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Rêve Haitien | Ben Fountain

Por las tardes, cuando había terminado su ronda, a menudo Mason llevaba su tablero de ajedrez al Champ de Mars para esperar a que se diera una partida en una de las bancas de concreto. Como gesto de solidaridad, vivía en Pacot, el desgastado barrio de clase media situado en el corazón de Puerto Príncipe, en tanto que la mayoría de sus colegas observadores de la OEA se habían asentado en casas ubicadas en el suburbio de Pétionville, mucho más a la moda. Como gesto de solidaridad con la gente Mason insistió en vivir en Pacot, pero terminó por tomarle gusto al barrio, con sus jardines como junglas y sus salvajes brotes de maleza urbana, así como sus raídas casas que parecían galletas de jengibre y sus calles empedradas. También estaba estratégicamente situado, lo cual resultaba de suma importancia para Mason, pues se tomaba su trabajo como observador muy en serio. Desde su casa podía rastrear los disparos que se escuchaban todas las noches, su volumen y su peso, la intención con la que se producían, para determinar si era una ráfaga diseñada simplemente para causar un cierto efecto, o algo más serio: un mensaje de un talante más directo. En las mañanas siempre sabía dónde buscar los cadáveres. Y cuando estalló la guerra entre dos bandas rivales, Mason fue el primer observador en saberlo, acostado en su cama mientras escuchaba el desarrollo de la invasión tan rumoreada. La mayoría de sus colegas se enteraron hasta la mañana siguiente, cuando se toparon con las barricadas de camino al trabajo.

Los jueves acudía al Oloffson a escuchar al grupo, y los fines de semana acudía a los bares de los hoteles y a los casinos de Pétionville. De otra manera, a menos que hubiera sido un día tan negro que tan sólo consiguiera mirar fijamente el muro de su cocina mientras bebía cerveza, tomaba su tablero de ajedrez y caminaba hacia el parque, a un costado de las agotadas vendedoras ambulantes que tocaban de puerta en puerta, entre los escuálidos perros callejeros color mierda, junto al loco que se colocaba en cuclillas a un costado de la Iglesia del Sagrado Corazón, untándose puños de mugre en el pecho. Una vez en el parque, que parecía un gueto bombardeado, elegía alguna banca que tuviera vista al palacio y colocaba sus piezas. A los pocos minutos lo rodeaba una pequeña multitud de ruidosos niños de la calle, que lo miraban jugar contra los retadores de la jornada. Mason rara vez ganaba; de eso se trataba el asunto. Con el derrocamiento y exilio de su querido presidente, el metódico infierno del régimen militar, y ahora el embargo económico que amenazaba con aplastarlos a todos, consideraba que la moral popular necesitaba ser levantada. A la gente le hacía bien ver a un haitiano hacer pedazos a un blan en ajedrez; les daba una razón para reír, para sentirse orgullosos a sus costillas, y había algunas tardes en donde consideraba que estas partidas donde perdía a propósito eran lo más constructivo de su jornada entera.

Conforme su manejo del creole mejoraba, empezó a comprender que las bromas de los niños de la calle no eran del todo amistosas. No se arredró: los haitianos necesitaban de algo para seguir adelante, y estas partidas le permitían mirar de reojo el palacio, apreciar la rutina vespertina de los hampones militares que regían el país, el gobierno de facto, como insistían en llamarlo los diplomáticos y los noticieros: de facto hacía referencia prácticamente a cualquier persona que tuviera una pistola. Pronto se corrió el rumor de las partidas de ajedrez vespertinas, y los zazous comenzaron a aparecer para venderle tableros de ajedrez, piezas fabricadas a mano que a menudo versaban sobre temas haitianos: los dioses vudú, o LeClerc contra Toussaint, o Baby Doc como rey y Michéle como su reina, y los notorios Macoutes en sus roles de subordinados. En ocasiones, el público que contemplaba las partidas se volvía tan estridente que Mason temía que los guardias del palacio abrieran fuego. Y, sin importar el estado de la partida, siempre se iba a tiempo para llegar a casa antes de que oscureciera. Ni siquiera un blan estaba a salvo en las calles por las noches. Hacia el final de una tarde apenas había colocado su tablero cuando un residuo de pellejo y huesos llegó corriendo hacia él. Blan!, gritó el niño, sonriendo maliciosamente, veni gon match pou ou! Mason guardó su tablero y siguió al chico a una apartada esquina del parque, oculta del palacio por una franja de árboles y matorrales. Ahí se encontraba sentado en una banca un mulato, un joven haitiano con piel de bronce, una impresionante nariz aguileña, y una masa de cabello negro que le rozaba los hombros. Su camiseta y sus vaqueros eran comunes y corrientes, pero sus gastados mocasines blancos hacían alusión a una antigua afluencia, y también a una cierta actitud, una vida orientada al sexo que había sido abandonada hacía un tiempo. Tan sólo señaló el lugar donde Mason debía sentarse, y comenzaron a jugar.

El mulato ganó la primera partida en siete movimientos. Mason se dio cuenta de que con este adversario le estaba permitido esforzarse por ganar; la siguiente partida duró once movimientos. «Eres muy bueno», le dijo Mason en francés, pero el mulato tan sólo respondió con una sacudida paranoide y volvió a colocar sus piezas. En la siguiente partida, Mason se concentró con todas sus capacidades, pero el mulato tenía una forma de arrinconarte con peones y alfiles, para después abrirse paso con sus torres por el corazón de tu defensa. Esta partida se alargó a trece movimientos, antes de que Mason admitiera estar vencido. El mulato se acomodó en su asiento, contemplando a Mason durante un momento fulminante, y después le dijo en inglés:

—Todas estas noches has perdido a propósito.

Mason se encogió de hombros y comenzó a acomodar nuevamente sus piezas.

—No creí que nadie pudiera ser tan estúpido, ni siquiera un blan —dijo el mulato—. Te estás burlando de nosotros.

—No es eso en absoluto. Tan sólo pensé que…

A Mason le costaba trabajo encontrar una forma amable de explicarse.

—Te damos lástima

—Algo por el estilo.

—Quieres ayudar a los haitianos.

—Es verdad. Me encantaría hacerlo.

—¿Eres una buena persona? ¿Un hombre valiente? ¿De convicciones?

Mason, a quien nadie le había hablado en términos tan solemnes, requirió de un segundo para procesar la pregunta:

—Por supuesto —respondió, con total sinceridad.

—Entonces sígueme —dijo el mulato.

* * *

Condujo a Mason alrededor del palacio, adentrándose en el rudo barrio conocido como Salomon, un hormiguero denso y opaco, compuesto de casas de concreto y chozas hechas de palés de madera, vitrinas vacilantes, mercados, y mendigos que gimoteaban sin zapatos. A través del humo de madera y el polvo y los remolinos de residuos de automóviles, el sol tardío adquiría un resplandor ocre, la luz roja presidiendo sobre las calles sucias y con hoyos. Dunas de basura poblaban los espacios vacíos, erupciones tan ricas de basura colorida que producían una especie de efecto abstracto. Mason casi trotaba para mantener el paso del mulato que tomaba atajos por calles secundarias y callejones estrechos, donde les salían al encuentro haitianos por doquier. Un estridente rugido emergió de las casas apeñuscadas, una vibración que asemejaba a un redoble de tambor en sus oídos, que se fusionaba con el murmullo de los coches y los balidos de sus bocinas, mientras los fragmentos de música latina destazaban el aire.

Se encontraba en presencia de algo poderoso, exaltado incluso; Mason tenía esa sensación siempre que se encontraba en las calles, una especie de espasmo, un estremecimiento vertiginoso, embriagante, que se alimentaba de la fuerza bruta del lugar. Se encontraba en un callejón cercano al cementerio, una casa verde mar que destilaba copos de sí misma, medio escondida por arbustos y una desordenada hilera de retoños. El mulato pasó por la reja y se adentró en la casa sin dirigir palabra alguna al grupo reunido en las escaleras, compuesto por una pareja de edad mediana y cinco o seis niños que miraban con atención. Mason siguió al mulato a través de la lóbrega estancia principal, apenas prestando atención a las camas y a los variopintos muebles de plástico, o al cursi reloj de pared que mostraba la línea del horizonte de Nueva York. La habitación contigua era estrecha y estaba húmeda. La única ventana se encontraba cerrada y asegurada con llave. El mulato encendió la bombilla desnuda que colgaba del techo y caminó hacia un armario que ocupaba la mitad de la habitación. Se encontraba igualmente asegurado, así que insertó una llave con la ira de un hombre para quien dichos detalles constituyen un insulto.

—¿Ésta es tu casa? —preguntó Mason, mirando la cama en la esquina de la habitación, la ropa sucia y los libros desperdigados por ahí.

—A veces.

—¿Quiénes son las personas que están afuera?

—Haitianos —respondió el frustrado mulato.

Mason se vio obligado a dar vuelta a la llave él mismo, hasta que abrió con facilidad. El mulato suspiró, para después sacar dos bolsas de basura de plástico del armario.

—Esto —anunció, pasando a un costado de Mason en dirección de la cama— es el tesoro del pueblo haitiano.

Mason se hizo hacia atrás conforme el mulato extraía lienzos enrollados de las bolsas, arrancando pequeños hilos colgantes, para extender los lienzos sobre la cama.

—Hyppolite —dijo secamente conforme una criatura serpenteante con cabeza de hombre se desenrollaba sobre el colchón.

—Castera Bazile —dijo a continuación—, la crucifixión.

Y una pintura de ángulos severos de Cristo crucificado y sangrante fue colocada encima de la serpiente mutante de Hyppolite.

—Philomé Obin. Bigaud. André Pierre. Todos los maestros haitianos están representados.

A primera vista, las pinturas tenían aire como de madera y aun así Mason, cuyo recorrido vital no lo había hecho entrar en contacto estrecho con el arte, se sintió confrontado por algo de un carácter vital y real.

—Préfète Duffaut. —El mulato continuaba desenrollando lienzos—. Lafortne Felix. Saint-Fleurant. La pintura de Erzulie más famosa de Hyppolite. Hay un millón de dólares en obras de arte en esta habitación.

Era una cifra considerable, incluso tomando en cuenta la tendencia haitiana a la exageración.

—¿Cómo las obtuviste? —se sintió obligado a preguntar Mason.

—Las robamos.

El mulato le dirigió una mirada imperiosa.

—¿Las robaron?

—Poco después del golpe. Tomamos la mayoría de las pinturas en una sola noche. No fue tan difícil. Conozco las casas donde hay arte. Unas cuantas las adquirimos después, pero la mayoría fue en el momento del golpe.

—Muy bien. —Mason consideró que lo mejor era indagar con cuidado—. ¿Eres artista?

—Soy médico —dijo el mulato, con un dejo de arrogancia.

—Pero te gusta el arte.

El mulato hizo una pausa, y después continuó como si Mason no hubiera dicho nada.

—El arte es lo único valioso en mi país, el tesoro nacional, lo que Haití tiene para ofrecer al mundo. Vamos a utilizar su tesoro para liberarlo. Mason había conocido a varios haitianos soñadores, pero se encontraba en presencia de las pinturas, y de un hombre con el porte de un rey. Un hombre que había aniquilado su mejor esfuerzo en el ajedrez en trece movimientos.

—¿Cómo piensas conseguirlo?

—Hay un contacto en París que se gana la vida con arte haitiano. Ofrece ochenta mil dólares si logro llevar las pinturas a Miami. Es un precio vergonzoso, si consideramos que se trata de nuestro tesoro.

—El mulato miró hacia la cama y pareció perdido por un instante—. Pero es la opción que tenemos. En Haití, todas las opciones son malas opciones.

—Supongo que quieres el dinero para comprar armas —dijo Mason, quien había pasado suficiente tiempo ahí para permitirse adivinar. Había visionarios y rebeldes en todas las esquinas de la calle.

—En efecto, las armas juegan un papel importante en nuestro plan.

—¿De verdad crees que es la solución?

El mulato se rio en su cara:

—Por favor, ¿o acaso estás borracho?

—Bueno. —Al igual que todos los observadores, Mason era susceptible al hecho de parecer ingenuo—. El ejército necesitó un par de millones para derrocar a Aristide, y ya tenían armas. ¿Crees que puedes derrotarlos con ochenta mil dólares?

—Eres de Estados Unidos, así que obviamente para ti todo es una cuestión de dinero. El honor y la valentía no cuentan para nada. La justicia, el miedo, la gente del palacio son unos cobardes, ¿entiendes?

Cuando comience la verdadera lucha, te aseguro que huirán. Empacarán su dinero manchado de sangre en sus maletas y huirán.

—Bueno, pero primero necesitas conseguir las armas.

—Primero las pinturas deben ser transportadas a Miami. Eres un observador, lo que es lo mismo que la inmunidad diplomática. Si las llevas contigo, nadie registrará tu equipaje.

Mason se echó a reír cuando se dio cuenta de lo que se le solicitaba, aunque el mulato tenía razón: las dos veces que había volado fuera del país, lo habían dejado cruzar la aduana tan pronto como mostró sus credenciales.

—¿Qué te lleva a pensar que puedes confiar en mí?

—Que perdiste en el ajedrez.

—Quizá tan sólo soy un mal jugador.

—Es cierto, eres muy mal jugador. Pero nadie es tan malo.

Mason comenzó a ver la lógica enrevesada de todo este asunto: de una manera extraña, las partidas de ajedrez eran una garantía inmejorable. Así era la lógica haitiana, lógica proveniente del otro lado del espejo, y era también la prueba de qué tan desesperado debía estar el mulato.

—Tienes que aceptar —dijo el mulato con una voz perentoria, aunque sus ojos suplicaban como si fuera el mendigo más miserable—. En el nombre de la decencia, tienes que aceptar.

Mason se dio la vuelta como si quisiera estudiar los lienzos, pero en realidad pensaba sobre lo peor que le había ocurrido en ese día. Iba conduciendo su camioneta por La Saline, el purulento barrio bajo situado en una salina de mar que se extendía por la bahía como si fuera una lesión de un kilómetro que partiera la tierra. Conforme transitaba por ahí, una mujer delgada con ojos en blanco se había puesto de pie tras estar en cuclillas y había sostenido a su bebé en dirección de Mason. Al principio pensó que le suplicaba, que buscaba provocarle lástima para que le diera algo de cambio, hasta que vio la extraña forma en que la cabeza del bebé se doblaba hacia atrás, y la tonalidad grisácea de su piel viscosa. La certeza le llegó como si fuera una lenta descarga eléctrica: muerto, el bebé estaba muerto, pero la mujer no dijo nada conforme Mason transitó junto a ella. Tan sólo sostenía a su bebé como un testigo mudo, y Mason no tuvo el valor de mirarla, tuvo que marcharse. Gracias al embargo, todos los bebés estaban muriendo.

—Está bien —dijo con sorpresa ante la firmeza de su propia voz—. Estoy dispuesto a hacerlo.

* * *

Resultó que el mulato en realidad no era médico. Había estudiado dos años de medicina en la Universidad de Haití antes de ser expulsado por encabezar una propuesta anti-Duvalier. La describía como «una pequeña estupidez». Había hecho cosas mucho peores que pasaron inadvertidas. Hasta donde Mason podía ver, se ganaba la vida como dokté fey, una especie de yerbero itinerante y houngan de tarifas económicas que tenía ciertos conocimientos de medicina occidental.

Había ocultado pinturas robadas por toda la ciudad. Mason no sabía cuándo aparecería con el siguiente cargamento: un lote de irónicos zephirinis o magloires etéreos que se añadían al contrabando alojado en el armario de Mason. Pero siempre aparecía por la noche, casi siempre cuando los tiroteos eran más álgidos. Escuchaba un solo golpe en la puerta y la abría para encontrar al mulato de pie con una bolsa de basura verde, con el cabello disparado en todas las direcciones, los ojos inquietos como los de un junkie. Mason le ofrecía una cerveza y contemplaban las pinturas al tiempo que el mulato lo educaba sobre arte e historia haitianos.

—Aquí sucede algo extraordinario —podría decir mientras permanecían sentados en la cocina de Mason bebiendo cerveza, estudiando los cuadros de demonios y zombis y santos—. Algo vital, un renacer de nuestra verdadera naturaleza, que se muestra con gran nitidez en ese milagro que es el arte haitiano. Ici la renaissance. Qué extraño que así se llamara el bar donde Hyppolite fue descubierto. Ici la renaissance: es cierto, se está produciendo un renacer en el mundo, con la conciencia de que lo material no es suficiente, de que debemos observar la misma disciplina en el plano espiritual. Y Haití será el centro de este renacimiento. Esa es la razón de la existencia de mi país, el único de la historia donde ha triunfado una rebelión de esclavos. Dios nos quiso libres porque tiene un plan para nosotros.

Podía perorar de esa forma durante horas, forjando su preciso inglés como si fuera un profesor universitario pronunciando una conferencia. Si Mason continuaba abriendo cervezas, en algún momento llegaban al punto donde habría pinturas desperdigadas por toda la casa. Entonces el mulato deambulaba de habitación en habitación, explicando trucos relacionados con la perspectiva y el color, proporcionando referencias históricas para explicar ciertos detalles.

—Pero el sueño está muriendo —le decía a Mason—. Los criminales del palacio nos están asesinando. En tanto ellos tengan el poder, no habrá renacimiento.

—Son duros de vencer. —Mason estaba de acuerdo—. Tienen como respaldo todo el dinero de la droga. Y probablemente también a la CIA.

—Pero son unos cobardes. El destino dispone que nosotros venceremos.

Se negaba a decirle a Mason su nombre. Parecía conseguir funcionar a partir de una idea exagerada de la amenaza que suponía para el régimen. Algunas noches Mason estaba seguro de haberse topado con un lunático, pero después pensaba sobre el ajedrez, o de los fragmentos de Baudelaire o Goethe que podía citar, o la cura que había recetado para el intestino irritado de Mason («Tómate un vaso de ron con un diente de ajo entero»). Mason le hizo caso y al día siguiente se había curado. Si en ocasiones el mulato le parecía un tanto errático, quizá tenía algo que ver con que fuera un genio, o con el estrés ocasionado por una niñez transcurrida en el Haití de Duvalier. En alguna de las noches Mason sugirió una partida de ajedrez, pero el mulato se negó.

—No juego ajedrez desde que era niño. La partida contigo de la otra vez fue mi primera en quince años.

—¡Pero juegas muy bien!

El mulato se encogió de hombros:

—Quedé en tercer lugar en el campeonato nacional a los doce años, y cuando mi padre se enteró tiró a la basura mi tablero de ajedrez y todos mis libros. Me dijo que no había lugar en el mundo para un ajedrecista haitiano.

—Pero si eras tan bueno como para…

—Me dijo que nunca lo sería. Y probablemente tenía razón. Mi padre era un hombre muy inteligente.

Mason vaciló: el pasado siempre era un tiempo muy recargado en Haití.

—¿A qué se dedicaba tu padre?

—Era médico. Ophtalmologiste.

Mason vaciló nuevamente:

—Bajo el régimen de Duvalier se exiliaron la mayoría de los doctores.

—Mi padre se quedó aquí. Era una eminencia. El último haitiano que presentó una ponencia en el Congreso Internacional de Oftalmología. —El mulato permaneció en silencio un instante, como si se estuviera recomponiendo—. Si eras alguien destacado en tu campo, eso te protegía, pero al mismo tiempo significaba que Duvalier te consideraba una amenaza. Podías ser famoso pero no podías bajar la guardia, mostrar vulnerabilidad en ningún sentido. Al primer resbalón, te apresaban. —El mulato hizo una nueva pausa—. Mi padre nunca resbaló, pero creo que al precio de enloquecer un poco. Tenía una pistola en la casa. Vivíamos en el Champ de Mars y por las noches escuchábamos los gritos de los torturados en el palacio. Una noche, mi padre tomó su pistola, sosteniendo las balas en la mano, y me dijo: «Ésta bala es para ti. Ésta para tu hermano. Ésta para tu madre. Y esta otra, es para mí. Porque cuando vengan no nos llevarán de aquí con vida».

¿Qué podía responder Mason? Cualquier esbozo de simpatía o consuelo que pudiera articular parecería falso, porque había vivido una vida completamente estúpida. Así que permaneció con la boca cerrada y escuchaba, aunque las noches en que el mulato estaba particularmente sombrío Mason insistía en que se quedara a dormir en su sofá. En ocasiones aceptaba. Cuando llegaba la mañana, había ya desaparecido. Mason acomodaba el sillón, desayunaba su pan tostado con mermelada de mango, y conducía a su oficina para conocer los detalles de su jornada. En ocasiones daba vueltas en su camioneta blanca 4Runner, con la bandera de la OEA ondeando bajo la brisa: «enseñar el azul», se le llamaba a esta práctica, diseñada para que los de factos supieran que estaban siendo monitoreados, aunque después de un tiempo Mason se dio cuenta de que era una estrategia que les confería alguna capacidad de sentir vergüenza. Otros días le correspondía trabajar en la oficina que registraba las quejas de violaciones de derechos humanos. Esos eran los días tranquilos, pues se sabía que la oficina estaba bajo vigilancia, y la gente que entraba a denunciar algún abuso escaseaba hasta un punto un tanto deprimente.

Una vez por semana conducía a Tintanyen para realizar un conteo de los cadáveres arrojados ahí, y a menudo se trataba de días escalofriantes. Tintanyen era una amplia planicie cubierta de un lodo que parecía mierda, vinculada por hileras caóticas de aulagas. Se ingresaba a través de un par de portales de piedra derruidos —las puertas del infierno, pensaba Mason sin poderlo evitar— y se descendía del coche hacia una olla de presión, un estallido de calor húmedo, denso, poco saludable, bajo un silencio interrumpido únicamente por los quejidos de moscas y mosquitos. Los mosquitos de Tintanyen no tenían parangón, pues eran una molestia de aspecto malvado, envueltos en una especie de malla negra y gris que parecía disfrutar el olor del repelente contra insectos. Mason y sus compañeros se abrían paso a través del lodazal, sudando, ahuyentando a manotazos a los insectos asesinos, desbrozando los yerbajos hasta que se topaban con un cadáver, algún embalsamado, atado, y agusanado infeliz al que los de factos habían arrastrado hasta allá. Bajo la sombra de los árboles que rodeaban la planicie se encontraba permanentemente una jauría de perros salvajes observándolos, siempre alertas, en anticipación de una comida fresca. Esos perros, alguna vez le confió un conductor haitiano en un susurro, eran de factos.

—¿Los perros? —dijo Mason, preguntándose si su creole le había fallado nuevamente.

Claro, explicó el conductor. Eran zobop, hombres que podían metamorfosearse en animales. Esos perros eran espías de facto. Mason asintió con la cabeza, observando a los perros distantes. M’tande, dijo: te escucho. Cada semana, Mason fotografiaba los cadáveres, preparaba su reporte y se lo enviaba a su jefe, un abogado argentino cada vez más desmoralizado. Todos eran abogados, todos habían sido educados para comprender la autoridad de las palabras, aunque conforme sus palabras se convertían en polvo, un paño mortuorio de impotencia y futilidad se apoderaba de la misión. Los miembros más débiles del equipo se entregaban a los placeres, aprovechando sus seis mil dólares libres de impuestos al mes para comprar el mejor arte, comer en los mejores restaurantes, y tirarse a hileras de hermosas y paupérrimas chicas haitianas. En cambio, los mejores se sumergían en una depresión discreta: había que observar, en eso consistía el trabajo, en observar este desastre; se trataba de una misión irrisoria, trágica y derrotada desde antes de siquiera comenzar.

—¿Qué significa? —le preguntó Mason al mulato una noche. Se encontraban sentados en su cocina durante un apagón, estudiando el Réve Haitien de Hyppolite a la luz de una vela. La pintura estaba atada al respaldo de una silla de la cocina, de frente a ellos, como si fuera una tercera persona muda que participara en la conversación.

—Es un sueño —dijo el mulato, sentado en su silla con las piernas despatarradas. La primera cerveza siempre se terminaba con un par de tragos, y después se sumergía en sí mismo como un montón de toallas húmedas.

—Bueno, claro —dijo Mason—. Sueño haitiano, eso me lo dijiste. —Y era cierto que los colores mostraban el carácter borroso de un sueño, el rubor opaco de la plasta de los rosas alternados, el mate sin tono de los azules y grises, y algunas manchas lodosas de café perezoso. En el trasfondo dormía una mujer desnuda sobre una cama de acero forjado. Más al frente se apreciaba una impasible pareja burguesa, con el hombre sosteniéndole a la mujer un libro para su lectura. La habitación era un revoltijo un tanto artificial de cortinas, mesas y sillas, de pinturas enmarcadas y plantas en macetas, mientras en primer plano se veía a dos ratas que pasaban deprisa junto a un gato flexionado. Como en un sueño, la disonancia parecía estar embarazada, ser significativa; el efecto de conjunto resultaba un tanto amenazador.

—No entiendo ni jota —dijo Mason—. Y esa cosa que está ahí, sobre la cama —continuó, señalando lo que parecía una pequeña ventana a bisagra entre la cama y el resto de la habitación—. ¿Qué es eso?

—Es parte del sueño —dijo el mulato, casi con una sonrisa.

—Parece una ventana.

—Sí, creo que tienes razón. Hyppolite colocó este extraño objeto en el medio de su pintura. Creo que trata de decirte algo. Te muestra una forma de mirar las cosas.

Durante esas noches los tiroteos parecían disminuidos, como si fueran un tenue tronido en sus oídos, como un cambio en la presión, aunque si se escuchaban cerca, los ojos del mulato comenzaban a sacudirse como si fuera un ratón acorralado. Estoy frente a un hombre, pensaba Mason, que vive de aire e inspiración, que se mantiene en una pieza por fuerza de su voluntad. Sentía una gran pasión por el arte, de igual intensidad que su odio por aquellas personas que habían arruinado Haití. No perteneces entre ellos, tenía ganas de decirle Mason. Mereces un lugar mejor. Pero eso aplicaba a casi cada haitiano que hubiera conocido alguna vez.

—¿Sabes que mi padre pensaba que Duvalier era retrasado mental? —dijo una noche el mulato. Contemplaban un impávido retrato de Obin de la icónica primera familia, pintado alrededor de 1964. Los ojos de Papa Doc tras los lentes exhibían la mirada severa, hierática, de un mosaico bizantino—. Es verdad —continuó—. Trabajaron juntos en los cincuentas tratando pian. Cada semana conducían hasta Cayes para ver pacientes. Duvalier se sentaba en el coche con su traje y su sombrero, sin pronunciar palabra durante seis horas. Nunca bebía ni comía nada, nunca iba al baño, nunca le dijo una sola palabra a nadie. Hasta que un día mi padre le preguntó: «Doctor, ¿le pasa algo? Siempre está tan callado, ¿lo ofendimos de alguna manera?» Y Duvalier se volvió hacia él muy despacio y le dijo: «Estoy pensando sobre el país». Y, por supuesto, era verdad. En términos políticos era un genio.

Mason negaba con la cabeza:

—Tan sólo era despiadado, eso es todo.

—Pero esa también es una forma de ser un genio, ser despiadado. Muy pocos tenemos la capacidad de poner en práctica algo tan puro, pero ahí estaba su fortaleza, su verdadero métier consistía en todas las formas y aplicaciones de la crueldad. La fuerza del bien siempre refiere a algo situado más allá de nosotros. Incluso nos negamos a nosotros mismos para servir a ese ideal más elevado. Pero el mal es puro, el mal sirve tan sólo al ego, así que te encuentras limitado por tu propia imaginación. Y esto que Duvalier concibió, este aparato de maldad, es hermoso de la misma forma en que lo es una máquina elegante. Una máquina elegante que nunca pueda detenerse.

—Veo que has dedicado tiempo a pensar sobre el tema.

—Por supuesto. En Haití estamos obligados a hacerlo.

Lo cual era verdad, reflexionaba Mason conforme hacía sus recorridos: Haití te lo restregaba en la cara, ciertamente. Durante el día conducía por las calles lívidas y buscaba formas de hacer que la crisis tuviera coherencia. De noche cerraba con llave sus puertas, bajaba las persianas, desplegaba veinte o treinta lienzos por su casa y deambulaba por las habitaciones, mirando en silencio. Luego de un tiempo iba a la cocina y se preparaba un plato de cereal o fideos, y después deambulaba un poco más, mirando a su alrededor mientras comía. Era como insertar una película en la videocasetera, pero esto era mejor, decidió. Esto era real. Con el tiempo los colores comenzaron a sangrar hacia el interior de su cabeza, y se sorprendía pensando sobre las pinturas durante el día, proyectando los verdes y azules iridiscentes de los artistas hacia las calles situadas fuera de su coche, una forma de ver que parecía investir a ese lugar de un cierto significado. El estilo que en un principio le parecía tan primitivo e infantil había adquirido un aspecto subversivo, como un comentario astuto sobre el rumbo que había tomado el mundo durante los últimos quinientos años. Frente a las perspectivas planas, sesgadas, frente a la severidad altanera de los rostros, comenzó a comprender el sentido de una manera de existir que había sobrevivido detrás de los mitos prevalecientes. La visión directa, la cosa en sí sin el filtro suavizante de los trucos técnicos, esa visión con el tiempo se volvió tan real para Mason que se sentía tensarse conforme contemplaba las pinturas, a disgusto en su propia piel, a la defensiva. Una oscura sofisticación comenzó a insertarse en las obras de arte; se trataba de pinturas que él apenas podía apreciar, pero con el tiempo comenzaba a ver una riqueza, una exuberancia de significado que se fusionaba con las fotografías, siempre al alcance de su mente, de los archivos de la misión que mostraban a los haitianos muertos.

La vida en ese lugar tenía la lógica cuarteada de un sueño, con sus propias reglas internas. Al contemplar una pintura no era como mirar la plasmación de un sueño, era más bien el pasaje hacia el torrente de los sueños. Y para Mason el sueño tenía su propio giro particular, el sueño de estar haciendo algo real, algo de valor. El sueño de un blan, quizá por eso mismo un sueño más frágil.

* * *

Empacó sesenta y tres lienzos en una suave bolsa de lana gruesa y nadie le puso un dedo encima. Tenía que enfrentar todo el asunto por sí mismo, sin contar con absolutamente nadie que pudiera darle ánimos o consejos. Ni siquiera había tenido el consuelo de ver al mulato antes de partir, pues el último lote de pinturas había sido entregado por un chico que le entregó un mensaje garabateado: márchate. Pero Mason era blanco, y tenía un rostro agradable; la misión era tan fácil que podía haber llorado, aunque lo que decidió hacer al llegar a su habitación de hotel fue prender la televisión, poner el canal MTV y saltar en la cama un par de minutos.

Había transitado de Haití al corazón de la zona más chic de South Beach. Su hotel se alzaba a un costado del mar sobre bloques de concreto suave como si fuera una tarta de cumpleaños color pastel, pero durante ese día Mason tuvo que conformarse con mirar el mar desde el balcón de su habitación. Cuando finalmente recibió la llamada tomó la bolsa de tela y caminó tres cuadras a The Magritte, un hotel aún más elegante donde los hombres eran más viejos, las mujeres más jóvenes, y el aire de la corrupción palpable. Bueno, pensó, me encuentro en un buen lugar para ser arrestado, pero en la habitación sólo se encontraba un francés, y un hombre callado, de rasgos vagamente asiáticos que nunca apartó la mirada del rostro de Mason. No había ningún objeto personal, quizá habían rentado la habitación por una hora. Mason tuvo que permanecer sentado y observar mientras el francés desplegaba las pinturas sobre la cama como si fueran cilindros de tela industrial. Era un hombre ágil, cordial, condescendiente, más joven de lo que Mason habría esperado, con un rostro amplio y tosco que se volvía ligeramente refinado únicamente gracias a un esmerado bigote y barba de chivo.

Vestían trajes oscuros y elegantes. El cabello bien peinado. Se veían en buena forma, al estilo de la gente que se obsesiona con el ejercicio y su alimentación. Gángsters de la nueva generación: Mason intuyó un vacío imantado en su interior, el abismo que produce la absoluta preocupación con uno mismo. Le revolvía el estómago entregarle las pinturas a esta gente.

—¿Y el Bigaud? —preguntó el francés en inglés—. ¿Los bañistas?

—No pudo conseguirlo.

Una rápida mueca de disgusto, seguida de una sonrisa amable, que todo lo perdonaba; el francés le extendía la cortesía del profesional que trata con amateurs. Se conducía como un caballero, pero no lo era; Mason tan sólo podía pensar bajo estas categorías desde que vivía en Haití, después de conocer al primer verdadero caballero de su vida.

Le dieron el dinero en una bolsa azul de nylon, y los hizo esperar mientras lo contaba. Más tarde, con cierta dosis de perversión, pensaba en esto como el acto más valiente jamás realizado por él, habiendo soportado sus miradas y su divertido sarcasmo mientras contaba el dinero. Cuando hubo terminado y cerró la bolsa azul de nylon el francés le preguntó:

—¿Ahora qué harás con eso?

Mason se mostró confundido, y después determinado:

—Voy a regresar, por supuesto. Debo entregarle el dinero.

El carácter impasible del francés se agrietó por un instante. Pareció sorprenderse, y ante el silencio Mason se preguntó: ¿Es tan extraño ser honorable? Después reapareció la sonrisa, con verdadera calidez, o eso le parecía, pero Mason se dio cuenta de que se burlaban de él:

—Por supuesto. Te están esperando todos.

* * *

En su casa de Pacot guardó el dinero en un tambor vudú que había comprado por diez dólares meses antes en el Mercado del Hierro. Después se asentó y comenzó a hacer su vida normal, permaneciendo despierto por las noches hasta tarde, con un oído en la puerta, y acudiendo diario al parque por las tardes para su derrota cotidiana en el ajedrez. Se daba cuenta que este tipo de vida se le daba bien, la vida de conducir su rutina normal mientras se mantenía alerta para el golpecito en la espalda, la mirada del extraño que le dijera: Ven. Encontrémonos. Ya de madrugada escuchaba las ametralladoras devorando los barrios bajos, un tenue sonido fantasmal, y su miedo funcionaba como una especie de embrujo. A lo largo del día contemplaba las montañas situadas encima como si fueran inmensas olas verdes presidiendo sobre la ciudad, y pensaba, Que suceda de una vez, Que todo se venga abajo.

Extrañaba las pinturas con el mismo tipo de escozor visceral con el que había extrañado a algunas mujeres que habían significado algo en su vida. Extrañaba al mulato de una forma que trascendía las palabras, aquel hombre cuyo resuelto resplandor era tan cálido como para encender un fuego incluso en el alma de un precavido blan. Mi amigo, pensaba Mason cientos de veces al día, volviendo la frase tan constante como si fuera una plegaria. Mi gran amigo cuyo nombre ni siquiera conocí. El aire se sentía pesado, espeso de la espera y la anticipación, aunque el lento bamboleo de las palmeras parecía aconsejarle paciencia. Por fin, una tarde decidió que había esperado suficiente. Tomó su tablero de ajedrez y cruzó el parque hacia el barrio Salomon, corriendo un terrible riesgo por el que el mulato seguramente lo reprendería, pero no podía evitarlo. Le costó trabajo encontrar la calle y casi se había dado por vencido cuando la encontró bajo la tenue luz cenicienta del crepúsculo. Dio la vuelta y caminó por ella con un aspecto casual. Reconoció la casa con un simple vistazo: las paredes verdes teñidas de hollín, los muñones de los árboles carbonizados, las ventanas ennegrecidas y vacías, como si fueran globos oculares vacíos. Un simple vistazo bastó para que no aminorara el paso, para que no perdiera el suave ritmo de su respiración.

El día siguiente volvió con su camioneta y su chofer, investigando bajo el disfraz de su misión oficial. Llamó a puertas y ofreció explicaciones: los vecinos agitaban los pies, retorcían sus manos, abarcaban la cuadra entera con la mirada conforme respondían a sus preguntas. Hubo muchos tiroteos una noche, decían, gente disparando en las calles. Bombas, y luego el fuego, aunque en realidad nadie lo vio, pues se habían metido bajo las camas tras escuchar los primeros disparos. A la mañana siguiente se habían asomado para toparse la casa en su estado actual, y nadie se había aproximado desde entonces.

¿Cuándo sucedió?, preguntó Mason, pero entonces entró en juego el elástico sentido del tiempo haitiano. De vuelta en su oficina, Mason revisó los partes diarios y halló un incidente producido diez días antes, el día en que partió rumbo a Miami. El texto del reporte ocupaba un cuarto de página. El nombre de la calle estaba equivocado, pero por lo demás todo encajaba: el tiroteo, explosiones y ulterior fuego, y después la respuesta de los de factos a la investigación de la oea. Se habían recuperado siete cuerpos calcinados del interior de la casa, ninguno identificado, todos sepultados por el gobierno. El incidente fue atribuido a violencia entre grupos rivales, «probablemente relacionado con drogas». Mason sintió náuseas al leer el reporte. Esa explicación se había convertido en una mala broma entre él y sus colegas, la explicación que siempre recibían cuando un grupo de inconnus aparecían muertos.

Aun así, no perdía la esperanza. Realizaba sus recorridos cotidianos por las calles pestilentes, cruzando antiguas barricadas y patrullas militares y transitando junto a hambrientos niños de la calle con sus miradas furibundas. Todas las tardes escribía su reporte y veía como las tormentas caían desde las montañas como si fueran la mano de Dios. Finalmente, un día que conducía de regreso a casa simplemente lo supo: su glorioso amigo estaba muerto. La certeza se produjo tras semanas de silencio, en un momento en el que el peso acumulado de los días se adentró en su pecho y lo vacío de aire; cuando respiró de nuevo, ya no tenía ninguna esperanza. La verdad que lo roía cual si fuera una enfermedad ahora le parecía falsa, pequeña, maltrecha: había sido un ingenuo por pensar que tenían alguna oportunidad de tener éxito. Una vez en su casa se adentró hasta la sala de estar, donde sacó el tambor vudú de su lugar en la estantería y se sentó en el suelo. Agotado, de manera pausada, meció el tambor y metió la mano en su interior. El dinero seguía ahí, con todo su poder latente resguardado en el recipiente: algo esperaba para nacer, algo dormía. Meció el sueño amorfo en sus manos mientras ponderaba a quién debía entregárselo.

Traducción de Eduardo Rabasa

Ilustraciones de Zsu Szkurka

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