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Río de lava | Juan Bonilla

A Tomás Zurián, que la rescató

Ahora es una niña de diez años. Tiene los ojos grandes, de un verde felino, el pelo es una hoguera. Es como si lo fuera iluminando todo a su paso, como si el mundo se encendiese al calor de su mirada. Se llama Carmen pero no se reconoce en el sonido de su nombre. A veces se lo repite tantas veces que llega un momento en que es como si pudiese oír la respiración del universo, un animal dormido en una casa muy pequeña. Le aprieta el infinito entre las sienes. Y más abajo, en las entrañas. Y más abajo aún.

Hay un pasillo lleno de fusiles entre su dormitorio y el despacho de papá. Papá está inventando un arma que va a hacer caducar al máuser, el doble de disparos con la mitad de movimientos. Va a llenar de muertos los campos de batalla de Europa. La niña pasa un dedo por el cañón de uno de los fusiles del pasillo y en la boca del arma imagina los soldados que de algún modo están ya allí muriéndose.

Cuando llega de sus negocios con su uniforme militar, papá se sienta un rato en la sala de estar y ella corre a sentársele en las piernas, es su cabalgadura, cuida de que la tela de su falda vuele para que nada se interponga entre su carne y el pantalón de papá. Mamá le riñe a veces, y la obliga a que se ponga unos pantalones cuyas costuras le hacen daño.

En el colegio en que la internan le escribe cartas a su profesora. Le dice que está destinada a morirse de amor y le habla de un volcán apagado en cuyo interior hay miles de mujeres esclavas de los hombres. Un día todas juntas se transformarán en fuego santo y el volcán entrará en erupción y un río de mujeres de piedra incandescente inventará un camino incendiándolo todo a su paso.

Ahora es una muchacha en último curso de internado. Por las noches se escapa y va a donde las putas y se sube la falda escolar para mostrar los muslos, mármol y terciopelo.

Se ofrece a los clientes a precios imposibles. Pide millones por un rato de su cuerpo. Si alguno la amenaza porque cree que está tomándole el pelo, ella le dice de quién es hija y el fulano se va por donde vino masticando su rabia. «La ves y sólo piensas en violarla», escribe uno que la vio donde las putas. «Venderías el alma por poder pagar un rato de su cuerpo».

El infinito le sigue apretando como un traje que se quedó pequeño.

Papá le pide que le dé un favor. Vete al cuartel y elígeme al soldado que más te guste y cásate con él, es muy importante para mí. ¿Por qué tan importante? Porque el Jefe del Gobierno, para hacerle un feo y dejarle en evidencia, no lo ha invitado a la boda de su hija. Su papá quiere hacerle ver que puede culparlo de todos los males del país, de todas las revueltas, de todos los muertos, pero no piensa consentir una humillación como esa y va a demostrarle, antes de dimitir, que él no necesita ir a bodas de nadie porque puede organizar la mejor boda de la historia. Por eso ingenia que hay que casar a su hija más bonita e invitar al convite al Jefe del Gobierno.

«No quiero ser esclava de un marido después de haber sido la esclava de mi padre», le escribe a su maestra en el colegio. Es su última carta. Pero, por otro lado, no puede decepcionar a su papá. Tiene que ayudarle a dejar en ridículo a su enemigo. Y le obedece. Y va al cuartel y elige a un jinete muy hermoso y delicado y se casa con él.

La foto de boda más triste de la historia. Dos jóvenes hermosos con cara de haberlo perdido todo en una apuesta.

Ahora es una mujer casada y vive en una ciudad apacible, elegante, lejos del ruido de la guerra que le destruye las entrañas a Europa. Y el infinito le crece en el vientre. Y tendrá nombre propio, le comprará juguetes, le mojará el pelo con agua de colonia, le enseñará a decir te quiero y por favor, lo llevará en un carrito por las calles tranquilas de la tarde.

Quizá no esté tan mal conformarse con eso, le dice una voz allí en la comba de sus sienes. Una felicidad domesticada. La vida fácil de provincias gracias a la fortuna que papá hizo con sus armas. Europa se va llenando de muertos por las armas de papá mientras ella toca el piano y el infinito abomba su barriga inventando un latido nuevo y su marido pinta efebos delicados para que aflore su secreto.

Ahora es una madre y se siente atrapada en las entrañas de un volcán con miles de mujeres esclavas de los hombres que un día serán lava inventando un camino de piedra y fuego.

Por las noches se sienta ante el piano e incansable toca la misma melodía hasta que llega el sueño y se sube a dormir con su bebé.

Una mañana su bebé ya no respira. «La loca de mi esposa asfixió a mi hijito», escribirá el marido años después en una carta. Papá mueve sus hilos de persona influyente para que no investiguen la muerte del bebé y luego se mete en la cama y no quiere saber más nada de este mundo.

Ahora es un silencio impenetrable. El infinito es un juguete roto. Cháchara de planetas y enfermas matemáticas que esculpen los científicos para darse de bruces con la nada. En el espacio hay pliegues donde se encoge el tiempo. Quizá si encuentra alguno de esos pliegues pueda volver a aquella noche y verse allí de nuevo con su bebé.

No sabe qué pasó. No sabe si asfixió a su hijo por hacerle pagar a su marido y a su padre esa vida anodina a la que querían condenarla. No sabe si fue un accidente, una muerte súbita que vino a recordarle que hay que estallar hay que estallar hay que estallar, emerger a la vida, ser lava devorando lo que te salga al paso.

Ahora es una adúltera. Su amante es vulcanólogo. Un hombrecillo febril, una eminencia con veinte años más que ella. Mirada de ratón que le lame los hombros, le husmea entre las piernas, le muerde los tobillos, y la eleva y la enciende. Fue alguna vez soldado como su papá y estuvo frente a un pelotón de fusilamiento y burló a la muerte y aprendió que eso es vivir: una burla. Es pintor como el marido. Colecciona paisajes. Desprecia a los artistas, sus voces particulares, sus mundos propios. No hay más artista que el pueblo, entendiendo por pueblo la conexión milagrosa que se da a veces entre dos desconocidos (y uno de ellos puede estar muerto). Una vasija policromada, un crucifijo hecho de cáñamo, un búcaro: la sensación milagrosa de que quien los hizo hace siglos y tú estáis hechos de lo mismo.

Vive en los altos de un convento abandonado.

Abiertas quedan las puertas y las ventanas de la lujuria. El afán de devorarse en otro ser. Entregarse para pertenecerse. El extraño veneno de la posesión. Amor amor amor amortajarse. «Que tu semen me ciegue la mirada». Amor amor amor amoratarse. «Para ti y para mí ya no hay mañana», «que tu falo sea mi columna vertebral».

El infinito es una mascota que duerme con ellos. Totalidad sexual del cosmos.

Ahora es un escándalo. Carmen murió y su amante la bautiza con un nombre nuevo: Nahui Olin. Se repite su nombre hasta que suena como el arañazo que el sol le arranca en su rumbo al tapiz del cielo. Se reconoce en él.

Pinta cuadros de niña decidida a ser feliz. Escribe cartas de amor furioso después de hacer el amor y se las entrega a su amante abatido en el suelo que al leerlas se enciende nuevamente.

Has soltado en mi corazón un pájaro que come corazones.

Van a fiestas. Se ven con los artistas. Los pintores quieren pintarla todos y para todos posa. Los fotógrafos la quieren atrapar y posa para todos. Pasea en falda corta por las tardes municipales. Muestra los hombros relucientes en los salones de la sociedad. Se tiende al sol desnuda en la azotea del convento. Carga de sol la mente como si así se renovara incólume la luz inverosímil de sus verdes ojos oblicuos, la lava de sus ansias de ser cosmos. Cálidamente está en el interior de un Yo que es un volcán.

Muere su padre y los periódicos lo tachan de traidor y de asesino. Ella lo defiende en carta al director y luego lo pinta: joven dormido y laureado y de uniforme con fondo de cañones.

Y sin embargo no tampoco nada y nunca. El tiempo la derrota. La lava se solidifica a la intemperie. También su amante, su amor colosal, su bestia indemne, acaba en más de lo mismo, en la condena de la repetición, en la fatiga de la plenitud.

Para escapar de ella su amante coquetea con muchachas. Para escapar de ella hace excursiones a volcanes. Ella le escribe cartas en las que le insulta y se apasiona y lo amenaza de muerte y le declara amor eterno y le pide que venga que no tarde que no vuelva nunca más que se vaya de una vez que no puedo estar sin ti.

Ahora es un cansancio de broncas y de reconciliaciones.

Por pagarle a su amante con la misma moneda, se acuesta con estibadores a los que da dinero para que no olviden propagar por las tabernas con entusiasmo que se han tirado a la preciosa amante de su eminencia el vulcanólogo, que la han hecho gozar porque el viejito ya no alcanza.

Una noche desnuda monta a horcajadas a su amante que dormía. Una pistola cargada apuntándole en la cabeza. El amante abre los ojos y le dice dispara, terminemos con esto de una vez. Pero ella no dispara. Él le arrebata la pistola. Luego la lleva afuera a una pila de agua y le mete la cabeza y la tiene allí hasta un segundo antes de que pierda la conciencia. Más tarde le rapa la melena y la echa al cubo de basura donde parece que agonizará un sol.

Ahora es una fiebre de amantes y viajes y rumores. La bella dama sin piedad, señora de mis males y desvelos, un furor uterino legendario, protagonista de tantos y tantos chismes que a veces se la ha visto en sitios distintos a la misma hora, allá bailando briaga, allá buscando en la bragueta de un artista, diciendo enséñame el pincel con el que quieres pintarme.

Su belleza es impedimento para que los artistas la consideren una igual. «La bella Nahui Olin ha expuesto sus cuadros naifs para demostrar que conmociona más cuando posa para otros que cuando pinta», «Nahui Olin, sin duda la más hermosa muchacha de nuestra escena cultural, ha publicado un libro de poemas dinámicos y desmelenados y atrevidos, que nos permiten asomarnos al abismo de su adentro y decidir que es más bella por fuera».

Por darles la razón sigue posando. Un fotógrafo le hace veinte desnudos tumbada en la playa, mordida por las olas, con poses excesivas para tensar las nalgas y los senos. Se exponen en la azotea del departamento en el que ahora vive. Se venden todas las copias el primer día. Todos hablan pestes de sus atrevimientos, pero todos atesoran alguna de esas fotos.

Uno de sus amantes, guapo y joven, la lleva a Hollywood. Le hacen pruebas de cámara, le proponen protagonizar una película. Ella se vuelve a casa cansada de ser carne, harta de las miradas que quieren devorarla, harta de suscitar deseo con su mirada verde oblicua.

Ahora es una mujer feliz. Se ha enamorado de otro hombre. Un marino mercante. No más artistas por favor. Que se mueran los artistas de una vez. Todos los ismos del arte se resumen en uno solo: el Narcisismo. El Narcicinismo, mejor dicho. Nada de artistas. Un hombre de mundo, el domador del mar. Viajan, comen delicias, se ríen. El mar es una jaula de horizontes.

Ella pinta su cuadro más dichoso: un retrato de los dos enamorados.

Tal vez sólo tal vez sólo tal vez, se dice como entonces, la vida sea esto y no haya que buscarle laberintos, pasillos escondidos donde abolir el tiempo, quizá no haya misterios, quizá sólo se trate de dejarse llevar sin significado, una pareja que disfruta y al disfrutarse no se destruye, ni hacen que regurgiten los volcanes, ni escandalizan a los carcamales, ni buscan metafísicas en el acto de amar.

Pero otra vez el infortunio. La muerte no tiene días festivos. El capitán enferma después de comerse unos mariscos. La vida es una broma. Un hombre que ha enfrentado tempestades en todos los océanos, que alguna noche llegó a puerto luego de esquivar medio millón de rayos, cena unos camarones y a la tumba. Explícame qué significa eso.

Ahora es un fantasma. Le aprieta el infinito en las sienes, pero sólo en las sienes. Todo lo que vivió se le confunde en un mismo escenario donde están su hijo muerto, su marido marica, su papá, su amante vulcanólogo, la cabalgata de sus enamorados que la pintaron, la fotografiaron, el capitán de barco. Ella es el escenario. Tiene una muchedumbre dentro. No callan nunca. Se han transformado en energía cósmica. Indestructibles átomos que bailan y bailan sin parar.

¿A quién contarle nada? Sólo su gato negro de ojos verdes lo sabe. Sólo está a gusto dando de comer a los gatos que encuentra en la alameda. Se gasta la pensión en comida para gatos y acompasa su vida a las horas del sol.

Su nombre no le sirve ya y decide cambiarlo. Sin principio ni fin. Ese es su nombre verdadero. Ni Carmen, el que le dio su padre. Ni Nahui, el que le dio su amante. Sin principio ni fin.

Ahora es la loca de la alameda. Vieja y gorda, pero los ojos encendidos en verde siguen impresionando a quien los mira. Para obtener dinero cuando falta, vende sus fotos de desnudos a los muchachos, vende sus cuadros a viejos amigos. La que fue sigue inspirando erecciones. Cada tarde se lleva algún gato a su casa, la casa de los gatos. Cuando muere su gato negro lo embalsama. Cuando muere otro gato le quita la piel y la carne se la ofrece a los demás. Se confecciona una manta con la piel de los gatos que se mueren. Una manta contra el frío de vivir.

Cada tarde se apresura a subir al altozano y mirando fijamente al sol lo traslada hasta la línea del horizonte. Es su único trabajo. Recoger el sol por las tardes. Sacarlo a recorrer el cielo al alba.

Ahora es una vieja que se muere tapada por una manta hecha con la piel de tantos gatos muertos. Pero no va a morirse. Quién contará mi historia. Los manuales de historia del arte la ignoran minuciosamente y qué más da. Ninguna antología de poetas le hizo un hueco nunca y ya ves. Se han ido muriendo todos los que la conocieron.

Soy sin principio ni fin. Soy energía cósmica. Yo soy el infinito. No me ahogaré en la balsa del olvido ni integraré la secta de los viles a los que nadie recuerda porque se limitaron a vivir como estaba mandado. Yo soy río de lava inventando un camino. Yo enciendo los deseos de los hombres que quieren agarrarme como sea, que quieren poseerme, quieren que los posea para que les muestre a qué sabe la eternidad.

Sin principio ni fin. Mis ojos iluminan el mundo que no cesa. Seguiré enamorando y seguiré incendiando de deseos, me colaré en los sueños de extraños a los que sobrecogerán mis ojos verdes, la lava de mi cuerpo, el imposible precio de mi ahora.

Ahora es un set de fotografías perdido entre papeles de anticuario en la calle Donceles. Al dorso de cada una de las fotos está uno de sus nombres: nahui olin, y un sello húmedo: garduño estudio fotográfico. Unos cuantos billetes y van a mi mochila y salgo al pornográfico y místico sol de fuera mordido por preguntas que luego haré contemplándola a solas. ¿Quién fuiste? ¿quién has sido? ¿quién eres? ¿quién serás?, le pregunto a su imagen con los ojos lamiendo su mirada, su carne es algo más que gelatinobromuro, mármol y terciopelo, se me arrugan las yemas de los dedos al tocarla.

Poco a poco, desde el otro lado del tiempo disfrazada de azares, siento cómo va dirigiendo mis pasos, mis ansias de saber, la inexplicable necesidad de hacerla mía. Y trato de soñar con ella pero siempre me veo buscándola, buscándola, siguiendo indicaciones de cadáveres borrachos.

Y cuando alguna vez estoy a punto de alcanzarla y veo al fondo de la calle una mujer desnuda en blanco y negro en cuya cara hay dos ranuras de sol verde y me encamino hacia donde ella está, adonde llego es a un río de lava que me hace huir mordiendo mis talones, huyo de la necesidad inexplicable de hacerme suyo.

Ahora es una obsesión. Poco a poco voy juntando los restos de quien fue, se la arranco al olvido, ese cadáver borracho.

Ubico los retratos que le hicieron, recupero sus cuadros y sus libros, sus óleos de niña decidida a la alegría, sus poemas tensos como cuerdas donde colgar las sábanas fantasmas de la vida que se va sin despedirse sacándonos la lengua. No sé por qué me gustan sus poemas y sus cuadros, no sé si sólo me gustan porque son suyos.

Poco a poco la voy reconstruyendo, anécdotas perdidas en crónicas de papel que se deshace, leves apariciones en memorias de quienes sólo la veían como un hermoso objeto sin significado, musa de la poesía erótica, mujer de armas tomar, la insaciable, la pirada, tan libre y libertaria que siempre dependía de algún hombre: la hija del general, la esposa del pintor marica, la amante del vulcanólogo pintor,

la modelo del fotógrafo, la compañera del capitán. Luego cuarenta años de gatos y silencio y de repente la razón de la investigación de un erudito.

Pero ella me castiga volviéndose río de lava en cada sueño en que estoy a punto de alcanzarla.

Decido compartirla finalmente. No me cabe en las manos. No quiero reducirla a biografía, ni a estudio académico. Mi casa ya es una casa tomada por Nahui Olin. Se la cedo a especialistas en vanguardias con la prosa insufrible como una tamborrada, biógrafos que saben comprimir en sólo un párrafo años de sol y fiebre, comisarios que buscan más que nada una cola de gente en la entrada de un museo, feministas que subrayan su paradoja —¿exponer su belleza para satisfacción de la mirada del macho puede considerarse liberación de la mujer?—, cronistas que murmuran los lugares comunes «la bella Nahui Olin», «nuestra venus dinámica», «eva futura que nos llega del pasado».

Ahora ya es un personaje del arte del siglo xx. Los entendidos se saben su nombre, las casas de subastas la tasan con precios altos. Quizá el día menos pensado hasta hagan una película sobre ella. Como el poeta de «El informe de Brodie» que vive apartado de la tribu y cada tarde visita a sus vecinos y les dice palabras insensatas que les hacen reír o les dejan igual hasta que un día logra no se sabe cómo decir algo que enmudece a todos, como si desvelase lo más íntimo de cada uno, lo más obsceno, y a partir de ese instante el poeta deja de ser lo que era, se vuelve una especie de dios incómodo y por lo tanto cualquiera puede matarlo impunemente: así precisamente, ya es de todos, cualquiera puede matarla sin que ella muera.

Y hoy por fin después de tantos años en lo más hondo de un sueño de siesta de domingo oigo su voz llamándome. Me aprieta el infinito entre las sienes y acudo ansioso y joven como era y me desnudo iluminado por sus ojos verdes…

Y me fundo feliz en el río de lava.

Foto de George Alexander Ishida Newman “Lava” @Flickr

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