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Prisiones: ¿la caída de los muros? | Michel Foucault

Conferencia en la Universidad de Montreal

Es inútil decirles que estoy contento de estar aquí; pero también es inútil decirles mi incomodidad —cuánto me incomodó— cuando me dijeron que debía hablar de las alternativas a la prisión y que lo hiciera en el marco de una semana consagrada al fracaso de la prisión. Me incomodó por dos razones: primero, debido al problema de la alternativa y, después, debido al problema del fracaso.

Alternativas a la prisión: cuando me hablan de ello tengo inmediatamente una reacción infantil. Tengo la impresión de ser un niño de siete años al que le dicen: «Escucha, porque de cualquier forma serás castigado, ¿qué prefieres, el látigo o quedarte sin postre?». Creo que a la pregunta por una alternativa a la prisión tenemos que responder primero con un escrúpulo, con una duda o con una carcajada, como ustedes quieran. ¿Y si no quisiéramos ser castigados de ningún modo? ¿Y si, después de todo, no fuésemos capaces de saber realmente lo que quiere decir castigar?

¿En qué consisten todos esos establecimientos que se presentan como alternativas a la antigua prisión? Me parece que esos establecimientos, mucho más que alternativas a la prisión, son una especie de tentativa para hacer asumir, a mecanismos, a establecimientos, a instituciones diferentes de la prisión, las funciones que hasta ahora ha cumplido la prisión misma. Esencialmente podemos decir las cosas de la manera siguiente: en todas esas nuevas prácticas, la operación penal que buscamos es una operación centrada en el trabajo; es decir, que sólo se trata de perfeccionar la vieja idea, tan vieja como el siglo xix o el siglo xviii, de que el trabajo tiene en sí mismo una función esencial en la transformación del prisionero y en el cumplimiento de la pena.

Creo, también, que en esos establecimientos alternativos a la prisión funciona el principio que llamaría el principio de refamiliarización, es decir, siempre encontraremos puesta en marcha, a través de diferentes medios, pero siempre puesta en marcha, la idea de que la familia es el instrumento esencial para la prevención y la corrección de la criminalidad.

En estos establecimientos contemporáneos se busca que los mismos detenidos, los consejos de detenidos, etc., participen en la elaboración del programa penal. Creo que, en el fondo, se hace participar al individuo castigado en los mecanismos mismos de su castigo. Lo ideal sería que el individuo castigado, ya sea individualmente, ya sea colectivamente, acepte él mismo, como si fuese un consejo, el procedimiento de castigo que se le aplica. Y si se le da una parte de la decisión en la definición de la pena, en la administración de la pena que debe asumir, si se le da una cierta parte de la decisión, es precisamente para que la acepte, es precisamente para que la haga funcionar él mismo. Es necesario que se vuelva el gestor de su propio castigo.

Hasta cierto punto se libera al delincuente, pero yo diría que, junto a él, se libera también otra cosa; se liberan funciones carcerales. Las funciones carcerales se socializan a través del trabajo, a través de la familia y a través de la autoculpabilización, esa resocialización ahora ya no está localizada sólo en el lugar cerrado de la prisión sino también en esos establecimientos relativamente abiertos. Se intenta expandir, difundir, esas viejas funciones en todo el cuerpo social. En un sentido podemos decir que la puesta en cuestión de la prisión, su demolición parcial, la apertura de ciertos fragmentos del muro de la prisión, podemos decir que todo eso libera, hasta cierto punto, al delincuente del encierro estricto, completo, exhaustivo, al que estaba abocado en las prisiones del siglo xix.

Imponer una deuda a un individuo, cancelarle un cierto número de libertades, como la de desplazarse, es una forma de fijarlo, de inmovilizarlo, de volverlo dependiente, de sujetarlo a una obligación de trabajo, una obligación de producción, o a una obligación de vida en familia… Es, sobre todo, una infinidad de maneras de difundir fuera de la prisión las funciones de vigilancia, que van a ejercerse no ya simplemente sobre el individuo encerrado en su celda o encerrado en su prisión, sino que van a expandirse sobre el individuo en su vida aparentemente libre. Un individuo en libertad condicional es un individuo vigilado en la plenitud o en la continuidad de su vida cotidiana, en todo caso en sus relaciones constantes con su familia, con su oficio, con las personas que frecuenta; es un control que va a ejercerse sobre su salario, sobre la manera en que utiliza ese salario, en que maneja su presupuesto; es también una vigilancia sobre su entorno.

Las formas de poder que eran propias de la prisión: todo ese sistema alternativo a la vieja detención, todas esas formas alternativas, tienen por función difundir esas formas de poder, difundirlas como una forma de tejido canceroso, más allá de los muros mismos de la prisión.

La pregunta que querría hacer es la siguiente: de estas dos cosas, ¿cuál es la que debemos decir? Primero, podemos decir esto: aparentemente la prisión desaparece, pero como las funciones esenciales que la prisión debía asegurar son asumidas por nuevos mecanismos, en el fondo nada cambia. Habría entonces que decir esto: como la prisión ha desaparecido, entonces las funciones carcerales, que ahora se expanden fuera de los muros, ¿acaso no van a estar sujetas, poco a poco, a una regresión, al estar privadas de su punto de apoyo? ¿acaso no van a desaparecer? Dicho de otra forma, ¿acaso el órgano no comienza por desaparecer para que, finalmente, la función también desaparezca?

Creo que debemos responder a esa pregunta si queremos ver lo que puede significar, actualmente, ese movimiento de búsqueda de una medida alternativa a la prisión.

Me gustaría comenzar formulando una especie de hipótesis, una hipótesis paradójica porque, a diferencia de la hipótesis verdaderamente científica, no estoy seguro de que mi hipótesis pueda ser verificada con argumentos perfectamente «completos». Pienso que es una hipótesis de trabajo, pienso que es una hipótesis política, digamos que es un juego estratégico, y debemos ver hasta dónde puede llevarnos. Esa hipótesis es la siguiente. La pregunta sería ésta: ¿una política penal tiene efectivamente la función, como lo pretende, como se dice, de suprimir las infracciones?

De todas las instituciones que producen ilegalidades, que producen infracciones, la prisión es sin duda la más eficaz y la más fecunda. La prisión como hogar de las ilegalidades, tenemos mil pruebas de ello. Primero, por supuesto, las que ya conocemos, es decir, que de la prisión se sale siempre más delincuente de lo que se era. La prisión, a todos los que ha reclutado, los aboca a una ilegalidad que, en general, los seguirá toda su vida: debido a los efectos de la desinserción social, debido a la existencia de los antecedentes penales, debido a la formación de grupos de delincuentes, etc. Todo eso lo conocemos. Pero también debemos subrayar que el funcionamiento interno de la prisión sólo es posible gracias a un juego, múltiple y complejo, de ilegalidades. Debemos recordar que los reglamentos internos de las prisiones son siempre absolutamente contrarios a las leyes fundamentales que garantizan, para el resto de la sociedad, los derechos humanos. El espacio de la prisión es una formidable excepción al derecho y a la ley.

La prisión es la ilegalidad institucionalizada. Por consiguiente, nunca debemos olvidar que en el corazón del aparato de justicia que Occidente ha creado con el pretexto de reprimir las ilegalidades, que en el corazón de este aparato de justicia, destinado a hacer respetar la ley, hay una maquinaria que funciona en la ilegalidad permanente. La prisión es la habitación oscura de la legalidad. Es la camera obscura de la legalidad. ¿Cómo es posible que en una sociedad como la nuestra, que ha creado un aparato tan solemne y tan perfeccionado para hacer respetar su ley, cómo es posible que haya colocado en el centro de ese aparato un pequeño mecanismo que sólo funciona en la ilegalidad y que sólo fabrica infracciones, ilegalidades e ilegalismos?

Creo que existen muchas razones para que las cosas ocurran así. Pero hay una que es, quizá, la más importante: no hay que olvidar que antes de que la prisión existiera, es decir, antes de que se haya elegido esta extraña y pequeña maquinaria para hacer respetar la ley a través de la ilegalidad, antes de que esta pequeña maquinaria fuese inventada a finales del siglo xviii, bajo el Antiguo Régimen, las mallas del sistema penal eran, en el fondo, muy amplias. La ilegalidad era una especie de función general y constante en la sociedad. Debido a la impotencia del poder, y también debido a que la ilegalidad era indispensable para una sociedad que estaba en vías de mutación económica. Entre el siglo xvi y el final del siglo xviii, las grandes mutaciones constitutivas del capitalismo pasaron, en su mayoría, por los canales de la ilegalidad, con respecto a las instituciones del régimen y sociales eran rivales pero, también, casi siempre, cómplices, en esas ilegalidades. El contrabando, por ejemplo, que permitía vivir a todo un estrato de las clases populares, ese contrabando servía también a la burguesía; y la burguesía nunca hizo nada, en el siglo xvii y en el siglo xviii, para reprimir el contrabando popular de la sal, del tabaco, etc. La ilegalidad era uno de los caminos de la vida política y del desarrollo económico. Cuando la burguesía llegó —no exactamente al poder en el siglo xix, pues ya lo tenía desde hacía mucho tiempo— a organizar su propio poder, a crear para sí misma una técnica de poder que era homogénea y coherente con la sociedad industrial, es evidente que la tolerancia general a la ilegalidad no podía seguir siendo aceptada.

Creo que debemos tener muy presente un hecho. Es verdad que la prisión comienza a entrar en regresión, no sólo gracias al efecto de las críticas externas que vienen de medios que pueden ser más o menos de izquierda, o más o menos movidos por una filantropía cualquiera; creo que si la prisión está en regresión y si los gobiernos aceptan que la prisión entre en regresión, es porque en el fondo la necesidad de delincuentes ha disminuido en el curso de los últimos años. El poder ya no necesita delincuentes como pudo haberlos necesitado hasta hace poco. Cada vez se siente menos la necesidad urgente de impedir todas esas pequeñas ilegalidades que eran tan intolerables para la sociedad del siglo xix, todas esas pequeñas ilegalidades menores como, por ejemplo, el robo. Antes, era necesario aterrorizar a las personas frente al mínimo robo. Pero ahora se sabe cómo practicar una especie de control global, se busca mantener al robo en un número límite tolerable, se sabe calcular el costo de la lucha contra el robo, y lo que costaría el robo si fuese tolerado, se sabe por tanto establecer el punto óptimo entre una vigilancia que impedirá que el robo atraviese un cierto límite, y una tolerancia que permite al robo desarrollarse en unos límites que son económica, moral y políticamente favorables.

Creo que la delincuencia, en todo caso la existencia de un medio delincuencial, ha perdido mucho de su utilidad económica y política. Veamos, por ejemplo, lo que ocurre con la sexualidad. Antes, el lucro con la sexualidad se lograba a través de la prostitución. Ahora se han encontrado otras formas, mucho más eficaces, para obtener una ganancia con la sexualidad: la venta de productos para la contracepción, las terapias sexuales, la sexología, la psicopatología sexual, el psicoanálisis, la pornografía, todas esas instituciones son formas mucho más eficaces y, hay que decirlo, mucho más divertidas que la aburrida prostitución para obtener dinero a través de la sexualidad.

No debemos sorprendernos del hecho de que se hayan inventado justo ahora esas famosas soluciones alternativas a la prisión de las que les he hablado. No es gracias a las presiones de una filantropía nueva, no es gracias a la luz de una criminología reciente que ahora aceptamos demoler los muros de las prisiones o, en todo caso, reducirlos de manera notable. Si ahora la prisión se ve afectada no es porque, por primera vez, reconozcamos sus inconvenientes, sino porque, por primera vez, sus beneficios comienzan a reducirse. Ahora ya no tenemos necesidad de fábricas de delincuentes; en cambio, necesitamos cada vez más, en la medida en que el control a través de la delincuencia profesional pierde su eficacia, remplazar esos controles por otros, más sutiles, más finos; y es el control a través del conocimiento, el control a través de la psicología, la psicopatología, la psicología social, la psiquiatría, la psiquiatría social, la criminología, etc.

¿Qué podemos concluir de todo esto? No concluiré con una propuesta porque no creo en el fracaso de la prisión, creo en su éxito, su éxito total hasta el punto que conocemos ahora, donde ya no tenemos necesidad de delincuentes; no está en bancarrota, simplemente ha sido puesta en liquidación normal porque ya no necesitamos de sus beneficios. Y, por otra parte, no existen alternativas a la prisión o, más bien, las alternativas que se proponen son precisamente una manera de asegurar, a través de otras formas, y sobre una escala de población mucho más grande, las viejas funciones que se pedían a la pareja rústica y arcaica de «prisión y delincuencia».

Dicho esto sobre una alternativa a la prisión y sobre su fracaso, ¿qué podemos decir ahora desde un punto de vista práctico? Terminaré con dos o tres consideraciones que son específicamente tácticas. Diré esto: primero, hacer una regresión de la prisión, disminuir el número de prisiones, modificar el funcionamiento de la prisión, denunciar todas las ilegalidades que pueden producirse en ella… no está mal, podemos decir aun que está bien, que es necesario. Pero hay que ser muy claros, esa denuncia de la prisión, esa empresa para que retroceda la prisión, o para encontrarle, como se dice, alternativas, no es en sí misma ni revolucionaria, ni contestataria, ni siquiera progresista. Quizá ni siquiera es molesto, en el largo plazo, para nuestro sistema, en la medida en que necesita cada vez menos delincuentes, y que, por consiguiente, necesita cada vez menos prisiones.

Es necesario ir aún más lejos. Hacer que retroceda la prisión no es ni revolucionario ni, tal vez, progresista; puede ser, en cambio, si no somos cuidadosos, una manera de hacer funcionar en toda libertad las funciones carcerales que, hasta ahora, se ejercían al interior de la prisión, y ahora existe el riesgo de que sean liberadas ellas mismas de la prisión y que sean asumidas por las múltiples instancias de control, de vigilancia, de normalización, de resocialización. Una crítica de la prisión, la búsqueda de una alternativa a la prisión que no desconfíe, de la forma más escrupulosa, de esta redifusión de los mecanismos propios de la prisión, de su redifusión en el cuerpo social, sería una empresa políticamente nociva.

El problema de la prisión no puede resolverse, y ni siquiera puede plantearse, en los términos de la simple teoría penal. No puede plantearse tampoco sólo en los términos de la psicología o de la sociología del crimen. No podemos plantear el problema de la prisión, y de su rol, y de su posible desaparición, más que en los términos de una economía y de una política o, si lo quieren, de una economía política de las ilegalidades.

Las preguntas que debemos plantear al poder no son: ¿van a seguir permitiendo, sí o no, el funcionamiento de las detestables prisiones que hacen tanto mal a nuestra alma? —cuando nosotros no somos prisioneros y que las prisiones no hacen mal a nuestro cuerpo—. Hay que decir al poder: dejen sus habladurías sobre la ley, dejen sus supuestos esfuerzos para hacer respetar la ley, díganos más bien lo que hacen con la ilegalidad. El verdadero problema es: ¿cuáles son las diferencias que ustedes, la gente en el poder, establecen entre las diferentes ilegalidades? ¿Cómo tratan las suyas y cómo tratan las de los otros? ¿Qué fin tienen las diferentes ilegalidades que ustedes administran? ¿Qué provecho obtienen de estas ilegalidades y de las ilegalidades de los otros?

Y, finalmente, si queremos retomar la cantinela, quizá ya demasiado escuchada: no es posible la reforma de la prisión sin la búsqueda de una nueva sociedad; yo diría que, si realmente tenemos que imaginar otra sociedad para imaginar una nueva forma de castigar, creo que en ese sueño de otra sociedad, lo que es esencial no es imaginar una forma de castigo que sería particularmente suave, aceptable o eficaz. Antes tenemos que imaginar algo más esencial, algo mucho más difícil de inventar, pero que debemos buscar, a pesar de todos los ejemplos desastrosos que podemos tener ante nuestros ojos, a izquierda y a derecha, en todos los sentidos de las palabras derecha e izquierda; a pesar de todo eso, la pregunta que debemos hacernos es esta: ¿podemos efectivamente concebir una sociedad donde el poder no necesite la ilegalidad? El problema no es el amor de la gente por la ilegalidad, el problema es la necesidad que el poder puede tener de poseer las ilegalidades, de controlar esas ilegalidades, y de ejercer su poder a través de esas ilegalidades. Que la utilización de las ilegalidades se haga a través de la prisión o se haga a través del «Gulag», de cualquier forma el problema sigue ahí: ¿puede existir un poder que no ame la ilegalidad?

© Vacarme
Traducción de Ernesto Kavi

Ilustración de Sofi Grivas

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