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Proceda bajo su propio riesgo | Eduardo Rabasa

Cuando a mis 27 años comencé una relación de pareja con una amiga de la que había estado no tan secretamente enamorado desde aproximadamente los 15, mi manía se conectó con una vertiente distinta en ella, también muy intensa. En menos de un año ya nos habíamos casado en una boda donde casi todos los participantes jóvenes terminamos tan cubiertos en lodo como Nine Inch Nails en su mítica actuación en el Woodstock de 1994, y poco después salimos en un viaje de novios que más bien parecía un recorrido de backpackers, pues pasaríamos sucesivamente un par de días en Hong Kong, Beijing, Shanghái, Hanoi y algunas playas de Tailandia e Indonesia. A decir verdad, fue un viaje mucho menos costoso de lo normal, pues lo organizó una agencia de viajes que, supuestamente gracias a un extraño trato con un senador estadounidense, conseguía acreditar a las parejas que viajaban (sólo organizaban viajes para recién casados) como si fueran agentes de viaje conociendo hoteles y aerolíneas por el mundo, con lo cual conseguían por ejemplo precios de 49.99 dólares en lujosos hoteles de cinco estrellas. Cuando uno recibía la cartulina donde debía pegar su foto a manera de credencial, que lo acreditaba como miembro de Viajes Esfinge (empresa que pretendía estar afincada en una dirección de Chihuahua, cuyo logo era una esfinge pixeleada), la certeza sobre una estafa en ciernes era plena, pero mi aún novia conocía a varias parejas que habían viajado auspiciadas por dicha agencia, y todo había salido de maravilla. Incluso, se ufanaba el propietario, había tenido unos novios en Tailandia durante el tsunami, y gracias a sus esfuerzos habían conseguido volver indemnes. La cereza en el pastel era una carta que daba fe de que la pareja estaba recién casada, con lo cual en algunos hoteles te proporcionaban una suite, con champaña helada incluida.

Tras una breve parada inicial en San Francisco, donde como dictaba el cliché acudimos a aprovisionarnos a una  sex shop de juguetes a utilizar durante el largo viaje, al tercer día nos despertamos con calma, hicimos las maletas, y nos dirigimos al aeropuerto para tomar el vuelo de Cathay Pacific con rumbo a Hong Kong. Debo decir que la agencia nos había entregado un itinerario muy detallado, y también que yo estaba a cargo de revisarlo y organizar los horarios de salida, métodos de transporte y demás. Primer gran error de nuestro incipiente matrimonio: al llegar al aeropuerto de San Francisco, ante la imposibilidad de encontrar el mostrador para documentar nuestro equipaje, un presentimiento me erizó la espina dorsal. Al extraer el itinerario para corroborar lo que ya sabía, comprobé que el avión estaba programado para las 12:30 am, es decir, que había partido ya hacía unas diez horas. Mi flamante esposa no tomó bien la noticia, aunque consiguió guardar la calma, pues había que resolver la situación. Llamé a nuestro agente de viajes, quien tomó incluso peor la noticia, respondiéndome con gran agitación que a lo largo de muchos años de organizar viajes similares, eso nunca le había pasado. Sin embargo, con gran profesionalismo, pronto atajó el problema, y tomamos un vuelo a Los Ángeles, para 10 horas después embarcar en un nuevo vuelo a Hong Kong. Mi penitencia fue arrastrar las dos pesadas maletas por el malecón de Santa Mónica, adonde acudimos en autobús a matar el tiempo de espera, con comida incluida en el restaurante temático de la película Forrest Gump.

Tras un par de días en Hong Kong y otro par en Beijing, donde la imaginación no nos alcanzó más que para ir a los sitios turísticos obligatorios (con todo y una vergonzosa visita al Disneylandia de Hong Kong), nos disponíamos a abordar el vuelo que habría de conducirnos a Shangái. Al documentar el equipaje y colocarlo en la banda pertinente, la chica de la aerolínea se demoraba incalculablemente en entregarnos nuestros pases de abordar, cuestión a la que inicialmente no concedimos demasiada importancia. Pronto aparecieron dos guardias de seguridad chinos correspondientemente uniformados, y con modales bruscos nos indicaron que debíamos pasar a una sala contigua, donde permanecimos unos minutos bajo sus semblantes impávidos y sus miradas hostiles. Al cabo de un tiempo aparecieron otros guardias más con nuestras maletas, y las dispusieron severos sobre una mesa para abrirlas en nuestra presencia, como si nos hubieran sorprendido con un cargamento de cocaína que nos confinara a purgar largas condenas en una cárcel asiática, al más puro estilo de Midnight Express.

Haciendo nuestro mejor esfuerzo por controlar el pánico, observamos cómo un agente hurgaba entre nuestras pertenencias en busca de algo, hasta que ceremoniosamente extrajo un juego de esposas, unas máscaras como de arlequín y un remedo de látigo que consistía en un mango suntuosamente adornado, puntuado por un conjunto de delgadas tiras de hule, que más que para infligir dolor parecían diseñadas para sacudir el polvo de una mesa, y las sostuvo en el aire en silencio, mirándonos con la particular mueca de repugnancia reservada para los pervertidos. Aun así, y pese a saber que no llevábamos nada prohibido en las maletas, experimentamos un gran alivio al constatar que el problema eran los artículos adquiridos en la sex shop de San Francisco. Intenté fútilmente argumentar que eran objetos para uso lúdico, pero el guardia detuvo mi discurso con una mano en alto y un movimiento de negación con la cabeza. Tras confiscar nuestra diversión y cerrar las maletas, nos entregaron los pases de abordar y nos ordenaron que saliéramos de la sala, para proseguir con nuestro viaje.

En ese momento no supimos interpretar que la intensidad accidentada del viaje de novios era un preludio de un matrimonio de cinco años que más o menos sería definido por las mismas características. Afortunadamente, después de un tiempo para asimilar la ruptura conseguimos retomar una gran amistad, e incluso hemos realizado otro tipo de viajes en conjunto, aunque ahora Viajes Esfinge ha sido reemplazada por Viajes del Mal, la agencia de viajes de una entrañable amiga, cuyo lema reza «Sé viajero, no turista».

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