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Por Emiliano Monge

A diferencia de la huella digital, no todas las novelas son únicas. La inmensa mayoría comparte los sinuosos trazos de la mediocridad, las frases hechas y el eco de un discurso masticado, digerido y regurgitado cien mil veces. Ni qué decir de la puerilidad, la superficialidad y la literalidad con la que se abordan los temas, se cuentan las historias y se delimita a los personajes.

La historia de la literatura, tristemente, es igual de repetitiva pero todavía más aburrida que la historia de la filosofía o de la física. ¿Cuántos maestros en estructura atómica, que repiten como merolicos las ideas de otros en un salón de clase y en decenas, cientos o miles de libros se requieren para que aparezca un joven Tesla? Los mismos, exactamente, que escritores malabaristas de lo corriente somos necesarios para que, de pronto, en algún lugar nublado, aparezca un Juan Rulfo.

Escritores así, capaces de rasgar el tejido del lenguaje literario y el de las diversas telas de los lenguajes cotidianos, capacitados para dotar de pisos nuevos los edificios de la épica y de la lírica y dispuestos, sobre todo, a proponer otra concepción, otra forma de desnudar las motivaciones de la especie y del individuo y otra manera de situar al ser humano ante el tiempo y el espacio, en la segunda mitad del siglo XX latinoamericano, apenas encontramos una veintena. Y entre esa veintena, por supuesto, cada quien elige su puñado.

Levrero, Sada, Vicens, Saer, Ribeyro, Palacios, Di Benedetto. No digo que éstos sean nuestros únicos escritores, pero sí que son nuestros únicos escritores singulares y los únicos cuyos textos podrían estudiarse como huellas digitales. Lo dejo aún más claro: no digo que Cien años de soledad, La región más transparente, Rayuela, Conversación en la catedral o tantas otras obras importantes, del mismo periodo histórico y de la misma región, no sean libros que puedan y deban leerse, ni digo tampoco que sus autores no sean escritores interesantes, lo que digo es que pertenecen, responden y, sobre todo, respetan a su manada.

Vicens, Levrero o Di Benedetto no sólo no pertenecen ni responden ni mucho menos respetan a una manada sino que no les interesa pertenecer ni responder ni respetar los códigos previos, los lugares comunes o las ideas preconcebidas que aglomeran, siempre, a un colectivo. Son, pues, los miembros que se apartan voluntariamente y que después buscan su cueva. Los que no escriben sino hasta saberse lejos y entenderse capaces de adentrarse entre las sombras. Por eso los críticos, los libreros y hasta los escritores y editores, acostumbrados a la luz y amparados en asuntos de fingida practicidad que en realidad no son sino la suma interminable de nuestras incapacidades, los llamamos raros, experimentales o diferentes.

Y por eso tampoco nos damos cuenta de que son precisamente estas categorías: la rareza, la mal llamada experimentalidad y la mal usada diferencia, las únicas que realmente importan, a las que no debería nunca jamás renunciar la literatura y las que permiten que la piedra siga rodando. A fin de cuentas, de raras, experimentales o diferentes también fueron acusadas, por ejemplo, Moby Dick, Hojas de hierba, Ulises, El ruido y la furia, Malone muere, Mis amigos, Umbral o Zama,* obra cumbre, ésta última, de Antonio di Benedetto. El escritor que, sin duda alguna, elegiría yo si tuviera que escoger uno solo entre el puñado que apenas mencioné hace un momento.

Igual que elijo Zama, entre la obra del escritor argentino —aún a pesar de que, por lo menos, El silenciero y El cariño de los tontos arden también con energía propia y resultan igualmente inclasificables—, pues esta novela reúne todas las cualidades referidas con anterioridad: rompe con los lenguajes previos (creando uno que va naciendo con cada nueva oración y que mana de la concreción y del silencio), edifica una nueva forma de la épica (la de lo circunspecto y lo doloroso), propone otra forma de desnudar las motivaciones de la especie y del individuo (una suerte de voluntad de soledad) y concibe también una manera diferente de situar al ser humano ante el tiempo y el espacio (colocando en el centro de estos dos inmensos universos a la espera y a la nada).

 

No obstante, no todo estaba bien.

Algo en mí, en mi interior, anulaba las perspectivas exteriores. Yo veía todo ordenado, posible, realizado o realizable. Sin embargo, era como si yo, yo mismo, pudiera generar el fracaso. Y he aquí que al mismo tiempo me juzgaba inculpable de ese probable fracaso, como si mis culpas fueran heredadas y no me importaba demasiado: disponía como de una resignación previa, porque percibía que, en el fondo, todo es factible, pero agotable.

Tampoco la fugacidad me inquietaba, porque es posible sacar partido de lo transitorio, disfrutar momento a momento. Era algo mayor la causa de mi anegante desazón, ignoro qué, algo así como una poderosa negación, a cualquier aplicación de mis fuerzas.

Es más, yo le temía a distancia. De momento, todo se presentaba con rostro favorable. Pero recelaba de otra etapa —¿lejana?, ¿inmediata?— irrebatible, a la que yo llegara sin vigor, como a una extinción en el vacío. ¿Qué era eso tan peor? ¿La destitución, acaso? ¿La pobreza? ¿Alguna afrenta? ¿Tal vez la muerte? ¿Qué, qué era..? Nada, lo ignoro. Era nada. Nada.

Quise discernir el porqué de ese vuelco y advertí que era como si hubiese andado largo tiempo hacia un previsto esquema y estuviera ya dentro de él.

Necesité imperiosamente asirme a algo. El estómago vino en mi ayuda, reclamándome alimento. Acudí a la posada como en pos de la esperanza.

Pero Zama, por supuesto, va mucho más allá de lo que he dicho. De hecho, esta novela escrita hace sesenta años y que sigue siendo la más importante de la narrativa existencialista latinoamericana, nos permite ver nuevas cualidades en cada una de sus relecturas: de pronto nos enseña, por ejemplo, que la tensión debe ser un remolino, aunque de vientos apacibles; de golpe nos deja ver que el estilo debe estar atado a la invención de las estructuras o que estas estructuras pueden ser a tal punto holgadas que el lector las modifique con su propia experiencia, y de repente nos demuestra que el silencio está en el centro exacto del acto literario o que la narración en primera persona se debe convertir en una materia de plasticidad infinita.

Y es que Zama, obra que de Di Benedetto escribió a los 34 años y en un rapto de apenas unos cuantos meses, se desdobla de maneras diferentes cada vez que nos paseamos por sus páginas: por eso es el soliloquio de un hombre que aguarda un nombramiento pero también la perorata de un ser que no puede sentirse amado ni sentir tampoco que ama; por eso es el testimonio de alguien que no consigue liberarse del yugo del pasado pero al mismo tiempo es la denuncia de un hombre que no consigue asir sentido en el presente ni el futuro; por eso es la historia de una persona que le teme a la locura y es asimismo la de un loco que le teme a la materialidad de las cosas, y por eso es la autobiografía del desesperado que emprende una última persecución pero es igualmente el recuento de una serie inagotable de persecuciones que vuelven a la persecución misma algo inasible, invisible, intrascendente.

Y por eso, también, es que no importa reseñar Zama en tanto la historia de Don Diego, el funcionario de la Corona que en Asunción del Paraguay espera el nombramiento real que le permitirá marcharse del lugar donde se encuentra y reencontrarse con su esposa (quien, por cierto, lo visita en sueños) y con su hijo (quien, por cierto, es más un sueño que una realidad). Ni importa tampoco decir que él, Don Diego de Zama, mientras aguarda, lucha con la precariedad financiera, con el lentísimo paso del tiempo, con su incapacidad para establecer amistades y amores, con las proyecciones que de sí mismo se hace y con las imágenes que, está convencido, los otros se hacen de él. Y menos aún importa decir que mientras todo esto sucede, Zama cambia de domicilio, se hunde en la escala social a consecuencia de los pagos que no llegan, erige y destroza relaciones y se entrega a la reflexión, a la búsqueda del sentido, a una nueva y desesperada paternidad, a los engaños de la percepción y a la caza final de un fugitivo que, de una u otra forma, no es otro que él mismo.

Porque importante, realmente importante, si uno tiene que hablar de Zama, quizá la novela que mejor describe el magma que resultaría en las independencias latinoamericanas y que preconfigura así al ser de estas latitudes, es hacerlo o intentar hacerlo en soñada concordancia con lo que es esta novela: una huella digital, única e irrepetible. Y aceptar, entonces, que la única manera de hablar de la obra, en eterna duermevela, de Di Benedetto es también la más extraña: durante años, tras mi primera lectura, viví convencido de que Zama empezaba con el narrador describiendo, a lo largo de varias páginas, cómo un chango se ahogaba. Pero en mi última relectura, sin embargo, volví a descubrí que este chango, cuando aparece, ya está muerto y ocupa una oración. Aún así, estoy convencido de que, con el paso de los días, aquel chango volverá a llenar las páginas que mi memoria le otorgaba y recobrará, también, la vida. Para después volver a ahogarse en mi recuerdo. Y en el libro. Aunque ya no sea nunca más el chango y sea, para siempre, Don Diego de Zama. O América Latina.

Aunque no, quizá lo verdaderamente importante, al final, no sea hablar ni intentar reseñar Zama sino reconocer, junto con Juan José Saer, que «Zama es, no nuestro espejo, sino nuestro instrumento —en el sentido musical y operacional del vocablo—. Aprendiéndolo a tocar oiremos, después de un momento, nuestra propia canción, que no es más que un turbio ronroneo, subjetivo, continuo y universal y que, lleno de sonido y de furia, no significa no propiamente nada, sino algo preciso, previamente determinado, dado de una vez y para siempre y que pueda dispensarnos del estado de lucidez difícil, mezcla de insomnio y somnolencia, en que se debaten nuestras vidas».

*No incluyo en esta lista obras de surrealistas ni de dadaístas ni tampoco de escritores OuLiPo, pues considero que la singularidad no se pretende ni se impone como un fin sino que se consigue de manera natural, que debe ser antes el resultado de una búsqueda que la búsqueda de un resultado.

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Zama
Antonio Di Benedetto
Adriana Hidalgo Editora • 2016
262 páginas

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