allí estuvieron. Con un escenario que cambiaba constantemente del rojo al azul, como si simbolizara el paso constante en nuestras vidas del cielo al infierno y viceversa. Un cielo muy oscuro, por cierto, nocturno en todo caso. Con los primeros acordes de «Burn the Witch» como fondo, Thom Yorke, con su estilo inconfundible, aunque un poco más calvo y con cola de caballo, emergería de esas tinieblas enrojecidas para empezar, junto con sus colegas, a hacer lo suyo: transformar el dolor en algo hermoso.

La música, señala Quignard, «es capaz de ir al fondo del dolor», «tiene el valor de llegar hasta el final del mundo de la tristeza», «porque es allí donde ella mora». «La música no re-presenta nada: re-siente». El escritor francés pone como ejemplo a Schubert: «Hubo un pensador —nos dice— que pensó de cabo a rabo este estado de abandono, de soledad, de carencia, de hambre, de vacío, de extrema amenaza mortal repentina, de desnudez, de frío, de ausencia de todo socorro, de nostalgia radical, experimentado por cada cual en el nacimiento». Radiohead, sin duda, sigue sus pasos. Es una banda que, a través de su música, se ocupa de pensar y expresar las variadas manifestaciones del dolor y la tristeza, de la desolación y el abatimiento, del duelo por haber sido echados a este mundo. Allí donde el pensamiento no llega, por temeroso o por incapaz, la música sí. Emerge de las oscuridades más profundas del alma precisamente para regresarnos a ella.

Y para alcanzar esa profundidad, al igual que Butes, se tienen que arrojar al mar. O al río, como en «Pyramid Song», interpretada memorablemente aquella noche, que es justamente eso, una invitación a saltar: I jumped in the river and what did I see? / Black-eyed angels swam with me […] All my lovers were there with me / All my past and futures / And we all went to heaven in a little rowboat / There was nothing to fear, nothing to doubt. Ahí estaba Thom Yorke, como si acabase de salir del fondo del Mediterráneo, mojado y abatido, tocando el piano lentamente y acompañando esas largas notas con gritos desconsolados, con el cuerpo retorcido, como si con esos gestos cargara con el dolor de las más de cien mil almas allí presentes, recordándonos que no hay nada que temer, que la vida también es muerte y que, como reza la que es quizás mi canción favorita, interpretada hacia el final del concierto, we are accidents waiting to happen. Y cuando ese momento llegue, en el fondo del océano, seremos comidos por los gusanos y por peces extraños, nos dice en «Weird Fishes/Arpeggi», esa canción que, al igual que la anterior, implica un cara a cara con la muerte, a la que sin duda hay que seguir, porque representa nuestra oportunidad de escapar de aquí, with no alarms and no surprises, de un mundo sofocante, en el que estamos atrapados en nuestro propio cuerpo sin poder salir, en el que la lluvia cae una y otra vez sobre nosotros desde una gran altura, al que sentimos que no pertenecemos, del que no podemos escondernos en nuestras horas más oscuras, en el que todo desaparece una y otra vez hasta la eternidad. Today we escape / we escape, pronuncia Yorke en ese canto al suicidio que es «Exit Music (For a Film)» —que desafortunadamente no tocaron—, nuevamente con la muerte hablándole al oído, diciéndole: And now we are one in everlasting peace / We hope that you choke, that you choke.

Aun así, en «There, There» parecen prevenirnos contra el canto de las Sirenas: There’s always a siren / Singing you to shipwreck / (Don’t reach out, don’t reach out) / Steer away from these rocks / We’d be a walking disaster / (Don’t reach out, don’t reach out). Con los tambores y el bajo al unísono como fondo, como si nos estuvieran alentan do a una guerra interna contra nosotros mismos, y esos destellos de guitarra que van subiendo paulatinamente hasta detonar, continúan advirtiéndonos: Just because you feel it doesn’t mean it’s there (there’s someone on your shoulder), y recordándonos que, dado que la vida es la espera de la muerte, quizá por ello no hay que apresurarla, sino tratar de disfrutar de ella. Tal vez por eso me gusta tanto esa canción, que irremediablemente me eriza la piel y que cada año, sin falta, comparto con mis amigos en el viaje anual que hacemos a Guadalajara por carretera, mientras contemplamos los imponentes lagos y montañas que flanquean el camino y sentimos, ayudados por la música, la potencia de la vida manifiesta en la naturaleza y en nosotros mismos, en el cariño, en la amistad, en la alegría de estar juntos en esa camioneta. Igual que aquella fría noche a un costado del mar.

La música de Radiohead es también un buen ejemplo del carácter disruptivo del que habla Attali. No sólo por su estilo, siempre cambiante y en busca de ruidos nuevos desde sus inicios, sino también por la crítica social y el impulso a la transformación contenidos en sus canciones. Bring down the government / They don’t, they don’t speak for us, cantan en «No Surprises». It’s the devil’s way now / There is no way out / You can scream & you can shout / It is too late now, dicen en «2+2=5», cuyos agresivos acordes no dejan de incitar a la rebelión, a la ira. No es casual que los guitarrazos que la caracterizan, en compás con el potente sonido de la batería, hayan puesto a gritar y brincar simultáneamente a miles de personas, como si de esa forma se estuvieran liberando de las ataduras del poder, cuyo símbolo es precisamente la ecuación que da nombre a la canción, la contraparte mental de una bota pisando un rostro, según la visión de George Orwell.

Para Yorke y compañía, sin embargo, nunca es demasiado tarde. Y lo han demostrado con su más reciente álbum, que nuevamente emerge de un dolor profundo, en el que critican la «sociofobia» desatada por las redes sociales —Loose talk around tables / Abandon all reason / Avoid all eye contact / Do not react—, así como el «panóptico digital» aparejado a ellas —We know where you live—. We’ll take back what is ours, cantan en «The Numbers». Para ello, nos dicen, hay que ir paso a paso, guiados por una música lenta, pausada, relajante, que incita a la calma y la reflexión, a la contemplación, al silencio, como el que la masa guardó en «Daydreaming» o «Decks Dark», al inicio del concierto, para escuchar los acordes y el canto de ese ángel dolorido que lleva por nombre Thom. No por serenas esas canciones dejan de despertar al cuerpo, hacen que se mueva, que suspire, que baile. Y es que, en un mundo, interno o externo, que se cae a pedazos, lo que nos queda es bailar, bailar como locos, ciegos, sordos y mudos para poder sentir nuevamente y pensar en otras realidades: eso nos sugieren en «Present Tense». El baile, pues, como arma de autodefensa contra el presente. Sí hay salida, al menos una salida interna. Nadie nos puede impedir bailar. A eso fuimos al Primavera Sound. The future is inside us / It’s not somewhere else.

* * *

Llegó el último día de festival. Una tarde soleada, que ofrecía a Brian Wilson, líder de los Beach Boys, interpretando junto con una nutrida banda el Pet Sounds, lleno de good vibrations. Pura buena vibra fue la que se sintió entre los espectadores cuando sonaron las primeras notas del piano, acompañadas del I, I love the colorful clothes she wears / And on the way this sunlight plays upon her hair, versos que bien podrían estar dirigidos a las miles de mujeres hermosas que bailaban dando saltitos con los brazos extendidos, como si fueran unas pequeñas hadas venidas de un mundo extraño a derrochar su belleza. A pesar de la edad, Wilson, sentado al piano, se rifó como los grandes y puso a danzar a miles de personas muchas generaciones menores que él, demostrando que los clásicos nunca mueren. Habrán tenido unos veinte años los chicos y chicas que, al lado nuestro, empezaron a levantar el polvo con los pies, completamente extasiados y llenos de recuerdos, felices de revivir las melodías que sus padres escuchaban con ellos en casa.

El mismo efecto tuvo «Surfin’ U.S.A.». El público se volvió loco al escuchar las primeras notas, acompañadas del famoso: If everybody had an ocean / Across the U. S. A. / Then everybody’d be surfin’ / Like Californi-a. Como si el mar hubiese cobrado una fuerza inusitada hasta adentrarse con grandes olas en el Parc del Fòrum, de inmediato todos tomamos nuestra tabla y nos pusimos a surfear, mientras los inexpertos se tapaban la nariz y se sumergían al ritmo de la música en al agua imaginaria. Estando ahí, recordé vívidamente las fiestas de la editorial, en las que nuestro amigo Quiñones nos deleita con su magia, siendo esta canción una de las infaltables en su repertorio.

Ya entrada la noche, llegó otro de los momentos estelares: la actuación de Polly Jean Harvey, lo más cercano a una mujer pájaro que haya visto hasta ahora. Por su forma de cantar, absolutamente sobrecogedora, con esa voz aguda inolvidable que de un momento a otro es capaz de llenarse de gravedad y fuerza, si eso es lo que quiere transmitir. Y también por su belleza y sensualidad, resaltada por un vestido negro con cortes laterales, por entre los cuales asomaban sus largas y torneadas piernas, y de cuyos hombros caían, cual si fueran alas, dos largas mangas, de modo que al bailar y moverse en el escenario pareciese que de un momento a otro fuese a levantar el vuelo. Coronada, por último, por una diadema alada, igualmente negra, de la cual resbalaban dos lisos mechones de pelo que enmarcaban su rostro alargado. Una verdadera «50 Ft Queenie»: Hey I’m one big queen / No one can stop me / I’m number one / Second to no one.

Polly Jean debería sumarse a la lista de nombres que, según Morey y Pardo, de las sirenas nos han llegado, pues encarna los atributos de éstas: «Aglaofonos (la de esplendorosa voz), Aglaope (la de espléndido aspecto), Leukosia (la resplandeciente), Ligia (la de voz clara, aguda), Molpe (la del canto y el baile), Parténope (la de aspecto de virgen), Teles (la encantadora)». En las fuentes, lo que más caracteriza a estos extraños seres es «la funesta atracción de su canto, su seducción abismal», su capacidad para cautivar, para atar a los hombres con su música. Exactamente eso ocurrió conmigo al escucharla, al verla desenvolverse en el escenario, bailando a pasos cortos encogiendo el cuerpo, moviendo las manos como si estuviese cortando frutos de los árboles. Un encanto absoluto.

Con un canto disidente además, crítico, inteligente. Empezando por su propio país. Let England Shake, se titula su penúltimo disco, justamente alabado por la crítica. «The Glorious Land» es un buen ejemplo de lo dicho. Acompañada por una legión de nueve músicos, suenan de fondo las trompetas con su llamado a la guerra. Suenan también los tambores. Segundos después, Harvey se cuestiona: How is our glorious country ploughed? Para luego responderse: Our land is ploughed by tanks and feet / Feet marching, y más tarde continuar a coro con un Oh America, oh England, que identifica los lazos entre los dos grandes Imperios de la era moderna, unidos por su esplendor, su riqueza y su gran poder, pero también por la crueldad y la violencia que los engendró y que se han encargado de esparcir por el mundo entero. What is the glorious fruit of our land?, continúa con las interrogantes. Its fruit is orphan children. Its fruit is deformed children, es su lapidaria respuesta.

Y es que cuando el mal sobrepasa al bien, como afirma en «A Line in the Sand», cuando no sabemos cómo parar los asesinatos, la guerra, las desapariciones, la pobreza, y muchas otras formas de violencia que caracterizan al mundo en el que vivimos, cuando la indiferencia y la crueldad siguen ganando una y otra vez, significa que no hemos aprendido nada de nosotros mismos, que somos una farsa total, que el sueño de la razón sigue siendo una pesadilla. Y aún así, PJ mantiene el sentido del humor, al grado de preguntarse, acompañada por las palmas y el ánimo de los espectadores: What if I take my problem to the United Nations? Mantiene también la esperanza: I believe we have a future / To do something good. Yo la comparto y la alimento, entre otras cosas, con su música, con todo lo que nos hizo sentir y pensar aquella noche a través de su canto, de su baile, de su saxofón. Los que presenciamos la actuación de la mujer pájaro simplemente quedamos cautivados y felices.

* * *

Acabamos como teníamos que acabar: bailando hasta el amanecer. Los rayos de luz descomponiendo poco a poco la oscuridad de la noche, pintando el cielo de mil colores, con el azul del Mediterráneo como fondo. Ambientados por un set de DJ Coco, que lleva cerrando el festival desde el 2007, en un escenario semejante a un colosal teatro griego, lleno de gente de diversa nacionalidad, color de piel, preferencia sexual, creencias, todos con ganas de pasarla bien, congregados por las distintas variantes del canto de las Sirenas. Coco homenajeó a David Bowie. «Space Oddity» fue la primera canción del set y «Heroes» la última. Entre ambas, mucho baile. «I Feel Love» de Donna Summer quedó en mi memoria, pues nos llevó a dar el resto y dejar todo en la pista, guiados por la armonía entre los sintetizadores y su sensual voz cantándole al amor. Una zambullida final en el océano de sonidos, un último baile para defendernos del presente, para restituir nuestra animalidad, para olvidarnos de nosotros mismos y de lo que nos rodea, de los dolores del mundo y de la vida, para dejar los remos y salirnos de la norma, para derrotar al enemigo, al poderoso, al opresor. Reyes, reinas, héroes por un día, o por tres: Though nothing, will drive them away / We can beat them, just for one day […] Oh, we can beat them, forever and ever.

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