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Sodasio (He’s on, He’s on, He’s on it)

A la cocaína le decíamos la «soda». Y a Horacles: «don Sodo» o «Sodasio». Lo conocí en el 95. Mis putos golden years. Que de dorado no poseían nada. Hacia el último semestre de prepa decidí que no ingresaría en la universidad. Lo único que me interesaba en aquella época era la inminente salida del Mellon Collie and The Infinite Sadness de los Smashing Pumpkins. Aunque el compacto ya había hecho mella en la industria, yo seguía viviendo del casete. Y del casete grabado, por supuesto. Era un pseudo estudiante. No tenía dinero. Ya había probado la droga. Conocía la borrachera. Y una tía disponía de mis genitales a su antojo. Pero nada de eso me importaba. Mi mayor anhelo era trabajar en una tienda de discos. Para robar, no, para saquear indiscriminadamente. Mientras lo conseguía, mataba mis madrugadas en una cancha de básquetbol, corriendo como pendejo detrás de un balón que rebotaba.

Conocí a Sodasio en la guarida de la Funda. El tercer piso de una casa aclimatada con un profuso equipo de audio y video, y un televisor inmenso. Dos veces por semana se reunía ahí una horda de rucos (o chagalagas, el eufemismo que ellos mismos empleaban para viejo) con el objeto de emborracharse y oír música. No, música, no. Rock. Parecían una hueste inventada. Y estaba conformada, además de los mencionados, por el Abuelo (el mayor de todos), quizá el primer crítico de rock de la ciudad; el Fideo, un sujeto altísimo y melancólico, reparador de calzado de oficio; el Pibe (la sangre joven), un treintón con aspecto de contador público y cara de asesino serial; Chilo, vocalista de Bandera Roja, una banda horrible; el Bordón, baterista de también otro grupo horrendo: Fragua; y Messie Le Blanc, oh la la, Messie Le Blanc. Estos eran los habituales. Había otros que fluctuaban por ahí esporádicamente. Como el Patón, empleado de un centro de fotocopiado.

Me costó un chingamadral adherirme a aquel círculo. Me marginaban por la edad. Además, existía otro impedimento: Messie Le Blanc. Quien suministraba el material para las fabulosas y salvajes parrandas de cocaína que se corrían. Poseía un extraño sentido del deber, esa flota. Según ellos me protegían de la droga. A sus ojos, yo era joven e ingenuo. Y desconocía los efectos que la coca podía insuflar en una persona. El tiempo me reveló que los ingenuos eran ellos. Y me llegué a meter soda con todos los que no se encontraban retirados, incluido el Mesías Blanco. A quien también conocíamos como el Rolas.

Adentrarme en dicha hueste fue un proceso arduo. Me dilaté en ganarme su confianza. Comenzó con incidentales expediciones a la cueva de la Funda cuando no había reuniones. Sodasio tenía un puesto en la Secretaria de Hacienda. Y trabajaba en Monterrey. Ya en el 95, después de la devaluación que nos legaría el salinato, ganaba treinta mil pesos mensuales. Mi ciudad no contaba con una sola tienda de discos decentes. De no ser por aquellos cabrones, hubiera permanecido en la oscuridad absoluta. Escuchando lo mismo que mis compañeros de prepa: Maiden, Slayer, Metallica, etc. Que no estaba mal. Pero ya existía un nuevo sonido del otro lado del charco: el britpop. Mi banda favorita de esa corriente era Blur. Pero yo no conocía a nadie que le gustara. Sé que había seguidores del conjunto de Essex, pero faltaba tiempo para que conociera a algunos, como Wenceslao Bruciaga. Pero así era la provincia en los noventa. El aislamiento total. El único especimen al que le gustaba Blur, lo sabía por las palabras de la Funda, era Sodasio. Por eso yo ansiaba conocerlo.

Cada semana Sodasio volvía de Monterrey con cuarenta o cincuenta compactos. Era un comprador compulsivo. En las sesiones se escuchaba y discutía esos álbums. No todo era bien recibido. Por el contrario, la mayoría se mostraba reticente. En ese sentido, Sodasio se sentía solo. Mis incursiones en la covacha de la Funda se desarrollaron de la siguiente manera. Me permitía la entrada un tarde cada ocho días para enseñarme las novedades. Me grababa en casete lo que elegía. Of course que me lo vendía. Por algo lo llamaban la Funda. Pero era el 95 y tras el apabullante paso del Siamese Dream por mi psique, había decidido que el Mellon Collie lo quería en cd (no hace falta que agregue el calificativo «original», pues en esa etapa no existía la piratería; la única duplicación posible era a través del casete, y eso jamás lo consideré morganería).

La Funda me consiguió el Mellon Collie y se lo encargó a Sodasio. Fueron meses y meses de desesperación. No recuerdo que otro año se me haya hecho tan largo como el 95. Con el arribo de Internet ya nunca me volvió a suceder eso con un disco. Cuando lo lanzaron, don Sodo me lo compró en un Saharis en Regioland. También adquirió uno para él. No sé cómo conseguí el dinero. Creo que lo robé. Ah, ya lo recuerdo. En mi colonia había una pipa de petróleo. Pasé dos noches ordeñándola y transportando el combustible en unos galos metidos en un carrito de supermercado. Fue todo un acontecimiento. Hasta el momento, todo mi sino había consistido en aguardar la salida de ese álbum doble. Qué chingados sería en delante de mi vida. No miento si aseguro que durante siglos se quedó sin propósitos. No es necesario aclarar que de toda la flota al único que le gustaban los Smashing era a Sodasio. Así que un día le ordenó a la Funda: «tráelo». Fue la manera como conseguí colarme en una sesión.

Mi encuentro con Sodasio no fue tan significativo como el día en que Harvey Pekar y Robert Crumb se estrecharon las manos. Pero sí resultó fundamental en mi biografía. Eran las tres de la tarde. Las sesiones comenzaban tempra. Y duraban hasta que el cuerpo lo permitiera o Messie Le Blanc apoquinara. Subí los tres tramos de escaleras y se hicieron las presentaciones. Fue un suceso ceremonioso. No he olvidado el disco que sonaba en ese instante: The Great Escape. Me quedé atónito. Sodasio era un ser apocado, timorato, circunspecto, proclive a la sumisión. Estaba enfundado en una camisa blanca de manga larga impúdicamente abotonada, pantalón de vestir, y zapatos. El conjunto lo remataba una corbata rosa y sus lentes de fondo de botella. Me quedé apendejado unos segundos. Pero qué esperaba, era un empleado administrativo del Gobierno Federal.

Poseía un background musical enciclopédico. No me atrevería a etiquetarlo de nerd. En ese tiempo sí existían los ñoños. Pero no eran conscientes de su posición. Y menos se sentían orgullosos de ella. No lo podía encasillar como geek porque, aunque era el único de aquella bola de pedotes que no le entraba a la farra, tenía sus quebrantos: era el cliente mejor consumado de Messie Le Blanc. En un extremo del cuarto de la Funda habitaba una yelera gigante. Hasta el culo de «bielas». Pura Corona. El elemento discordante en ese ecosistema era una Coca-Cola de dos litros que naufragaba entre los «yielos». La bebida oficial of all drogos: Sodasio. Se me sirvió un vaso gigante para que acompañara al abstemio.

Hasta el momento sólo estábamos en la habitación don Sodo, la Fundamental y yo. Una hora después llegaron el Abuelo y Messie Le Blanc. «A ver, Sodasio», le dijeron, «quita tu chingadera». Y se pusieron a oír a los Stones. No podía acusarlos de old fashioned. De hecho el disco era novedad. Los Rolling siempre tienen un disco nuevo, de composiciones originales o recopilatorio, en el mercado. Yo atravesaba un leve alejamiento con los Stones (aunque en el futuro me reconciliaría). «Vete a la verga», me dijeron. Y se pusieron a «rayar». Me cagó que me echaran. No por la coca. En esos años yo podía conseguir tan buena merca como ellos. Yo quería permanecer ahí porque en mi cuadra se oía lo mismo desde hacía lustros. Aunque al final comprendí que si quería nutrirme musicalmente, debía tener acceso a don Sodo en solitario. Porque aunque aquellos chagalagas presumían de vanguardistas, ahí también se escuchaba mucha porquería.

Tardaron varios meses en permitirme volver. No deseaban que mis visitas se hicieran una costumbre. Pero el fardo de mi propio cuerpo terminó por depositarse cada semana en Funda’s place. Y siempre ocurría lo mismo. A la hora u hora y media me corrían. Y se dedicaban a meterse cocaína como degenerados. A mí me valía madre. Salía cargado de musiquita (en casete), y me encerraba en casa de mi abuela, que estaba abandonada, a oírlos en una grabadora. Ocasionalmente fumaba mota. Pero con el tiempo desistí. Yo ya había probado la coca. No en casa de la Funda, con una raza de un estudio de tatuajes. Y la mariguana me parecía la afición típica de un apestado.

La soda era la coca, pero también el refresco. El Pop, el Hit, el Pep. Y con el transcurrir del tiempo, la coca era la Pepsi, la Fanta. Pero nunca el Sprite. Ignoro por qué. Horacles se convirtió en Sodasio. Y jamás pudo sacudirse aquel estigma. Sí, por su afición al «fifí», es decir el «confleis», porque te lo metes a cucharadas, la sodaína. Pero también porque era un ser destinado a las sustancias. Antes de empezar a meterse talco, se metía «pilas»: pastas, pastillas. Se las mercaba a un empleado del Seguro Social. Que lo abastecía de Rivotril y Artane (un medicamento contra el Parkinson). Sodasio era bien «Arturo». Y se quedaba con todo el contrabando medicinal que le ofrecían. Pero en realidad, las pastillas eran para doña «Ampalo»: su madre. Una señora mítica. Que era un referente dentro de la casa de la Funda porque su mayor atributo consistía en vivir dopada. Yo me quemaba por conocerla.

El mundillo que se perpetraba en Funda’s place jamás me sedujo. Me atraía la música. Pero el único personaje atractivo era Sodasio. Tenía un hijo, producto de su primer matrimonio. Cuando lo conocí ya iba en su segundo round. Estaba arranado con una tal Graciela. Procreó con ella una hija: Frida. Y aunque estaban legalmente unidos, sostenían un amasiato, con tintes incestuosos. Sodasio vivía con doña Ampalo en una casa de dos plantas. Graciela vivía en la acera de enfrente con sus padres, en una construcción de similares proporciones. Frida pernoctaba donde la venciera el sueño. La pareja era una especie de Jack & Megan White. Parecían dos hermanos que se aborrecen. Podía imaginar las razones. Una que me parecía justificable era el auto de don Sodo. Un Renault cascarrabias apodado el Hamster Erótico. Consumía su sueldo entero en discos y drogas. Y según la Funda, era un erotómano. Quizá también separaba una parte de sus ingresos en sex toys.

La cercanía con Sodasio fue tan pródiga, que un día me invitó a su casa. Vivía en el centro. En la avenida Guerrero. Apenas pisé la cuadra, comencé a experimentar un satori. No importa cuán destartalada luciera mi ciudad. Aquella porción de urbanidad me parecía extirpada mansamente de un cuento de John Cheever. Podía ser tomada por cualquier suburbio despellejado en las historias del viejo borracho y puto. No juego si afirmo que en aquella calle podrían haberse asesinado a sí mismas las vírgenes suicidas. Reconocí la vivienda de don Sodo porque afuera estaba estacionado el Hamster Erótico con el arrojo de un deportivo. Toqué el timbre y una voz gritó desde el interior: «Quién». Me estremecí involuntariamente. Un escalofrío me recorrió completo. Qué voz. Parecía como la de un pato al que están estrangulando. Parecía como si la trompeta deforme de Dizzy Gillespie se hubiera instalado en aquella garganta. Estuve a punto de dar media vuelta y emprender la retirada. Entonces, se abrió la puerta. Y apareció doña Ampalo.

Era una mujer vieja, pese a ello lucía una cabellera insistentemente rubia, que en el pasado bien pudo ser confundida con la de Anita Pallenberg. Le fallaba un remo y rengueaba. Pero pude atisbar que había sido una de esas mujeres que nunca realizaban actividad alguna si no era en tacones. Damas que nunca en su vida usaron botas, botines o sandalias. Inseparables de los tacones, desde pequeñas. «Tú eres Carlos», me dijo. Y en ese momento pude verla a los tres años haciendo trapecismo dentro de las zapatillas de su madre. «Pasa pasa», me instó. Me sorprendió el silencio que imperaba en la casa. Esperaba un torbellino. Frida era famosa por su hiperactividad. Deduje que no se encontraba presente. Pero estaba dormida. «Horacles, mijo», gritó en cinco punto un canales doña Ampalo, «ya llegó Carlos». Qué decibeles se cargaba. «Que suba», respondió.

Como en muchos hogares de mi ciudad, así se hablaba en ese lugar: a gritotes. Me extrañaba que Frida no se despertara. «Es porque está sedada», me explicó don Sodo. Para combatir la energía de la niña, todas las tardes le administraban un octavo de Rivotril, en un chorrito de leche o de Coca-Cola. Sospechaba que eran indicaciones de alguno de esos psiquiatras despreciables que abundaban en el primer cuadro, pero no, desmintió Sodasio, era una iniciativa de la familia. Era la única forma en que Graciela podía echar su siesta vespertina. Que se llevaba a cabo siempre en casa de sus padres. Entrar al cuarto de don Sodísimo fue un shock. En su interior había más compactos que en las tres tiendas juntas que había en toda la región. Lo cual me entristeció. Porque eso significaba que éramos un jodido rancho. Y que una de dos, o faltaba mucho tiempo para que dejáramos de serlo, o que nunca lo superaríamos.

Doña Ampalo me gritó que bajara. Me asomé al vacío, y me esperaba en el inicio con dos vasos inmensos de Coca-Cola en las manos. Sin pedirlo, tuve que enfierrarme todo el litro de refresco. Bueno, ya estaba, me dije. Un litro don Sodo y un litro yo, se acabó la botella. Todas las bandas que deseaba oír estaban ahí. Y las que no, también. Le subimos al equipo de sonido a tal nivel que la tronadera despertó a Graciela. A quien vi por la ventana cruzar la calle e insertarse en donde nos encontrábamos. Subió las escaleras y la vi. Parecía un personaje de John Updike. Era una mujer madura. Entrada en carnes. Con un vestido floreado. De lentes. Su cuerpo me hizo imaginarme el sexo con madrotas de los años cuarenta. En el intercambio burocrático de la primera mitad del siglo veinte. Que en general era un lujo. Nada comparable con el hastío que nos invadió después. Le pidió a Sodasio que le bajara, pero no la obedeció. Le recomendó que se tomara un Clonazepam.

Esa tarde oí por primera ocasión al grupo galés Manic Street Preachers. Que con el tiempo se acabaría convirtiendo en mi banda favorita de todos los tiempos. Hasta el Everything Must Go. Lo que hicieron después llegué a detestarlo con bastante ahínco. No había mañana que no despertara preguntándome por qué no se retiraban. Don Sodo era fan de la ola inglesa noventosa (aunque algunos provenían desde los ochenta): Echo & The Bunnymen, Pulp, Blur, Oasis, Stone Roses, The Verbe, etc. Y por supuesto había perdido la cabeza por todo lo que se producía en Estados Unidos, en especial por Nirvana. Pero Cobain se había suicidado hacía un año y su obsesión había disminuido.

Una hora más tarde doña Ampalo volvió a gritarme. A pesar del volumen del sistema de sonido, alcancé a oírla. Todos en esa casa estaban sordos. Quizá eran las anfetaminas que se puchaban. Esta vez bajé hasta la cocina. Dos vasos de igual tamaño de drogacola me esperaban. El refrigerador estaba abierto. Era un aparato gigante. Cabía una res entera, en canal. Y todavía quedaba espacio para almacenar un marrano muerto. Jamás en mi vida había visto tanta Coca-Cola en el refri de una casa. Los habitantes sufrían problemas serios. Entendería que alguien se abasteciera de tal cantidad de cerveza para bregar la semana, pero ¿Coca-Cola? Y, como era de anticiparse, eran enemigos acérrimos de la Pepsi.

Regresé al cuarto de don Sodasio con los vasos en la mano. Eran de plástico. Me percaté de que no había de cristal en la cocina. Y tampoco había cuchillos a mano. La sobriedad no era una virtud de aquella familia, por lo que debían extremar precauciones. En el recuento de sus compulsiones, me fijé que después de la cocaína y el refresco, lo que más empalagaba a Sodasio era «corregir el sonido» de los discos. Según él, y creo que tenía razón, la mayoría de los discos estaban mal grabados. E invertía horas en modular, qué digo, en moldear sus álbums. El sonido salía del reproductor, pasaba por el ecualizador, donde se desataba una batalla sangrienta contra los graves y los agudos, para depositarse en el ampli y que éste lo expulsara ya depurado por las bocinas. Y cuando se encontraba conforme con los resultados, me grababa entonces el casete.

No recuerdo nunca haber tomado tanto refresco en mi vida como ese día. Después de inestimables horas salí de ahí con seis casetes Maxwell de sesenta minutos grabados.

A partir de aquella tarde no falté una sola semana a casa de Sodasio. Era tan abundante el material, que unos discos me los grababa y otros me los prestaba para que me los llevara a mi casa. Hasta que llegó diciembre y murió el 95.

* * *

El 96 nos agarró con los calzones abajo por los discos del año pasado: Outside, de Bowie, Mellon Collie, de los Smashing, (What’s the Story) Morning Glory, de Oasis, The Bends, de Radiohead, etc. Y no estábamos preparados para el batazo en la cabeza que se nos vino de improvisto: el Odelay de Beck. Excepto este álbum, pocas cosas recuerdo del 96. Ya había leído un par de libros, pero no me interesaba la literatura. Sólo la música. Y de una forma peculiar. Jamás había realizado esfuerzo alguno por aprender a tocar un instrumento. Temía que en cuanto la música se desprendiera de los terrenos del hedonismo dejara de agradarme. Secretamente albergaba la ambición de convertirme en crítico de rock. Pero jamás sucedió.

Continué frecuentando a don Sodo. No me puedo permitir presumir de que surgió afecto entre nosotros. No entendía por qué me soportaba. Yo no aportaba nada. Estaba ahí con el único cometido de absorber lo que pudiera. Sodasio poseía una biblioteca de proporciones aún más descomunales que las de su discografía. En el pasado mediato, cuando sus vicios se lo habían permitido, había sido un lector consagrado. «Lee», me recomendaba. Siempre me conmocionó que me hablara de tú. Porque yo le decía don Sodo, don Coco, don Loco. Pero el jamás se inmutaba. Y nunca oí sus recomendaciones. Leer me parecía reprobable. Lo asociaba con la burguesía. En mi casa nunca vi libros. Y lo que leía mi padre, antes de marcharse, eran las novelas de Marcial Lafuente Estefanía. Y eso fue lo primero que leí, cuando comencé a hacerlo.

Nunca me detuve a contemplar mi vida, ni me preocupaba qué haría con ella. Estuve tentado a jugar beisbol de manera profesional. Había desarrollado ciertas aptitudes a lo Kirby Puckett en los llanos del lecho seco del Río Nazas. Pero un día decidí que no veía más la pelota. Y de ser jonronero natural, pasé a nunca conectar en ningún turno al bat. Ni a atrapar nada en el jardín central. Asistí al oftalmólogo. Y me reprendió severamente. Yo no tenía ningún problema en la vista. No real. Era patológico. Me estaba obligando a ser miope. Me recomendó una psiquiatra. Pero no obedecí. Cuando salí del consultorio, tiré la tarjeta que me había dado. Y me olvidé del beis. Si mi mente no quería, no iba a contradecirla. El deporte conllevaba cierto grado de responsabilidad. Y yo no quería cuidar de nada, ni de mí mismo.

A diferencia de otros años, el 96 se consumió con celeridad. No había discos que esperar. Al menos no con ansiedad. Siempre he batallado para superar un álbum. No soy la clase de novedoso que siempre está informado. A veces me dilataba hasta cinco años en dejar de oír un disco. Mientras que otros recitaban las novedades como si se tratara de estampitas. Y sin embargo, estaba al día. Don Sodo era un gran díler musical. Asistía a la prepa por tener algo qué hacer. Pero me aburría. Ni siquiera los videojuegos llenaban ese vacío que significaba ser adolescente en los noventa en una ciudad ignota del norte. Nunca fui gamer. Todavía faltaba un año para culminar la prepa y cumplir dieciocho.

Había comenzado a entrenar básquet con el equipo de la escuela. Pero deserté. Me parecía tan insulso. Yo estaba acostumbrado a competir contra greñudos locos, tatuados, expresidiarios, de madrugada, con una grabadora a un lado de la cancha escupiendo Soundgarden. Y convivir con las señoritas aquellas que en los partidos se la pasaban alegando faul en todas las jugadas me desesperó. En el barrio salías con el hocico roto por los codazos, con los ojos morados por los cabezazos.

Y descalabrado por un choque de cabezas que sufrí en las canchas del monumento a Hidalgo, terminé el 96. Fue un año crítico. Nosotros lo ignorábamos, pero del otro lado del charco se estaban cocinando placas seminales.

* * *

En UK los integrantes de Blur estaban cagados porque el público que asistía a sus conciertos estaba conformado mayormente por chavitas y adolescentes de quince años. Para contrarrestar dicho patrón, lanzaron un álbum homónimo. «Beetlebum», la primera canción del disco, aludía a la heroína. El 97 se nos vino encima como Bam Bam Bigelow. Aparecieron Earthling, de Bowie y Ok Computer, de Radiohead. Sodasio resultó el más afectado. La portada del compacto era una foto borrosa, debido a que se había tomado en movimiento, de una enfermera que empujaba una camilla con un paciente postrado. No sé cómo empató tan bien aquella imagen con lo que sucedía en nuestro entorno. Parecía ser el resumen y el desenlace de toda una era. El final de fotografía en que don Sodo se quebró.

Es probable que la caída de Sodasio haya sido paulatina. Pero yo no la vi venir. Tenía sobrada experiencia como pastillo. Así que pensé que manejaría su adicción a la coca con pericia. El problema comenzó porque Messie Le Blanc se propuso ampliar su mercado. Y a través de su cliente number one comenzó a vender merca a los empleados de Hacienda. En las oficinas de la misma secretaría. Sólo alguien tan estúpido como don Sodo se inmiscuye en semejante imprudencia. Estoy seguro de que esas no fueron las indicaciones del Mesías Blanco. Pero la pereza, la indolencia —siempre andaba anestesiado, por la coca y por el Clonazepam—, incapacitaron a don Coco para pensar. Y no estuve presente pero lo atisbo claramente. Empleados del Gobierno Federal que entraban al despacho de un compañero y salían con varios gramos de mercancía. Y seguro funcionó. Fue un éxito. Y trascendió a las altas esferas.

Visto desde la óptica del consumidor, era un beneficio inestimable. Comprar drogas en tu mismo lugar de trabajo. Pero los superiores lo desaprobaron. No entiendo cómo consiguió librarla. Pero puedo imaginarlo. Poseía documentos que desatarían dos o tres escándalos. Lo corrieron, pero pudo eludir la cárcel. No recibió liquidación. No le hacía falta. Había ganado suficiente dinero, primero con su sueldo, y después con los «papeles» de Messie Le Blanc. No le dijo nada a nadie. Ni a su proveedor, ni a la familia. Se encerró en su departamento de Monterrey a meterse coca como una aspiradora Moulinex. Y venía a la ciudad cada fin, como si no pasara nada. Con un putazo de discos.

Toda la coca que se llevaba de regreso (nadie lo registraba, si por casualidad le hacían una parada en la carretera, mostraba su chapa de Hacienda, que inteligentemente había conservado, y lo dejaban en paz), en lugar de venderla, se la metía. Y en pocos meses se arruinó. Tuvo que confesarle a Graciela que lo habían despedido. Jamás dio pormenores de su expulsión. Y contrajo una deuda tan grande con Messie Le Blanc que una madrugada tocó la puerta de mi casa. Abrí en calzones. Llevaba encima una caja de discos. Me los ofrecía en venta. Malbaratados. Le dije que no podía pagárselos de inmediato. De hecho, no tenía un solo peso en ese momento. Me espetó que no había bronca. Iba hasta el culo de coca. Ni siquiera podía hablar. «Cuando puedas me los pagas», me dijo. «Pero este te lo regalo», y me extendió el Blur. Después de decirme que su favorita era «Song 2», desapareció.

Jamás volví a ver a Sodasio. Desapareció. Se lo tragó el desierto. No sé si porque era incapaz de saldar su deuda con Messie Le Blanc o por alguna de las leyendas negras que se relataban sobre él. Se decía que lo habían internado en un hospital psiquiátrico. En una cantina que frecuentaba afirmaban que se había metido de lleno al narcotráfico, a un grupo opositor al Mesías Blanco. Otros aseguraban que se había ido al D.F. con la intención de volverse novelista. También se aseguraba que había negociado una transferencia y que seguía en Hacienda, por el temor que tenía un director de área de que fuera a revelar información. Esta última versión era la que me resultaba más apegada a la realidad, pero no descartaba las otras. Lo que sí era comprobable era que se había divorciado de Graciela. Y que el Hamster Erótico había desaparecido. Y que no vivía más en casa de doña Ampalo. La visité en un par de ocasiones, pero desconocía por completo el paradero de su hijo.

Aquel año me convertí en adulto, legalmente hablando. Y el disco que me acompañó en esa transición fue Blur. Un obsequio de Sodasio. Faltaban todavía cinco abriles para decidir qué haría con mi inútil existencia. Pero así se gestaba el año que me tocaba estrenar IFE. Al día siguiente de la irrupción de don Sodo, pinté bien grandes en la fachada de mi casa con una lata color negro las palabras «He’s on it».

Carlos Velazquez posa para una foto  en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

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