Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Portadores del desastre | Eduardo Rabasa

Cuando el desastre sobreviene, no viene. El desastre es su inminencia pero, dado que el futuro, tal y como lo concebimos en el orden del tiempo vivido, pertenece al desastre, el desastre ya lo ha retirado o disuadido siempre, no hay porvenir para el desastre, de la misma manera que no hay tiempo ni espacio en el que este se cumpla.

Maurice Blanchot, La escritura del desastre

El triunfo de Donald Trump en las elecciones estadounidenses vino a cerrar la trifecta de calamidades decididas por votación popular en este año en el que ni el más paranoide de los comentaristas de la realidad habría vaticinado tantos infortunios sucesivos. Y es que, salvando todas las particularidades específicas de cada caso, tanto el Brexit como el rechazo a los acuerdos de paz en Colombia como la elección presidencial en Estados Unidos transitaron más o menos por el mismo ciclo: certeza de la victoria de la alternativa que la mayoría de la gente con tendencias progresistas apoyaba, seguida de los primeros atisbos de duda frente a lo que mostraban las encuestas (esos dioses fallidos que se burlan una y otra vez de la creencia ciega de sus feligreses), creciente temor ante un posible resultado adverso, para culminar con rabia y pánico ante lo irrefutable de lo que en un comienzo se antojaba impensable. Posteriormente, buena parte del enfurecido análisis se dedica al vilipendio de los siniestros líderes demagogos que condujeron el proceso a su destino final, así como a expresar desdén contra esa masa ignorante que se dejó engañar y que, nuevamente, nos jodió a los demás manifestándose en el sentido en el que lo hizo.

Sin embargo, los eventos espeluznantes que nos arrojan hacia un futuro incierto, para el que de momento no contamos ni con algoritmos ni con hojas de Excel donde podamos modelarlo para continuar viviendo tranquilos, seguros de que nuestra cómoda existencia no se verá turbada en lo esencial, nos ofrecen por lo menos dos grandes funciones psicológicas: la primera tiene que ver con la especulación sobre las futuras consecuencias de los acontecimientos, pues es evidente que en todos los casos producirán efectos reales, muy probablemente negativos, en las vidas de millones de personas, incluso seguramente entre aquellos que apoyaron con su voto al bando victorioso. Es decir que al menos una dosis de pánico esté quizá justificada, provocando un desánimo que conduce a la parálisis, que a su vez hará más factible que el temido escenario se materialice. Pero las catástrofes contemporáneas desempeñan otro papel esencial, íntimo, que probablemente a un nivel agregado es por lo menos igual de importante para configurar nuestras realidades específicas que los eventos que suceden en la cúpula: al dotarnos de villanos a los que (con buena razón) podamos odiar, evitan que miremos con seriedad hacia dentro y estemos siquiera dispuestos a considerar hasta qué punto contribuimos a crear aquel estado de cosas que tanto nos abruma.

Una de las ideas fundamentales de Morris Berman consiste en que los sistemas sociopolíticos representan narrativas sobre cómo queremos que transcurran nuestras vidas como sociedades. No hay nada que dicte que tengamos que organizarnos de una forma particular u otra, así que una configuración social resulta sumamente reveladora acerca de las ideas subyacentes de la comunidad como tal. Para poner un ejemplo evidente, una sociedad donde la esclavitud sea legal, evidentemente estará poblada en su mayoría por individuos que consideran adecuado que por razones de raza o estatus económico, una parte de la población pueda ser considerada como propiedad legal de otra. O una sociedad donde las mujeres no tengan derecho al voto, o a contar con un trabajo igualmente remunerado que el de hombres con capacidades equivalentes, necesariamente alberga —así sea en secreto— ideas sobre la superioridad intrínseca del género masculino sobre el femenino.

En ese sentido, ¿cuáles podrían ser algunas de las principales ideas que estructuran las narrativas de nuestras sociedades contemporáneas? A manera de datos duros, está ampliamente demostrado que en Occidente la desigualdad económica se ha profundizado de manera escandalosa en las últimas décadas, pues porcentajes cada vez más minúsculos de la población acaparan porcentajes cada vez mayores de la riqueza. El salario real de la clase trabajadora ha caído en picada, y las reformas laborales han echado para atrás conquistas sindicales históricas, colocando a las personas comunes en un estado de creciente precariedad e indefensión ante las implacables decisiones que se toman siempre en pro del incremento de los beneficios corporativos. También observamos una creciente tendencia a mezclar a la política con el espectáculo y el glamour, pues no sólo es sumamente común encontrar a líderes políticos cuyas parejas provienen del mundo de la farándula, sino que las campañas políticas se asemejan a espectáculos televisados, performances destinados a seducir a las audiencias no tanto por la vía de la razón sino por la de las emociones más descarnadas. Existen asimismo indicios múltiples de una creciente intolerancia racial, xenofobia, e incluso en países como México, la libertad de prensa se halla seriamente amenazada, y el periodismo se convierte no sólo en una actividad de alto riesgo, sino que por doquier se borran las fronteras que distinguen al periodismo riguroso de la difamación, la injuria y la opinión, al grado de que cada vez escuchamos más sobre uno de los conceptos que se antojan clave para comprender nuestra nueva realidad: el de la posverdad.

Si a nivel macroscópico observamos un pronunciado abismo entre los principios fundamentales de la democracia de mercado (libertad, igualdad, etc.) y esta realidad estratificada y pauperizada, a nivel de las conciencias también se observan transformaciones significativas. Una de las más visibles consiste en la atomización posmoderna donde la subjetividad y la identidad personales se han convertido en las categorías fundamentales por antonomasia, y donde la corrección política ha llegado a niveles tan absurdos como para que en universidades se prohíba la enseñanza de ciertos textos clásicos para proteger a los alumnos del daño emocional que podrían ocasionarles 1. Si sumamos a estas concepciones el efecto que las redes sociales ocasionan al brindarnos la posibilidad de crear una personalidad virtual, que a menudo no guarda gran correspondencia con el ser humano sentado detrás de la pantalla, contamos con los elementos necesarios para crear una imagen grandilocuente de nosotros mismos como criaturas vulnerables, únicas, en perpetua necesidad de protección y consuelo frente a unos sentimientos desbordados ante los cuales la razón poco puede hacer. Se produce entonces una sustitución entre ese self ideal y siempre autorreferencial que creemos ser, separado del sujeto real que funciona en el mundo, reforzando a su manera las jerarquías que forman parte integral de las catástrofes cíclicas que vivimos.

Esta imagen exaltada de uno mismo desemboca en la creencia de que uno nunca forma parte del problema, y ahí es donde juega un papel capital el contar con un villano en turno contra el cual poder descargar el odio. Al situarnos por definición de este lado de la frontera de los miembros respetables de la sociedad, aquellos que consideran que si todos fueran como ellos las cosas serían sumamente distintas, introducimos una barrera radical entre nosotros y los otros, ya sean estos últimos en su vertiente más monstruosa, o en la vertiente digna de nuestra lástima por la precariedad y la ignorancia en las que están condenados a vivir 2.

Una vez inoculados contra cualquier posible manifestación de la mala conciencia, entonces sí podemos participar abiertamente de lo que Orwell llamó «money and power worship», entregando nuestras vidas al elusivo anhelo de formar parte de la élite cosmopolita, educada, sensible, creativa, definida inmejorablemente por el Comité Invisible en esa demoledora radiografía política de la contemporaneidad titulada A nuestros amigos:

La hiperburguesía que negocia un contrato cerca de los Campos Elíseos antes de ir a escuchar un set sobre una azotea de Río, y que luego va a reponerse de sus emociones en un after de Ibiza, es más un signo de la decadencia de un mundo en el que se trata de gozar apresuradamente, antes de que sea demasiado tarde, que una anticipación de un porvenir cualquiera 3.

La hipocresía es a menudo más pronunciada en los círculos artísticos o intelectuales, poblados como están mayoritariamente por gente muy consciente de abanderar todas las causas sociales adecuadas, incluso a menudo como parte de sus obras, libros o artículos periodísticos. Paralelamente, la misma gente a menudo despliega en privado una inmensa soberbia y arrogancia, considerándose literalmente superiores al común de los mortales, precisamente a causa de sus capacidades creativas. De ese modo, el culto al ego, la envidia y la mezquindad se convierten en las categorías de relación esenciales, que reproducen en esos círculos formalmente críticos con el poder y sus injusticias estructuras igualmente jerárquicas, verticales, esnobs, donde cada quien conoce muy bien el lugar que ocupa, y donde la vida se va, no al servicio de la obra como se afirma comúnmente, sino al servicio de la carrera como creador, siempre en pos de otro tanto de fama, de dinero y, principalmente, de reconocimiento.

* * *

Como ha señalado con claridad un pensador tan agudo como George Monbiot, la preeminencia de las categorías vinculadas con el egoísmo y la avaricia es una consecuencia natural de la ideología neoliberal que estructura tanto nuestras sociedades como nuestras conciencias. Después de todo, una cultura que encuentra en la competencia entre sus miembros el motor inmóvil que la conducirá hacia el crecimiento económico y el progreso, no puede sino producir una realidad en donde dichos miembros estarán dispuestos a despedazarse, con tal de conseguir acumular otro poco de lo que sea para cada cual. En la misma dirección, el propio Monbiot ha señalado que Donald Trump no es ninguna anomalía sino antes lo contrario, es el epítome del hombre de nuestra época, pues enarbola a gran escala como nadie los valores a partir de los cuales se nutre la mentalidad y el comportamiento de casi todos los demás. Si acaso, la diferencia esencial en su caso es que ha prescindido de toda necesidad de autoengañarse, y con ello de engañar a los demás, pues puede admitir abiertamente y sin el menor remordimiento que para él la vida consiste en una competencia en pos de la victoria (¿qué es lo que se gana —podríamos preguntar—, el juego de la vida?), para la cual no hay que escatimar la utilización de los medios más mezquinos, viles o despreciables, con tal de conseguir alcanzar aquellas metas a las que hayamos consagrado la existencia.

Así que en los descansos que nos procuremos entre los lamentos autocomplacientes y los tuits rabiosos contra el estado del mundo, quizá haríamos bien en preguntarnos en qué medida cada uno de nosotros reproduce en sus ámbitos personales los comportamientos, ideas y valores que se encuentran enraizados en lo más profundo de la narrativa dominante, que en su conjunto terminan por ser —además de los execrables villanos— buena parte de la causa de que el mundo se encuentre en estos momentos al borde de la catástrofe ecológica, económica, política, social y, quizá principalmente, ética y moral en su sentido más profundo, asemejándose con escalofriante precisión al vislumbre de Leonard Cohen en «The Future», aparecida en el ya muy lejano año de 1992:

Things are going to slide
Slide in all directions
Won’t be nothing
Nothing you can measure anymore
The blizzard, the blizzard of the world
has crossed the threshold
and it has overturned
the order of the soul.

1 «No sólo se censuran experiencias del mundo real, sino también las relativas a la ficción. Lo hemos visto en numerosas universidades de Estados Unidos. En la de Columbia, en Nueva York, aún retumba en la memoria un famoso incidente, cuando una alumna sufrió una crisis provocada por la lectura de las gráficas descripciones de violaciones contenidas en las Metamorfosis de Ovidio; como consecuencia, se ordenó a los profesores que incluyeran advertencias sobre aquellos pasajes del canon literario que pudieran herir la sensibilidad de los estudiantes», Slavoj Žižek, «Después del fin de la historia», Suplemento Babelia, El País, 29 de octubre de 2016.

2 El mejor ejemplo que conozco de esta autocomplacencia que al enunciar el horror de los demás lo anula, dando sobre todo gracias de no tener que experimentarlo, es la famosa frase de Woody Allen en Annie Hall: «Me parece que la vida se divide entre lo horrible y lo miserable. Son las dos categorías básicas. Lo horrible son, no sé, los enfermos terminales, o los ciegos, los inválidos. No sé cómo se las arreglan para seguir adelante. Me resulta sorprendente. Y los miserables somos todos los demás. Así que, ya sabes, deberías de dar las gracias de ser miserable, porque es una gran fortuna, la de ser miserable.»

3 Comité Invisible, A nuestros amigos, Pepitas de calabaza, Logroño, p. 189.

Foto de Kevin N. Murphy en @Flickr

Written by
No comments

LEAVE A COMMENT

*