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El 23 de agosto de 1967, en Lazy, una playa del Báltico a cuatro kilómetros de Osieki (Polonia), Kantor realiza el Happening panorámico del mar en colaboración con la Galería Foksal de Varsovia. El happening se divide en cuatro partes: El concierto del mar; La balsa de la Medusa; Embadurnamiento erótico y Agricultura sobre la arena. A este happening, que cuenta con una duración de aproximadamente dos horas, asisten unas 1600 personas, muchos de ellos turistas que pasan sus vacaciones en esa localidad.

La primera parte, El concierto del mar, es sin duda la más conocida gracias a la fotografía de Eustachy Kossakowski. En ella vemos al director de esta peculiar orquesta dirigiendo el mar ante un auditorio compuesto por unos bañistas sentados en sus sillas en primera línea de mar. Contemplando esta poderosa imagen en nuestra época de narcisismo impenitente de omnipresentes selfies ¿quién no ha soñado alguna vez con verse a sí mismo de esa guisa dirigiendo las olas? Así, plácidamente frente al mar, ¡qué poder!

Pero no hay que olvidar que el concierto del mar de Kantor cuenta con una partitura en la que se lee que «la presencia del mar debe imponerse por un movimiento, un ritmo y una textura sonora que no deben exceder las posibilidades de la percepción humana». El concierto, como si de un concierto tradicional se tratara, se divide en distintas partes: obertura, pausa general, fuga…. con fuoco, finale. Para el auditorio se han dispuesto centenares de sillas en filas. El orden de las sillas debe ser respetado y, si es preciso, deben ser ordenadas continuamente, de manera obsesiva, llega a escribir Kantor.

El público expectante asiste a la llegada por barco del director. Vestido de negro y de etiqueta, como corresponde a la ocasión, sube los mojados peldaños de una pequeña escalera que le conducen al podio que flota en el mar. De espaldas al público alza sus brazos y se inicia el concierto. Las olas, suponemos, imponen su movimiento, ritmo y textura sonora mientras los oyentes de las primeras filas sienten como se van hundiendo en la arena ya en el primer movimiento. Hasta aquí la placidez que transmite la famosa imagen de Kossakowski. No obstante, sabemos que la fotografía es algo así como un instante congelado, y que el concierto del mar prosigue.

A un signo del director, entra una motocicleta que avanza a toda velocidad desde una punta de la playa hasta introducirse entre el público. Después entran otras tres motocicletas siguiendo el mismo proceder. El sonido de las motocicletas se mezcla con el sonido del mar. A otro signo del director, entra un gran tractor aportando su registro sonoro. En el horizonte aparece una lancha de salvamento marino que hace sonar una sirena. El director se gira hacia el público y, antes de abandonar su podio, arroja peces muertos y se despoja de sus ropas. El concierto ha terminado.

Recordamos entonces que, más allá de la emblemática fotografía de Kossakowski, el concierto del mar forma parte de un happening y que, en tanto tal, es un acontecimiento, una catástrofe. Recordamos también que la catástrofe en el teatro es el desenlace final, precedido por la prótasis o planteamiento inicial y la epítasis o parte central. El concierto del mar de Kantor es sin embargo, una catástrofe que se sitúa en la frontera de lo no representativo, como esas olas que vienen a hundir las sillas y borrar sus huellas en cada vaivén. El concierto del mar de Kantor puede ser, por ello, un antídoto al sueño de todo melómano que, inevitablemente, un día acaba confesando que le hubiera gustado ser director de orquesta.

Carmen Pardo

Carmen Pardo es doctora en Filosofía por la Universidad de Barcelona y ha sido investigadora residente postdoctoral en la unidad IRCAM-CNRS de París. Actualmente es profesora de Historia de la Música en la Universidad de Girona y forma parte del profesorado del máster en Arte Sonoro de la Universidad de Barcelona.

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