Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso

Para LJ, sol de media noche.

Óyeme con los ojos.
Sor Juana Inés de la Cruz

Venía de donde qué, un rumor, una inercia, quién o qué, si algo. De allá donde no vayas porque no se sabe. Allá, mira, ahí donde se forja el cruce, donde se trenza el gozne, no vayas, era la mentada consigna. En la encrucijada había una estructura inconclusa.

Un gesto tronchado. Verticales obtusas de cemento rugoso que sostenían una plataforma que nunca nada proyectó. Una especie de síntesis de la perversa promesa, de la ancestral suma de nada.

Venía de allí. Con mirada tuerta, torcida de: hasta donde tope. Saciado de sed, no pudo, no podía más y se puso en marcha.

Los charcos reflejaban luces inestables.

Apenas antes, antes antes, después de la modorra, sonó el claxon. Así, reconocible hasta para un sordo, la contraseña que lo encomendaba al jale. Qué pues. Qué pues padre. Pa donde o qué. Ya nada que. Dale que traje. ¿Lo mismo? Lo mismo. ¿Ahí mero? Ahí mero. Palma puño y taladro de desconfianza.

Pero allí algo, un algo punzante en el vientre derecha e izquierda del esternón, algo que no.

Subió a su estancia y quitó el mosaico al pie de la cama y guardó la encomienda y volvió a poner y sobre el colchón sumió su cabeza entre las manos, codos acodados, meditó. Puta madre, pero si para dónde y cómo.

Gravitó en una nube de pasado. Una especie de líquido denso que reflejaba una gramática inaudible. No oía nada porque un ruido, brumoso y sordo lo adormecía y lo empujaba lejos de la visión que, no obstante, le impregnaba el iris de una pátina que le daba curso a su entorno.

De vuelta a la noche, luces encendidas procrastinaban el fin de la jornada aquí y abajo en el perímetro de la ladera escarpada. Qué verá esa luz. El ojo de su mente obsedido en todo menos en sí, menos en su paso, en su pisada acharcada que seguía el trasiego del cemento en pilas, no veía más allá del rencor en que se regodeaba su miopía.

Descendiendo sobre la loma, la ciudad parecía una tizna pendiente. Una miriada de agonías. O eran quizás sus propias cenizas, promiscuas, perseverantes.

Llegó a una encrucijada, a sus costados, frente y detrás, el vacío templado, un carcinoma de carencias que se empalmaba rasgando el tiempo con un desesperado afán de permanencia.

Sobre la retina se posó un tono azul verdoso, el recuerdo de una flama que histérica se tragó el oxígeno sobre su mirada de niño. En su mano derecha aún el tambo goteante de gasolina. La casa de Esau crepitaba ahogando los gritos en su interior. Él, Jacinto, origen y cauce de la combustión. Esau lo había incuriado, lo había incuriado mal y la incuria le hizo nido, le socavó la posición.

Tienes que huirte, que esperar el tiempo, le dijo Ramiro en aquel entonces. Del escondite los pesos, del cajón el rosario, las dos manos de su hermano sobre el rostro y la silenciosa encomienda. Pártele. Y partió.

Tienes que huir, volvió a escuchar a través de la difusa voz de la memoria, y recordó cómo fue que a huir se puso, hasta que llegó ahí y se dijo, No más.

Paralizado, siguió sobre la reversa de sus pasos, de aquel día, de aquella noche, de la fuga.

Entonces había salido de Chalco con la noche aún sobre su cabeza. Encima se tendía un azul oscuro de cuyo vaho comenzaba a soltarse la penumbra. A la altura de sus ojos, frente a sí, se trenzaban la pugna de tonos incandescentes, la inminente alza de las obligaciones, mientras que a sus espaldas se atisbaba la noche plena sobre el techo de sueños anónimos.

Al entrar en la ciudad, lo primero que pensó fue en el ruido. Se cubrió la cabeza con el gorro de su chamarra y se puso una mano sobre el oído izquierdo y entonces escuchó sin mediadores: escuchó el estar del ruido, su irrenunciable marca sobre cada cosa, cada idea, estaba ahí como un manto de aire sobre cualquier forma insurrecta, ahí estaba, pronunciando esa sílaba única, el zumbido.

Pero de vuelta a la encrucijada sopesó el zumbido sin atender, ya atento pero ciego. Estaba, ahí, ausente, como todo lo que habita el margen de él, de su mirada. Y calibró el tiempo transcurrido a través de su presencia creciente, la del zumbido, intrusiva, taladro grave de aguijón agudo.

El futuro siempre detrás de él, no alcanzaba a darle forma al anhelo. Sordo de enfado, Jacinto merodeaba el crepitar de su memoria como el desinteresado espectador de una pelea de perros callejeros.

Detenido en la encrucijada, sintió sus extremidades como las de un cuerpo ajeno, sin potestad para decir, Basta. Miró hacia donde los caminos llevaban suelos contrahechos.

Una opción llevaba al estanque. Ahí, zancudos en fértil zafia, se regodeaba en las costumbres, en la lápida que acumulaba el, Cómo si no: capas y capas y capas de sinos calcinados.

Más fuerte, menos dócil, se cernía sobre su voluntad una mezcla de complicidad y sometimiento. La senda por ahí, por allá, era la de los pasos, una senda que le enterraba la respiración en histriónico movimiento de las fosas.

Esa, la otra, se parecía siempre tanto a lo que qué, pues, al fin, intuía, la idea del progreso era una necedad malograda que provenía de la pereza y la autocomplacencia. Y es que la otra, la dejada, sólo tenía como ventaja que no era esta, que por elegida, era contemplada y exigida bajo el deber de la debida. No quería decidir desde la alteridad obvia, pero el magnetismo de todo lo que, No es esto, le imprimía una posibilidad del, Será, que talaba el absurdo en privilegio de la persuasión.

Vuelta al ahora que nunca es ya, rebotaba su cráneo sobre el vidrio rumbo a la ciudad interrumpiendo el trance, decisión manifiesta, opción decantada. Fue para donde hizo e hizo lo que fue por donde anduvo. Qué más. No obstante, tiempo detenido, volvía al embrujo de la encrucijada. Por qué sí o por qué no, lo insomniaba, más allá de la intrínseca esterilidad de la guarida incontrovertible de la fantasía.

No tenía santo ni encomienda. Suelto ante la zarza, desde morro, calibró la rabia que ocupa el prevalecer. En su interior reverberaban los gestos que conchababan su capacidad de vínculo y los veía, valoraba y se aferraba a ellos en un desesperado silencio que ejercía con denuedo.

En su infatigable dudar, se agredía a través de la molesta vocación tan irremediable de su entorno. Todo, tanto, lo subyugaba. Pero al haberse huido, comprendía, cortocircuitaba, volviendo humo, la inercia en la que, hasta entonces, creía su yo.

Como un eco fantasmagórico, fluían encomiendas, ofrecimientos, en la bocina del autobús. Pronto… les pedimos… a su llegada… esperamos que.

Sobre el asiento amplio y con olor a limpiador urinal tenso en su olfato, descuidó con afán. Nada pero algo que no es aquello, rezó. Al percutir su inercia, el vehículo lo depositó en el fin de la encrucijada. En el comienzo de su definitivo partir.

Foto de Santiago Arau

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