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Sólo un hombre | Frédéric Boyer

Digamos que en mil años un hombre joven y pálido que podría tener a cargo la curiosa y probablemente aburrida tarea de conservar y de descifrar extraños objetos de papel cosido, en los que creadores dotados de razón y de sentimientos habrían consignado historias por escrito, pensamientos, deseos, encuentra este diálogo en una vieja obra, digno de las disputatio de la escolástica medieval.

— ¿Dónde vivimos?

— En una vieja casa donde nadie gana.

— ¿Qué hacemos ahí?

— Leemos libros.

— ¿Qué es un libro?

— Una casa de papel en la que llevamos a cabo la exploración de la vida a través de las palabras y de la lengua. Mi amigo Olivier Cadiot propone: «Leemos libros para encontrar la distancia correcta con la vida. Es un ajuste refinado». O aun: «Para que las cosas sean lo más claras posibles en la oscuridad» (Historia de la literatura reciente, t. II, P.O.L., 2017); es como caminar en busca de una avenida, de un objeto o de una persona que no existe. Cuanto más largo, misterioso y decepcionante es el camino, mayor existencia tiene todo aquello.

— ¿Cómo se hace un libro?

— Se escribe.

— ¿Qué es escribir?

— Me gusta mucho lo que respondió Marguerite Duras a esa pregunta (Escribir, Gallimard, 1993): «La duda, eso es escribir. La escritura llega como el viento, está desnuda, es tinta, es lo escrito, y transcurre como ninguna otra cosa transcurre en la vida, nada más, excepto ella, la vida».

— ¿Cómo puede existir un libro?

— Por la elección, la decisión y la gracia de un editor.

— ¿Qué es un editor?

— Una especie en peligro de extinción. Alguien capaz de decir, como un cierto Paul Otchakovsky-Laurens, editor durante cerca de cincuenta años: «La vida de un editor está hecha de traiciones, de fugas, de cobardías». Y también: «Busco en los libros una cierta forma de desconcierto, de peligro».

— ¿Cómo?

— La vida en un libro se revela más excitante y peligrosa, terrible o magnífica. Aun antes se decía que en los libros la belleza carnal se mostraba deseable precisamente para alejarnos de ella. Todavía a eso le llamamos literatura.

— ¿Qué es la literatura?

— Otra vez, ese maravilloso Paul Otchakovsky-Laurens, que fundó su editorial bajo sus iniciales, P.O.L.: «La literatura es una interrogación de la lengua». Interrogación llevada a cabo por un autor, y que nos conduce inexorablemente a enriquecer, transformar, inquietar, nuestra relación con el mundo y con la existencia.

— ¿Qué es un autor?

— Alguien que aumenta nuestra fuerza por existir, gracias a su trabajo sobre la lengua y sobre la vida. La palabra viene del latín auctor, aquel que aumenta. Paul, otra vez: «Alguien capaz de salvarme la vida». O aquel que permite ver a qué grado «la belleza de las imágenes habita detrás de las cosas» (según un viejo autor, Marcel Proust).

Volvamos, amigos míos, algunos cientos de años antes. Volvamos a nuestras existencias contemporáneas. Hoy los libros están aún entre nosotros. Querríamos que no mueran jamás. Hay que abrir los libros y leerlos cuando todavía es tiempo. Hay que apoyar y alentar una edición independiente, subjetiva, libre, creativa. «Esa actividad económicamente aberrante», explicaba Paul Otchakovsky-Laurens, sonriendo, porque sin la aberración de nuestra libertad, de nuestras elecciones, no puede existir una sociedad capaz de reinventarse, y de transmitir libremente la formidable inquietud humana que se expresa en la fragilidad de una lengua y en la escritura, inventada hace no más de cinco mil años. Personalmente, no descubrí la literatura en los libros, sino en la vida. De alguna forma, la presentí, la adiviné físicamente, y aun quizá la inventé en los ojos de mi padre. Si hoy él me escuchara, estaría sorprendido. Pero sí, inventé la literatura para salvar lo que veía en los ojos de mi padre. ¿Y qué cosa tan terrible vi en los ojos de mi padre? Fue Paul Otchakovsky-Laurens, un día, quien me ayudó a formularlo. Acababa de conocerlo y de entregarle un manuscrito, en la calle Villa d’Alésia, en París. Yo había descubierto en los ojos de mi padre, me dijo, «algo que no transcurre». Y eso no me abandonaría jamás. El objeto mismo, secreto, estremecedor, al que toda literatura se consagra. Cazamos entonces las palabras como otros cazan musarañas, osos o pájaros, para tratar de decir, de atrapar en la derrisión de las palabras, «lo que no transcurre». Todo lo que «en lo temporal fracasa maravillosamente», como lo escribió Charles Péguy.

Paul Otchakovsky-Laurens (1944-2018) era mi editor desde hace casi treinta años. Lo amaba como se ama a una persona cuya confianza irracional me ayudó, a través de la literatura, a convertirme en un hombre, tan sólo un hombre.

Traducción de Ernesto Kavi

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