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Si el 1% sofoca el talento creativo de Nueva York, ¡me marcho de aquí! | David Byrne

Escribo esto desde Venecia, en Italia. Esta ciudad es un laberinto que produce una agradable confusión. Alguna vez fue una fortaleza en una isla, y ahora es una ciudad de turistas, cultura (abundan las bienales) y reliquias que se derrumban. Venecia solía ser la ciudad más poderosa de Europa, la vanguardia militar, mercantil y cultural. Al igual que Nueva York.

Venecia es ahora un caso de estudio sobre la completa transformación de una ciudad (hay transporte público, pero no hay coches). ¿Es una ciudad viviente? ¿Es un fósil? El alcalde de Venecia recientemente escribió una carta al New York Review of Books, en donde argumentaba que su ciudad es un sitio para vivir, y no tan sólo un parque temático para turistas (le encantaría que los grandes cruceros pasaran de largo). Supongo que es un lugar para vivir si se cuenta el turismo como una industria, que de alguna manera lo es. Nueva York también atrae una buena cantidad de turistas. Cuando voy en mi bicicleta, saludo a los autobuses de dos pisos, pero los pasajeros nunca me devuelven el saludo. ¿Qué? ¿Yo no soy una atracción?

Hace poco Nueva York fue votada la ciudad favorita del mundo, pero si se analizan los datos con mayor cuidado, queda en primer lugar para hacer negocios, pero sólo quinto como lugar para vivir. Quedar en quinto lugar no está tan mal pero, ¿cuáles son los criterios? ¿Qué atrae a la gente a esta ciudad, o a cualquier otra? Olvidémonos de los negocios. Alguna vez he estado en Hong Kong, y a menos que se cuenten con los medios para vivir de manera lujosa, los centros de negocios no necesariamente son buenos lugares para vivir. Una de las razones de existir de las ciudades ciertamente es el intercambio mercantil, pero una vez que la gente es atraída a un lugar para trabajar, necesitan algo más que oficinas, gimnasios y strip clubs para poder sobrevivir.

Más allá del trabajo, venimos a Nueva York en busca de la posibilidad de interacción e inspiración. En ocasiones, la posibilidad de los encuentros fortuitos —y no me refiero en el mercado de carne— es el principal atractivo. Si el voto por la ciudad preferida se basara en criterios como comodidad o seguridad económica, entonces hay que preguntarse por qué alguien votaría por Nueva York sobre Copenhague, Estocolmo o alguna otra ciudad menos hostil que ofrezca servicios como salud pública, universidades gratuitas, museos gratuitos, espacios comunes y, por supuesto, carriles para bicicletas. Pero, ¿por qué no se pueden las dos cosas, la vigorizante energía y el humanismo cívico, inteligente?

Es posible que esas ciudades escandinavas tengan ambas cosas, pero Nueva York ofrece algo adicional, gracias a las sucesivas oleadas de inmigrantes que han moldeado la ciudad. Si se llega desde el otro lado del océano, lo primero que impacta es la composición multiétnica de Nueva York. Puede que otras ciudades sean más limpias, más eficientes o cómodas, pero Nueva York es funky, en el sentido original de la palabra: Nueva York huele a sexo.

A lo largo de las décadas, los inmigrantes han contribuido al carácter vibrante de Nueva York. En otras ciudades del mundo, los inmigrantes son relegados al estatuto de clase trabajadora, o a ser una clase trabajadora temporal; no se les invita a la mesa cívica. En general Nueva York ha sido más cálida, aunque es cierto que los negros nunca han sido invitados a la mesa de la misma forma que los migrantes europeos.

Me mudé a Nueva York a mediados de la década de 1970, porque era un centro de cultivo cultural, principalmente en las artes visuales (mi trayectoria soñada, hasta que tomé una desviación), aunque también tenía su atractivo musical, incluso antes de que explotara la escena musical en el centro. Nueva York era un sitio legendario. Era donde las cosas sucedían, o al menos en la Costa Este. De antemano uno sabía que la vida en Nueva York no sería fácil, pero había alquileres baratos en pequeños departamentos sin calefacción, y la emoción de estar aquí compensaba las privaciones. No me mudé a Nueva York para hacerme rico. En esa época y a mi edad de entonces, la supervivencia era suficiente. Las dificultades materiales eran el precio que había que pagar por estar en el centro de todo.

Conforme uno va haciéndose mayor, esas dificultades ya no son tan románticas, tan sólo son duras. La disyuntiva comienza a ser un verdadero dolor de huevos si uno ha estado aquí durante años y apenas consigue arreglárselas. La idea de ganarse la vida de manera creativa —ya sea como escritor, artista, cineasta o músico— es difícil, a menos que uno logre colocar un pie en la escalera, como yo tuve la fortuna de hacer. Digo «fortuna» porque no me engaño pensando que el talento sea suficiente: hay mucha gente talentosa por ahí que jamás recibe la oportunidad que merece.

Hay quienes piensan que las dificultades incuban la creatividad artística. No estoy de acuerdo. Cuando se es joven, la pobreza puede ser soportable durante un tiempo, pero de manera inevitable termina por minar las capacidades de toda persona. No soy nostálgico respecto a mis días de privaciones. Creo que el descenso de la criminalidad de las últimas décadas es positivo. Manhattan y Brooklyn, vibrantes parques de juegos, son mucho menos atemorizantes que cuando me mudé para acá. No me hago ilusiones de que existiera un vínculo entre una ciudad arrodillada y su explosión de creatividad; no creo que el crimen, el peligro o la pobreza conduzcan necesariamente a un arte magnífico. Es una estupidez. Pero tampoco creo que el descenso de la criminalidad implique que la ciudad tiene que estar más al servicio de aquellos que tienen dinero. Los incrementos en la calidad de vida deberían de abarcar a todos, no sólo a unos cuantos.

La ciudad es un cuerpo y una mente, una estructura física al igual que un depósito de ideas e información. El conocimiento y la creatividad son recursos. Si las partes físicas (y financieras) son funcionales, entonces el flujo de ideas, creatividad e información se ven facilitados. La ciudad es una fuente que nunca se detiene: genera su energía a partir de las interacciones humanas que ocurren en su seno. Por desgracia, nos acercamos a un punto en el que muchos ciudadanos de Nueva York han sido excluidos de esta ecuación por demasiado tiempo. La parte física de nuestra ciudad —el cuerpo— ha mejorado de manera incalculable. Apoyo vigorosamente los carriles y los programas para compartir bicicletas, las nuevas plazas públicas, los parques frente al río y el funcional sistema de transporte público. Pero el aspecto cultural de la ciudad —su mente— ha sido usurpado por el 1% más rico.

Entonces, ¿qué futuro tiene Nueva York, o qué futuro tienen varios grandes centros urbanos, en esta nueva Época Dorada? ¿Quedará algún lugar para la cultura? Si consideramos la ciudad en su estado actual, tendríamos que reconocer que se parece mucho a la ciudad dividida que el probable alcalde Bill de Blasio ha estado denunciando:* la mayor parte de Manhattan y muchas partes de Brooklyn son prácticamente comunidades enrejadas, placenteros domos donde viven los ricos (grupo al que, para decirlo claramente, yo pertenezco), y fuera de aquellos que hace años conseguimos encontrar nuestro nicho y alguna forma de ingreso, las nuevas generaciones de gente creativa ya no tienen cabida. A la gente de clase media ya no le alcanza para vivir aquí, así que olvídense de los artistas, músicos, actores, bailarines, escritores, periodistas y pequeños empresarios emergentes. Poco a poco, los recursos que hicieron que la ciudad se mantuviera vibrante están siendo eliminados.

Nueva York ya no hace cosas. La creatividad, en todas sus variantes, es el recurso en el que debemos apoyarnos como ciudad y como país para poder sobrevivir. En el pasado reciente, antes del colapso financiero de 2008, las mejores y más brillantes mentes eran atraídas por el mundo de las finanzas. Varios chicos brillantes que se graduaban de la universidad sabían que se podían volver bastante ricos de manera casi instantánea si encontraban trabajo en un fondo de inversión o en alguna institución similar. Pero antes de que el sector financiero se apoderara del mundo, podrían haber creado cosas: en el ramo de la edición, manufactura, televisión, moda, cualquier cosa que se les ocurra. Como en muchos otros países, el atractivo del dinero fácil acaparó a estos jóvenes talentosos e inteligentes, e hizo difícil que otro tipo de sectores atrajeran a lo más talentoso.

Se estableció una cultura de arrogancia, soberbia y competencia despiadada. No era agradable ser pobre o vértelas negras. El abusador era celebrado y vitoreado. Las reservas de talento se convirtieron en un recurso limitado para cualquier industria, a excepción de Wall Street. No me refiero a los artistas, escritores, cineastas y músicos —de todas maneras no estaban interesados en formar parte de Wall Street—, pero los sectores que podrían haber empleado a individuos creativos tenían dificultades para sobrevivir. Y, naturalmente, la gente con inclinaciones artísticas también tenía dificultades para encontrar empleo.

A diferencia de Islandia, donde el gobierno permitió que los bancos fraudulentos quebraran, con lo cual los chicos talentosos perdieron parte del interés de arrojarse al pozo de las finanzas, en Nueva York no ha habido rechazo público de la cultura que condujo a la crisis financiera. En vez de ello, personajes como el alcalde Bloomberg han alentado de manera tácita las acciones de la industria bancaria. Las principales instituciones financieras del país aún permanecen intactas, pues continúan siendo «demasiado grandes para dejarlas caer» y son tan poderosas como siempre. Podríamos soñar con que banqueros ilustrados emularan a los Medici y patrocinaran a la gente que hace la cultura —tanto artistas emergentes como aquellos que aún estudian—, como forma de asegurar la continuación de un fondo de talento que podría inventar cosas y ofrecer al mundo ideas e inspiración, pero más allá de las piezas millonarias que compran para sus colecciones privadas, y de donar a algunas instituciones sumas que para ellos son nimiedades, los banqueros no parecen muy interesados en contribuir a renovar el fondo del talento.

Podríamos pensar que el 1% tendría un interés velado en al menos mantener el cuerpo cívico sano, es decir, que querrían contar para ellos y sus amigos (si no para todo el mundo) con parques verdes, museos y salas para escuchar música. De hecho, esas son el tipo de instituciones a las que habitualmente contribuyen. Pero es como contribuir al mantenimiento del propio club privado. A los demás no nos sirve de gran cosa, ni a la salud de la ciudad en términos generales. Al menos, podríamos pensar en un suspiro, gastan algo de dinero en eso, pues ya sabemos que no pagan impuestos.

Buena parte de la gente rica ni siquiera vive aquí. En el barrio donde vivo (cerca de las galerías de arte de Chelsea) puedo ver desde mi ventana tres grandes edificios que la mayor parte del tiempo se encuentran vacíos. ¿Cómo chingados es posible? Al parecer, son comprados por millonarios que tan sólo permanecen ahí algunas semanas al año. Así que, ¿qué incentivo tendrían en mantener o mejorar el aspecto general de la ciudad?

Esta situación inmobiliaria —tema sobre el que a los neoyorquinos les encanta quejarse mientras cenan— no contribuye a la futura salud de la ciudad. Si el talento joven y emergente de todo tipo no puede establecerse aquí, Nueva York se convertirá en un lugar más próximo a Hong Kong o Abu Dhabi que al sitio rico, fértil, que tradicionalmente ha sido. Puede que esas ciudades sean museos, pero no tienen cultura. Ay. Si Nueva York continúa avanzando en esa dirección —más de lo que ya ha sucedido—, me marcho de aquí.

¿Y a dónde me iré? ¿Me uniré a los hipsters exiliados al norte del estado, en Hudson?

¿Podrá cambiar Nueva York su trayectoria aunque sea un poco, y volverse más incluyente y financieramente igualitaria? ¿Será posible? Yo pienso que sí. Sigue siendo el sitio más estimulante y emocionante del mundo para vivir y trabajar, pero corre el peligro de alejarse de sus principales fortalezas. Las mejoras físicas están ocurriendo (aunque buena parte de la ruinosa infraestructura necesita ser reparada). Si la situación social y económica puede ser atajada, habríamos recorrido la mitad del camino. Podría realmente convertirse en un modelo de cómo crear una ciudad grande, sustentable en lo económico y en lo creativo. Me encantaría vivir en esa ciudad.

* El texto de David Byrne se publicó originalmente en inglés el 7 de octubre de 2013, cuando Bill de Blasio aún no era formalmente electo como alcalde de Nueva York, cuestión que sucedió en noviembre de ese mismo año. (N. del T.)

© David Byrne
Traducción de Eduardo Rabasa

Foto de Johan Hansson “New York Skyline” @Flickr

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