Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Que cuarenta años son nada

Por Wenceslao Bruciaga

No puedo leer la máxima consigna escrita en el cartel de la 40ª Marcha del Orgullo LGBTTTI de la Ciudad de México, sin excavar sospechas, «40 años viviendo en libertad», rezaba la frase escrita con tipografía anticuada y tediosa, como inspirada en los libros de texto gratuito de los ochenta, involuntario homenaje gráfico a esos tiempos de nacionalismo chabacano a lo Miguel de la Madrid Hurtado.

Probablemente hoy gocemos de una visibilidad políticamente correcta, cualquier resbalón es susceptible de ser calificado de homofobia, y las nuevas interpretaciones de las teorías queer han hecho de jotear un accesorio de moda supuestamente edificante y regañón de las posturas masculinas, machistas y patriarcales.

Y a pesar de todos esos logros a los que no se les puede regatear un ápice de dignidad, no sé que tan libres somos cuarenta años después de la primera marcha capitalina que exigía un cese al hostigamiento policial y el escarnio de la sociedad devota de las apariencias contenidas. Al final, no podemos escapar de nosotros mismos, de esa sensibilidad desbordada que suele perder el norte de la racionalidad conforme el choque de deseo y tripas nos arroja al destierro, fuera del orden buga. En su libro JPod, Douglas Coupland dice que «si puedes administrar tus emociones, lo más probable es que no tengas muchas». Una vez que descubres que te gusta la bragueta, empiezas a generar emociones innecesarias que van configurando cierta forma de entender el mundo. El solo hecho de tener que plantearte un posible rechazo por parte de tus padres cuando tengas que revelarles que te gusta por detrás, es un indicador de las tormentos que vendrán por delante. Si esto les llega crudo, lo siento, de eso se trata la homosexualidad, aunque lo quieran evadir con pendejadas de amor y anillos de compromiso.

Podremos autoengañarnos con falacias de igualdad ante la ley o insistir en que los hetero no son mejores en eso de maniobrar las pasiones, como siempre, compitiendo inútilmente con la estabilidad moral y en

Que cuarenta años son nada donde, al parecer, el ganador es aquel puto que más esté dispuesto a asumir la normalidad que esclaviza a buena parte de los bugas. Por eso, los gays más famosos y alabados, y respetados, por la manada hetero, son aquellos que salen a cuadro haciendo de amas de casa amorosas, liberales y productivas, los Ricky Martins, los Jim Parsons, los Neil Patrick Harris y sus clones a los Doogie Howsers, casados con hijos adoptados que a veces presumen como si fuera mercancía de algún comercial de los años previos al desmadre hippie. Cuando algún homosexual salta a la fama por su desenfreno promiscuo y alterado, se le acusa de estropear la imagen de todos los homosexuales, como el caso de Marc Jacobs y sus famosas orgías, después de viralizar un video en el que se hinca para pedirle matrimonio a su novio.

«40 años viviendo en libertad» y seguimos dependiendo del visto bueno de los bugas.

Twitter: @distorsiongay

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