Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Tumba de Ibn Arabi (fragmentos) | Abdelwahab Meddeb

I

Ruinas, acuérdate, tierras abandonadas, polvo, refugio de los errantes, la voz se confunde con el eco, mira al hombre en la cueva, la roca es un espejo, todo está desierto, estoy esperando que las nubes viertan sus llantos, estoy esperando que las flores hablen, llamo, nadie responde, la piedra escucha mis fiebres, cuántas lunas lanzadas a los pozos, cuántos soles surgidos el olvido, el árbol toca el cielo, y el destello se escribe estrella, los relámpagos agazapados en las tinieblas, en los promontorios del sur, los vientos rozan el trueno, de camino, desgrano un rosario de perlas, las camellas negras dejan atrás montes y colinas, la arena cubre mis huellas en las dunas, videntes errantes a la sombra de los jardines, la canícula es una sonrisa de mujeres que exhuman la costumbre de las muñecas, tantos rastros vagos, oh memoria, oh misterio, la luz aparece fugaz, dentro del corazón gravita un sentimiento viejo, que separa.

II

Con qué palabras decir, en qué maleza adentrarse, en la paz, en el peligro, loco de amor, tras sus huellas correr.

III

Ella se fue nada más aparecer, llevándose sus perfumes y especias, en la aurora de los pavos reales, se olvida de la hora, el trono en la visión deslumbra, se balancea la dama sobre un suelo de cristal, se alza el vestido, es un sol que aviva los colores del día, su aroma trae la dicha, su tobillo tintinea con la plata, le tiemblan las piernas a cada paso, envía misivas a los pueblos de la sed, montura del nómada, morada del caminante, cuando ella te ofrece la intimidad, se abre a tu memoria, y te arranca de la ley, en una noche, te inicia en el secreto, y elimina los ritos que refrenan el deseo, alabada en todas las cortes, en todos los templos, es la gloria de todos los libros, cuando se fue la llamé en vano, montón a montón, mi paciencia se agota, de ella conservo la belleza, que resplandece ante la más pródiga de mi tratas, y en mí se expande el escalofrío del ángel.

IV

Te saludo a ti, el nostálgico, el huérfano, el amigo enterrado en la mata del dolor, vuelve a la luz sonora que, desde la fuente, surge, tú, el recluso, que dedicas tu ayuno, tu penitencia, tu ejercicio, tus estaciones, ahora dejas el retiro, sales de la hibernación, no regreses al día del encuentro, no evites el lecho con baldaquino, sobre el que cae lacio el dosel, altar que huele a entrañas, junto al lago que refleja el azul del cielo, tu corazón es una luz que arde, a manos llenas lanzas las brasas, tu garganta acompasa los impulsos del agua que, fuera de la roca, surge, y tú que guías las dóciles camellas, baja el estandarte junto a la lápida, allá, en la encrucijada, detente en los recodos del camino, descansa una hora y saluda, antes de dirigirte a las cúpulas rojas, que se vislumbran a lo lejos, en el horizonte de la fiebre, saludo al nostálgico, al huérfano, al desconsolado, si responden a tu saludo, que tu don sea de belleza, si no te dicen nada, sigue tu camino, cruza el río, no hables con las gentes, con la tribu, pasa entre las tiendas blancas, que extienden sus sombras sobre labios salinos, y avisa a todas las amantes, Judith y Aya, Hind o Hera, pídeles que te muestren el camino, la deslumbrante blancura que reluce, entre las cimas.

Traducción de Lucía Alía
Taller de Traducción Literaria de la Universidad de La Laguna

Foto de www.lahaciendalacolora.com en @Flickr

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