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Rockefeller obsequiaba su dinero sin pedir nada a cambio. ¿Se puede decir lo mismo de los actuales barones de la tecnología? | Evgeny Morozov

Un mundo en el que los multimillonarios eran sinceros y directos, en el que preferían saquear al mundo antes que salvarlo, era mucho menos confuso que el actual. Los robber barons* de la época industrial —desde Carnegie a Ford hasta Rockefeller— en algún momento sí destinaron parte de su riqueza a actividades caritativas, pero no existía confusión entre una y las otras. El petróleo y el acero les daban a ganar dinero; la educación y las artes les ayudaban a gastarlo.

Desde luego que las fundaciones epónimas no eran ni neutrales ni apolíticas. Apoyaban proyectos que rara vez contravenían la política exterior estadounidense, y a menudo compartían varios de sus sesgos ideológicos y prejuicios. Desde la teoría de la modernización hasta la promoción de la democracia, el imperativo civilizatorio detrás de la mentalidad de estos magnates era bastante visible. Algunas de estas fundaciones con posterioridad se arrepintieron de varias de sus dudosas campañas proselitistas: el imprudente apoyo al control poblacional en la India, llevado a cabo por la Fundación Rockefeller, es tan sólo un ejemplo.

En la actualidad, cuando cinco compañías de las más valiosas del mundo son tecnológicas, es muy difícil trazar la línea que separa a sus negocios de sus esfuerzos caritativos. Como plataformas digitales, funcionan como vehículos para diversas industrias y sectores, que van desde la educación a la salud hasta el transporte, y por lo tanto tienen frente a sí una opción que no se encontraba disponible para los magnates de antaño: pueden tranquilamente continuar vendiendo su producto principal —esperanza, principalmente, aunque envuelta en infinitas capas de datos, pantallas y sensores— sin tener que desviar sus recursos hacia actividades no productivas.

La iniciativa Chan Zuckerberg, una compañía de responsabilidad limitada (formato legal un tanto inusual para una entidad de beneficencia), fue montada por Mark Zuckerberg y su mujer, Priscilla Chan, en diciembre de 2015, supuestamente para compartir su riqueza con todos nosotros. En fechas recientes ha estado en las noticias gracias al ambicioso compromiso de sus fundadores —una inversión de 3 mil millones de dólares— para curar todas las enfermedades.

Es claro que Zuckerberg puede permitirse esto, dados los ínfimos impuestos que paga su compañía: en el Reino Unido, su declaración fiscal de 2015 muestra beneficios por 210.7 millones de libras, de los cuales Facebook pagó tan sólo 4.17 millones de impuestos, o una tasa efectiva de 2% (ya en sí un incremento del 1000% respecto a lo que pagó en 2014). Sin embargo, Facebook también logró obtener un crédito fiscal de 11 millones de libras, mismo que puede utilizar para reducir su carga impositiva futura. Es difícil pensar que la enfermedad de la elusión de impuestos será curada por la iniciativa Chan Zuckerberg.

Hablar en este caso de «filantrocapitalismo» —como han hecho varios, ya sea para ensalzarlo o repudiarlo— parece erróneo, simplemente porque tales proyectos no guardan casi ningún parecido con la filantropía como tal. No es necesario admirar a Ford o a Rockefeller para advertir que sus actividades filantrópicas, sin importar sus verdaderas metas políticas, no estaban diseñadas para ganar más dinero. Pero, ¿se puede decir lo mismo de nuestros barones de la tecnología? Si bien los compromisos de Zuckerberg en el sector salud aún son muy recientes y ambiguos para ser juzgados, cuenta con un historial más extenso en el rubro de la educación. Después de su aportación personal de 100 millones de dólares para escuelas en Nueva Jersey —inversión que aún no ha conseguido los resultados deseados—, la  iniciativa Chan Zuckerberg ha invertido en compañías que supuestamente ayudan a expandir las oportunidades educativas en el mundo subdesarrollado.

De esa manera, ha destinado dinero para Andela, una startup basada en Lagos que entrena a programadores, uniéndose de esa manera a compañías como Google (a través de gv, su fondo de inversión) y a Omidyar Betwork, una empresa de inversión filantrópica similar, que también pertenece a otro multimillonario de la tecnología. Algunas semanas después, uno de los cofundadores de Andela dejó la compañía para fundar una startup de pagos: aparentemente, existen varias oportunidades para mejorar la situación personal cuando se está en el proceso de salvar al mundo.

El que sea imposible comprender cuál es la motivación detrás de estas inversiones, si buscar mayores ganancias o un genuino deseo de ayudar, es un elemento fundamental de las mismas, no una casualidad. Si la lógica que impulsaba a gente como Ford o Carnegie era atenuar los pecados del capitalismo rapaz, la lógica de los Zuckerberg u Omidyar es convencernos de que el capitalismo rapaz, si se libera plenamente hacia la sociedad entera, traerá un gran bienestar.

La iniciativa Chan Zuckerberg también invirtió en byju, una compañía india que ha desarrollado una app que enseña a los estudiantes ciencia y matemáticas. Se trata sin duda de una misión noble, pero lo que atrajo a Zuckerberg a la compañía, según su propia admisión, fue su gran dependencia en la educación personalizada que, desde luego, sólo es posible cuando se registran y analizan grandes cantidades de datos de los usuarios. ¿Les recuerda acaso a alguna de las gigantescas compañías tecnológicas?

Esta celebración de la personalización está también presente en otro proyecto educativo apoyado por Zuckerberg, un software de aprendizaje diseñado por una compañía llamada Summit Basecamp. La compañía cuenta con el lujo de tener a 20 empleados de Facebook, desde ingenieros hasta product managers, que auxilian con tareas destinadas al crecimiento y la expansión. Todo ello como resultado de una visita que Zuckerberg hizo a sus instalaciones en 2013. Y la expansión ha sido muy exitosa: según el Washington Post, el software es utilizado por 20,000 estudiantes en más de 100 escuelas.

Los padres de estos estudiantes cruzan los dedos para que Summit Basecamp sea fiel a su palabra y que los datos personales permanezcan guardados al interior de la compañía. Tales promesas no serán más reconfortantes que las pronunciadas por los fundadores de Whatsapp, empresa que, al ser adquirida por Facebook, prometió defender los datos personales de sus usuarios, tan sólo para anunciar hace unos meses que serán compartidos con Facebook.

Zuckerberg también se unió al resto de la élite de Sillicon Valley, incluidos Bill Gates y Laurene Powell Jobs, la viuda de Steve Jobs, en invertir en AltSchool, una startup fundada por un antiguo ejecutivo de Google, que lleva la educación personalizada completamente a un nuevo nivel. A la vieja usanza taylorista, sus salones de clases cuentan con cámaras y micrófonos para que cualquier falla técnica inherente al proceso de aprendizaje pueda ser analizada y resuelta con técnicas de ingeniería. AltSchool desea expandirse mediante la venta de licencias de su software a otras escuelas.

Lo que estos días pasa por filantropía es a menudo tan sólo un esfuerzo sofisticado para ganar dinero al utilizar la ingeniería sobre las almas racionales, emprendedoras y cuantitativas a quienes les encantaría experimentar otros tipos de despersonalización. Un reciente artículo sobre AltSchool, publicado en el New Yorker, mencionó que sus estudiantes leen la Ilíada armados con una hoja de cálculo en donde marcan cuántas veces el tema de la «ira» aparece en el texto. Ese tipo de escuelas puede producir grandes auditores; sin embargo, es posible que los poetas necesiten una alternativa distinta a AltSchool.

Las propias élites tecnológicas también apoyan el movimiento de escuelas piloto conocidas como charter schools**, que forman parte de un añejo esfuerzo por atraer mayor competencia al sector educativo, al apoyar iniciativas educativas fondeadas con recursos públicos, pero manejadas por el sector privado. Desde Gates hasta Zuckerberg, los magnates de la tecnología son defensores públicos de este movimiento. No sería sorprendente que utilizaran las armas de sus grandes bases de datos para apoyar el argumento de que el sistema educativo tradicional debe ser completamente transformado.

Debemos tener cuidado de no caer víctimas de una perversa forma del síndrome de Estocolmo, de manera que terminemos simpatizando con los secuestradores corporativos de nuestra democracia. En primer lugar, dado que los nuevos magnates tecnológicos apenas pagan impuestos, no es de extrañar que el sector público no consiga innovar con tanta velocidad. Además, al proporcionarle constantemente al sector privado un arranque ventajoso mediante las tecnologías que ellos mismos desarrollan, las nuevas élites tecnológicas se aseguran de que la gente prefiera elegir las ágiles soluciones tecnológicas privatizadas, por encima de las antiguas, pero públicas, soluciones políticas.

El hecho de que ya no podamos diferenciar entre la filantropía y la especulación es una ocasión para preocuparse, no para celebrar. Ahora que las élites de Sillicon Valley están tan empeñadas en salvar al mundo, ¿no deberíamos preguntarnos también quién nos salvará en su momento de Sillicon Valley?

Traducción de Eduardo Rabasa
Copyright Guardian News & Media Ltd 2016

*Término despectivo, acuñado para referirse a los magnates estadounidenses de finales del siglo XIX, que utilizaban métodos deshonestos o poco escrupulosos para enriquecerse. (N. del T.)

**Las charter schools son escuelas públicas dirigidas de manera independiente del sistema de educación pública, a las que se les concede mayor flexibilidad en sus operaciones, a cambio de una mayor rendición de cuentas en lo relativo a sus resultados. (N. del T.)

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