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Un éxtasis de la historia | Edgar Morin

No cabe ninguna duda, la comuna estudiantil es casi una revolución por haber hecho en una sola todas las revoluciones soñadas y por desafiar el orden establecido. Es rica, loca, genial como una revolución. Como revolución es también una explosión utópica y anacrónica, pero bien enraizada en un tiempo y un lugar. Como revolución, es un éxtasis de la historia. Como revolución, hace que se comuniquen los individuos y los grupos que ella transporta sobre la fraternidad y generosidad. Como una revolución, transporta a los individuos, a veces, sí, a lo más bajo de ellos mismos, aunque en la mayoría de los casos lo hace hacia lo mejor. Imagino que esos chicos sólo esperan una cosa a lo largo de un viernes: la liberación de sus camaradas desconocidos, estudiantes y no estudiantes, franceses y extranjeros; esos que opositan a profesor, que abandonan el examen preparado con tantos esfuerzos, esos militantes consagrados a la causa obrera.

Claro, esta cuasi-revolución o perirevolución no tiene todas las cualidades de un revolución. Incluso para los anarquistas, el sentido libertario no viene acompañado de ese sentido liberal que da la experiencia de la verdadera dictadura, ni de esa lucidez para distinguir las palabras de las cosas que da la experiencia del comunismo institucional, ni de esa crítica verdaderamente radical que se atreve a criticar el marxismo, y que es la marca del despertar intelectual de los países del Este de Europa.

No se sabe si el asunto se volverá un idilio o una tragedia, es decir, si al final esta comuna será susurrada o sangrienta. Aún así, la comuna estudiantil habrá aportado algo nuevo que no habría aportado la evolución. Ese algo nuevo no ha tomado forma, aunque surge del encuentro de un movimiento de las profundidades de la juventud y de la catálisis de unas sectas revolucionarias marginales. Las ideologías de unos, los prejuicios de los otros, esconden la cara de la esfinge que aparece entre las brumas. Marx decía que la Revolución Francesa era clásica, es decir, presentaba de manera clara y distinta ciertos rasgos específicos en los que se reconocerán posteriormente todas las revoluciones burguesas. La comuna estudiantil de París será, a lo mejor, un modelo clásico para las futuras mutaciones de Occidente.

La Bastilla universitaria, al ser destruida, ha unido, en un instante provisional e intenso, como fueron unidos los tres estamentos en 1789, todos los estamentos de la juventud. Al transformar la Sorbona en feria-fórum-laboratorio de ideas, ha esbozado la imagen de una sociedad-universidad abierta, en la que la educación debe ser ofrecida para todos, en donde debe reinar la imaginación, no la triste burocracia, de donde debe ser extirpada no sólo la explotación económica, sino la raíz jerárquica de la dominación. Al repercutir la revuelta estudiantil en todos los horizontes de la sociedad, prefiguró el papel central y vivo que la universidad va a jugar en la sociedad. Pronto más de la mitad de la población entrará en la universidad y eso planteará en primer lugar, y de forma decisiva, el problema de la superación de la humanidad burguesa.

Traducción de Hero Suárez

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