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Quizá sólo nos quede un atardecer hermoso. Entrevista con Don DeLillo (segunda parte) | Eduardo Rabasa

En el mes de marzo viajé a Nueva York a realizarle una entrevista a Don DeLillo, la primera parte de la cual apareció publicada en la revista Nexos, en el número de junio. Debido a la extensión de la charla, y a que el viaje fue financiado también por Reporte Sexto Piso, las partes involucradas acordamos que el fragmento de la conversación relativo a la más reciente novela de DeLillo, Cero K, vería la luz en esta publicación, al mes siguiente, para espaciarlas un poco. Si en la primera parte DeLillo explicó con enorme lucidez una especie de teoría general de su método de escritura, a continuación los lectores podrán ver una muestra de cómo ese esbozo un tanto más abstracto se plasma en la escritura de un libro específico, el cual además me parece se encuentra sin problemas a la altura de lo mejor de la vasta bibliografía delilliana. Incluso, quizá podríamos considerar que se trata de la obra en la que se ocupa de manera más profusa de la preocupación humana con la muerte, así como de los intentos siempre un tanto cómicos por poder finalmente derrotarla, pues la enorme parte del libro transcurre en un complejo llamado La Convergencia, construido bajo tierra en un desierto situado en algún lugar de la antigua Unión Soviética, en el que gente como el millonario padre del protagonista, Ross Lockhart, pagan ingentes sumas por el exclusivo derecho de continuar existiendo de alguna manera, incluso cuando la biología haya dictado que la vida debe de llegar a su fin.

En Ruido de fondo escribió de manera célebre que «todas las tramas tienden hacia la muerte», pero me pregunto si en Cero K, con el complejo de La Convergencia y la idea de poder vivir por siempre, lleva un poco más allá esta idea, para aplicarla a la visión humana de la vida misma, pues algunos de los personajes parecerían engañarse con la idea de que podemos superar a la muerte.

Miles de millones de personas, a lo largo de todo el planeta, creen en la vida después de la muerte, es decir, en la vida sobrenatural. Alguna gente, una minoría, piensa que esta vida sobrenatural puede ser física. ¿Por qué morir, si existiera alguna forma científica para continuar respirando, o para volver a respirar, tras haber estado muertos? Y de hecho esto es lo que algunos científicos realizan en estos momentos, pues como probablemente sabes, existen algunos institutos abocados a la extensión de la vida, aunque son escasos. No parecen pensar que se encuentra fuera de toda posibilidad, y la extensión de la vida parecería formar parte de la aventura humana, pues, ¿por qué rendirse a algo si pudiéramos controlarlo? Evidentemente, es un asunto que genera muchas interrogantes, e incluso seguramente hay varias con las que no me topé a lo largo de mi investigación para escribir Cero K. ¿Qué pasaría con un individuo que logre sobrevivir a esta extensión de la vida? ¿Qué tipo de mente acompaña a su cuerpo?, o, si queda desvinculado de su cuerpo, ¿quién es él o ella? Supongo que esto es algo sobre lo que el personaje de Artis reflexiona en la novela.

Cuando terminé de escribir una primera versión, no me sentía del todo satisfecho, pues creí que Artis debería de desempeñar un papel central en el medio de la novela, cuando se encuentra inmersa en la cápsula y consigue pensar en algún nivel, apenas por encima del nivel de la conciencia, y me pareció un reto muy interesante, que terminé por escribir en un par de días, muy rápidamente, y decidí que debería ser la parte central del libro.

Uno de los aspectos que encontré más interesantes del libro es que en La Convergencia pretenden inventar su propio lenguaje. ¿Por qué sucede esto?

Bueno, porque el lenguaje como tal es bastante limitado. Porque la idea detrás de eso es que si contáramos con un lenguaje más extenso, ello incrementaría enormemente nuestras percepciones, y podríamos conocer mucho más acerca del mundo, sobre nosotros mismos, sobre los demás, sobre el universo, tan sólo porque nuestro lenguaje sería más adaptable al entorno, en toda su vastedad. ¿Es esto posible?, ¿hay científicos trabajando en ello? No lo sé, pero creo que, mientras lo utilizamos, no somos conscientes de los límites del lenguaje, porque hemos creado un lenguaje tan hermoso, una poesía tan hermosa, ficciones tan hermosas, teatro tan hermoso, que parecería que no quedan ya niveles para deslumbrarnos pero, posiblemente, haya algo más, algo que simplemente no podemos imaginar.

Me impresionó la estética de La Convergencia, con las puertas que o no abren o conducen a ninguna parte, y me gustó particularmente el jardín británico hecho todo de plástico. Pero también hay pantallas que muestran sufrimiento humano y catástrofes, con lo cual me pregunto, si La Convergencia es un lugar a donde la gente acude a morir, ¿cuál es la importancia de esta estética?

Creo que ahí reside parte del misterio de La Convergencia, y yo estaba pensando en términos cinematográficos, como en el cine, es decir, en describir a una persona caminando por un pasillo, tocando una puerta que nadie responde, intenta abrir la puerta, y a menudo no hay nada detrás. Es un entorno surreal, tan sencillo como eso, y por qué es así es una pregunta que no me pareció que hiciera falta responderme. La idea de La Convergencia misma es una idea que no encaja al interior de los márgenes de nuestro pensamiento lógico. Es otra cosa, es algo más allá, de la misma manera en que la extensión de la vida lo es. Disfruté enormemente al imaginar los elementos físicos involucrados en la escritura de ese lugar. Las proyecciones de varios desastres no son tan distintas de lo que nosotros experimentamos en nuestro día a día, excepto en que van un poco más lejos, son algo un poco más drástico, un poco más peligroso.

Y buena parte de todo ello es una cuestión intuitiva. En algún sentido yo fui como Jeff, el narrador, quien se pierde en La Convergencia. Yo mismo a veces no lograba comprenderlo del todo. Hay una escena hacia el final de la primera parte, donde Jeff camina por el corredor y mira en una pantalla la proyección de gente corriendo a través de un paisaje indeterminado. Y de pronto aparecen corriendo, en el pasillo, gente de carne y hueso, en tres dimensiones. ¿Cómo se explica esto? Ni siquiera intento explicármelo. Ésa es la experiencia de Jeff, no es algo que ocurre en su imaginación, en realidad sucede, y ésa es la naturaleza de La Convergencia, y ésa es la naturaleza de la novela.

Es decir, que ni usted sabría por qué aparece esa gente corriendo por ahí…

Así es. En absoluto lo sabría.

En la segunda parte del libro Jeff se vuelve un tanto desapegado de la realidad, e incluso se describe como «un hombre involuntario, guiado por las acciones de su sistema nervioso». ¿Le parece que es una consecuencia natural de lo que ha experimentado hasta ese momento?

Sí, así es, se encuentra más allá de sus propios límites, fuera de su elemento. Está en otra dimensión. Quizá no sea exactamente una cuarta dimensión, pero creo que en algún punto resiente la naturaleza extraordinaria de toda esta experiencia, y se muere del susto. Hacia el final de la novela se encuentra en las calles de Manhattan, en un autobús, mientras el sol se pone. Esto es algo que quizás sepas que realmente ocurre en Manhattan, que su arquitectura crea estos atardeceres majestuosos, quizá un par de veces al año. Y esa escena se basa en algo que yo mismo experimenté hace varios años, cuando iba subido en un autobús, y de pronto un chico comienza a gritar, justo como sucede en la novela. Miré hacia la ventana trasera del autobús y había un atardecer espectacular, y el hecho de que ese niño estuviera haciendo ese ruido —y era un niño que claramente tenía algún tipo de condición, tanto física como mental—, lo hacía aún más visible. Así que años después lo recordé y lo utilicé para la parte final de la novela. Quizá es lo más cercano que Jeff puede aproximarse a La Convergencia, en esta vida.

Hay un fragmento hacia el final en donde uno de los gemelos Stenmark habla sobre la destrucción como si fuera una cuestión necesaria, inherente a la raza humana. ¿Le parece que es así?

Creo que un filósofo podría considerar mejor estas cuestiones, pero parecería que es algo hacia lo que estamos naturalmente inclinados, que el conflicto es parte de nuestra naturaleza. Y cuando se traslada de un individuo a una nación entera, se convierte en un asunto tremendamente peligroso para todos, y es posible que experimentemos eso en un futuro próximo. Hay algo sobre las armas de destrucción masiva, las armas nucleares, hay alguna belleza en ellas que es difícil de negar. Y está el hecho de que una vez que una nación posee una de estas armas, es para hacerla estallar, para detonarla. Una de las razones por las cuales no ha habido una guerra nuclear desde que arrojamos las bombas sobre Japón es porque los países han podido realizar pruebas con sus armas nucleares. Creo que en la actualidad pueden probarse bajo la superficie, que ya no se pueden detonar sobre la superficie del planeta, pero sí se pueden probar debajo. No estoy seguro, pero creo que son nueve los países que poseen armas nucleares, y casi no se escribe al respecto, la gente no piensa demasiado sobre ello, pero es un hecho irrefutable, y se encuentra irremediablemente inscrito en el lenguaje de las relaciones internacionales. De hecho, es como una especie de consideración final. Y creo que con eso termino esta entrevista (ríe).

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