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Señor Cerdo | Diciembre 2016

Uno de los más secretos anhelos del Señor Cerdo consiste en dar cauce a sus inmensas capacidades artísticas, entre otras expresiones, mediante la publicación de un libro que capture lo más profundo de su esencia. Si bien el Señor Cerdo ha realizado exhaustivos análisis de rentabilidad, mismos que lo han conducido a concluir que la tasa de retorno por hora invertida en el proceso creativo es incluso inferior a la que muestran profesiones tan rentables como la de maestro de cello o paseador de perros, el Señor Cerdo califica de inmoral privar al mundo de su sabiduría encapsulada en esos curiosos objetos rectangulares de papel. Al mismo tiempo, los estudios de mercado le han enseñado que existen múltiples casos de mentes sagaces que han sabido potenciar su branding a través de la publicación de un libro. Se trata, pues, de una winwin situation donde el Señor Cerdo será magnánimo con sus seguidores, a la vez que incrementa el net worth de su persona mediante este artilugio publicitario.

Así que el Señor Cerdo ha decidido acudir a la FIL de Guadalajara para cerrar un trato con algún editor visionario que sepa reconocer su talento, incluso si hasta la fecha no ha escrito ni media palabra de su futura obra maestra. Tras haber contratado informantes para comunicarle cuáles son los códigos que mueven al entorno literario, el Señor Cerdo ha podido concluir que en realidad el trabajo decisivo ocurre previo a ese trámite un tanto molesto consistente en escribir el libro. Apoyándose en sus asesores de merchandising, el Señor Cerdo ha trazado una rigurosa agenda de restaurantes, bares y las fiestas más exclusivas de la FIL, donde se dejará ver rozagante, con aire misterioso, hablando siempre con quien tenga la fortuna de escucharlo sobre sus recientes experiencias locas o agudas interpretaciones sobre la realidad, desplegando en cada frase la mezcla justa de ingenio, mordacidad, sarcasmo y
falsa erudición que, según le han comentado sus mercadólogos al Señor Cerdo, distingue a algunos de los más prominentes miembros del gremio literario. Para complementar el impacto, el Señor Cerdo ha mandado hacer unas tarjetas de presentación que por un costado muestran sus datos de contacto, mientras que por el otro exhiben una foto suya con medio rostro bañado por un rayo de luz, al tiempo que el Señor Cerdo mira con aire melancólico hacia la ventana, transmitiendo el desgarro de su alma al contemplar sin cesar lo endeble de la condición humana. Por último, el Señor Cerdo ha invertido una importante cantidad de dinero para realizar una especie de product placement de sí mismo, para asegurarse de que escritores afamados lo saluden con un efusivo abrazo en las fiestas adecuadas. Con esta versátil estrategia conjunta, el Señor Cerdo está convencido de que volverá de la FIL con un jugoso contrato bajo el brazo para, una vez reciba el anticipo correspondiente, poner a sufrir a sus futuros editores con desplantes e insolencias, comunicándoles de la manera más grosera posible que su arte no puede ser sometido a sus imperativos de mercachifles, y que sólo él sabrá cuándo está lista su obra maestra, aquella con la que el mundo al fin se rendirá a sus pies, como lleva aguardando a que suceda todos estos años.

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