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Sobre la alienación | Cynthia Fleury

Tréveris, ciudad de nacimiento de Marx, de quien se celebra el bicentenario, va a organizar más de seiscientos eventos. El primero ya se ha llevado a cabo: el regalo de una estatua del gran pensador a la ciudad por parte de China, lo que suscitó muchas manifestaciones, en la medida en que la dictadura china no es en lo absoluto la hija del marxismo, aunque ella clame lo contrario. Marx, siempre tan saludable para comprender la época en la que vivimos.

Pequeño desvío hacia la noción de «alienación». Ese concepto es la clave de los Manuscritos de 1844: «La alienación del obrero en su producto significa no sólo que su trabajo se convierte en un objeto, en una existencia exterior, sino que su trabajo existe fuera de sí, como una potencia hostil y extranjera». Y continúa, desplegando el circuito de la alienación, describiendo cómo el fenómeno es profundamente sistémico: «Ahora debemos comprender el encadenamiento esencial que une la propiedad privada, la sed de riquezas, la separación del trabajo, del capital y de la propiedad, la del intercambio y de la competencia, el valor y la depreciación del hombre, el monopolio y la competencia, etc., en resumen, el vínculo de toda esta alienación con el sistema del dinero». Se opera entonces una dialéctica viciada y viciosa entre la producción del trabajador y la depreciación que él va a sufrir. Cuanto más produce, más pobre se vuelve; cuanto más son valorizadas sus producciones en el mercado, más es despreciado en tanto individuo y trabajador. «La depreciación del mundo de los hombres aumenta en la medida en que se valoriza el mundo de las cosas». El trabajo es, para Marx, lo que permite al hombre transformar al mundo y a sí mismo.

Alienar el trabajo es alienar al hombre, volverlo extranjero de sí mismo y del mundo. A partir de ahí, cuanto más se empobrece, más se vuelve pobre su «mundo interior». Y Marx desarrolla esta ecuación todavía terriblemente verdadera en el momento de la mundialización hipercapitalista: el obrero, cuanto más produce, menos puede consumir, cuanto más tiene forma su producto, más deforme es el obrero, cuanto más civilizado es su objeto, más bárbaro es el obrero… Esa es la correlación entre la fabricación de un iPhone y las condiciones de trabajo de un obrero chino o de un país «en vías de desarrollo». Para comprender la extrañeza que podemos sentir hacia nosotros mismos, no es necesario pasar por la psiquiatría, el mundo del trabajo puede bastar para tomar conciencia de ese sufrimiento físico y psíquico, porque el «trabajo» es saludable para el hombre, en la medida en que edifica su emancipación, su facultad agente, su sentimiento de pertenencia al mundo. «El trabajo exterior», escribe Marx, «el trabajo en el que el hombre se aliena, es un trabajo de sacrificio de sí, de mortificación (…). La actividad del obrero no es su actividad propia. Pertenece a otro, es la pérdida de sí mismo». Muy rara vez se ha descrito tan bien la dinámica de la alienación que produce, por un lado, el refinamiento de las necesidades y, por el otro, la pérdida de sí mismo. Marx o la psicodinámica antes de tiempo.

Traducción de Ernesto Kavi

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