Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Sexo en el piso | Junio 2017

En un gerundio deliberado, como un carnaval de pasiones, como el desencadenamiento de una lujuria que hubiera estado amarrada por sexenios, se suceden en las yemas de sus dedos las texturas de los distintos papeles, con sus relieves de tinta: leyendo. Los olores lo invaden morbosamente, las esporas que gravitan desde las humedecidas fibras de celulosa le taladran el cerebro como brocas milimétricas de encarnecido bronce -de joyero- indiferentes a mocos y capilaridades nasales, y se enredan en sus hélices excéntricas, que no exuberantes, e invaden las circunvoluciones más intrincadas y enredosas de sus sesos, las más retorcidas y caprichosas, configurando visiones frenéticas y alocadas, húmedas. Su lengua pálida y rosita, al remojar la punta de su encorvado índice artrítico para pasar hoja tras hoja, rellena sus papilas con el sápido recuerdo de las toallas ásperas de la casa de su infancia, la de sus ancestros blancuzcos y también marchitos, definitivamente no son sensaciones nostálgicas, mucho menos melancólicas, sino más bien macilentas y mustias; el sabor a tortilla podrida de un sobre que se lame a lo largo de su borde engomado después de incrustarle una misiva escrita por primera vez y a mano, en el tiempo en el que ya nadie escribe cartas, extirpado de un desfallecido folder manila, un legajo largamente almacenado —olvidado— en el rincón más oscuro del cajón de una cómoda reblandecida ante la falta de luz. Cruje la materia en su esencia liviana, frotándose infraleve pliego por pliego, tallándose, esculpiéndose en el acto insalvable del beso que debiera ser llamado negro, de la letra contra la letra. Ahí entierra la mirada, hinchada de sangre, buscando ese momento en el que la caja de cada publicación funciona como un engranaje visual, independientemente de la narración, de lo escrito, de lo dicho, algo que ya nada tiene que ver con los relatos contenidos en sus páginas: son los grafismos los que se afanan en un escarceo desaforado e insolente, indiferente a su enfebrecido voyeur, fisgona humanidad doctorada en hallazgos animistas de romances tipográficos. Sus espacios interlineales son remansos en el torbellino que configura en su espejismo ilusorio, mezclando una cosa con otra, autores y editoriales que se vuelven una sola cosa, revoltijos promiscuos, paréntesis extáticos de ojos en blanco y trances místicos, exabruptos de tranquilidad en la vorágine del deseo concupiscente de la impaciente Calibri y la dulce Euphemia Ucas, la castigadora Helvética y la discreta Arial, la hipócrita Garamond y la gritona Lucida Grande. En sus lomos se solaza impertérrita ante volúmenes gordos y densos, y al revés, ensueña en prolongar dicho placer, empuñando con decisión, a manos llenas, la materialidad patente de cada título, embebida en una inconmensurable fuente de satisfacción concupiscente, sin hipocresía. Ahora decidirá si ir a Lollapallooza, a Coachella o al Burning Man.

Por Abraham Cruzvillegas

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Abraham Cruzvillegas es uno de los artistas más importantes en la actualidad. Su vasta obra, compuesta de esculturas, dibujos, grabados, videos y ibros, tiene en el proyecto AUTOCONSTRUCCIÓN su eje más emblemático.

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