Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso

2018 fue un año violento, polarizado. Y puritano. Toda esa gente opinando en redes sociales, urgidos de hacerse de una bendición algorítmica, dejar rastro de su mea culpa linchando al que no reconozca su privilegio; la palabra guapa sigue levantando controversias, batos bugas afianzan sus posturas, quienes creen que asociar piropo con acoso es una exageración, y los que cuestionan su estirpe patriarcal solidarizándose con ellas. Ellas por su parte, han ampliado los tópicos del debate a esquinas que nunca había visto, inspeccionando todas las variables de su relación con el cromosoma masculino y sus múltiples representaciones, incluyendo a los homosexuales.

Luego vienen los adornos navideños. Soy de los que se deprimen en las navidades. Mi relación con los 31 de diciembre es como de cruda a un estrés postraumático.

Hubo un tiempo en que los odiaba, coincidía con las vacaciones de invierno, cuando casi siempre mi madre aprovechaba para visitar a la abuela, tíos y su montón de primas incondicionales de las ofertas Suburbia, armaban pachangas desmedidas en su casa, pero con un par de reglas inquebrantables: podías probar cualquier bocado después de la medianoche, sin excepción (la primera vez que tuve la sensación de tener un infarto fue cuando mi sistema digestivo intentaba procesar un mixiote a las 2:30 de la madrugada), y sólo se programaba cumbia hasta el amanecer y creo era eso lo que más detestaba, no el género colombiano, sino su percepción en aquel punto al extremo norte de Atzcapozalco.

Las primas de mi madre salivaban bulleándome con eso de que yo no dominaba el un, dos, tres, cuatro de esos pasos, y hasta el día de hoy no logro distinguir entre rock n’ roll doblado al español y la cumbia propiamente: «¿Cómo puedes permitir que tu hijo crezca con esa maña norteña? Tan seca…», le decían a mi madre. No faltaba la tía que a huevo me quería despegar del sillón y ningún adulto, salvo mi jefa, tenía los huevos de defender mi negación a bailar. La mayoría de los padres estaban orgullosos de que sus mocosos se menearan igualito a ellos, sincronizados, pero con la mirada indiferente, como buscando vida más allá de esa alfombrada pista de baile manchada de Don Pedro con coca y colillas de cigarro. Siempre defendí como pude mi derecho a quedarme adherido al sillón, tratando de buscar el botón de forward y adelantar el tiempo hasta tener la edad en las que mis NO contaran a la primera. Sí, sé lo que se siente que no dejen de chingarte cuando escupiste un NO en automático; en mi caso, eran esas mujeres en vestidos de chifón eléctricolas que me acosaban siendo menor de edad. Si fuera 2018, ya las hubiera destrozado con videos fuera de contexto y hashtagazos.

Qué fastidioso es que te digan qué hacer, qué pensar, cómo integrarte, y que te hagan muecas por conducirte distinto, hacer lo contrario o tener ideas propias, por muy renegadas que sean éstas.

Si algo sucedió a lo largo del 2018, es que fui asediado por varios batos de bigote a lo Freddy Mercury por mi diagnosticada inapetencia a atragantarme de teorías queer, de ser parte de un malévolo plan de reprimir simpatías feministas por mis aventuras sobre el ring del box, pues con ello perpetúo un régimen heteropatriarcal que habría que aniquilar, por el bien de la humanidad, yo incluido. Como si los homosexuales no incendiaran la misoginia utilizando el andar afeminado como una herramienta para sacar la lengua o ridiculizar a otros. La caricaturización de las mujeres en hombres homosexuales bien puede ser un artefacto de doble filo, solidaridad sobreactuada o misogina reprimida o fársica.

Si bien comulgo con la idea de que hoy día buena parte de la comunidad gay se adjudica las fullerías aspiracionales del consumismo más vil para con ellas reunir un arsenal de discriminación, algunos detrac tores amparados en interpretaciones queer o decolonialistas no terminan de convencerme, pues percibo que si bien sus críticas empiezan con una cordura desafiante, de inmediato se diluyen entre algo que yo percibo como un rencor insustancial, algo así como si los blancos mamados colonialistas no me pelan ni me cogen, me vuelvo decolonialista… El filósofo Max Scheler decía que el resentimiento, en las almas débiles, estaba condenado al arribismo, y pienso en todos esos que le hincan el diente a las teorías queer más con ambiciones usureras que por convicciones humanas. Veo por ahí esperanzas de buscar aliados para lanzar granadas bajo una lógica chapucera, si te nos unes al bufe entendiste, de lo contrario eres un pendejo, colonialista, machista. No entendiste nada. Con muy poca tolerancia al pensamento diferente.  O una envilecida noción de ella. No muy distinto a los gays que compran aceptación y estereotipos y que tanto critican.

Así como me negaba a bailar cumbia los 31 de diciembre de esa infancia al norte del df, me niego a la conclusión de que las ideas deben ser el eslabón de una conformidad mayoritaria. Si algo me ha enseñado ese deporte tan hipermasculino como el box es valorar la introspección y el destierro donde no hay palmaditas en la espalda, lanzar opiniones con la mirada de frente «Sin esconderse ni huyendo del mensaje, aquí estoy y vete acostumbrándote», como dice John Lydon en sus Memorias sin censura sobre la primera vez que vio a Iggy Pop; desplazarme ante los jabs sin sentido, como manopleo de cangrejo. Y no sentirme culpable por ello.

El tono de esos batos que parecen haber descubierto el hilo negro de las postulaciones queer me recordó la insistencia de las primas de mi madre a orillarte a pensar de cierta forma, a bailar el ritmo que según ellos te conviene para no ser desterrado. Curiosamente hace poco bailé una de las cumbias que ponían las primas de mi madre y los pasos me salieron casi perfectos. Estarían orgullosas.

Wenceslao

Wences Bruciaga

@distorsiongay

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