Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Réquiem por Europa | Ernesto Kavi

«Nosotros, las civilizaciones, ahora sabemos que somos mortales (…) Elam, Nínive, Babilonia, eran hermosos nombres vagos, y la ruina total de esos mundos tenía tan poca significación para nosotros como sus existencias mismas. Pero Francia, Inglaterra, Rusia… serían también hermosos nombres (…) Y vemos ahora que el abismo de la historia es suficiente para el mundo entero. Sentimos que una civilización tiene la misma fragilidad que una vida. Las circunstancias que podrían mandar las obras de Keats y las de Baudelaire a unirse con las de Menandro no son ya totalmente inconcebibles: están en los periódicos». Así comenzaba Paul Valéry un célebre discurso sobre el futuro de Europa escrito justo después de terminar la Primera Guerra Mundial. Esas palabras siguen resonando hoy en todo el continente, aunque quizá con más fuerza que antes. La ruina de Europa, la destrucción total de Europa, está cerca. Es verdad, ahora no está sumida en una guerra sangrienta contra sí misma; pero está en una guerra intelectual y política todavía más salvaje, más peligrosa, porque de esa guerra depende su ser mismo y el lugar que ocupará en el mundo. ¿Dejará que sus pesadillas más oscuras vuelvan a tomar el control de la realidad, tal y como lo hicieron hace menos de un siglo, y antes de eso en el siglo XVI, arrasando pueblos, lenguas, civilizaciones? ¿O sabrá construirse como un ejemplo de inteligencia, de creatividad, de justicia social y de hospitalidad?

En este número hemos invitado a algunos de los grandes intelectuales europeos para que reflexionen sobre el destino de Europa. Enzo Traverso nos advierte sobre el desequilibrio entre el poder económico y la democracia, y sobre el peligro del resurgimiento de la xenofobia; Marc Augé hace un recuento de los sueños que Europa tuvo para sí misma, desde los más sangrientos hasta los más altos; Giorgio Agamben, el más radical de todos, lanza una propuesta para contrarrestar el poderío alemán y formar un nuevo eje de países mediterráneos; Bruno Latour nos habla sobre el cambio climático, y cómo su negación y el descuido del planeta han creado la política de los últimos tres decenios: la xenofobia, los nacionalismos, el populismo; Étienne Balibar hace una defensa de la socialdemocracia; y Miguel Ibañez, profesor en Columbia University y militante de DiEM25, un nuevo partido europeísta, nos hace un balance general de los últimos debates en torno al futuro de Europa.

En todos estos artículos, todos muy brillantes, hay un factor común: Europa sigue mirando sólo hacia sí misma, sigue creyendo en ella como único motor civilizador de la historia. Creo que ahí está su gran error y, quizá, su abismo.

No es la democracia ni un modelo económico lo que está ahora en juego en Europa. Es algo mucho más profundo, que quizá los mismos europeos no logran ver. Lo que está en juego es toda una idea de civilización que modeló al mundo durante 500 años, una idea del ser humano, de su dignidad, de su tarea y de su destino sobre la tierra. Hoy, Europa, que fue un faro para muchos de nosotros durante siglos, está perdida. Ya no es un ejemplo de civilización sino de barbarie. Basta recordar que ahora el Mediterráneo, que antes fue la cuna de la civilización occidental, es hoy un gran cementerio en donde cada día se ahogan miles de seres humanos, frente a los barcos y los puertos europeos, sin que nadie les preste ayuda. Basta recordar el discurso del Ministro del Interior bajo el gobierno de Sarkozy afirmando que no todas las civilizaciones tenían derecho a existir. O el «delito de solidaridad », por el que una persona puede ir cinco años a la cárcel por ayudar a un inmigrante «sin papeles». No es la razón, como hace siglos, el eje de Europa, sino la locura.

Roberto Bolaño, al abordar la relación entre nuestro continente y Europa, afirmó, con acierto: «Latinoamérica es como el manicomio de Europa. Tal vez, originalmente, se pensó en Latinoamérica como el hospital de Europa, o como el granero de Europa. Pero ahora es el manicomio. Un manicomio salvaje, empobrecido, violento, en donde, pese al caos y a la corrupción, si uno abre bien los ojos, es posible ver la sombra del Louvre». Esa sombra es quizá lo último que queda de Europa, y está en nosotros. Esa sombra quizá ahora es un resplandor, y no seamos nosotros ya ni el hospital, ni el granero ni el manicomio de Europa, sino su memoria, el lugar que resguarda perfectamente lo que fueron y lo que desearon ser. Tal vez, sólo tal vez, la promesa que ellos alguna vez forjaron, la hemos cumplido nosotros. Y ahí se halla nuestro propio destino, en asumir esa promesa, cuando nos demos cuenta que el Nuevo Mundo, después de un parto de siglos, doloroso y sangriento, por fin logró nacer.

 

lustración de Yazmín Huerta

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