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Racismo | Ernesto Kavi

El racismo  es  una  invención  moderna. Es una invención creada en las universidades, en las instituciones científicas y defendida por algunas de las mentes más eruditas de los siglos recientes. El racismo, tal y como lo entendemos hoy en día, es una construcción que comienza a finales del siglo xviii, y se desarrolla plenamente en el siglo XIX y en el XX. Es una construcción mental, una representación del «otro» que trata de encerrarlo fuera del tiempo y fuera de todo lugar, en un universo que no es el «nuestro». El «otro» como raza (es decir, el que tiene otra lengua, otras creencias, u otros rasgos físicos) es la extrema alteridad, lo otro de lo humano, su lado monstruoso.

El racismo es una construcción imaginaria que fabrica «origen» y «pureza». Crea un discurso fundador de lo «originario» para afirmar la dominación (sexual, lingüística, racial, nacional) sobre el «otro». Al afirmar la pureza o la excelencia de nosotros o de nuestros ancestros, fabricamos al «otro» que no pertenece a ese relato genealógico y, por tanto, debe ser excluido.

El racismo fue una invención de eruditos. Todas las ciencias humanas se movilizaron en torno a esa idea. Las diferentes características visibles de los seres humanos, color de piel, de ojos, forma del cráneo, altura, etc., se pensó, determinaban características metafísicas, invisibles, que formaban normas morales, intelectuales, psicológicas, etc. Esas características metafísicas se vuelven esencialistas, es decir, definen por una vez y para siempre a aquellos que las poseen. Los vuelve intemporales, inamovibles, condenados para siempre a un solo destino. La raza no tiene historia. No hay evolución ni forma de salir de ella. Una vez negro y esclavo, siempre se lo será, aunque se viva en democracia y en igualdad. Una vez indígena y humillado, siempre se lo será, aunque la inclusión y el respeto al «otro» sean parte del discurso nacional. Podemos cambiar de fe, pero nunca de raza.

Antes, la palabra «raza», de «buena raza», quería designar la nobleza o la calidad de alguien. Era una palabra que designaba la legitimidad, es decir, la familia, la filiación, la descendencia. Su opuesto era el «bastardo», palabra que designa la mayor ilegitimidad de todas. Podríamos decir que la «raza» es la historia de una palabra que falló, que se tornó en mal.

El problema de la «raza», sobre el que giró todo el siglo XX y sobre el que se ha fundado nuestra «civilización» moderna, nos parece esencial. Y, en el contexto hispánico lo es aún más, pues parece ausente de los debates, aunque los males que provoca siempre estén presentes y sean cotidianos. Por ello, en Reporte Sexto Piso hemos querido volver a centrar el debate intelectual en torno a esta palabra. Hemos convocado a Keeanga-Yamahita Taylor, quien analiza la relación entre racismo y capitalismo, y ubica su análisis en el contexto del movimiento estadounidense Black Lives Matter; Rokhaya Diallo hace un alegato en contra de la existencia del racismo antiblanco; Fernando Urrea-Giraldo nos explica qué es la pigmentocracia y cómo funciona en América Latina; y, finalmente, Federico Navarrete nos habla de la idea de belleza en México como de un síntoma del racismo superficial, pero inherente a esa sociedad.

Querría recordar las palabras de un hombre que, ya en 1883, advertía del «peligro social contenido en la palabra raza». James Darmesteter, profesor de persa en el Collège de France, decía que toda guerra es un «accidente» histórico, porque no hay guerras irremediables ni fatales. Todas tienen un inicio y un fin. Son hostilidades ligadas a una temporalidad histórica. Darmesteter advierte que la palabra «raza», que se quiere fuera de todo tipo de historicidad, conduciría no a una guerra, a un accidente de la historia, sino a un «exterminio» sin fin. Porque a través de la palabra «raza», afirma, «toda lucha toma un carácter de odio íntimo e imposible de expiar, porque los combatientes están persuadidos de que entre ellos no hay una hostilidad de un instante y accidental, sino una hostilidad irremediable y fatal. La guerra entre ellos es inevitable y eterna, si la causa siempre está presente y sumerge todo el pasado en todo el presente. Son dos organismos, dos instintos, dos almas inconciliables que están en guerra: ya no son dos hombres, sino dos vertebrados de orden diferente. La exterminación rápida o lenta es lo único que puede poner fin a la lucha».

Para terminar con el racismo deberíamos concentrarnos en nuestra historia, en nuestras hostilidades temporales y en nuestra finitud. Recordar que, si el racismo es una invención moderna, como todas las invenciones, también puede morir. Pero para ello tenemos que devolverlo a la historia, convertirlo en un objeto histórico, y separarlo de esa idea de biologización y fatalidad en donde lo hemos introducido. Y esto es urgente, porque ya en algunas partes del mundo el vaticinio de Darmesteter se cumplió y se sigue cumpliendo. Debemos tener siempre presente, como decía Octavio Paz, que «para que pueda ser he de ser otro, / salir de mí, buscarme entre los otros, / los otros que no son si yo no existo, / los otros que me dan plena existencia, / no soy, no hay yo, siempre somos nosotros».

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