Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Por breve herida | Margo Glantz

(Fragmento de novela de próxima aparición)

Una vez escribí lo siguiente, lo transcribo. Es una manera de empezar a contar:

Voy a contar una historia verdadera, pero la voy a contar en forma de novela, como solamente yo puedo contarla. Sólo así la puedo contar, de verdad. Sí, así es, sólo vale la pena lo que se cuenta si lo que se cuenta es absolutamente personal y por tanto verdadero. Sólo se debe contar así, como yo lo cuento, no hay vuelta de hoja. Puedo asegurar que cualquier coincidencia con la realidad es sólo eso, pura coincidencia. La realidad es siempre circunstancial y esta verificación me tranquiliza: lo que cuento es una historia verdadera, pero sólo en la ficción.

Voy a mis diarios, allí aparecen esbozadas las historias. Encuentro una primera dificultad: advierto que a alguien muy cercano le he puesto como pseudónimo Orestes y ya no sé a quién debería designar Orestes, tampoco quiénes son a los que designo con otros pseudónimos, Jerjes o Caín, no sé por qué pongo esos nombres tan ridículos, tan pedantes, ni por qué disfrazo de esa manera a gente muy cercana a mí, o que entonces, cuando escribía mis diarios, lo era. Me desconcierta y me causa problemas para seguir contando, es más, me detiene en seco. Advierto también que en mi correspondencia con mi mejor amigo, casi mi novio, hablo de otro novio posible (extranjero) del que me enamoro y en realidad no sé de quién estoy hablando, no sé quién es ese ser tan profundamente amado, tan cercano, no lo sé, ¿quién será? Deduzco por lo tanto que no debo de haber estado muy enamorada, pues de otra forma sabría de inmediato a quién me estaba refiriendo. ¿Es de Orestes o de otro de los que aparecen encubiertos con un sobrenombre de quién estaba yo tan perdidamente enamorada? Y ¿por qué se lo escribo a ese otro amigo tan querido que me ama tanto sin decírmelo y del cual tampoco recuerdo el nombre y ni siquiera la cara?

Quizá sólo tomo en cuenta las obsesiones y la forma obsesiva en que se repiten: se repiten incansablemente las mismas cosas, pero incansablemente también se olvida que se tenía la obsesión de esas cosas que se han dejado de recordar. El cerebro parece quedar completamente vacío, las cosas se escriben, se cuentan y se vuelven a olvidar, se vuelven a escribir, o, a lo sumo, en un punto lejano del cerebro reaparecen como fragmentos, como ruinas desarticuladas reconstruidas a medias, a la manera de las ruinas conservadas por los restauradores, dejando en blanco aquello de lo cual no ha quedado ningún vestigio. Me asombra, cuando las leo, la reiteración de ciertas cosas que se cuentan y cuentan una y otra vez y luego se olvidan por completo,aunque las haya ya contado y recontaré luego también aquí y, lo peor, es que lo olvidado es una obsesión siempre presente en la escritura. Como si se estuviera allí sin moverse después de que, practicado un lavado de cerebro, o hasta una lobotomía, el cerebro hubiese dejado de funcionar al desatarse el mecanismo de la escritura y poner en movimiento la memoria más profunda o como cuando una se levanta en la mañana después de soñar con un recuerdo en ese momento indeleble, pero enigmático, de lo que se ha soñado la noche anterior y nunca más podrá recordarse aunque fuese absolutamente visible unos minutos antes. Esa memoria de la cual parecería que no se hubiese registrado nada, muestra sin embargo las mismas obsesiones que sólo se recuerdan cuando se las compara con otros momentos de escritura en que de manera obsesiva se pasa revista y se reescriben una y otra vez las mismas obsesiones, olvidadas en cuanto se cierra el cuaderno de notas o se apaga la computadora o se despierta de un sueño.

Una novela en donde la apropiación, la intervención, el autoplagio, la nota periodística, la pulverización, la alteración, la cita, la repetición, las redes sociales, la obsesión, la recreación, la relectura, el coleccionismo, los diálogos post-mortem, son, entre otras muchas cosas, el punto de arranque del camino a recorrer.

Como si se caminase en redondo sin encontrar el camino y sin recordar en absoluto por qué camino se ha caminado. Un eterno girar o caminar para llegar siempre al mismo lugar. Es por eso que he empezado a escribir la novela del camino.

* * *

(El camino de horas anduvo lo que dije. El camino de horas anduvo lo que callé. Anduvo y anduviste, por lo infinito anduviste, hacia adelante y hacia atrás, hacia ninguna parte, hacia la palabra, hacia allí. —Paul Celan).

* * *

Lo pienso aquí en la sala de espera del consultorio del dentista (la novela del camino hacia el consultorio-laboratorio del dentista), mientras aguardo a que me pasen al verdadero despacho donde habrán de intervenir mi boca y donde iniciarán la sesión quitándome y volviéndome a poner un eterno puente provisional, ¿el que se tiñe de rojo cada vez que me pinto los labios porque han utilizado un material acrílico y no porcelana?

Ese podría ser el principio de la novela.

Pero se me ocurre otro:

Estoy escribiendo una novela sobre los dientes donde ejerzo mi enorme capacidad para la procrastinación, oyendo la legendaria versión del concierto número 17 de Mozart, interpretado por Rudolf Serkin.

Me gustaría llamar a la protagonista usando un nombre, un anagrama, aunque fuese imperfecto, de mi propio nombre (mi súper yo insiste en que no puede haber anagramas imperfectos).

Esta novela se llamará De los caninos a los premolares (El camino hacia los premolares).

O Lo que Francis Bacon y Edgar Allan Poe miraban, o ¿por qué no ponerle: Freud se orinó en la recámara de sus padres cuando tenía nueve años?

Ya hace tres lustros en que he pensado en esos nombres y aún no me decido, por eso, y porque siempre es arduo elegir una opción entre varias, prefiero usar las tres.

Quizá luego los cambie. A fin de cuentas, en los dieciséis años que he pasado escribiendo este libro puede haber algunos cambios y la novela podría llamarse El parto de los montes.

Tengo ya la portada:

Quizá un cuadro poco conocido de Bacon (supongo). Desfigura a la Maja desnuda de Goya, un pintor que, Bacon mismo confesaba, no le interesaba demasiado. Coloqué mis uñas sobre la reproducción de la pintura y con mi celular la fotografié, colocando de la foto mis uñas imperfectamente pintadas de esmalte rojo, del mismo color con que me pinto la boca, un rojo encendido, bermellón o escarlata: me deja siempre manchados los dientes.

(Lydia Davis usa barniz negro en las uñas, anteojos redondos parecidos a los de Quevedo y nada de pintura en el rostro).

No había revelado antes ni el título —o los títulos del libro (aún no decido cuáles serán o si será sólo uno)— ni la composición de la portada que puede variar también. Ya lo decía Walter Benjamin en Calle de salida única –lectura favorita de mis sesiones de espera en el consultorio del dentista, o de los dentistas—, trae mala suerte hacerlo.

Cuando pienso que he recobrado la inspiración me ataca un dolor espantoso en el costado izquierdo de la espalda que me dificulta escribir.

No puedo tomar aspirinas para combatirlo; las aspirinas previenen las embolias, ayudan a adelgazar la sangre de las arterias, pero en mi caso son contraindicadas: me van a extraer una muela y hay que prevenir una hemorragia.

(Hay que protegerse del postulado romántico que habla de la inspiración, aconsejaba Walter Benjamin: que tu pluma sea reacia a ella, cuanta más cautela pongas al anotar una ocurrencia, más madura y permanente se te entregará).

Podría empezar la novela con una tercera opción, cuyo título posible sería:

Una nube roja, color de sangre
o
Por breve herida expira y se desangra

Si deseas describir un caballo, decía más o menos el formalista ruso Shklovski, hazlo como si el caballo te fuera completamente extraño, como si lo vieses por primera vez. Y esta máxima es útil, puede ayudarme a explicar cómo ha nacido en mí el deseo de escribir este texto, en su comienzo sólo fuente de resquemor, pena y frustración, como cualquiera de mis visitas al dentista.

¿Y si la intitulo:

Abrir las fauces?

Antes de seguir contando debo advertir que han pasado muchos años en que mi boca ha sido protagonista de operaciones dentales. En ese lapso he leído centenares de páginas de publicaciones diversas, he copiado algunas y las he reproducido aquí y he escrito innúmeras notas que quizá servirían —pensé— para seguir redactando mi novela.

No cejo, lo sigo haciendo.

(Uso demasiado el adverbio mucho, debo corregir esta deficiencia y buscar sinónimos para aligerar la escritura).

Corrijo de manera continua, imito con ello a mi dentista de cabecera; nunca da por concluido un trabajo hasta que le parece perfecto.

La verdad, deseo que termine de arreglar mi boca antes de mi muerte.

Releo mis diarios y advierto que en este juego incesante que va de la boca a la mano o, como decían los cronistas del siglo xvi, de la lengua a la mano, han pasado más de tres lustros.

¿Será ése —o serán los otros— el verdadero principio de mi novela?

¿O será conveniente dejar los tres?

* * *

¿Quién soy?
No soy, seré…

* * *

¿Cuadragésima sesión?

Profundamente inmersa en mi lectura, echo periódica y mecánicamente una mirada de soslayo a mis zapatos (Keinenore, palabra hebrea contra la mala suerte). Ya son muchos los libros leídos en esta sesión alargada en el tiempo como la sombra larga del poema del poeta colombiano José Asunción Silva (¿o pudiera ser la de un poema de E. A. Poe, la [sombra] del cuervo?), una sola sombra larga de sesión, jueves a las doce del mediodía, martes a las cinco en punto de la tarde, viernes a las nueve en punto de la mañana, lunes a las doce… Pero sin importar el día ni el año, casi siempre estoy en el consultorio del dentista con la boca abierta: abra grande la boquita, dicen, inalterable y religiosamente el endodoncista, el implantólogo, el paradóntologo, el peri-implantólogo, el cirujano maxilo-facilal, el ortodoncista (cuando iba con mis hijas a que les alinearan los dientes, eran ellas las que abrían grande muy grande su boquita), el periodoncista o las técnicas dentales, a pesar de que tengo la boca siempre abierta en el sillón protocolario, no cuando espero (obviamente) y estoy leyendo una revista (Cosmopolitan) o un libro (Experiencia); tampoco cuando admiro la serie de retratos del Papa Inocencio X pintados por Francis Bacon.

Mi boca bien abierta, el doctor trabaja dentro de ella; la saliva escurre por las comisuras, a pesar del extractor (mi boca es pequeña, me cuesta trabajo abrirla según lo requiere el trabajo de los dentistas o de las enfermeras).

En cambio, como dije antes, tengo la boca debidamente cerrada cuando leo tranquilamente un libro en mi casa antes de dormir o en el consultorio, ya recostada, esperando a que llegue el médico y, como fetiche sobre mi falda —otro fetiche más para proporcionarme seguridad—, un libro abierto de par en par, por ejemplo, hace algunos años, más de diez, Vértigo, del escritor alemán W.G. Sebald (cuya versión inglesa fue corregida por el propio autor, mucho más correcta y bella que las vertidas a otras lenguas).

El libro de Sebald empieza narrando las peripecias del joven Stendhal —entonces todavía Henri Beyle—, ferviente admirador de Napoléon y soldado en una de sus campañas en Italia. El adolescente, pues no es otra cosa, asiste arrobado a la representación de El matrimonio secreto, una ópera de Cimarosa, compositor altamente apreciado en esa época. Romántico, feo, tímido y apasionado, Beyle se enamora (me gusta la expresión francesa tomber amoureux, es gráfica, se cae como polvo enamorado) de la actriz que hace el papel de Carolina, sin importarle en absoluto, agrega Sebald, que cuando la soprano luchaba por resolver airosamente los momentos más difíciles del aria, su ojo izquierdo se torcía y el canino superior derecho le faltaba.

Es evidente, lo sabemos bien, cuando se canta ópera se abre muy grande la boca y los dientes aparecen en todo su esplendor o en su más absoluta decadencia.

La dentadura permanece oculta cuando la boca está cerrada; o se descubre cuando se habla, se canta, se grita, se duerme, se maldice, se impreca, se sueña (¿?) o se permanece recostado en el sillón reclinable del consultorio del dentista, bajo la luz implacable de una lámpara Pelton and Crane.

El lugar más oscuro, decía Roland Barthes, parafraseando un proverbio chino, es siempre bajo la lámpara.

* * *

¿Existe la figura de la procrastinación moderada?

En el tocadiscos, Wanda Landowska interpreta en el clavecín las Variaciones Goldberg de Juan Sebastián Bach.

* * *

Sesión sexagésimo-novena

Un taxi me había conducido, desde mi casa situada en un barrio del sur de la ciudad, a este consultorio de una colonia elegante del norte, por una calle bordeada de palmeras y repleta de automóviles. Ya instalada en el sillón reglamentario, empezaron a perfeccionarme la sonrisa de la mandíbula inferior, mi encía desguarnecida ostentaba unos cuantos dientes. Después de tomarme una radiografía de toda la boca, el dentista decidió en una de mis primeras sesiones, hacia 2004, extraerme dos colmillos de la mandíbula inferior aún en buen estado para que en su lugar implantaran dos postes o implantes capaces de sostener un puente: debido a que mi encía y mi hueso estaban atravesados por un nervio inoportuno que impedía colocar implantes tuvieron que extraerme dos piezas sanas. Los postes ocuparían el espacio perforado, asegurados al hueso con un atornillador milimétrico.

¿Y Cervantes? ¿Qué decir de Cervantes? Se autorepresentaba en su prólogo a las Novelas ejemplares de esta forma: Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada, las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro; los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino sólo seis, y esos, mal acondicionados y peor puestos, pues no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño; la color viva, antes blanca que morena, algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies.

Lo dice en el prólogo a las Novelas ejemplares. Lo empecé a releer, después de muchísimos años de no hacerlo, en la sala de espera del consultorio de mi dentista de cabecera, un cirujano de cuya especialidad nunca me acuerdo bien, ¿es protesista o cirujano máxilofacial?
¿O significa lo mismo?

(Se han encontrado los dos fémures, una clavícula, un húmero y seis vértebras de Quevedo, pero no sus dientes, leo en un periódico del día).

(En una carta recién descubierta se dice que al morir Vespasiano Gonzaga, Duque de Guastalla [sus antecesores fueron inmortalizados por Mantegna en Mantua], el padre de la marquesa de la Laguna, la virreina María Luisa Manrique de Lara, Lysi, Lísida, Filis —mecenas y amiga de la poeta novohispana, sor Juana Inés de la Cruz— en su testamento le hereda a su hija un diente de Santa Teresa de Jesús y un niño dios en armario de concha; a su yerno, el marqués, unos diamantes; a su nieto, nacido en México e hijo único de los virreyes, un lazo de diamantes).

* * *

Soy monótona, machacona, reiterativa: para escribir calzo siempre mis zapatos color verde fatiga de tacón mediano ¿sirven de amuleto, o son simplemente un fetiche? ¿Será urgente decidirlo ahora? Preciso, suelo también calzar otro par de zapatos verdes —esta vez verde nilo— para visitar al dentista. Lo reitero, me dan seguridad.

¿Cómo definir esta obsesión?
¿La obsesión de los zapatos verdes?

Foto “teeth” de wonderferret @Flickr

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