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Protágoras, los niños y la democracia | César Rendueles

Una leyenda griega cuenta que los dioses del Olimpo crearon los animales mezclando tierra y fuego. A la hora de decidir cómo iba a ser cada especie, pusieron mucho cuidado en repartir equitativamente las fortalezas y debilidades. Fabricar todos aquellos bichos era un trabajo duro y no querían que unos pocos animales poderosos se zamparan a todos los demás en un par de días. A unos les dieron garras y colmillos, a otros cuerpos ligeros y piernas veloces. A algunos los hicieron grandes y feroces, a otros escurridizos y capaces de resguardarse en pequeños rincones. No olvidaron que los animales tenían que sobrevivir al frío, la lluvia y el sol, así que cubrieron sus cuerpos de pelo, plumas o escamas.

 

Los dioses griegos eran un poco despistados. Cuando acabaron con el resto de animales y, finalmente, le tocó el turno a las personas, se dieron cuenta de que habían calculado mal el reparto y no quedaba nada para ellas. Allí estaban aquellos bichos alargados y flacos, en pie sobre sus dos patas, sin alas ni pezuñas ni pelo suficiente para protegerse del invierno. Un desastre. A uno de los dioses, Prometeo, le dio pena y le robó a Atenea un poco de conocimiento y se lo regaló a los humanos. De esa manera fueron capaces de construir casas, usar el fuego y fabricar ropa o armas para resguardarse y defenderse. Desgraciadamente, no era suficiente. Como los seres humanos vivían aislados los unos de los otros, eran presa fácil para el resto de animales. De vez en cuando probaban a agruparse pero eran incapaces de ponerse de acuerdo y se peleaban todo el rato. Así que Zeus, el rey de los dioses, tuvo que tomar cartas en el asunto para evitar que la gente se extinguiera. Les daría el sentido de la justicia para que así pudieran organizarse y vivir juntos.

 

No se trata de sumar las opiniones a través de algún cálculo y obtener la media. Sino de deliberar hasta que aparezca algo diferente, algo más que la suma o la resta de las partes. Un poco como en una orquesta: puedes ser buenísimo tocando el clarinete o el arpa, pero interpretar una sinfonía es algo que sólo puedes hacer con los demás, toquen bien o mal sus instrumentos.

 

Zeus tuvo que tomar una decisión importante. Prometeo no había repartido los conocimientos por igual. Creyó, con razón, que no hacía falta que todo el mundo fuera bueno en música, en medicina, en deportes o en matemáticas. Un solo médico puede curar a mucha gente, un solo cómico divertir a un auditorio entero. ¿Tal vez —pensó Zeus— pasaba lo mismo con el sentido de la justicia? No, decidió. No habría expertos en justicia. Todas las personas tendrían la misma capacidad para distinguir entre lo justo y lo injusto.

 

La leyenda aparece en un diálogo de Platón titulado Protágoras. Lo que nos dice no es exactamente que todas las opiniones individuales valgan lo mismo, sino algo más extraño. Nadie, ni los más listos, ni los más fuertes, ni los corazones más puros saben mejor en qué consiste la justicia. La única manera que tenemos de saber que las normas que nos gobiernan son justas es asegurarnos de que las hemos elaborado entre todos, contando incluso con gente cuyas ideas no apreciamos o a la que nunca pensamos que merecía la pena escuchar, y aceptando las dificultades que conlleva ese proceso. No se trata de sumar las opiniones a través de algún cálculo y obtener la media. Sino de deliberar hasta que aparezca algo diferente, algo más que la suma o la resta de las partes. Un poco como en una orquesta: puedes ser buenísimo tocando el clarinete o el arpa, pero interpretar una sinfonía es algo que sólo puedes hacer con los demás, toquen bien o mal sus instrumentos.

 

El otro día me vino a la cabeza esta historia porque recordé que cuando estudiaba primaria formé parte del consejo escolar de mi colegio, una asamblea de representantes de profesores, padres y estudiantes. No hace tanto en España, los niños de 12 años podían participar en el órgano de gobierno de sus escuelas. Hoy mucha gente lo ve como una ocurrencia pintoresca e ingenua. ¿Qué puede saber un niño de 12 años? Yo no estoy tan seguro. Por ejemplo, lo que siempre han pensado los niños sobre los deberes —que son una lata aburrida y sin sentido— coincide con la opinión de la mayor parte de los pedagogos contemporáneos. Y lo mismo ocurre más allá del ámbito educativo. Por ejemplo, se calcula que en las ciudades actuales dedicamos a los coches —entre carreteras y plazas de aparcamiento— más del sesenta por ciento del espacio público disponible. Tal vez nuestras calles serían un poco más racionales si los responsables de los planes urbanísticos tuvieran que tener en cuenta la opinión de personas pequeñas que ni conducen ni pueden conducir, que están hartas de esperar en pasos de cebra que ningún coche respeta y a las que les gustaría tener mucho más espacio para usar sus patinetes o jugar al pilla pilla.

 

De hecho, se puede ver al revés. Si incluso los niños pueden participar, en la medida de sus posibilidades, en el gobierno de las escuelas, entonces a lo mejor eso significa que es posible llevar la democracia participativa a lugares que hoy nos parecen incompatibles con ella, como los centros de trabajo, las instituciones culturales o los mercados financieros. Si incluso los niños pueden intervenir, en la medida de sus posibilidades, en las instituciones públicas, entonces no deberíamos dejar que ningún experto nos trate a todos como a niños decidiendo sobre nuestras vidas.

 

Si suena exótico es porque en las últimas décadas la lucha por la igualdad ha ido ocupando un lugar cada vez más periférico en los debates políticos. De hecho, no es exagerado decir que la izquierda institucional ha asumido con exaltación los ideales meritocráticos. Como si la meritocracia fuera una versión mejorada del igualitarismo, sin sus efectos limitadores sobre la libertad individual. Como si lo realmente importante sea que cada cual obtenga las recompensas que merece según sus capacidades, sus esfuerzos y sus logros. La opinión dominante es que la única igualdad aceptable es la igualdad de oportunidades. Desde este punto de vista, el avance social consiste en eliminar las barreras de entrada que distorsionan los mecanismos de gratificación del esfuerzo individual. Es una idea absurda, por supuesto. La igualdad de oportunidades es el programa social de los críticos de la democracia. Si en algo consiste ser conservador es en justificar los privilegios de la élite política, económica o tecnocrática por sus superiores méritos intelectuales o morales. Ese es el argumento clásico de Burke, de Bonald, de Maistre y todos los reaccionarios del siglo XIX.

 

La democracia no es sólo un modelo político. Es, tal vez sobre todo, un modelo de sociedad. Un tipo de sociedad en el que nos reconocemos mutuamente como iguales capaces de deliberar en común. Como modelo político, la democracia sólo implica un conjunto de procedimientos técnicos, el gobierno de la mayoría. Como modelo de sociedad, en cambio, implica el reconocimiento de que la igualdad profunda es un objetivo político básico, que la igualdad no es un punto de partida sino un resultado que tenemos que construir a través de la intervención política, que las desigualdades son en sí mismas aberrantes y nos condenan a vivir en sociedades frágiles, individualistas, y llenas de desconfianza.

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