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¿Quién habla en esa película? Me pregunto. | Mario Bellatin

Lo que se ve en la pantalla está muerto, es una representación. No creo tener autoridad ni injerencia sobre esas palabras dichas, ignoro incluso por quién. Es más, tú lo dices y yo debo creerlo porque no tengo registrado haber expresado algo así. Pero si me preguntas ahora, a la persona que supongo soy yo, te informo que efectivamente nadie oye a nadie. Como nadie lee a nadie. Ni siquiera el propio autor puede leer su obra. O, como es el caso del principio del psicoanálisis, me parece, uno es demasiado torpe para entenderse a sí mismo. Es por eso que necesita la presencia de un gabinete, de un testigo, de un diván, de un tiempo determinado. Colocados allí con la esperanza de que el analizado pueda oír realmente siquiera una mínima porción de discurso. La oreja del analista, entrenada para oír lo que nadie oye. Para puntuar como una clave existencial, quizá, lo que para quien la emite puede tratarse de una forma graciosa, divertida, superficial, de nombrar algunas de las cosas del mundo que lo rodea. Lo que habría que preguntarse entonces podría ser algo como ¿para qué está entrenado el oído del que supuestamente sí sabe oír? Vuelvo entonces a una sospecha. La percepción de que se busca el documento, el caso, la huella. Un fenómeno que suele caracterizarse por bastarse muchas veces a sí mismo. Sin tomar en cuenta, la mayoría de las veces, al ser que lo está emitiendo. En ese aspecto la escucha me parece que se asemeja a la tarea de ciertos oncólogos. Aquellos científicos que aplican sus fórmulas contra el cáncer —que reciben de manera anónima—, más allá de la vida o del bienestar del paciente. En el confesionario católico es obvio que se escucha al por mayor, y el oído está entrenado para captar el pecado y, muchas veces, regodearse en una repetición inducida. Recuerdo que la primera vez que pasé por una escucha dirigida, cerca de los 7 u 8 años, entendí lo tendencioso del que va a oír sólo lo que quiere escuchar. Obvio, de aquello me di cuenta años después. La anécdota fue que, sin querer, logré saciar la esperada respuesta cuando el sacerdote me preguntó si había jugado con mi cuerpo —tiempo después entendí que se refería a la masturbación—, y como yo en ese entonces no tenía idea de semejante práctica, tome el cuestionamiento de manera literal y contesté que sí, por supuesto, pensando en ese momento en lo extraño del razonamiento de aquel inquisidor, casi surreal, que podía haber pensado que yo era capaz de jugar de manera metafísica, utilizando otro cuerpo para hacerlo. Tan obvio que no tuve alternativa que asentir, cosa que pareció satisfacer las expectativas de la escucha. Eso me preocupa del psicoanálisis. Que el entrenamiento presuponga una manera determinada de oír. Tan enmarcada en su propia lógica que termina siendo sorda al verdadero reclamo o, más bien, a un posible otro reclamo. Eso me parece, sin embargo, fundamental porque, precisamente, en lo no dicho se encuentra lo inesperado. Nadie puede conocer el rumbo del silencio. El misterio insondable del autista, por poner el caso. Recuerdo sesiones enteras. 45 minutos del más absoluto silencio. ¿Qué habrá ocurrido durante ese trance? Todos lo ignoramos. Y gracias a ese pasmo contamos precisamente con un espacio que podemos llenar, recordar su contenido, de acuerdo a nuestras necesidades del momento. También he dicho que me considero un desescritor. En el momento de la desescritura es cuando aparecen los verdaderos problemas. Incluso de percepción espacio-temporal. ¿En qué momento hallé tiempo y espacio para construir un texto que me llevó tanto trabajo ser anulado? En este preciso instante, cuando trabajo en el próximo libro a publicarse, estoy sumido en un proceso semejante. De quitar y quitar. Tanto, que a ratos me da miedo de quedarme con una suerte de nada construida sobre el todo. O quizá no. Ese arte se puede crear quizá en el traslado de un hexagrama a una lengua occidental. En las sesiones psicoanalíticas me parece que hay demasiado ruido en la cabeza de los participantes. Quizá por eso sienta que el sujeto, el hombre vivo que desea algo para esa misma tarde, un resultado concreto el día siguiente, pase a segundo lugar para dar paso a la supuesta majestad propia del discurso.

Y este ejercicio, el del vacío construido sobre el todo, me parece solamente un acto de sinceridad extremo. No siento ser el mismo ayer que hoy. Precisamente me refería a lo desgastado de los discursos. Asunto con el que tengo que enfrentarme a diario en la escritura. Lo nuevo debe estar, como de alguna manera traté de expresar, en los no discursos. Estas mismas preguntas que se me hacen las siento, de alguna forma, contaminadas por el discurso. De manera soslayada son cuestionamientos que traen ocultos, algunas veces de manera más profunda que otros, las respuestas.

El olvido es fundamental. Incluso se puede crear algo llevando a la práctica el ejercicio del olvido. El recuerdo siempre en presente, sólido, se acerca muy peligrosamente a una idea determinada. Y una escritura o una terapia basada en las ideas trae consigo su fracaso más absoluto.

Preferiría no existir para seguir haciéndolo de una manera más honesta. Es de esa manera como me acerco a las cosas. Sin importarme demasiado su origen sino, más bien, su carácter. Y precisamente las obras que más me pueden interesar son las que hubieran podido no ser creadas sino por acción de un milagro.

En mi vida quizá durante algún tiempo experimenté la sensación de una existencia fuera de orden. Fue cuando utilicé una prótesis de uso permanente con la cual se buscaba sustituir un inexistente brazo derecho. En mi caso, el uso de semejante artefacto se trató de una equivocación. Por esa razón en alguno de mis libros desarrollé ciertas ideas presentes en los paradigmas de Kuhn. Un libro, el de Kuhn, hasta cierto punto optimista, donde relata cómo la ciencia se pone de acuerdo con los adelantos que ocurren en distintas regiones del planeta. Sin embargo, en el tratado no se menciona lo que ocurre en caso de alguna equivocación. Yo no debí haber usado una prótesis, porque no soy un accidentado sino una persona de una sola mano. Yo soy así, la prótesis que comencé a utilizar fue impuesta porque en los años sesenta todavía estaba en auge la ortopedia proveniente de la posguerra. Y no es cierto que siempre usé las de última generación. Al contrario, de niño lo importante era llevar la prótesis, sin importar muchas veces sus condiciones. Desarrollé por eso una fuerte dependencia psicológica y sólo me la quitaba para dormir cuando estaba solo. Hasta en el sexo debía estar presente. Yo, por razones de mi biografía, estoy en contra de toda esa asistencia científica en las personas. Quizá por eso estoy muy atento a los amigos que han muerto a consecuencia de una liposucción, que han tenido trillizos o niños con problemas de distinta índole luego de que sus padres se sometieron a regímenes de ayuda para lograr el embarazo, o a la polémica actual de la relación entre las vacunas y la inseminación artificial. Estas escuchas no oídas, estas muertes y decadencias anunciadas las llevo en mi escritura sin pensar demasiado en ellas. Acordándome cada vez que un dolor me toma, creando lo que he bautizado como «Un Estado Gel de la Existencia», donde una de las mejores cosas que me puedan pasar es dormir una noche plácida y no volver a despertar.

Pero, eso sí, antes de emprender ese sueño me suelo preguntar: ¿quién habla realmente en esa película?

 

Ilustración de Óscar Rodríguez

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