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Por Franco Félix

El final de los filósofos siempre es desastroso. No hay romance en su extinción. Platón, por ejemplo, falleció por un exceso de piojos, según afirmó Diógenes Laercio. Francis Bacon, por su parte, murió de pulmonía por culpa de un pollo al que rellenaba con nieve. Nietzsche murió por intentar abrazar un caballo. Albert Camus, luego de afirmar que no había nada más idiota que morir en un accidente automovilístico, se estrelló contra un árbol en un Facel Vega que se partió en tres pedazos. Un punto a su favor: manejaba su amigo, el editor Michel Gallimard. Hay, es verdad, algunos casos apasionados: Deleuze se lanzó por la ventana, Althusser en un psiquiátrico, Foucault murió a causa del sida y Debord de un escopetazo en el corazón. Pero mis preferidos son aquellos escritores que mueren de lo que escriben, como diría Vila-Matas que dijo Nabokov. Éste es el caso del genio que escribió sobre todos los temas (lo comprueban todas, no miento, todas las tesis del mundo, porque lo mencionan de una u otra manera): Roland Barthes. El francés que estudió los signos toda su vida y que fue aniquilado a causa de uno. Su tesis, si es posible resumirla en unas cuantas palabras, buscaba reventar la estabilidad de los signos que adoptamos como naturales. Su propósito era repensar estos signos (como los de la publicidad), sospechar de ellos, para desarticular el programa de control que subyace en su arquitectura discursiva. Así, un día de febrero de 1980, el filósofo caminaba sobre un paso de cebra (sobre el cual el peatón tiene preferencia) y fue arrollado por una camioneta que no hizo la lectura adecuada del signo (detenerse y ceder el paso). Un mes después, moriría en el hospital por las heridas.

Éste es el motivo de la novela La séptima función del lenguaje, de Laurent Binet. La extraña muerte de Barthes es el disparador de una historia de especulaciones. Ahí se inaugura la trama detectivesca, en ese crucero, con el cuerpo arrollado del semiólogo. Todos pensamos que lo ocurrido en ese trágico febrero parisino del ochenta fue un accidente, pero el libro sortea la posibilidad de que la eventualidad haya sido, realmente, una estrategia; es decir, que haya sido un asesinato bien planeado. ¿Pero quién podría querer asesinar a Barthes? Dos personajes intentan resolverlo. El inspector Bayard y el joven Simon Herzog. Uno es policía, medio facho, homofóbico entero, doblemente despótico y que, de entrada, detesta a los académicos e intelectuales de izquierda, y el otro es un profesor universitario que busca la titularidad en el departamento de Semiótica de su facultad. Esta dupla polarizada le permite a Binet desarrollar un pequeño seminario en las páginas de su novela. Herzog tendrá que revelar los misterios semióticos y Bayard las intrigas psicologizantes del crimen para, entre las dos perspectivas, hallar el móvil del homicidio. Por esto, es intrascendente si el lector es un experto en thrillers, o un experto en semiología, la intriga es doble y resulta difícil predecir el argumento del libro. La aventura de estos dos personajes abre un abanico teórico que cualquier estudiante del lenguaje agradecerá. Se plantean las distintas escuelas y tendencias filosóficas de esa década. Están ahí algunos de los genios arriba mencionados en su hábitat: Foucault es entrevistado mientras un armenio le hace una felación en un famoso sauna gay de París, conversaciones hilarantes entre Phillipe Sollers y Julia Kristeva (quienes, incluso, querían llevar a Binet a la corte porque no se tomaron muy bien la ficción), Althusser sale mal parado por sus fallas kantianas, hay secuencias perfectas para una película de acción (que muy probablemente veríamos muy pocos) donde Derrida es despachado por un perro en un cementerio de Ithaca, Nueva York, vemos a un Lacan torpe para el flirteo y mucho más. La novela está llena de éstas y otras personalidades como Umberto Eco, Chomsky, Searle, Guattari, Sartre, Todorov y una larga lista de pensadores con ideas complejísimas que terminan siendo socializadas y simplificadas narrativamente gracias a los conocimientos de Laurent Binet (él mismo es profesor en la Universidad de París III). El argumento ficticio de este libro es soportado por el planteamiento de las seis funciones del lenguaje que propuso Jakobson. La séptima función le corresponde al lector reconocerla entre las páginas.

septima-funcionLa séptima función del lenguaje
Laurent Binet
Traducción de Adolfo García Ortega
Seix Barral
2017 • 440 páginas

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  • ”Nietzsche murió por intentar abrazar un caballo.” No. Nietzsche –ya sabemos– no murió por consecuencia de ese insulso acto de compasión equina. el acto, sólo fue consecuencia de su lenta muerte. seamos exactos.

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