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Simone Veil: «El Holocausto: el acontecimiento más europeo de toda la historia del siglo XX» | Hélène Mouchard- Zay

El Holocausto no se reduce a Auschwitz: ha cubierto de sangre todo el continente europeo. Proceso de deshumanización llevado al límite, inspira una reflexión inagotable sobre la conciencia y la dignidad de los hombres, puesto que lo peor es siempre posible.

(Simone Veil, Discurso en la ONU, 29 de enero de 2007)

Todos  aquellos  que  han  podido  frecuentar  a  Simone Veil en algún momento, que pudieron incluso hablar brevemente  con ella o escuchar sus intervenciones, testimonios o discursos, quedaron impresionados por la extraordinaria determinación que la habitaba, una energía sin fisuras, una voluntad que no se plegaba nunca. Simone Veil visitó varias veces Orleans para apoyar la creación y desarrollo de Cercil, en particular el 27 de enero de 2011 con motivo de la inauguración de nuestro Museo Conmemorativo de los niños de Vel d’Hiv, y en cada momento nos impresionó por la gravedad y fuerza de su presencia.

Desde nuestro primer encuentro, tuve la convicción de que la fuerza que le había permitido enfrentar todos los combates que conocemos la sacaba de las terribles pruebas que había superado y que el recuerdo, lejos de alejarla del presente, la acercaba más, armándola de una determinación siempre dispuesta a intervenir, allí donde se encontraba, en cuanto podía. Esa determinación alimentó todos sus combates: con los prisioneros en Francia y en Argelia, con los más débiles, los enfermos mentales, discapacitados… con el aborto y, por supuesto, con la construcción de Europa: tantas reivindicaciones para la dignidad de todos y que, sin embargo, le valieron, como sabemos, odios e insultos. Su obsesión era denunciar, en todos los lugares, lo que detectó en el corazón del genocidio, la voluntad de humillar y degradar: «Probablemente por lo que había sufrido en la deportación, siempre desarrollé una sensibilidad extrema a todo lo que en las relaciones humanas genera humillación y degradación del otro…».

Ella adquirió de esa memoria su infatigable voluntad por transmitir «al fin, decía ella, que un nuevo Auschwitz no fuera posible», y eso a pesar del silencio que había sido impuesto a los supervivientes a su regreso en 1945, «una verdadera capa de plomo». Ella recordaba a menudo la herida que había provocado la indiferencia, incluso el rechazo, que ella había sufrido en esa época, para ella todos éramos supervivientes. «En la liberación, la incomprensión era total y había casi un rechazo por saber: los judíos no interesaban a nadie. Nadie quería escuchar lo que habíamos vivido, aquello que teníamos que contar, nadie quería compartir el fardo».

Esa mujer que había sufrido lo peor de la Alemania nazi, y que no dejaba de reflexionar sobre aquello que había hecho posible el Holocausto, de preguntarse cómo «en el siglo xx, una nación de filósofos, de músicos y poetas, había podido llegar no sólo a concebir la Solución Final, sino a ponerla en marcha con tanta eficacia», es esta mujer que militó muy pronto por el acercamiento franco-alemán y quien (al contario de otros que rechazaron ir a Alemania e incluso de hablar la lengua alemana, como V. Jankélevitz) vivió en ese país desde 1950 durante tres años tras la nominación de su marido en el consulado del mismo, de una «Europa de las libertades, una Europa mensajera de paz y respeto de la dignidad humana».

A sus ojos, para que Europa fuera fuerte, para que supiera extraer las lecciones del Holocausto que, tal y como ella decía, «había marcado a fuego rojo» la historia de los países que la componían, era necesario, cierto es, recordar tenazmente el sufrimiento de las victimas y luchar contra el antisemitismo y el racismo —pero necesitamos el Holocausto para ello, decía ella, «nosotros, país prendado de valores democráticos, estamos ya convencidos»—, pero hacía falta también buscar en esa historia «una mejor comprensión de nuestra modernidad: la carrera del rendimiento, el funcionamiento estatal, la ramificación burocrática que ha triturado a las victimas por millones».

«Es en la continuidad asumida de su pasado de sombra y luces que Europa obtiene, desde hace sesenta años, los recursos de su futuro», declaró en Berlín, en el Bundestag, en 2004.

Mujer libre, afirmó sus convicciones con fuerza y con coraje, incluso si aquellas iban a contracorriente del état desprit del tiempo, o de los diversos consensos que surgieron en Francia progresivamente con la lenta y difícil reconquista de una memoria nacional de ocupación, hasta que al fin el Holocausto se inscriba en la historia europea, en toda su dimensión.

Prioridad a las víctimas, denuncia del nazismo: ninguna distracción debía ahogar la especificidad del Holocausto diluyendo la responsabilidad nazi en otras responsabilidades, aunque sea ésta de los aliados (ella rechazó la causa de la elección estratégica de los aliados que querían ganar la guerra primero antes de bombardear los campos; «ellos tuvieron razón», dijo ella); o aquella de Vichy (se oponía a la difusión en la tv de la película Le Chagrin et la Pitié, que ella consideraba «injusta y partisana», prefiriendo desde siempre celebrar la acción de los Justos, por la que obtendría la entrada en el Panteón en 2007). Ella no aprobó los análisis de Hannah Arendt sobre el proceso de Eichmann: «decir que todo el mundo es culpable es como decir que nadie lo es. Es la solución desesperada de una alemana que busca a cualquier precio salvar a su país, ahogar la responsabilidad nazi en una responsabilidad más difusa, tan impersonal que termina por no significar nada». Simone Veil explicó sus reservas sobre el arresto de Eichmann, o sobre el ejercicio de la justicia internacional. Ella no dejó de condenar la comparación «febril y descerebrada» y la banalización del Holocausto: lo que por supuesto no significaba que ella fuera indiferente al sufrimiento de otros y a la violación de los derechos del hombre, allá donde se ejercieran, lo había probado suficientemente en los combates que había llevado a cabo.

Y sin embargo…: ella tuvo la ocasión de evocar el desánimo y la duda que habían invadido a Primo Levi al final de su vida («¿Es suficiente el relato de la experiencia vivida para hacer comprender?»), y su suicidio. Como Primo Levi, no se le escapaba el hecho de que «a pesar de todas las películas, testimonios, relatos que le habían sido consagrados, el Holocausto permanecía un fenómeno específico y totalmente  inaccesible».

Fue sin lugar a dudas la razón de sus propios silencios, ausencias fugaces hacia un mas allá al cual ella y aquellas que habían conocido el campo de concentración con ella, solas, tenían acceso. «Los supervivientes del infierno se reconocían en sus ojos lavados de toda ilusión», decía Solzhenitsyn.

En sus testimonios, mas allá de sus propios sufrimientos, sobre los que ella no se extendía —«el agotamiento, el hambre, el frío, el sueño, todo eso puede olvidarse, incluso las peores humillaciones que buscaban privarnos de toda dignidad humana y hacer de nosotros no esclavos, sino desechos, Stücke… lo que nos persigue es el recuerdo de aquellos de los que hemos sido separados brutalmente»—, Veil evocaba muy a menudo dos recuerdos de Auschwitz que la obsesionaban particularmente: la llegada en masa en 1944 de los judíos de Hungría, que ella vio desaparecer inmediatamente en las cámaras de gas y, después, el silencio total que reinaba repentinamente la mañana del 3 de agosto de 1944 en el campo de gitanos situado enfrente de su bloque, hasta entonces muy ruidoso por la presencia de numerosos niños: todos habían sido gaseados durante la noche.

«Sólo importan los muertos», decía. Nombrar el Holocausto, para ella, era primero eso, nombrar el silencio, la desaparición de miles de hombres, de mujeres y de niños, «esos fantasmas reducidos a una carcasa de huesos…».

«Allí, en las planicies alemanas y polacas, se extendían desde entonces esos espacios desnudos sobre los que reinaba el silencio: es el peso aterrador del vacío que el olvido no tiene derecho a colmar y que la memoria de los vivos habitará siempre»2.

  1. Presidente del Museo Cercil – Memorial de los niños de Vel d’Hiv.
  2. Las citas de este texto fueron extraidas de la obra de Veil: Une vie (Stock, 2007), Discours 2002-2007 (Le Manuscrit, 2007), Mes combats (Bayard 2017).

Traducción de Miguel Ibáñez Aristondo

Ilustración de Jorge Noguez

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