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¿Tiene conciencia Henry Kissinger? | Jon Lee Anderson

El pasado mes de marzo, cuando el presidente Obama viajó a Argentina para conocer al presidente recién electo de esa nación, Mauricio Macri, sus apariciones públicas se vieron marcadas por la presencia de manifestantes que solicitaban con estridencia explicaciones —y disculpas— por las anteriores y actuales políticas estadounidenses. Hay pocos países en Occidente donde se exprese con tanta rabia el sentimiento antiamericano como en Argentina, donde se ha desarrollado una muy politizada cultura del agravio, mediante la cual se culpa a Estados Unidos de muchos de los problemas nacionales. Particularmente entre la izquierda existe un duradero resentimiento por el apoyo concedido por el gobierno de Estados Unidos a los militares argentinos de derecha, quienes se hicieron del poder en marzo de 1976 y comenzaron una «guerra sucia» contra izquierdistas, que se cobraría miles de vidas durante los siguientes siete años.

La visita de Obama coincidió con el cuarenta aniversario del golpe militar, por lo que rindió homenaje de manera explícita a las víctimas de la guerra sucia al visitar un monumento erigido en su honor, a las afueras de Buenos Aires. En el discurso ahí pronunciado, Obama reconoció lo que denominó como pecados de omisión estadounidenses, pero no llegó tan lejos como para ofrecer una disculpa. «Las democracias deben tener el valor de reconocer cuando no se encuentran a la altura de los ideales en los que creemos», dijo.

Y nos hemos tardado en defender públicamente los derechos humanos, como sucedió en el caso de Argentina.

En los días previos a la visita de Obama, su asesora de seguridad nacional, Susan Rice, anunció la intención de su gobierno de desclasificar miles de documentos militares y de inteligencia, relacionados con ese tumultuoso periodo en Argentina. Fue un gesto de buena voluntad, concebido para simbolizar el continuado esfuerzo de Obama por modificar la dinámica de las relaciones de Estados Unidos con América Latina, un intento por «enterrar los últimos vestigios de la Guerra Fría», como dijo en La Habana durante ese mismo viaje.

La semana pasada se hizo público el primer conjunto de esos documentos desclasificados. Ahí se reveló que tanto funcionarios de la Casa Blanca como del Departamento de Estado conocían de cerca la naturaleza sanguinaria de los militares argentinos, y que a algunos les horrorizó el enterarse de ciertos acontecimientos. A otros, principalmente Henry Kissinger, no les causó el mismo impacto. En un telegrama de 1978, el embajador estadounidense, Raúl Castro, escribió sobre una visita de Kissinger a Buenos Aires, en la que fue un invitado del dictador, Jorge Rafael Videla, mientras Argentina era anfitrión de la Copa del Mundo. «Mi única preocupación es que las continuas alabanzas de Kissinger sobre las acciones argentinas para eliminar el terrorismo se les puedan haber subido a la cabeza a sus anfitriones», escribió Castro. El embajador escribió a continuación, con preocupación:

Existe el peligro de que los argentinos utilicen las declaraciones elogiosas de Kissinger como justificación para endurecer su postura frente a las violaciones de derechos humanos.

Estas recientes revelaciones refuerzan la visión de Kissinger como el despiadado instigador, si no un co-conspirador activo, de los regímenes latinoamericanos responsables de crímenes de guerra. En pruebas documentales que vieron la luz durante desclasificaciones de documentos producidas bajo el gobierno de Clinton, se demostró que no solamente Kissinger sabía lo que hacían los militares, sino que lo alentaba de manera activa. Dos días después del golpe argentino, Kissinger recibió información de su secretario de Estado Adjunto para Asuntos Interamericanos, William Rogers, quien le advirtió:

Creo que habremos de esperar que en breve se produzcan en Argentina recurrentes actos de represión, con toda probabilidad bastante sangrientos. Creo que serán muy severos no sólo con los terroristas, sino con los disidentes de los sindicatos y sus facciones.

Kissinger le respondió:

Para cualquier posibilidad que tengan, necesitarán que los alentemos… porque me gustaría alentarlos. No quiero transmitir la impresión de que son hostigados por los Estados Unidos.

Bajo la línea dictada por Kissinger, los militares argentinos ciertamente no fueron hostigados. Justo después del golpe, Kissinger envió señales de aliento a los generales, y reforzó el mensaje al apresurar un paquete de asistencia estadounidense en temas de seguridad. En una reunión ocurrida dos meses después con el ministro del Exterior argentino, Kissinger lo aconsejó entre líneas, según un memorando escrito sobre su conversación:

Estamos conscientes de que atraviesan un periodo difícil. Son tiempos curiosos cuando las actividades políticas, criminales y terroristas tienden a fusionarse sin una separación clara. Entendemos que deben establecer su autoridad… Si es que hay cosas por hacer, deberían hacerlas rápidamente.

Las fuerzas militares argentinas llevaron a cabo el golpe para expandir e institucionalizar una guerra que ya se encontraba en marcha, librada contra guerrillas de izquierda y sus simpatizantes. Nombraron a su campaña Proceso de Reorganización Nacional o, simplemente, «el proceso». Durante la guerra sucia, como pasaría a ser conocida, hasta treinta mil personas fueron abducidas en secreto, torturadas y ejecutadas por las fuerzas de seguridad. Cientos de sospechosos fueron enterrados en masivas tumbas anónimas, mientras miles más fueron desnudados, drogados, subidos a aeronaves militares y arrojados al mar desde el aire mientras todavía se encontraban con vida. El término «los desaparecidos» se convirtió en una de las contribuciones argentinas al diccionario global.

En el momento del golpe, Gerald Ford era el presidente en funciones de Estados Unidos, y Henry Kissinger desempeñaba tanto el cargo de Secretario de Estado, como el de asesor de seguridad nacional, al igual que lo había hecho durante el gobierno de Nixon. Inmediatamente después del golpe argentino, bajo recomendación de Kissinger, el congreso de Estados Unidos aprobó una petición para otorgar cincuenta millones de dólares en ayudas para temas de seguridad a la junta militar argentina. También se aprobaron programas de entrenamiento militar y ventas de aeronaves con valor de cientos de millones de dólares. En 1978, cuando había transcurrido el primer año de la presidencia de Jimmy Carter, las crecientes preocupaciones sobre las violaciones de derechos humanos pusieron fin a la ayuda económica estadounidense. En adelante, el gobierno de Carter buscó evitar que la junta militar recibiera ayuda financiera internacional. A principios de 1981, cuando Reagan llegó a la Casa Blanca, se alzaron las restricciones.

De hecho, no ha habido consecuencias legales de ningún tipo en contra de Kissinger, derivadas de sus acciones en Chile, donde los matones de Pinochet asesinaron a tres mil personas, como tampoco por sus acciones en Vietnam y Camboya, donde ordenó bombardeos aéreos a gran escala que costaron innumerables vidas de civiles. Uno de sus más acérrimos críticos fue el finado escritor Christopher Hitchens, quien en 2001 escribió una condena que abarcó un libro entero, titulado El juicio de Henry Kissinger. Hitchens abogó porque Kissinger fuera perseguido por «crímenes de guerra, por crímenes contra la humanidad, y por infracciones contra la ley común, la habitual y la internacional, incluidos los cargos de conspiración para cometer asesinatos, secuestros y tortura».

Evidentemente, mientras la guerra sucia argentina tenía lugar, los generales negaron que ocurriera nada indebido. El líder del golpe, el general Videla, ante cuestionamientos sobre los desaparecidos, explicaba con escalofriante vaguedad:

Los desaparecidos son sólo eso: desaparecidos. No están ni vivos ni muertos. Están desaparecidos.

Otros militares sugerían que la gente desaparecida probablemente se encontraba escondida, llevando a cabo acciones terroristas contra la madre patria. En realidad, la enorme mayoría sufría una violencia brutal en prisiones secretas, a manos de empleados gubernamentales, tras lo cual eran, casi siempre, ejecutados. Al igual que sucedió en Alemania durante el Holocausto, la mayoría de los argentinos comprendió lo que sucedía, pero se mantuvieron en silencio debido a un espíritu de complicidad, o al miedo. Los argentinos que presenciaban cómo sus vecinos eran sacados de sus casas por hombres vestidos de civil, para no regresar jamás, adoptaron un refrán que reflejaba su propensión a hacerse de la vista gorda: «Algo habrán hecho».

A lo largo del tiempo hemos tenido evidencia de la insensibilidad de Kissinger, parte de la cual es tan inexplicable como escandalosa. Algunas de sus aseveraciones contienen algo de arrogancia machista. Quizá podría explicarse si nunca hubiera detentado poder real, como ha sucedido (hasta ahora) con el candidato presidencial Donald Trump y su propensión a la agresión gratuita. Y a uno le queda la impresión de que Kissinger, el apestado más longevo e icónico de la historia moderna de Estados Unidos, no es sino uno más de un linaje de hombres a los que se les teme y desprecia por la inmoralidad de los servicios prestados, que aún así son protegidos por la casta política en reconocimiento a dichos servicios. Me vienen a la mente personas como William Tecumseh Sherman, Curtis LeMay, Robert McNamara y, más recientemente, Donald Rumsfeld.

En el increíble documental de Errol Morris, filmado en 2003, Rumores de guerra, pudimos apreciar que McNamara, que en ese momento era un octogenario, era un hombre atormentado que intentaba hacer las paces, sin éxito, con la inmensa carga moral de sus acciones como secretario de la Defensa durante la guerra de Vietnam. McNamara había recién escrito una autobiografía en donde intentaba abogar a favor de su legado. Alrededor de la misma época, un periodista llamado Stephen Talbot entrevistó a McNamara, y después logró hacer lo mismo con Kissinger. Más tarde escribiría sobre su encuentro inicial con Kissinger:

Le dije que acababa de entrevistar a Robert McNamara en Washington. Eso atrajo su atención. Dejó de ser hostil y después hizo algo extraordinario. Comenzó a llorar. Pero no, no eran lágrimas verdaderas. Frente a mis ojos, Henry Kissinger actuaba: “Bujujuju, bujujuju”, pronunciaba Kissinger, haciendo como si llorara y se tallara los ojos. “Aún sigue dándose golpes de pecho, ¿verdad? Aún se siente culpable”. Lo dijo en un tono de voz burlón, melódico, y se daba golpecitos en el corazón para añadir al dramatismo.

McNamara murió en 2009, a la misma edad que Kissinger tiene hoy en día, 93 años. Sin embargo, la agonía pública con su conciencia ayudó a mejorar un poco su reputación sombría. Ahora que se acerca al final de su vida, es probable que Kissinger se pregunte cuál será su legado. Puede estar seguro de que, cuando menos, su apoyo incondicional para el proyecto de Estados Unidos como una súper potencia, sin importar el costo en vidas humanas, será una parte importante de dicho legado. Sin embargo, a diferencia de McNamara, cuyo esfuerzo por encontrar la absolución moral le pareció a Kissinger un motivo de burla, él no ha demostrado poseer ningún tipo de conciencia. Y como consecuencia, todo parece indicar, la historia no lo absolverá tan fácilmente.

Traducción de Eduardo Rabasa

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