Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

¡Salve! | César Antonio Molina

¡Salve!

«Si las cosas te van bien, despierta del sueño».
En la fachada del Palazzo Bocchi, entre versos de Horacio en latín
y citas de la Biblia en hebreo grabadas en la piedra,
veo pintado este aviso.
¿Estoy despierto?
¡Sí! Y ya fuera del Hotel Bologna de la Gare.
Solamente son verdaderos los pensamientos
que no se comprenden a sí mismos.
¡Salve!
Sólo amar a las desconocidas.
Aquí caminan bajo los soportales como si avanzaran entre caminos
de espinos cubiertos de rocío. En la alta hierba perfumada de los
campos, el caracol negro azabache trepa y echa sus cuernos tan
rojos como la Torre degli Asinelli o la Garisenda.
¿Es delito, o acaso pecado mortal, pensar que esta muchacha
que custodia las ánforas en el Museo Civico Archeologico del Palazzo
Galvani, es la única vestal que permanece viva?
Entró con una silla en la mano y, como de un estante,
tomó mi vida y sopló las frías cenizas.
El existir es únicamente interesante cuando es ruina de un
sueño, aquello que ha quedado como grava de esperanza.
¿Cómo no amarse a uno mismo? ¿Cómo no zafarse de su propio odio?
¿Es lo deseado por deseable fuente de un mayor placer
que puede convertirse en un gran dolor? El amor, como este caminar,
prolonga el envejecimiento pero no nos dispensa del mismo.
Dolor furioso, amor en pena. ¡Bologna!
¡Ubique nuscuam! En ningún lugar y en todos al mismo tiempo.
Voluntades flotantes. El menor número de palabras posibles
para el mayor sentido posible. El mínimo posible de espacio
y tiempo perdidos para el máximo posible de alma.
Pasó el turno de la muchacha vigilante. Como el amor,
aparenta alejarse para mejor acercarse.
¡Ah, la fingida indiferencia! ¡Quién pudiera
permanecer aquí como parte de las urnas vacías!
Locus amoenus. Belleza del lugar y tristeza del poeta.
Lo dado, inexplicablemente, al menos lo poseo.
Locus amoenus. Finalmente su cuerpo expuesto en el
Archiginnasio. Una carne tendida sobre un mármol blanco.
Un cuerpo cualquiera, así son todos los que aquí yacen.
Y entonces el profesor Lacan desde la cátedra de los despellejados
emite esta sentencia: «Amar es dar aquello que no se tiene
a alguien que no existe». Y la luz pura que atraviesa los vitrales
se dora al rozar contra las maderas.
¿Entonces, para qué esta tan larga caminata?
¡Salve!
«Si las cosas te van bien, despierta del sueño»,
porque todo sigue igual y tú lo sabes.
No dar la espalda a las desconocidas,
sino seguirlas a todas partes. Eros es una piedra de afilar
el alma. El alma que se pierde al conocerlas, al desvelarlas.
¡Belleza! monstruo enorme, ingenuo y espantoso. ¿Es verdad que sólo
cuando el aquí se afirma deseamos estar en otra parte? El mármol
blanco del Teatro anatómico brilla como piedra filosofal. Curvilíneo
se ajusta a esas caderas desnudas en penumbra. El cuerpo femenino
era entenebrecido por vergüenza
apenas se vislumbraba la abierta granada, la abierta nada.
Pero la desnudez masculina
es más vergonzosa porque es más explícita. La parte exterior del hombre
tiende a revelar sus sentimientos de un modo particularmente
explícito, tanto si quiere como si no. Insubordinación
del cuerpo a la voluntad. Piedra pulida como gélida laja de Carrara
sacudida por baldes de agua para evitar lo sanguinolento. En el
país de las piedras erectas cavan pozos. La fe,
como el amor, no pregunta.
¡Salve!
Sólo amar a las desconocidas. La fe sólo puede ser creencia
en lo que no se cree. Mientras exista la muerte: abrazarse,
estrecharse, acariciarse y conversar. La única protesta
contra quien más nos desea.
¡Qué desastre si una mujer nos ama porque nos lo merecemos!
¡Qué aburrimiento la felicidad como premio o recompensa
a un trabajo de seducción tan bien hecho!
Sólo amar a las desconocidas. ¿Por qué un sentimiento puro tan mal
correspondido? Gloriarse en las tribulaciones, esperar
desesperando mientras caminamos por los mismos soportales.
Citramontani (de más acá) de los Alpes.
Ultramontani (de más allá) de los Alpes.
Dolor furioso ¿Contra quién? ¿Contra qué?
Mujeres y hombres claman en el Compiatto su Cristo morto.
¿No era aquel el hijo de Dios? ¿No era aquel Dios mismo?
Y la falsa puerta de Sameri, en la sección egipcia del Archeologico,
esperando aún a ser traspasada.
Quien no soporta el vacío busca un tiempo lleno.
Tiempo desacelerado en el Archiginnasio, tiempo humano.
Mármol del Teatro anatómico: un lecho entre verano e invierno.
¡Salve!
Sólo amar a las desconocidas. Amaríamos incluso si la persona
amada no te amase, te confirmara que no te ama,
precisamente porque no te ama y, sobre todo,
porque te lo ha dicho con su silencio.
Amaríamos incluso más porque sólo así se puede olvidar.
En el bar de la estación de Bolonia, una desconocida
se levanta de una mesa y dejando apoyada su mano derecha
me mira. Llueve en Parma, tanto como para inundar la cávea
del Teatro Farnesio y hacer naumaquias.
La desconocida camina balanceándose como si hiciera
el amor. En la Camera di San Paolo unos frescos de Diana
y una frase de Pitágoras: «Ignem gladio ne
fodias». Yo tampoco atizaría el fuego con la espada. Llueve
en Parma y, sin embargo, el río va seco. En el bar de la estación,
una desconocida se levanta de una mesa y dejando apoyada
su mano derecha me mira. ¿Citramontani? ¿Ultramontani?
El tren se retrasa. Las desconocidas entonces quieren entablar amistad.
¡Huyo! Hace un sol espléndido en Florencia.
Entro en los Uffizi para contemplar a las viejas damas de lapislázuli.
Asciendo por las losas de la Laurenziana como si pisara caparazones de tortugas.
Subo las escaleras de San Miniato para despedirme del Arno.
Al partir del Hotel Brunelleschi dejo escritos versos en una carta para
la próxima desconocida que ocupe mi mismo lecho.
«Dame tus manos para dormir sobre ellas la lenta y
ociosa eternidad». En el bar de la estación de Florencia,
una desconocida se levanta de una mesa y dejando
apoyada su mano derecha me mira.
¡Salve!
«Si las cosas te van bien, despierta del sueño».
Estoy entre resplandores, como ciego.
Mi mirada no encuentra el camino de vuelta.
¡Oh Polixena! Tus ojos en cada desconocida.
¡No mirarlos! Me refugio en el escudo de la medusa de Caravaggio
y lucho contra mí mismo, la forma más fácil de derrotarse
¡Salve!
¡Ay! las mujeres bellas atormentadoras de los ojos, hacen
crecer más lentamente la hierba, de un verde intenso,
entre las tumbas.

Foto de Jaime González en @Flickr

Written by
No comments

LEAVE A COMMENT

*