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Trabajo: el undécimo mandamiento | Anne Dufourmantelle

¿Por qué «trabajar» se ha convertido en aquello a lo que debe aspirar todo individuo en edad de ser un actor social? ¿Debemos atribuirlo al imperativo de un superego colectivo que necesita un tótem al cual sacrificar la libertad? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

La paradoja es esta: nunca antes el trabajo había sido tan precario, tan irreal, tan desconsiderado, como ahora que se ha convertido, mucho más que el dinero —que debe seguir siendo invisible—, en el valor supremo de la realización del individuo y de la comunidad. Por ello mismo, la falta de trabajo nos aterroriza. «Trabajar» se ha vuelto un undécimo mandamiento un poco descabellado, como los que caracterizan al superego. Esa instancia, de la cual Freud pensaba que sustituía la facultad de juzgar por la creencia, da órdenes delirantes que presenta a la conciencia como imperativos racionales y necesarios. La prueba de ello es la neurosis obsesiva de los tocs* (lavarse cien veces las
manos). El superego tiene larga vida; nuestra época le va a la perfección.

Iré aún más lejos. «El trabajo libera»** son palabras de siniestra memoria. Pero ¿acaso no llevamos en nosotros esa herencia? En nuestras sociedades democráticas llamadas «liberales», el trabajo es aquello sobre lo que reposa todo el sistema económico-político de la deuda. ¿Qué libertad permite esta sociedad a los individuos que «preferirían no hacerlo»? El imperativo, repetido desde el jardín de infancia hasta la vejez, que dicta que el trabajo es aquello que nos hará libres, ¿nos deja aún la opción de aceptarlo o de rechazarlo? De ahí se deriva —y de esto soy testigo como psicoanalista— una falta afectiva que mina a los seres hasta conducirlos, en ocasiones, a querer salir del juego.

Giorgio Agamben, en su último libro, El uso de los cuerpos, Homo sacer IV, reflexiona sobre el origen de la palabra trabajo, que sabemos que proviene de tripalium (en latín, «la tortura»), pero de la que ignoramos la genealogía. Agamben nos recuerda que el valor del trabajo era ignorado por los griegos —la sociedad de entonces se dividía entre hombres libres y esclavos—. Al leerlo, podríamos preguntarnos si acaso el mejor equivalente del esclavo no es el «activo» de ahora. En la democracia ateniense, aquel que podía disfrutar de su libertad era admirado, pues el trabajo estaba destinado sólo a aquellos a los que se les reducía al «uso del cuerpo».

Hoy la sospecha recae sobre aquel que no trabaja. Es la fotografía negativa de un servilismo necesario. Privado de todo reconocimiento, sobre él recae la vergüenza, la desconsideración social y a veces familiar, mientras que el empleado, o el empresario, disfrutan de una consideración a la medida de su remuneración. En consecuencia, nuestro sistema económico ha afinado esta aberración: no hay trabajo posible sin desempleo. Porque para mantener un trabajo a bajo costo, hay que conservar el desempleo. La necesidad consiste en hacernos creer que el valor supremo es «trabajar» cuando, en realidad, ese falso valor, como lo había entrevisto Marx, sólo es una versión del fetichismo, es decir, de aquello que mantiene en circulación, a cualquier precio, los objetos de deseo destinados al consumo, circulación que, como todo el mundo sabe, sólo funciona con la necesidad.

Las finanzas, que se han colocado en el centro de nuestro mundo, se han apropiado de todos los valores. Han creado un orden hecho de excluidos. Sobre todo, dos generaciones que han sido expulsadas del juego: los más viejos y los jóvenes. Excluidos de la economía de la deuda social, son sólo «ociosos» inútiles desconectados de la vida política. Sus opiniones, sus cóleras, ya no cuentan, más que a título de consumidores. Es entonces imperativo que la sociedad los vuelva a incluir y los «profesionalice» y, para lograrlo, no importa si son partidos de la derecha o de la izquierda, sólo podrá alargar la edad para el retiro, y retrasar la entrada de los jóvenes al mundo laboral. Y cuando por fin se abran las puertas del paraíso (un contrato de trabajo) para el joven diplomado, muy pronto se le recordará que él es intercambiable y, si no es suficientemente productivo, se le comunicará a través de una «evaluación» ad hoc. El
trabajo obsesivo es uno de los rostros de la servidumbre voluntaria, ¿y tal vez la moderna esclavitud? Una sociedad que aprisiona a los seres humanos en el valor incuestionable del trabajo, los priva de pensar que también existe una justicia basada en otro tipo de relaciones con el mundo. Otium cum dignitate: la dignidad del ocio, como decían los latinos. Para que el trabajo vuelva a ser un «bien», es necesario que se libere del superego, que escape a todo imperativo, que se convierta en un proyecto, en un encuentro… La alteridad a la que nos conduciría podría anular al fetichismo. Y nos permitiría interrogar las condiciones para cumplir —también espiritualmente— nuestra posible humanidad… de la que aún estamos lejos.

Traducción de Ernesto Kavi

* Trastornos obsesivo compulsivos. (N. del T.)
** Arbeit macht frei, frase inscrita en las puertas de acceso de los diversos campos de exterminio nazi. (N. del T.)
Foto de Theodor Hensolt, Street Fotographer en @Flickr

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