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Por Frédéric Boyer

La primera vez que leí el libro de Ernesto Kavi, La luz impronunciable, algo inolvidable ocurrió para mí. Algo que casi nunca ocurre cuando leo un libro contemporáneo. La primera vez que leí el libro de Ernesto Kavi, leí un libro de 3000 años. Pero eso no es todo. Debo precisar lo que ocurrió ese día o, mejor dicho, esa noche, cuando leí el libro de Ernesto Kavi. Las palabras que leía tenían 3000 años o quizá más. Leía un libro cuyas palabras eran tan antiguas que de pronto escuché, como plantándose en mi corazón, la juventud pura y recta de esas palabras tan antiguas.

El poema de Ernesto se inscribe en las actos de palabras de esa poesía antigua de la Torá: He visto y He dicho.

Vi todo
Bajo el sol
Y digo
Todo es destrucción

Ver y decir son los dos actos de lenguaje del vidente bíblico. האָָר (ra’ah), el mismo verbo aparece en Génesis 1, 4: «Dios vio (ra’ah) que la luz era buena». Ver la luz, eso es el comienzo. Pero la luz que vio es impronunciable. Ernesto hace resonar esas viejas palabras de Qohelet (extraño libro bíblico) por lo que son: qohelet llama (ese es el significado de la palabra hebrea) al mundo y a la existencia hasta hacer escuchar la fragilidad, la fatiga de su llamada —esa palabra vuelve en el texto de Kavi y cierra, por así decirlo, Qohelet: «demasiados libros (sefer), demasiado estudio (lahag) es una fatiga (yegiah) para la carne (basar)» (Qohelet 12, 12)—. No se ha insistido demasiado en que el libro de Qohelet trata precisamente sobre el acto de nombrar y de decir, de leer el mundo, la existencia. El poeta hace el ejercicio físico de decir el mundo y afronta el hevel, ה la quinta letra del alfabeto hebreo, y segundo y cuarta del Nombre yhwh. Letra de la fragilidad (que encontramos en el nombre de Abel).

Comprendí lo siguiente: la juventud nunca ha existido antes de la poesía. Antes de esta palabra de 3000 años, y quizá más antigua, que hiere y agota nuestros corazones. Esa herida, es ella, es la juventud. Que nunca antes había existido. Antes de la palabra. Antes que la palabra no tocara el mundo. Porque tocar es nombrar. Tocar con las letras y el sonido de las letras pronunciadas. Quizá por eso el Nombre, dice la Kabbala, está en el origen del lenguaje. El lenguaje es el efecto de la caricia, del tacto del Nombre sobre el mundo.

Piensa
En los días infinitos de tiniebla
Piensa
En la juventud

La juventud del mundo, que tiene más de tres mil años y quizá más, no se pronuncia. Es ella quien pronuncia el mundo. Ella, la juventud del mundo, nadie puede pronunciarla. Nuestra aventura, nuestra odisea, será la de responder a nuestro nombre, reconocer nuestro nombre que nos llama desde lo impronunciable.

El Nombre que llama no se pronuncia. No es, según yo, una prohibición ritual, ni religiosa. La Torá no formula tal ley ni tal prohibición. Es un acto poético, un acto de lenguaje que permite el llamado del mundo. El llamado del mundo tiene lugar porque el Nombre que llama, el mundo nombrado no lo pronuncia. Para que la luz sea nombrada es necesario que exista una luz impronunciable. La que nombra. Para que me sienta llamado y nombrado, es necesario que exista una voz de la cual no puedo pronunciar el nombre. Para que el tacto del mundo ocurra en el lenguaje, cuando hablo y cuando canto, es necesario lo impronunciable.

Sin lengua me llamaste
Sin manos cubriste mis ojos de ceniza
Sin boca me diste a beber la ley

Aquel a quien yo llamo, me llama desde la negación, desde la ausencia misma. El poeta experimenta lo mismo que el profeta Elías: pasa de la manifestación visible en el fuego, el viento, la tormenta, a una voz de fino silencio molido: «Después del fuego, una voz de fino silencio» (1 Reyes 19, 12). Esa es también la experiencia del salmo, del canto mismo: pronunciar preguntas y sólo escuchar una respuesta de la cicatriz. Nunca se escucha una respuesta en un salmo, pero el canto pasa de la llamada, de la queja, a la alabanza, y así inscribe la cicatriz de la respuesta en su propia letra. Ernesto Kavi pone como cita en el libro el verso del salmo 62, literalmente: «el silencio, la confianza / el reposo (duwmiyah) dios (elohim) alabanzas / cantos de gloria (tellilah) en Sión». El silencio es un canto de gloria. La palabra silencio aquí viene del verbo (damah) que significa terminar, degollar, destruir, silenciar… Los salmos lo emplean regularmente. «¡Dios mio! Grito por el día, y tú no respondes. Por la noche, y no tengo reposo (duwmiyah)» (Salmo 22, 3) Literalmente: en la noche no hay silencio. Pero el silencio del que se habla, para mí es el silencio que ocurre después del fin, el silencio que sigue a la destrucción, el silencio que viene después de la llamada. Habría que traducir: «El silencio del fin, para Elohim, es una alabanza». He ahí la razón por la cual el libro de Kavi se cierra con una coda alrededor de las cuatro letras del Nombre. Una coda, en música, es el ritmo del fin, que introduce precisamente el silencio. El silencio de la juventud del Nombre.

Todo esto podría parecernos esotérico si no comprendiésemos que de ese silencio nace nuestra relación con el mundo, con su nominación, con su presencia frágil en el lenguaje que hablamos y que escribimos. Que lo impronunciable del mundo es aquello que nos hace vivir y hablar.

París, noviembre de 2016

la-luz-impronunciable-ernesto-kaviLa luz impronunciable
Ernesto Kavi
Poesía Sexto Piso • 2016
136 páginas

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