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Stevie Ray Vaughan Memorial

En 1994 una estatua de bronce del guitarrista nacido en Dallas fue colocada en Austin, la ciudad que amamantó su leyenda. Cuatro años antes Stevie Ray había muerto en un accidente. Tenía treinta y cinco años. Lanzó sólo cuatro discos, los suficientes para revolucionar el blues.

Desde que me enteré de la colocación de la escultura del artista Ralph Helmick, no recuerdo si fue a través de mtv o de una revista, me prometí a mí mismo que algún día viajaría a Austin para visitarla. Me tardé más de veinte años en cumplirme mi promesa.

He cometido muchas pendejadas en mi vida, pero ninguna tan intransigente como cruzar la frontera de noche. Partí de Monterrey en un Limousine de México y a las tres de la madrugada llegamos a la garita de Nuevo Laredo. Decir que me trataron como ganado es inexacto. Me hicieron descender del autobús, junto a los otros pasajeros, para hacer fila para tramitar el permiso. Nunca he sentido tanto el desprecio de la migra. Es como atravesar un gallinero. Todo el glamur del primer mundo desaparece. Bajé del camión con todo  y maleta. Te tratan como mojado, aunque lleves visa.

Dos horas y media después continuamos nuestro camino. A las ocho de la mañana pisé Austin con dos firmes propósitos: comer en Franklin y conocer la estatua de Stevie Ray. Lo primero fue imposible. Las leyendas eran ciertas. Cuando llegamos al lugar la fila para entrar era de cuadra y media. Y faltaban tres horas para que abrieran.

No me quedaría sin comer barbecue. Para hacer tiempo caminé por el centro de la ciudad. Tropecé con la estatua de Willie Nelson. Y me metí a Waterloo Records, una tienda pequeña pero con un stock respetable. Me compré en vinyl el sencillo de «Come together» de Gary Clark Jr. Hacía un calor irresponsable. Sudaba más de lo que sudo cuando me meto a los vapores Polendo de Torreón.

Pasadas las once me formé en Cooper’s. Caté la costilla y el brisquet. Me orgasmé. Las autoridades en la materia afirman que no supera a Franklin. Para mí la corona la ostenta Lockharts. Sólo he frecuentado la sucursal de Dallas, en el barrio de Bishops Arts.

Preñado de carne caminé por Congress Ave en dirección al río. Enclavada en un parque descansa la estatua de Stevie Ray. Crucé el puente y me interné en el sitio.  No hay que caminar demasiado. A unos cuantos pasos la escultura te sale al paso. El paisaje está dominado por corredores, que se ejercitan bajo un sol carcelario.

La guitarra en la mano izquierda, descansando sobre el piso, el sombrero negro con monedas de plata, las botas y el poncho capturan a Stevie en su etapa última, tal y como aparece en la portada de In Step. El disco fue lanzado un año antes, en 1989. En el 90 salió Family Style, un álbum medianón que firmara con su hermano Jimmy. En el 91 saldría The Sky is Crying, el trabajo póstumo que incluye una versión de «Little Wing» de Jimi Hendrix.

Existen deudas que uno contrae consigo mismo. Con su formación. Con aquello que te sacude. Estar frente al monumento de mi guitarrista favorito fue una cuenta pendiente que saldé. Nadie me la impuso, yo la elegí. Y no sabía si podría solventarla. Pero el amor por el rock & roll me ha sacado de la nada para llevarme a estos lugares sagrados.

La sensación que me inundó no fue la de un acontecimiento místico, no fui a ver a un santo. Fui a presentarle mi respeto a uno de los mejores. Parado ahí, bajo el solazo, con una ciudad imbuida en su propio ritmo, fue un viaje en el tiempo. Me remonté a la primera ocasión que escuché una canción de Stevie Ray. En los primeros segundos de la rola supe que escucharía su música toda la vida. Ahí, rodeado de silencio, recordé la fuerza que me golpeó cuando conocí el sonido de Stevie.

Yo era prácticamente un niño cuando gastaba las noches escuchando los discos de srv en unos walkman Sony. Y ahora por fin estaba frente a su figura inmortalizada. Era mi héroe. El guitarrista que me destapó los oídos. Profundizar en sus canciones me enseñó a amar el blues. Antes que Hendrix, que Robert Johnson, o el que se les ocurra, Stevie educó mi oído. Me sensibilizó.

La estatua de Stevie desprende cierto magnetismo. Pero aquello no era un día de campo. Así que me despedí y me maché. Había conseguido algo que no estaba presupuestado en mi adn. Se suponía que yo debía haber corrido con otra suerte. Así como Stevie, que no debió perecer en aquel helicóptero que se desplomó. A Stevie no lo mataron sus excesos, el azar nos lo arrancó.

Aquel día más tarde vería en concierto a Joe Bonamassa por segunda vez. Al día siguiente me marcharía a Dallas. Y luego haría el viaje de regreso. Y atravesaría por una penuria peor. Del lado mexicano a la gente que regresa de noche se le extorsiona. Se le pide una mordida para no revisarles la fayuca. A diferencia de otros pasajeros, yo no llevaba montones de maletas, sólo una mochila con mi ropa sucia. No di mordida. Me había gastado todo en carne y cerveza. Lo único que tenía en aquel momento era una canción: «Texas Flood».

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

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