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Transhumanismo | Ernesto Kavi

El transhumanismo apareció por primera vez en uno de los poemas más bellos que el ser humano ha podido escribir. En la Divina Comedia, Dante habla del momento en el que está cerca del centro del Paraíso, y se pregunta: ¿cómo hablar del centro de todo, del origen, de la fuente misma de donde surge la alegría y toda la creación? Es imposible, se responde a sí mismo. La única forma de hacerlo es transumanar per verba. Es decir, atravesar al ser humano y llevarlo más allá de sí mismo por medio de la lengua, por medio de la poesía, de la confluencia de todos los ritmos. Llevar al ser humano hacia el estadio más alto de la dignidad, de la belleza y de la bienaventuranza a través de la poesía.

Ese alto sentido de transhumanar se ha perdido.

Ahora los encargados de ese proyecto ya no son los poetas, sino los técnicos y los programadores de las grandes empresas de tecnología, las llamadas GAFA (Google, Apple, Facebook, Amazon), NATU (Netflix, Airbnb, Tesla, Uber) y BATX (Baidu, Alibaba, Tencent, Xiaomi). Y ya no se trata de alcanzar la más alta belleza y la más alta dignidad, ya no se trata de contemplar la fuerza invisible que crea todo, ahora el objetivo es modificar el cuerpo humano para acrecentarlo, para que logre ser más rápido, más eficiente, más fuerte, en pocas palabras, más productivo y, así, generar más dinero. Ahora los cuerpos están al servicio de la técnica y de la producción.

El esclavo en la Grecia antigua, nos recuerda Giorgio Agamben, era un cuerpo puro, es decir, era aquel que sólo tenía el uso de su cuerpo, pero no un ethos, es decir, una dimensión moral propia de los ciudadanos libres, aquellos que no estaban condenados al negotium sino, esencialmente, al otium. Y era precisamente el hecho de no producir, el hecho de tener una forma de vida (un ethos) no productiva, lo que los hacía hombres libres y con plenos derechos políticos.

Habría que preguntarnos si el transhumanismo es una forma moderna de la esclavitud. Una forma de convertir al ser humano en sólo un cuerpo productivo, condenado a su materialidad. Tenemos que preguntarnos si estamos dispuestos a separar nuestra forma de vida y nuestro cuerpo. Y, sobre todo, tenemos que preguntarnos qué tipo de humanidad queremos construir. ¿Una sociedad de esclavos cuya única finalidad es el negotium y el uso de su cuerpo como una herramienta, o una sociedad de seres humanos libres, dedicados al otium, y cuyo cuerpo y cuya forma de vida se confunden entre sí?

En una célebre entrevista que se publicó de forma póstuma, Heidegger, el filósofo que más ha reflexionado sobre las consecuencias de la técnica en la vida del ser humano, apuntó: «La filosofía no podrá operar ningún cambio inmediato en el actual estado de cosas del mundo. Esto vale no sólo para la filosofía, sino especialmente para todos los esfuerzos y afanes meramente humanos. Ahora sólo un dios puede salvarnos. La única posibilidad de salvación la veo en que preparemos, con el pensamiento y la poesía, una disposición para la aparición del dios o para su ausencia en el ocaso». Que sirva esto como advertencia y llamada de atención para los poetas y los pensadores que aún tienen fe en el transumanar per verba y en su propio carácter de hombres libres. Que sirvan estas reflexiones para que todos nosotros nos involucremos en un debate esencial para el porvenir político, ético y biológico del ser humano.

Ilustración de Álvaro Cicero

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