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Por las noches | Etgar Keret

Por las noches, mientras todo el mundo duerme, mi madre yace despierta en la cama con los ojos cerrados. Cuando era niña, ella quería ser científica. Anhelaba encontrar la cura contra el cáncer, el resfriado común o la tristeza humana. Siempre tuvo excelentes calificaciones y tenía un cuaderno impecable, y además de curar a la especie humana, quería viajar al espacio o mirar un volcán en erupción. No podríamos decir que algo salió mal en su vida. Se casó con el hombre que ama, trabaja en un campo que le interesa y acaba de dar a luz a un hermoso niño. Y sin embargo, no puede conciliar el sueño. Quizá sea porque el hombre que ama se levantó para ir al baño hace una hora y aún no ha vuelto.

Por las noches, mientras todo el mundo duerme, mi padre camina descalzo hacia el balcón para fumar un cigarro y contabilizar sus deudas. Trabaja como un caballo. Intenta ahorrar. Pero de una u otra manera, todo cuesta un poco más de lo que él puede permitirse. El hombre sin cuello del café ya le prestó dinero y pronto tendrá que comenzar a pagárselo, pero no tiene idea de cómo podrá hacerlo. Cuando se termina el cigarro, tira la colilla por el balcón como si fuera un cohete y la observa estrellarse contra la banqueta. No es amable, ensuciar la calle, le dice a su hijo cada vez que éste tira la envoltura de un dulce al suelo. Pero ahora es tarde, está muy cansado, y lo único que ocupa su mente es el dinero.

Por las noches, mientras todo el mundo duerme, el niño sueña sueños que lo agotan, acerca de un pedazo de periódico que se le pega a la suela del zapato y que simplemente no quiere desprenderse. Alguna vez mamá le dijo que los sueños son la manera en la que el cerebro encuentra la forma de decirse algo, pero el cerebro del niño no habla con mucha claridad. A pesar de que el molesto sueño ocurre noche tras noche, maloliente a humo de cigarro y empapado con agua estancada, el niño no comprende lo que le está tratando de decir. Retoza y da vueltas sobre la cama, sabiendo muy en el fondo que, en algún momento, mamá o papá vendrán a taparlo. Hasta entonces, mantiene la esperanza de que en el momento en el que por fin pueda desprenderse de ese pedazo de periódico pegado en su zapato, si es que algún día lo consigue, un nuevo sueño vendrá a visitarlo.

Por las noches, mientras todo el mundo duerme, el pez dorado sale de su pecera y se calza las pantuflas a cuadros de papá. Luego se sienta en la sala y comienza a mirar despistado la televisión. Sus programas favoritos son las caricaturas, los programas sobre la naturaleza y los de la CNN, pero sólo cuando cubren un atentado terrorista o un desastre espectacular. Lo mira todo sin emitir un solo ruido, para no despertar a nadie. Como a las 4, regresa a la pecera y deja las pantuflas húmedas en el centro de la sala. No le importa que mamá vaya a decirle algo al respecto a papá por la mañana. Es sólo un pez, y nada que no sea una televisión o una pecera le importa un comino.

Traducción del inglés de Diego Rabasa

Ilustración de Felix León

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