Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso

salir-del-gueto

Por Felipe Rosete

Life as a shorty shouldn’t be so rough
But as the world turns I learned life is hell

Living in the world no different from a cell […]
To learn to overcome the heartaches and pain
We got stickup kids, corrupt cops, and crack rocks
And stray shots, all on the block that stays hot
Leave it up to me while I be living proof
T
o kick the truth to the young black youth
«C.R.E.A.M.», Wu-Tang Clan

A sus cortos cinco años, el autor de En carne viva, Lamont «U-God» Hawkins, observa desde la acera, junto con su madre, el rostro desesperado de una mujer a punto de tirarse desde la azotea de uno de los edificios de viviendas sociales que componen su barrio, Park Hill, en la ciudad de Nueva York. Segundos después, observa el frágil cuerpo volar por los aires hasta impactarse con la escalera de emergencia y quedar despedazado, llenando de sangre el lugar. «Cuando uno crece siendo tan fuerte, duro, salvaje y loco como es el caso de los miembros del Wu-Tang, la muerte siempre formará parte de su vida», comenta el miembro de la legendaria banda de rap.

Ocho años después, detrás de una puerta por uno de cuyos orificios intercambia dólares por crack, completamente mariguano, escucha intensamente una voz que le ordena salir de ahí. Toma la droga, los fajos de billetes y cierra el changarro. Segundos después, la policía lo hace a un lado para derribar con un ariete justamente la puerta que Lamont acaba de cerrar. Son sus primeros días como vendedor de droga al servicio de un rasta jamaicano que, en compensación por su pericia, le tiende tres billetes de cien.

Cuatro años más tarde se incorpora de lleno a lo que él mismo llama «el juego de la droga». Conoce a Bright, un puertorriqueño que lo conecta con los distribuidores más pesados. Con los pocos ahorros que hizo en su trabajo como recogedor de basura en la Estatua de la Libertad, compra primero una pelota de cocaína, una bola ocho de trescientos dólares que, una vez cocinada y troceada, le dejará seiscientos. Luego dos pelotas más, que le dejarán mil doscientos de ganancia, que serán reinvertidos en medio kilo, luego en un kilo, y así sucesivamente hasta llegar a su primer ladrillo de diecisiete kilos. Capitalismo de barrio en estado puro.

Cocina la cocaína con carbonato. Luego la remoja en amoniaco para que quede aún más pura. Pierde sólo tres gramos por cada medio kilo. Hace la prueba con algún conejillo de indias: la madre de algún amigo, la mujer que en algún momento fue su niñera, o quien le quede a mano. Comprobada la calidad de su producto, se planta en la entrada del 160 de Park Hill, el edificio donde vive, hasta agotarlo. No es un trabajo fácil. Hay que tener conectes y vendedores de confianza, cocinar un producto de calidad, conseguir clientela, cuidarse de los adictos que harían todo por una dosis, de los ladrones siempre al acecho del dinero o de la droga, de la policía y hasta de tu propia sombra. Además, el margen de error es muy estrecho. Un paso en falso y puedes acabar encarcelado, herido o muerto. Por si fuera poco, hay que empezar a las seis de la mañana, el horario en que el ejército de yonquis funcionales, los de mayor poder adquisitivo, arriba al 160 en busca de una dosis para soportar el día. Así hasta la una, aproximadamente, y luego otra vez en la noche.

Con el tiempo, se expande a otros edificios en cinco barrios más de Staten Island. Lamont es un embajador, conoce a la gente adecuada y no le gustan los problemas. Además es discreto. No alardea más allá de lo normal: ropa y zapatos de marca, cadenas y algún diente de oro, como todos. Sus ingresos se han incrementado. Veinte personas trabajan para él, dejándole una ganancia de diez mil dólares al día. Sin embargo, entre más droga y más dinero, más riesgo, más policía, más envidias. Más de una vez huye de alguna redada y se esconde en casa de algún vecino. Más de una vez también, a punto de ser disparada por su agresor, la pistola que le apunta directamente a la cara deja de funcionar: en un caso se traba, en el otro se le cae el cargador. ¿Acaso está protegido por el hechizo de Fire, el curandero de largas rastas que, tras un episodio sangriento en el 160 le ofreció un caramelo, afirmando que tras ingerirlo ningún espíritu demoniaco, ni siquiera la policía, podría hacerle daño mientras estuviera enfrente de él?

Tal vez. Aunque quizá su suerte provenga también de sí mismo, del grosor de su piel, de su propia determinación frente a la vida, de lo divino que lo habita. Lo aprendió desde pequeño en las peleas callejeras: hay que tener dignidad incluso en la derrota. Si te madrean, te levantas, te limpias la sangre y te alistas para la siguiente. La salvación, le enseñaron sus hermanos de la Nación del 5% —esa mezcla de Islam con Black Power—, no vendrá del cielo, es uno mismo el que tiene que buscarla. Dios no es aquel ser lejano que huyó del mundo a contemplar su creación, sino aquello de lo que estamos compuestos.

De ahí el nombre asignado a Lamont: Universal God Allah. De ahí también su negativa a abandonar los estudios. A pesar de tener recursos, está determinado a salir del barrio, tiene muy claro que no quiere ser dealer por el resto de su vida. A diferencia de otros chicos, que viven y mueren ahí mismo, reproduciendo exactamente lo hecho por sus antecesores, «U-God» aprende, en la calle y en la escuela, que el mundo se extiende mucho más allá de Staten Island, y que ofrece posibilidades infinitas.

Una de ellas, el rap. Ese género musical que le permitió a él y a algunos de sus amigos desahogar toda esa mierda a punto de desbordarlos y de llevarlos, como a muchos otros, a la muerte. Esas rimas que él y Method Man escribían en el reverso de los portavasos mientras recogían basura a sus catorce años, las mismas, siempre nuevas, siempre pegajosas, que se lanzaban entre los miembros del Clan en los portales de los edificios en espera de algún cliente, de algún peligro. Aquellas rimas que lograban abstraerlos del trajín cotidiano, las que comenzaron a grabar en la casa de rza en una pequeña grabadora de cuatro pistas, acompañadas de ritmos y sampleos con los cuales pudieron crear sus primeras canciones, que grababan en casetes y repartían a los chicos del barrio para que las escucharan. Las que, al ser del gusto de esos primeros escuchas, se regrababan y se dispersaban por otros edificios, por otros barrios. Las que se escuchaban en las fiestas, más tarde en los clubes, luego en las estaciones de radio, después en shows masivos alrededor de Estados Unidos y del mundo. Las mismas rimas que, en suma, dieron origen al Wu-Tang Clan, una agrupación que consolidaría el género y abriría las puertas a muchos más jóvenes como ellos. Disruptiva no sólo por sus letras, que reflejan la realidad descrita por «U-God» en su libro, sino también por su energía, por demostrar en cada canción ese talento ocurrente e impredecible, ese estilo nato contenido en cada uno de sus miembros.

La música, las rimas, las palabras, pues, como elementos capaces de romper el ciclo de la violencia, como algo que nos puede abstraer de él y del entorno en que ésta se reproduce día con día. En carne viva, a mi juicio, apunta hacia el mismo objetivo. Más allá de desvelar los orígenes y el desarrollo de una agrupación tan importante para la cultura del hip-hop, de revelar los secretos en torno a los problemas internos de la misma, de adentrarse en aspectos como la fama, las giras, los excesos, resulta un testimonio invaluable sobre lo que es crecer en un gueto negro de la ciudad de Nueva York, una de las grandes capitales del mundo. Revienta el ciclo de la violencia precisamente al retratarla de una manera tan cruda, tan natural, tan íntima, tan honesta, tan dolorosa, tan estoica. Hijo de ésta, al grado de ser un «rape baby», el autor en ningún momento se asume como víctima. Su libro, al igual que sus rimas, es una expresión del horror frente a esa realidad y a la vez un intento de exorcizarla. Es, como él mismo lo expresa, el relato de un tortuoso ascenso emprendido desde lo más profundo del infierno. Con golpes, con retrocesos, con caídas, de las cuales Lamont ha sabido levantarse una y otra vez, resistiéndose a ocupar la posición de esclavo que a él y a los suyos les ha asignado la narrativa social estadounidense.

«U-God» escribe desde otro lugar. Nos habla de toda su mierda no para vanagloriarse de ella, sino para alejarse definitivamente, como si al plasmar su historia en el papel pudiera dejarla ahí enmarcada, suspendida en el tiempo. Al hacerlo, sin embargo, nos acerca a esa cultura del bisne y el trapicheo, que no tiene otro origen que la pobreza y la desigualdad extremas, y que sigue siendo incomprendida para las clases medias y altas, precisamente porque son incapaces de asimilar esos niveles de pobreza y descomposición social. Realidades que desafortunadamente han sido exportadas a los barrios bajos de las grandes ciudades del orbe —de Londres a Río de Janeiro, de París a Ciudad de México—, en los que el hip-hop como expresión artística y cultural del malestar derivado de esos fenómenos ha logrado aglutinar a toda una generación de desposeídos. Todo lo cual hace de En carne viva un libro doblemente valioso.

En-carne-viva-Portada-BajaEn carne viva. Mi viaje con el Wu-Tang Clan
Lamont U-God Hawkins
Traducción de Milo J. Krmpotic Realidades Sexto Piso
2018 • 328 páginas

Written by
No comments

LEAVE A COMMENT

*