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Por fin, la lucha de clases quedó al descubierto; o por qué Donald Trump ganó la elección | Morris Berman

Hace algunas semanas leí en alguna publicación en línea que las ocho personas más ricas del mundo poseían una riqueza equivalente a la de la mitad inferior de la población mundial, es decir, 3700 millones de personas. Se trata de una estadística tan extraña, que tendríamos que llamarla surreal, y es imposible no preguntarse cómo llegamos hasta este punto. Como sucede con muchas cosas más, los Estados Unidos se encuentran a la vanguardia de este acontecimiento. Para empezar, la gran mayoría de los ocho magnates son estadounidenses. Pero desde luego que las razones son más profundas. El sistema económico mundial es básicamente americano, y a veces se le conoce como neoliberalismo o globalización, que no son en realidad más que términos elegantes para aludir al imperialismo. Y el imperialismo es un sistema en el que los ricos se enriquecen, los pobres se empobrecen, y la clase media lentamente es estrujada hasta caer en el olvido.

Como bien sabemos, el capitalismo americano ha existido durante cuatrocientos años, como lo documenté en mi libro Las raíces del fracaso americano. Aun así, hay que reconocer que la desigualdad social en Estados Unidos fue relativamente estable entre 1776 y 1976, es decir, durante un periodo de doscientos años. Por supuesto que existía, pero no era tan violenta o extrema —a excepción de la llamada Edad chapada en oro y la Gran depresión—, y permitía a los estadounidenses pensar que vivían en una sociedad sin clases, o incluso que todos pertenecían a la clase media. En cuanto a la Gran depresión, Estados Unidos salió adelante gracias al dramático desarrollo industrial producido por la Segunda Guerra Mundial, pero Franklin Roosevelt era perfectamente consciente de que la nación necesitaba algo más viable que una economía de guerra para poderse sostener. Así que en el verano de 1944 tuvo lugar un encuentro para discutir los acuerdos económicos financieros de posguerra, en un pequeño lugar de New Hampshire llamado Bretton Woods. El plan económico resultante es conocido como Acuerdo de Bretton Woods, y su principal impulsor fue el gran economista británico, John Maynard Keynes, quizá el principal economista de todos los tiempos.

El Acuerdo de Bretton Woods se fundamentaba en dos conceptos cruciales. El primero, que el dólar estadounidense sería el estándar internacional de valor. El resto de las monedas estarían fijadas al valor del dólar, y siempre podrían ser cambiadas por dólares. El segundo, que el gobierno de Estados Unidos garantizaría el valor del dólar, es decir, lo respaldaría, con lingotes de oro guardados en una bóveda en Fort Knox, Kentucky. Para decirlo de otra manera, el dólar de papel era absolutamente confiable. Todo esto se puso en marcha tan pronto terminó la guerra, y condujo a un asombroso periodo de prosperidad mundial durante los siguientes veinticinco años.

Por una multiplicidad de razones, Richard Nixon —no es uno de mis personajes históricos preferidos— decidió rechazar el Acuerdo de Bretton Woods en 1971. Este gesto introdujo una época dramática de capitalismo financiero. Simplemente para dejarlo en claro, el capitalismo presenta tres grandes vertientes. Tenemos el capital mercantil o comercial, cuya riqueza se deriva del comercio, que floreció durante los siglos xvi y xvii. Después tenemos el capital industrial, cuya riqueza se deriva de las manufacturas, que caracterizó a la modernidad, es decir, los siglos xviii, xix y xx. Y finalmente tenemos el capital financiero, cuya riqueza no se deriva del comercio o de las manufacturas, sino simplemente de la especulación cambiaria. Esto fue lo que hizo posible el rechazo de Bretton Woods, porque con la eliminación del patrón oro, las divisas del mundo dejaron de tener algún valor intrínseco (atado al dólar); en cambio, ahora simplemente flotaban las unas contra las otras, en un mercado cambiario de divisas en constante fluctuación. También podríamos llamarlo capitalismo de casino. Aquellos que ya son ricos pueden ganar grandes cantidades de dinero especulando con los tipos de cambio, porque ya tienen cantidades importantes de dinero para empezar. El resto de nosotros —el llamado 99%— no podemos permitirnos este lujo, y en su mayoría vivimos de paga en paga, si acaso tenemos la fortuna de tener un trabajo.

El efecto del rechazo de Bretton Woods comenzó a ser visible desde 1973, y la brecha entre ricos y pobres comenzó a ensancharse de manera prominente desde entonces. Ronald Reagan hizo su mayor esfuerzo por incrementarla. Su llamada «teoría del goteo», que postula que la riqueza de los ricos supuestamente se derramaría hasta colmar las billeteras de los pobres y la clase media, fue una farsa simple y llanamente. En otras palabras, jamás goteó riqueza alguna. Los ricos decidieron aferrarse a su riqueza, en lugar de distribuirla. ¡Qué gran sorpresa! Así que hoy, tanto en Estados Unidos como en China, el 1% más acaudalado posee el 47% de la riqueza. En México, existen treinta y cuatro familias súper ricas, mientras la mitad del país vive en la pobreza. Como mencioné con anterioridad, un puñado de estadounidenses posee prácticamente lo mismo que los 3700 millones de ingresos inferiores de la población mundial. Como declaró con sagacidad el presidente Calvin Coolidge hace casi cien años: «The business of America is business», es decir, un intraducible juego de palabras donde queda claro que los negocios son el principal propósito de la nación americana. La advertencia de Keynes, en el sentido de que la economía existía para servir a la civilización y no lo contrario, fue ignorada por completo.

 

Con la caída de la Unión Soviética, la vertiente de economía conocida como «Reaganomics» adquirió mayor realce. En los Estados Unidos, el fin del comunismo real fue considerado como una prueba concluyente de que el llamado «Consenso de Washington» —una economía neoliberal, globalizada— no era simplemente la ola del futuro, sino más bien, la única ola del futuro. El teórico político Francis Fukuyama escribió un libro muy famoso y muy estúpido, en donde declaraba que ahora vivíamos en un mundo unipolar; que Estados Unidos, para decirlo rápido, constituía el fin de la historia. En realidad se trata de una idea muy antigua, que data por lo menos de 1630 y afirma que Estados Unidos sería el modelo para el resto del mundo, «la ciudad sobre la colina». A los políticos americanos les encanta citar esa frase. Mientras tanto, la luz que emanaba de esa ciudad se volvía cada vez más oscura para la población de Estados Unidos.

Sin embargo, a la vista de todo lo anterior, los estadounidenses siguieron pensando que vivían en una sociedad sin clases, o que todo el mundo pertenecía a la clase media. Es inevitable preguntarse qué tan estúpida puede ser una nación, realmente; los mexicanos, por ejemplo, no se engañan de esta manera. El escritor John Steinbeck alguna vez declaró famosamente que el socialismo nunca arraigó en Estados Unidos, porque los pobres se consideraban «millonarios temporalmente avergonzados». Como argumenté en Las raíces del fracaso americano, en Estados Unidos todo el mundo es un oportunista; todo el mundo espera a que llegue su momento dorado.

En cualquier caso, Bush padre profundizó en el asentamiento de este patrón, y Bill Clinton también. La aprobación del tlc benefició a Estados Unidos a expensas del llamado tercer mundo, y los paquetes de rescate del fmi iban amarrados a medidas de austeridad que orillaban a los campesinos de Chiapas, por ejemplo, a pasar hambre… y a alzarse en armas. Ante este panorama, el surgimiento del subcomandante Marcos y del ezln era de esperarse. Pero la maquinaria seguía funcionando. Bush hijo se refirió adecuadamente a los multimillonarios como «mi base», y la presidencia de Obama, a pesar de un lenguaje florido, fue una continuación de Bush hijo. Tras el colapso financiero de 2008, Obama no rescató a los pobres ni fomentó la creación de empleo; para nada.

Rescató a sus amigos banqueros ricos, a un precio de 19 millones de millones de dólares, mientras la clase media perdía sus trabajos y sus casas y se formaba en comedores populares por primera vez en sus vidas. A lo largo de todo el país surgieron cinturones de miseria para albergar a gente proveniente de la clase media y la clase baja, y Obama no hizo nada al respecto. En cuanto a Hillary Clinton —y esto es un asunto muy importante—, su plataforma política consistía básicamente en una extensión del régimen neoliberal que ha regido desde que su esposo llegó a la presidencia en 1993. Cuando Trump la señaló durante los tres debates presidenciales, y dijo al público: «Si quieren una continuación de los últimos ocho años, voten por ella», la gente a quien la globalización ha destruido lo escuchó con absoluta nitidez.

Durante los debates, Trump transmitía un aire de estupidez y mala educación; en realidad, sabía perfectamente lo que hacía. «¿Qué les ha ofrecido Hillary durante treinta años de participación política?», chillaba. «Todo lo que les dice son palabras, sólo palabras. No tiene nada más que ofrecerles». Tenía toda la razón, y millones de estadounidenses lo sabían. Sus eslóganes, como el de «Unidos somos más fuertes», no significaban nada. Trump hablaba sobre la realidad, mientras ella recitaba un guión, y además se veía como si estuviera programada. Para su desgracia, Hillary era propensa a sonreír mucho, y se veía tan forzada que en ocasiones parecía haber enloquecido.

En cualquier caso, las cosas han cambiado desde que fue la primera dama de la nación. Tras veinticinco años de economía neoliberal, la clase blanca trabajadora comprendió que las políticas de siempre no tenían nada que ofrecerles; que Hillary no era sino una variación del régimen de Obama, que los había dañado profundamente. Se creó la conciencia de que su bote salvavidas jamás llegaría, de que nunca  podrían participar del Sueño Americano; de que no eran millonarios permanentemente avergonzados. Albergaban un profundo y justificado resentimiento contra Washington, Wall Street, el New York Times y todos los símbolos del establishment, y su deseo fue decirle a dicho establishment, y a la élite intelectual estadounidense —disculparán mi elegancia—: váyanse a la chingada. Precisamente por ser vulgar y directo, y no presentarse como un sutil operador como Obama, Trump se ganó a una buena parte de Estados Unidos. Incluso su lenguaje corporal decía «Váyanse a la chingada».

La autenticidad de Trump también fue notoria mediante su adopción de una postura que asumiera el declive de Estados Unidos, lo cual lo convirtió en el primer candidato presidencial de la historia en realizar esto. Después de todo, si tu eslogan de campaña es «Make America Great Again», el mensaje que se transmite es que el país está en declive, y era exactamente lo que Trump quería decir, que nuestros aeropuertos parecen de países de tercer mundo, que nuestras carreteras y puentes se están derrumbando, que nuestros guetos están azotados por el crimen, que nuestro sistema educativo es una burla, y así sucesivamente. Todo lo anterior es absolutamente cierto, mientras que a Hillary tan sólo se le ocurría una réplica débil y hueca: «¿Cuándo no han sido grandiosos los Estados Unidos?». ¡Por favor!

Permítanme que regrese por un instante al asunto del resentimiento en contra de la élite intelectual estadounidense, la llamada clase liberal o profesional, que incluye a buena parte del Partido Demócrata. Lo que sigue es una historia que prácticamente no se ha relatado, y sin embargo me parece un factor absolutamente crucial para comprender la elección de Trump. El mismo año en que Nixon rechazó el Acuerdo de Bretton Woods, 1971, un prominente demócrata de Washington llamado Fred Dutton publicó un manifiesto llamado Las fuentes cambiantes del poder. En ese documento afirmaba que era momento de que el Partido Demócrata se olvidara de la clase trabajadora, pues ahí no se encontraba su base de votantes, declaraba; la gente a la que hay que cortejar son los trabajadores de cuello blanco, con educación universitaria, la gente cool, orientada hacia la tecnología, y así sucesivamente.

Esta fue la ideología crucial en el surgimiento de los llamados Nuevos Demócratas, que para efectos prácticos repudiaron a su base tradicional e, incluso, toda la política implícita en el New Deal de Roosevelt, que históricamente había ofrecido una red de protección para la clase trabajadora. Bill Clinton formó parte de los Nuevos Demócratas, y durante su presidencia no solamente se amplió la brecha entre ricos y pobres, sino que se firmó el tlc, se abolió la seguridad social, y se aprobó la llamada «Ley de los tres strikes», que condujo al encarcelamiento de muchísimos hombres negros por crímenes menores, con lo cual se destruía la capacidad de supervivencia de sus familias. Hillary Clinton también formó parte de esa oleada de demócratas, y como Trump y sus seguidores comprendieron, su campaña se enfocó en atraer a la gente cool y hipster, y no a la gente a la que el neoliberalismo había destruido. Al final resultó que 53% de las mujeres blancas votaron por Trump, así que no mordieron el anzuelo de la política identitaria de Hillary.

Con lo cual llegamos a mi argumento final. Si la clase liberal abandonó a su tradicional base de la clase obrera; si desde comienzos de la década de 1970 dejaron de luchar por su plataforma basada en el New Deal de Roosevelt; entonces, ¿qué ideología adoptaron a cambio? Nos encontramos frente al más triste y ridículo capítulo en la historia de la izquierda en Estados Unidos: se preocuparon por el lenguaje, por la corrección política, en resumen, por el tipo de asuntos que no sólo no mejoran en lo más mínimo la condición de la clase trabajadora, sino que incluso resulta ofensivo para dicha clase. Dios nos libre de decir «niñas» en lugar de «mujeres», o «negros» en lugar de «afroamericanos», o de contar un chiste con trasfondo étnico. Los proyectos de izquierda en la actualidad consistían en reescribir las obras de grandes autores como Mark Twain, de modo que sus escritos decimonónicos no ofendieran ninguna sensibilidad contemporánea. Los hijos de los ricos, en las universidades de élite, tenían que ser protegidos de cualquier tipo de lenguaje directo. Cuando el año pasado algunos estudiantes de Bowdoin College, en Maine, decidieron organizar una fiesta con temática mexicana, con todo y tequila y música de mariachi, el resto del campus armó un escándalo, llamándolo «apropiación cultural». Aparentemente, en el mundo de la corrección política sólo los mexicanos pueden beber tequila. Desde mi punto de vista, en cambio, una fiesta así es un homenaje a la cultura mexicana. Y de cualquier manera, ¿qué significa eso de «apropiación»? En breve aparecerá la traducción al español de mi más reciente libro, una historia cultural de Japón titulada Belleza neurótica. ¿Es decir que debería tenerlo prohibido, por no ser japonés? ¿Debió Octavio Paz de abstenerse de escribir sobre la India?

Toda esta cuestión es bastante ridícula, y en un sentido significó un despiadado abandono de la clase trabajadora, por parte de la gente que tradicionalmente había luchado por ellos, por su supervivencia. Así que mientras que las clases media y baja se enfrentaban con problemas reales —sin trabajo, sin hogar, sin dinero, y sin ningún sentido para sus vidas—, la élite liberal cool se preocupaba por quién tiene el derecho legal de utilizar los sanitarios transgénero. Digamos que yo también estaría furioso.

Y permítanme una pequeña digresión: en 1979, un analista político estadunidense llamado Christopher Lasch escribió un libro llamado La cultura del narcisismo, en donde argumentaba que durante la década de 1960 descubrimos que no teníamos la capacidad para cambiar las cosas verdaderamente importantes, a saber, las relaciones de clase y poder. Como resultado, en los setenta decidimos verter nuestra energía hacia las cosas irrelevantes, y la corrección política es un buen ejemplo de lo anterior. En otras palabras, no se trata realmente de hacer política, es un sustituto de la política, y por lo tanto una pérdida del tiempo de todo el mundo.

Sea como sea, Hillary jamás comprendió lo anterior. Se dedicó a atacar a Trump en los debates por no ser políticamente correcto, cuando su principal atractivo yacía precisamente en su incorrección política. Llamó a sus seguidores —varios miles de millones de estadounidenses— una «cesta de personas deplorables». No les agradó que se refirieran a ellos de esa manera, de eso pueden estar seguros, principalmente dado que la élite liberal se había enriquecido a sus costillas. En su lamentable discurso de aceptación de la derrota, el 9 de noviembre, continuaba apelando a la «diversidad» y a «Unidos somos más fuertes», y dijo que esperaba ser una inspiración para las niñas pequeñas (aparentemente, en su mundo políticamente correcto, los niños pequeños no cuentan). Lo único en lo que acertó en ese discurso fue en su observación de que la nación estaba fuertemente polarizada; «no nos dimos cuenta de cuán profundamente», añadió. No me digas. En última instancia, los «deplorables» no lo fueron tanto. Sabían quiénes eran sus amigos, y sabían que ella no se contaba entre ellos.

Desde luego que se podría añadir mucho más sobre el asunto Trump. Por ejemplo, su postura beligerante frente a México, o frente a China. Su llamado a sentimientos nativistas, a la intolerancia, al racismo y al antisemitismo. Y si bien respeto la furia de sus seguidores, en términos de su deseo de vengarse de las fuerzas económicas que los han destruido, debo admitir que, por decirlo de alguna manera, no son el tipo de personas con las que me identifico. Es la gente que vive en zonas rurales, lleva a sus hijos a los juegos de beisbol, se unen al Rotary Club, desconfían de la gente de fuera, organizan picnics fuera de la iglesia, y consideran que cualquier tipo de apoyo gubernamental constituye una variante de «socialismo», incluso cuando necesitan con desesperación dicho apoyo. Seguimos siendo una nación de cowboys, y Trump es el mayor cowboy de todos. En el año 2004 yo me di cuenta de que yo ya no encajaba en Estados Unidos, ya fuera con los cowboys o con el bando contrario, la élite intelectual que acude a Harvard; así que para 2006, ya me había mudado para México. Los últimos once años han sido los más felices de mi vida, y por ello se los agradezco a todos ustedes.

A manera de conclusión, permítanme decir que la prensa estadounidense ha llamado a Trump de manera consistente una anomalía, una especie de peculiaridad, o de accidente histórico. No lo es en absoluto. Es un fiel representante de los votantes a los que acabo de describir, y conforman una parte muy importante de la nación. También es el epítome del oportunista, cuya vida se trata solamente del dinero, y en ese sentido también es una gran metáfora para Estados Unidos. El comediante George Carlin solía decir: «¿De dónde creen que provienen nuestros líderes? ¿De Marte?». En última instancia, tenemos a Trump porque somos Trump. Sobre todo, así es como se hizo del poder.

Traducción de Eduardo Rabasa

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