Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso

The tongue is an eye.
«Adagia», Wallace Stevens

Entre las dos y las tres de la mañana se escuchaba siempre su voz. Mucho antes del amanecer, los ojos dispuestos. Primero el registro de los dolores, la pelvis, el hueso que finca la cadera. Punzante, clic, el despertador, y abre los párpados.

Se activa con rehato, se cuela el porvenir, prefigura el ritual de la procesión, se encomienda a la rutina. Hombres del alba en el murmullo de la una de la mañana. Pero no al alba sino mucho antes: en marcha aquel enjambre furioso: diableros:cargadores:marchantes:sombras devorándose entre sí.

Desde que Lato salió de la cana, ahí, el sueño nunca y nunca volvió. A la cana por desvalijar a quién que qué tenía, nunca se supo.

Con el aliento briago todavía, despierta uniformado y tensa la cuerda del desánimo, insta la vigilia su trono y troca la sonrisa por mueca y late la amenaza, postra la fantasía.

Abajo del camión, Órale, quítate, ponte, ponle, hazle, arrímale y escuece, entumece, talla y encaja.

Caja, otra caja, las astillas, inconvenientes que no vale la pena denunciar.

Las castas, el jefe, el sobrino del jefe vigilando, yo, la otra versión de yo, en el trabajo rudo, una caja y faltan cien más.

Si quieres vete a lavar ropa, ahí no te mallugas, oyó. Vámonos pa’ la ciudad, aquí qué, retumba el recuerdo.

El recuerdo de qué, después de la lluvia cazar ajolotes con piedras, el polvo del puesto, la harina quemada, la falda y el reboso de Iris, la panza y el retobo de Augusto.

Ándale que no te pago pa’ hacerte pendejo, y allá en el mundo a la distancia se cruza, un filamento gris, plateado, una noche azulada que se enciende de a poco en oscuridad parpadeante.

En la ciudad nada, nada de nada, un cuarto donde cabe nada pero ahí hay que meterse con otros. Sudor, pedos, efluvios, y en el aire nada, una nada espesa.

En la noche, otra vez, la imagen, puta madre, otra vez él. A la orilla del amancer, Rutilio meneando esa verga menguante, jocunda, careada de venas que fluyen, ese animal.

Insoportable el recuerdo, Rutilio, una y otra vez. El olor a gasolina de la primera vez, ¿Me ayuda a soplar?

Ándale, despierta, se deja decir fingiendo que duerme como los otros. Otra vez, a subir la cuesta, a empujar la roca.

Y vuelve la memoria a sajar la herida, invoca los tomates, las calabazas, la bicicleta que nadie afana. La hierba filosa que cubre y encubre la tarde y las voces de casa que reverberan durante el día los espectros de los gritos nocturnos, los raptos de Augusto, el cráneo de Iris sepulta su niñez con golpe sordo, el muro se lamenta y el suelo se atribula.

Arriba, respiro, una vez, dos. Tensar los músculos, mirar los contornos de los brazos, a huevo. Vamos arriba, pues.

Las cajas, una y otra y otra y otra. Plátanos unos verdes, otros amarillos, descargar, una y otra y otra.

Avanza la noche. Al lado pasan otros, otras, tacones, minifaldas nocturnas que se esconden en los meandros de los corredores. Pacto de invisibilidad, pasan, se ofrecen y contratan, conchaban y el menester de andar y frotar.

Anastomosis, aquiescencia, follar, coger, chupar, lamer.

Cuándo equivoqué, cómo derrubié aquí, no es el proyecto de la niñez, la molicie que ayunta, y tanto frotar me recuerda, viene su imagen y él con denuedo arremete, acodado en el catre embate, su miembro y su porfía gemebunda, el estatuido de la tradición me zahiere en lo ínfimo, los sométicos, lo más bajo de lo bajo, ralo en la ralea del ríspido ascenso hacia el progreso y el desarrollo, viva Dios nuestro señor.

Y estas palabras qué si ni son mías, ni las conozco, ni me atañen. Pero suenan y afirman, me constriñen a lo dicho, aunque por mí no proferido, fue.

Sigue la jornada y zozobran los músculos de los que penan y por qué penan, qué palabras inmisericordes los condenaron, qué plexo de infortunios los lapidó.

Sobre el techo bajo nimba el vapor que condensado vierte los sudores en gotas que vuelven a arrojarse.

Mira a Jacinto y su vasto largo, mira a Onofre y su vientre ebúrneo.

Los querulantes querulan, gritan, gañitan, bisbesean y nadie oye.

Pringosa la piara de rencores, dijo la sursuncorda que tal hizo cual y en el entre nada que fuchina y mi recto lato se hincha y clamora por el sino que lo llene.

Por qué, maldición de puto y de loca me arrobaste destino.

Buscar quien me encienda la tea y caído en desgracia, quitado lo luido, la emulsión me llama y el llamado a la oración desde la atalaya me pone a gatas, para entregarme a lo deforme, ente teratológico que suplica en silencio, en voz queda, que su retruécano pase mudo entre los oídos de la plebe.

Mi compa, mi contlapache, me advierte y de soslayo me solapa y yo sigo aunque a veces no, porque el sesgo no es suficiente.

El deber me apostrafa y me sugiere liza porqué sino quién provee y quién sustenta la liba que me calma cuando el jale cesa, la liba, la liba de la leche de Onofre, espesa y dulce, de Jacinto ocre y amarga.

Y seguir y seguir, ignorar la befa, atropellar la incuria, levantar el ánimo desde el subsuelo donde yace el túmulo de mis afanes.

Me paro y me detengo sobre la glacis que empina a unos y descansa a otros, me paro porque extravío el sentido por dónde y para quién oblar, desaine en despropósito y mira, mira las sombras errantes, mira allá a la Concha y a la Lupe prosternadas sobre el suelo con la coa entre las patas. Mira la Lupe, mira la Lupe.

Y la Lupe sopla y resopla mientras Teo le asienta la baza y Lupe masculla y barulla, quedo y para sí, No soy una asesina, no soy una asesina, mientras Teo coruscante lastima a la cuzca, con la mano en la nuca, azuza la culpa y profiere, Cállate, cállate, que no te pago para que hables.

Y Lupe somete el impulso y restriega el dolor de la arcilla contra el tezontle, mano que arruga el cemento, seco, y reza y repite, No soy una asesina, soy la asesina de él.

Y quién era el él de Lupe, era el espectro de aquél que en la casa la mataba, lenta y quedamente con sus incursiones nocturnas, ese rostro que atiza el sueño y Lupe vuelve sobre el insomnio y vuelve a morir por la memoria y lo mira y se mira tendida con un hilo de sangre entre las piernas y las manos prendidas del embozo.

Dolor el de la mancha, negra, que en la escuela denunciaron. Desbarraron su orgullo, la mancha en la falda, Lupe la cerda, Lupe la cerda, y la mancha que salió de entre sus piernas, denunciando el taladro que la cala, que la mata lento, quedo, por las noches mientras al lado, Por qué lo permitiste, fingía dormir mordiéndose los brazos, labrando sus muñecas de dientes y Lupe, dique doméstico, revienta ante el dolor de la mancha.

Y guarda el punzo que la emancipe, lo aprieta contra sí, lo prueba contra sí y cuando oye los pasos comienza el mantra, No soy una asesina, no soy un asesina, para cuando revienta la ahorta de aquél, lo dice ya en voz media y se deja bañar por la mirada sin romo de aquel que agoniza incrédulo y lanza una última embestida con el gesto de, Ingrata, que yerra de culpa la mente de Lupe.

El éxodo hacia donde sea, errar y medrar, habitar el asfalto, la humedad que no cesa, que se enquista en el vientre que se incuba en el musgo de la agonía. Inhalar, exterminar la sinapsis, detener la eternidad en movimiento, sujetarse a la anatomía aviesa y trasegar por esta vida tiesa.

Recalar en el gran mercado, el gran abasto, y volver a comer por la boca sin dientes, a escarbar en la cicatriz, a reabrir la herida, otra noche y otra noche a purgar con el dolor, la catarsis de la penitencia, No soy una asesina, le dice sin voz a Teo.

El dolor es cauce en Teo que lancinante se mece sobre el sexo arramblado de residuos rencorosos de otros que pasaron por ahí, por Lupe, que se deja mecer, que ajada se descoyunta y se regresa ahí donde se dijo, Él o yo, y Teo se bizma contra la pubis, le cimbra el isquión y retumba el ilión, se aposta contra el sacro, sínfisis maldita, cuenco de perdición.

Afuera el garlar se cuela por las grietas y se mezcla con el rechino y la voz de Lupe que esconde en su mantra asesino la vía que la expía. Era él o yo, y recuerda el arma que blanca pero roja y más bien negra, viscosa, quedó enterrada en la atarjea desde donde el beodo la sahúmaba con palabras como, Tú te lo buscaste.

Y el recuerdo del cuerpo de la niña Lupe cenceño que columba con vacío el zoclo arrumbado y se vuelve zuncho de horror y sufrimiento.

Teo se sacia y dispone las manos sobre el pecho de Lupe y siente el corazón como atabal y siente que ella es prosopopeya inversa, muerte orgánica, cenestesia inerte.

La odia pero más a sí: él fistol, tahúr y vividor ígneo cuando zagal, a la vera de su enjundia, resaca de aguardiente cimentada, a la distancia de sus años mozos, ahora surca desde el puerto en rencle de armatrostes hasta el zoco donde desarrapados abastecen el abasto de los hombres de día, las mujeres de la mañana.

Y saciada la rabia, llega la ora de montar y conducir, otra vez al celo de la zafia que lo arroja de vuelta a la gleba, de vuelta a la gleba. Lupe se yergue y se arrastra y mira a Concha que corcovada se talla qué de la falda, se esconde de la vista de Santa que finge que duerme sobre el rebozo que dispuso Concha y Lupe mira a Santa y piensa en Santa pero no hay más compasión en su cuerpo podre, defeccionado y defecto sin aliento siquiera para desear dejar de hacerlo.

Santa advierte y siente en su pequeño cuerpo, erial amenazado, como se cuela la injusticia y va haciendo nido aunque Concha resiste y le dice, Tú no, mi niña, que yo por ti.

Y Santa mira la explanada, menos impetuosa mientras más se acerca la luz, calima de almas en pena, recibe el ósculo de Concha y no sabe si creer o despreciar, si resistir o derrubiar sobre el destino que sugiere el hedor del sudor que ella expele.

Salustio anda cual marqués con cauda por las calles anchas de donde se desprenden los callejones donde arde la zarza de la discordia. A su posta finge que mira y que vigila y pone su mano sobre su garrote esbelto que lo sujeta a él más que intimidar al resto.

Brizna de sulfuro se arrastra y en el firmamento la luz se rasga. Se ajuntan en la redoma del alba lo mismo el denuesto que la pálida esperanza. Ya casi, ya casi, consuela Concha a Santa en transe. De nuevo a la sombra durante el día, se expugna Lato. Lupe se trenza en rebato porque da igual noche y día mientras que persista la sístole.

Salustio, tundra de empatía, se monda de encima la mirada de Concha que se exime de la vergüenza de implorar en silencio, Por qué me dejaste, por qué no vuelves.

El rayo de luz saca pecho cuando hace sangrar la sombra del picacho que linda la ciudad: enjambre de menester insatisfecho.

No hay más pa’dónde, vaho de silencio, nocturno, escanciado. Vuelve el día. Y unos van y otras vuelven, pero todos siguen y andan o desandan con los vestigios del golpe, las cicatrices del embrujo de sombra, y se dicen, Sigue y a seguir siendo porque sí y sobre todo porque qué más si no.

Foto de Simon Lee en @Flickr

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