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Para los que yacen bajo las ruinas del presente

Existen libros que no podemos juzgar sólo como una obra literaria, porque son una puerta hacia algo más, a un interrogante, a un cuestionamiento, a un juicio, a algo atroz o a algo maravilloso, no lo sabemos, pero son siempre una puerta hacia el mundo. Quiero decir que, en ocasiones, el valor literario de una obra puede pasarse por alto si ocurre que las páginas de ese libro son valientes. La poesía, decía Cortázar, nace del hombre y tiene que volver al hombre. Si se queda en la página, si no es capaz de regresar a nosotros y devolvernos la fuerza de donde ha surgido, es una obra que ha nacido muerta. La valentía es una de los mayores cualidades de la literatura —la que necesitamos para escribirla, pero también la que nos infunda. Y hoy parece que lo hemos olvidado.

No creo que Kate Tempest haya querido escribir una novela. Creo que quiso mostrar la rabia, la impotencia y la desesperanza de toda una generación. Eso es posible hacerlo a través de una novela, por supuesto. Pero ella la convirtió en algo más. Sin buscarlo hizo de su libro una obra moral. Una obra que se interroga sobre la forma justa, la forma correcta, de vivir nuestras vidas. Y quizá sea esa una de las tareas más importantes de la literatura, hoy también olvidada. Ser una obra moral. Theodor W. Adorno, en sus Problemas de filosofía moral, lo definió así : «Todo lo que podríamos llamar moralidad hoy se inscribe en la cuestión misma de la organización del mundo (…) la búsqueda de la vida buena es la búsqueda de la forma justa de la política». La moral consiste en la búsqueda de una vida buena, en la búsqueda de una existencia justa, y eso implica interrogarse sobre la organización del mundo, es decir, sobre la política, sobre el poder que gobierna nuestras vidas. ¿Es posible otro poder?

¿Es posible organizarnos de otra forma?

Pero, ¿qué es una vida buena? Judith Butler, retomando los planteamientos de Adorno, se interrogó sobre ello. «La más individual de las preguntas morales —¿cómo vivo esta vida que es la mía?—, está relacionada con los retos biopolíticos distribuidos a través de preguntas como: ¿Cuáles son las vidas que cuentan? ¿Cuáles no cuentan como vidas, cuáles no podemos reconocer como vidas vivibles, o cuentan sólo ambiguamente como vidas?». Kate Tempest, a su manera, intentó responder a todo esto.

Hay un personaje que es el vórtice de la novela, un personaje aparentemente secundario, pero sobre el que se construye y confluye todo. Su nombre es John Darke. Es un hombre que viene de las zonas más desprotegidas de la sociedad, pero que logra volverse un profesor universitario. Escribe un libro donde plantea que es posible alcanzar el poder sin que el poder —su corrupción, su mezquindad, su miseria moral— nos alcance. Se convierte en un líder social con la fuerza para transformar la política. El gobierno en turno lo calumnia. Destruyen su reputación. Lo arrestan. Sus seguidores lo abandonan. Su libro se prohíbe. Lo que ocurre después es la derrota. La implementación de las políticas neoliberales de Thatcher. La persecución de los sindicatos y de los disidentes. La pérdida de derechos laborales. El encarcelamiento de opositores. Los bajos salarios. La precarización del trabajo. La injusticia se instaura. Y lo siguiente es una generación —la generación a la que pertenece Kate Tempest, y muchos de nosotros— utilizada como bestias de sacrificio para la producción o, simplemente, excluida, jóvenes arrojados a la destrucción, despojados de todo, no sólo de la posibilidad de tener un trabajo, también de imaginar una utopía, de transformar sus vidas, de elegir un camino diferente y digno para vivirlas. Es un pasaje doloroso de la historia, un pasaje que va de la utopía a la memoria, de la promesa de un futuro a las ruinas del presente.

No se puede hablar de justicia ni de dignidad, y mucho menos de democracia, cuando una vida humana, una sola vida humana, no alcanza su esplendor, y transcurre sus días sobre la tierra en el esfuerzo por sobrevivir, en el dolor por sobrevivir, sin ser capaz de soñar otro horizonte, más luminoso, y de alcanzarlo. Y ahora ocurre que no se trata sólo de una vida, sino de millones de ellas. Quien tiene una voz, quien tiene palabras, tiene la responsabilidad de hablar de ellas, y de contar sus historias. Kate Tempest decidió hacerlo.

Becky, quien sueña con ser bailarina pero, a pesar de sus esfuerzos, nunca ha logrado un papel en ninguna obra, y se emplea como camarera y como masajista erótica para seguir pagando sus clases de danza.

Harry, una mujer que no se siente bien en su cuerpo, que es torpe en su vestir, ambigua en su aspecto, y que ama a las mujeres; y Leon, su mejor amigo, nacido de un padre latinoamericano, y una madre inglesa, y abandonado por ambos. Harry y Leon se dedican a traficar drogas en las fiestas de artistas, diseñadores y jóvenes empresarios. Lo hacen para, algún día, lograr abrir su propio restaurante o, más bien, un centro comunitario donde la gente humilde del sur de Londres pueda asistir para beber un buen café y leer, para impartir clases y para aprender, para compartir, para formar una comunidad solidaria y compasiva capaz de soñar y de construir juntos esos sueños.

Pete, un muchacho interesado en la política, pero que no encuentra ningún camino al cual abocar su vida. Vive de las ayudas sociales, lee a autores prohibidos, trabaja esporádicamente en la construcción, en un bar, en una mudanza. Parece perder cada día más la confianza en sí mismo, y en los otros. Y aun en el amor.

¿Cuáles son las vidas que merecen que portemos el duelo por ellas? ¿Y cuáles no lo merecen? Vivimos en un mundo que nos exige que nos preguntemos esto: ¿cómo es mi vida? ¿pertenece al género de las no-vidas, de las vidas sacrificables, que no merecen un duelo, las vidas perdidas de antemano, antes de toda destrucción o de todo abandono?

Tenemos que preguntarnos si nuestra vida vale la pena de ser llorada. O si es sólo una vida abocada a la pérdida, y que no es digna ni de lágrimas ni de memoria ni de reconstrucción. Vidas irreparables.

Gitanos, indígenas, inmigrantes, mujeres, pobres. Son las vidas marcadas por la pobreza y por la precariedad, vidas no lloradas, olvidadas entre los escombros de nuestro presente.

El último libro de Malraux, publicado de forma póstuma en 1977, se llama El hombre precario y la literatura. Es la primera vez que se utiliza esa palabra, «precariedad», que cuarenta años más tarde definiría a nuestra época. Ahí Malraux dice que los hombres de su tiempo son seres con una humanidad precarizada, una humanidad que se ha vuelto algo tan fácil de desechar, de perder, de olvidar, de destruir o de quemar como los libros. Los personajes de Kate Tempest son así: libros maltratados, libros huérfanos, libros quemados por la vida ilegibles antes siquiera de poderlos abrir.

Imaginar a alguien o, mejor, a una sociedad entera que llore todas las vidas del mundo, las vidas lastimadas, las vidas humilladas, que haga el duelo por ellas, que las guarde en su memoria, que las saque de los escombros en los que la política y la economía las han enterrado, y las reconstruya y las repare, y las alce de nuevo en su dignidad de vidas buenas ante la luz.

Eso es lo que me ha dejado la lectura de la novela de Kate Tempest. Quizá nada valioso para la literatura. Pero algo valioso para cada mañana en que me levanto y me adentro al mundo.

 

Cuando-la-vida-te-da-un-martillo-bajaCuando la vida te da un martillo
Kate Tempest
Traducción de Daniel Ramos Sánchez
Narrativa Sexto Piso • 2017
360 páginas

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