Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Un dedo en los labios | Gustavo Martín Garzo

Mi pequeño, ¿estás ahí?, ¿me oyes?… Sí, lo sé, llevaba mucho tiempo sin venir a esta casa. No me atrevía a hacerlo, tenía miedo a los recuerdos, a ponerme a llorar al entrar. Y no quiero que me veas triste. Ya ves lo desordenado que está todo, no he querido que nadie entrara, que nadie tocara las cosas. Este lugar es sólo para ti, para estar juntos los dos. Es nuestra casa de madera. Por la mañana, al ir al trabajo, vi a una niña que se estaba columpiando. Era un columpio como este y me acordé de un sueño que tuve cuando estabas en el hospital.

¿Recuerdas que te dejé solo? Te encontrabas mejor y la enfermera se empeñó en que fuera a casa a descansar. Ahora sé que no debí hacerlo, que debí quedarme contigo como había hecho hasta entonces, pero ¿quién puede adivinar lo que va a suceder? En ese sueño estábamos en el canal, en aquel sitio al que tanto nos gustaba ir. Tú jugabas bajo los árboles y yo cerraba los ojos y me tumbaba a descansar en la hierba. De pronto oía una voz muy dulce que no sabía de dónde venía. Se había hecho de noche y tú no estabas a mi lado. Te buscaba cada vez más nerviosa. Una zarza estaba ardiendo junto al canal y me acercaba atraída por su luz. Las llamas iluminaban el cauce y tú estabas flotando en el agua cabeza abajo, como un niño ahogado. Me lanzaba en tu busca y te sacaba en mis brazos. Es extraño, pero no sentía miedo, como si se pudiera jugar con la muerte. Besaba entonces tus labios y abrías los ojos y me sonreías a la luz de aquella zarza que no dejaba de arder.

Días antes, yo había visto una zarza así en un cuadro. Fue en un museo en el que entré para matar el tiempo mientras esperaba a que salieras del colegio. Una vez, había coincidido en ese mismo museo con la visita de una escuela. Los niños eran muy pequeños y su maestra, para que no dieran la lata, les había pedido que permanecieran con el dedo índice en sus labios mientras estaban allí. Me extrañó la seriedad con que los niños seguían las indicaciones de la maestra, y la forma tan concentrada con que miraban los cuadros a pesar de ser tan pequeños.

 

Esa tarde reinaba en las salas del museo un silencio así, como si esos niños aún anduvieran por sus salas con el dedo en los labios. Oí el rumor de una voz y, al acercarme, vi a un grupo de turistas frente a un cuadro del Greco. No me gusta mucho el Greco porque me recuerda una historia muy triste de mi vida. Estaba en el primer curso de la facultad y empecé a salir con un compañero de clase. Estaba muy enamorado de mí y hacía todo lo que le pedía. Aquella entrega me abrumaba tanto que a veces me revolvía contra él y le trataba con crueldad. Una tarde se puso a acariciarme en una cafetería. Quería besarme pero yo le dije que no me apetecía en ese momento. Venga, por qué no, me repetía. Está bien, le dije harta de su insistencia. Acabábamos de estar en una librería, yo había visto un libro que deseaba tener y le pedí que lo fuera a robar. Sólo le estaba desafiando, pues era muy tímido y le creía incapaz de hacer algo así. Pero el chico se levantó, cruzó la calle sin dejar de mirarme y entró en la librería. Tardaba en salir, y la sola idea de que pudieran sorprenderle robando, hizo que me sintiera la más malvada de la tierra. Pero no tardó en regresar con el libro bajo la camiseta

Aquello no duró, y un par de semanas después aproveché un viaje que hicimos a Toledo para cortar con él. Paseábamos por un parque y recuerdo que, cuando se lo dije, lo aceptó mansamente. Seguimos paseando por la ciudad y, al pasar junto a la Casa del Greco, entramos a verla. Paseábamos frente a los cuadros cuando, al volverme, vi que el chico estaba llorando. Lo hacía de una manera silenciosa, como si no se diera cuenta de que las lágrimas corrían por su cara, como si no fuera dueño de esas lágrimas. Y yo fui tan cobarde que no me di por enterada y ni siquiera le consolé. Después de ese viaje, no volví a verle porque dejó de ir a clase y con el tiempo me olvidé de él. Luego me contarían que había dejado los estudios y regresado a su pueblo. Nunca supe si lo hizo o no por mi culpa, lo que durante mucho tiempo me torturó. Tal vez por eso siempre que veo un cuadro del Greco pienso en aquella visita a su Casa Museo en Toledo y en aquel chico llorando por mí.

Pero esa tarde me detuve ante aquella Anunciación que una chica joven explicaba al grupo de turistas. Les habló de la Virgen, y cómo el cuadro reflejaba el momento en que ella aceptaba el encargo de Dios. Un cuerpo que no se oculta, que se ofrece, así era el cuerpo de María. Y, al decir aquello, la chica colocó sus manos como las tenía la Virgen en el cuadro. Hablaba de aquel cuadro como si tuviera que ver con su propia vida. Como si nos dijera: Esa Virgen soy yo. Luego señaló la zarza que estaba a los pies de la Virgen. Ardía sin consumirse, sin sufrir menoscabo alguno por el fuego, como le había pasado a María al concebir a Jesús. Aquella zarza era la zarza del sueño que te acabo de contar. La virgen era muy guapa, y su delicadeza contrastaba con el resto del cuadro, que me pareció vulgar. Arriba, entre nubes algodonosas había un grupo de ángeles tocando sus instrumentos y daba un poco de risa aquel barullo, al menos en un momento así. Es como cuando tú y yo estamos juntos en la cama. Tu me dices cosas al oído y yo te beso y te contesto con otras locuras. ¿Te gustaría que alguien nos oyera entonces, que nos estuviera viendo por el ojo de la cerradura, aunque fuera todo un montón de ángeles los que es- tuvieran colgados del techo? No, claro que no, eso te daría vergüenza porque lo que pasa en esos instantes sólo a nosotros pertenece. Un capullo de seda es lo que somos entonces los dos.

Viví en un capullo así desde que me quede embarazada de ti. Me parecía que algo prodigioso me estaba pasando y a la vez tenía miedo de que todo pudiera terminar mal. Ese miedo se acentuó cuando naciste. Entonces, apenas podía vivir. Te miraba, tan pequeño, tan frágil, y me daban ganas de no salir de casa, de meterme contigo dentro de un armario para que nada pudiera dañarte. Una vez, cuando tenías sólo unos meses, una amiga que había tenido un niño casi al tiempo que yo, me invitó a su bautizo. Tu padre y yo no somos religiosos, y él se negó a ir porque no quería entrar en la iglesia y aguantar un nuevo sermón. De modo que fui yo sola contigo. El sacerdote no me gustó. Tenía allí a todas aquellas madres maravilladas y, en vez de decirles algo amable que pudieran recordar siempre, se limitó a cumplir con la ceremonia de una manera fría y rutinaria. Y nada más terminar se puso a regañarlas diciéndoles que hicieran el favor de no quedarse en la iglesia con sus cámaras de fotos porque enseguida iba a haber una boda. Yo en ese tiempo estaba muy sensible y lloraba por cualquier cosa. En parte, porque ya habían empezado los problemas con tu padre; y en parte, porque, como te he dicho, estaba obsesionada con que en cualquier momento pudiera pasarte algo malo. Y me dio por pensar que tal vez había hecho mal en no haberte llevado en mis brazos a bautizar con los otros niños y que a lo mejor ahora estabas me- nos protegido que ellos. Ya ves qué locuras se me ocurrían entonces.

Unos días después, le hablé a tu madrina laica, como ella se llamaba, de lo que había sentido en la iglesia. La tierra estaba llena de pequeños altares, ¿por qué iba a ser malo levantar uno más, aunque no sirviera de nada?

Tu madrina no me contestó, pero volvimos a salir días después y, al pasar junto a una iglesia, va y me dice: ¿Sabes qué he pensado? Que vamos a bautizar a Daniel. Yo me reí y le dije que si estaba mal de la cabeza, pero ella me quitó el cochecito y entró decidida en la iglesia contigo. Me quedé un rato mirando la puerta de la iglesia. Unas palomas se posaron en su umbral. Se movían con los cuellos estirados, como señoritas que bajaran a enterarse de todo. ¿Habéis visto lo que va a hacer esa loca?, les dije a las palomas llena de felicidad.

La iglesia estaba muy oscura y tardé en veros. Estabais junto a la pila de agua bendita y tu madrina te había cogido en sus brazos. Anda, me susurró, toma un poco de agua y échasela por la frente. E hice lo que me decía. El bautizo duró sólo un momento, porque vimos a un sacerdote mirándonos y salimos de allí muertas de risa. Pero luego esa noche, cuando me levanté para ver si estabas dormido, me pareciste más guapo que nunca. Siempre que bendices algo se vuelve más hermoso.

Todo esto nunca se lo conté a tu padre. Es más, yo discutía a menudo con él por estos asuntos. Tu padre decía que la religión es una tontería y que sólo había producido desgracias y rencores. Y yo estaba de acuerdo con él, pero a la vez me parecía que esa no era toda la verdad. No creía en el alma, ni en la vida eterna, ni en Dios, ni en los ángeles, pero a la vez sentía pena por haber dejado de hacerlo. Sí, me di cuenta de que me hubiera gustado volver a creer en todas aquellas locuras por ti, para decirte que la vida no era tan mala como parecía.

Poco antes de separarnos, tu padre y yo volvimos a tener una discusión muy fuerte por esto. Tu abuela, a la que tú adorabas, acababa de morirse y yo te dije que no te preocuparas porque estaba en el cielo y todas las noches te visitaba cuando dormías. Tu padre me echó la bronca por hablarte así. A los niños, me dijo, hay que decirles la verdad. Y se acercó a ti y te dijo que no había nada después de la muerte y que tu abuela, a partir de entonces, sólo viviría en nuestro recuerdo. Pero ¿quién se conforma con el recuerdo? Yo no podía decirte que la muerte es para siempre y que nunca más ibas a ver a tu abuela. No podía decirte que, en caso de morirnos uno de los dos, ya no íbamos a encontrarnos nunca. No podía decirte algo así. Era como ese último beso que te daba cuando dormías. También tu padre se reía de mí cuando, antes de acostarme, tenía que ir obligatoriamente a tu cuarto para dártelo. ¿Para qué le besas, me dijo una vez, si ya está dormido y no se va a enterar? Es verdad, y sin embargo todas las madres lo hacen. ¿Sabes por qué? Porque con ese beso les dicen a sus hijos que nunca morirán. Así de loco es el amor, siempre anda prometiendo cosas que no se pueden cumplir.

La zarza del Greco hablaba de aquellas promesas, y por eso aparecía en mi sueño. Fue esa zarza ardiente la que te salvó. Fue la luz que desprendían sus ramas la que iluminó al canal y, al ver tu cuerpecito flotando, me permitió sacarte del agua antes de que te ahogaras. Pero ¿por qué, tras aquel sueño en que te salvaba, tuvieron que llamarme del hospital para decirme que habías entrado en coma?

Llegué en sólo unos minutos y cuando te vi estabas en aquella jaula de cristal, lleno de cables, y tu respiración era tan leve que si hubiera acercado una llamita a tus labios ni siquiera habría temblado. Y me acordé de aquel chico con quien me había portado tan mal y pensé, fíjate que extraño, que me hubiera gustado que estuviera a mi lado para consolarme.

Sí, tenía que existir otra vida, una vida donde conseguir su perdón, una vida donde tú y yo pudiéramos volver a estar juntos y nada pudiera separarnos. ¿Por qué si no los hombres y las mujeres iban a inventarse todas aquellas historias? Historias de zarzas que ardían sin consumirse, de vírgenes que recibían a los ángeles, de chicos locos que robaban por amor, de madrinas que bautizaban a escondidas a los niños, de abuelas que desde el cielo velaban el sueño de sus nietos, de niños pequeños que recorrían las salas de los museos con un dedo en los labios… ¿Por qué todas aquellas locuras si todos estábamos condenados? ¿Por qué, dime? Tú que ahora estas allí, dentro de aquella cajita que llené de rosas, ¿por qué estás tan callado? Anda, no seas malo, dime algo. ¿No ves lo sola que estoy?

Written by
No comments

LEAVE A COMMENT

*